Es evidente la dificultad que las personas tienen para aceptarse a sí mismas. Las quejas o resentimientos por eventos dolorosos del pasado, así como el creerse inferiores por algún aspecto de su realidad personal –sea física, económica, psicológica o espiritual– evidencian la necesidad de reconciliación.

En el ámbito laboral esta falta de aceptación se manifiesta en la dificultad para acoger cualquier corrección interpretada como una “agresión” a la dignidad. Por ejemplo, es común que trabajadores se sientan minusvalorados ante correcciones de sus jefes, incluso trasladando su visión limitada a otros ámbitos de su vida, como lo expresaba un miembro de una empresa: «Como no he cumplido ciertos requerimientos ya no sé cómo me veo en la organización y fuera de ella».

El reconocer nuestras faltas y la necesidad de cambio es el primer paso para comenzar un proceso de reconciliación. Romano Guardini, uno de los grandes pensadores del siglo XX, escribe lo siguiente: «Yo debo aceptar no solamente las fuerzas que poseo, sino también las debilidades; no solo las posibilidades, sino también los límites». Al referirse al proceso de reconciliación menciona que un signo de la madurez «se caracteriza por ver y aceptar lo que son las fronteras, las insuficiencias y miserias de la vida».

Te puede interesar  ¡Por fin buenas noticias sobre el desempleo en Latinoamérica!

[pullquote]La aceptación no significa en ningún sentido resignación. Implica más bien el esfuerzo de elevarse, pero desde la propia identidad, desde lo que realmente soy, desde lo que me ha sido dado como don único e irrepetible. Por ello, es absurdo consentir la visión negativa de uno mismo y caer en comparaciones o envidias hacia terceras personas.[/pullquote]

Nadie da lo que no posee. Si nuestro interior está quebrado por dentro, transmitiremos nuestras propias rupturas. Por el contrario, si estamos reconciliados podremos irradiar paz y ser vínculo de comunión. Acoger el amor incondicional de Dios hacia nosotros nos ayudará a tener una recta valoración de nuestra realidad interior. Llenémonos del amor infinito para desde ahí poder donarnos sin límites y aproximarnos a los demás con una visión reconciliada.

© 2014 – Carlos Muñoz Gallardo para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Agregar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.