Esta obra busca captar el momento “en el que el cielo y la Tierra contuvieron el aliento”, en palabras de San Bernardo de Claraval, al describir el dramático instante de la Anunciación-Encarnación de nuestro Señor en el seno de la Virgen María. Volveremos a comentar el por qué de estas palabras de Bernardo, pero por ahora queda claro que a través de este óleo se intentará ahondar en “El Momento”, lo que conocemos como “la plenitud de los tiempos”.

La primera cosa que es necesario comentar, es la experiencia dialogal de María ante el mensaje de Dios. El relato nos muestra que el inicio de este momento crucial comienza con un saludo y así se desarrolla un diálogo. Este instante fue, sobre todo, una experiencia de encuentro que tuvo María de Nazaret. Es decir, que en un momento de la historia, y de su propia historia, María entra en diálogo con Dios que se le manifiesta a través de su mensajero, el ángel. Un diálogo cara a cara, esta es la característica de este tipo de encuentro. De ahí que la imagen tenga como centro de la atención este encuentro, que el fondo, carezca de una clara perspectiva y que se insinúe que el ambiente en el que se desarrolla este encuentro, es la sencilla casa de María en Nazaret.

Por otro lado, un elemento que aporta a la centralidad del encuentro que tiene la Virgen con Dios, es que el ángel sea representado de manera muy sobria como una fuerte luz con cierta figura, como si estuviese inclinado hacia María. El ángel no está representado con tanto detalle como suele ser en otras composiciones porque el centro de la manifestación es Dios. Así pues, queda evidenciada la centralidad de la relación entre Dios y María. Relación que tiene la característica de llamada, Dios que la llama y le comunica un don personal, una vocación que comporta un misión.

Ahora fijamos nuestra atención en dos puntos de la pintura: en la tienda en la que se encuentra María y en el Espíritu Santo, que en forma de paloma de fuego, desciende como viento impetuoso hacia la Virgen cubriéndola con su Sombra. Decíamos que el momento crucial comienza con un saludo: “¡Alégrate!” ¿Por qué habría de alegrarse María? Y si decimos que éste es un instante trascendental, entonces: ¿Tendría que ser esto también para nosotros causa de alegría? Las palabras de Sofonías nos ayudan a comprender el motivo de la alegría: “Alégrate, Hija de Sión, grita de gozo Israel… El Señor, tu Dios está en medio de ti” (Sofonías 3, 14-17). El motivo fundamental de la alegría, es que el Señor está en medio de ti, pero ¿qué significa esto? Literalmente significa: el Señor está en tu seno. Para el pueblo de Israel, el Arca de la Alianza era la forma cómo Dios estaba en el seno de Israel, de tal manera que el motivo de la alegría de María es que Dios habitará en ella. María se convierte en el Arca de la Alianza, en el lugar de la auténtica inhabitación del Señor como diría Ratzinger. Esto queda más explícito cuando el Espíritu Santo cubre con su sombra a María, detalle que se ve en la pintura, claramente, y que vuelve a ser énfasis en la idea de que María es la tienda viviente en la que habita Dios. Así queda bien expresada la razón de la alegría de María, Dios mismo ha  venido a habitar en ella. Y es un Dios con nosotros en todo el sentido pleno, porque es Dios encarnado, Dios hecho hombre, de tal manera que la alegría de María debe ser causa también de nuestra alegría. Alegría que se ve claramente expresada en el hermoso himno del Magníficat que pronuncia María ante su prima Isabel. Por lo tanto “¡Alégrate María!” Y, junto a ella, “¡Alégrate tú también, hombre!” Porque vives presenciando a Dios mismo caminando a tu lado.

Finalmente nuestra atención se dirige a María. La imagen muestra a una joven vestida sencillamente, que manifiesta existencialmente una profunda humildad. La vemos con los pies descalzos, quizá teniendo la misma actitud de Moisés ante la Revelación de Dios en la Zarza ardiente. Por otro lado, llama particularmente la atención su mirada y la postura particular en la que se encuentra. La mirada es fija, guarda la expresión intermedia entre aquella mirada de contemplación y santo temor de Dios, pero también de una firmeza, como quien busca comprender y profundizar en el plan y la misión que se le está revelando. La postura no es común a las representaciones de María en la Anunciación, en este caso, busca manifestar dos actitudes fundamentales: la del pie hacia atrás con la rodilla al piso, como expresión de acogida del don vocacional, de “rendición” ante Dios; y la del pie hacia adelante, como símbolo de la prontitud a ponerse de pie y emprender el camino. En esta segunda postura, se manifiesta una dinámica más activa ante la gracia que desea responder a la misión con generosidad y prontitud como lo veremos expresado posteriormente en su salida hacia la región montañosa de Judá para visitar a su prima Isabel. La imagen nos muestra a María viviendo toda esta experiencia en una dinámica de profunda oración y discernimiento, momentos fundamentales en la experiencia vocacional.

Todos estos elementos: la mirada firme de María, su postura, su apariencia humilde, manifiestan la respuesta por la que todos somos agradecidos e invitados también a proclamar: “FIAT”.

© 2017 – Rodrigo Banda Lazarte para el Centro de Estudios Católicos – CEC

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