Tengo un hermoso secreto que quisiera compartirlo. Siento que ha llegado la hora de que todos sepan quién es aquel ser que me roba el sueño y esté horas pensando en él. Surgió así de la nada, fue una conexión a primera vista, o quizá a primer oído.

No recuerdo exactamente cuando pasó, lo que recuerdo es que estuvo siempre a mi lado secándome las lágrimas de alegría o de tristeza; incluso en los momentos de mayor tensión fue mi calma. No tengo ningún mal recuerdo de él, he tenido heridas por causa suya, pero después de un tiempo puedo decir que valían la pena. Es mi sueño y mi esperanza. Es mi ayer y mi mañana. solo pienso en él y estoy orgullosa de tenerlo en mi vida.

Descubrí este infinito amor hace poco. En realidad, aprendí a valorarlo. ¿Te preguntarás de quién estoy hablando? Pues… del BAILE. Gracias a él he podido tener una vida disciplinada, dirigida a Dios. Sobre todo porque gracias a este don he podido vivir mi castidad en él. Sí, yo he hecho la opción por la castidad y vivo mi castidad en el baile.

Es un poco difícil de explicar. Mayormente pensamos que si sabemos bailar somos más sensuales, más provocativos. En realidad, podemos serlo, pero a mí el baile me ha traído un mayor control de mis emociones.

Vivir mi castidad en el baile me hace tener consciencia de lo que soy y lo que valgo. Mi cuerpo es único y es un don por el cual respiro y soy libre. Los bailarines cuidamos nuestro cuerpo como un tesoro, ¡PORQUE REALMENTE LO ES! Evitar las lesiones, utilizar pomadas… ¡la venda es nuestra fiel compañera! Cuidar el cuerpo tiene su recompensa.

La disciplina me ayuda a entender que una buena performance requiere de sacrificio y entrega por mi parte y por parte de todos los bailarines. Si no salimos el fin de semana, si no comemos comida chatarra, si disminuimos la gaseosa, no lo hacemos por obligación o porque “debemos”, sino porque queremos. Y lo queremos, porque queremos bailar bien, y porque sabemos que al renunciar a esas cosas, vamos a ganar algo mucho más grande, algo que nos apasiona, algo que nos hace verdaderamente felices. Son pequeños sacrificios que valen la pena y que dan fruto con el tiempo. Lo mismo sucede cuando al vivir la castidad decidimos esperar: se asumen renuncias, sacrificios, uno se entrena porque tiene una pasión más grande: un amor verdadero, un amor que dure para siempre, un amor que nos haga realmente felices.

Mi pasión por el baile me ayuda a ser paciente, a entender que no todo se da a la primera, y que se requiere de mucho entrenamiento y perseverancia. ¡Hay que insistir con las piruetas, los pasos, la coreografía y nunca rendirse! Todo este entrenamiento implica caerse, hacerse moretones… ¡pero nada de eso me detiene! Ponerse de pie, volver a intentarlo una y otra vez y continuar siempre a pesar de las caídas o fracasos es la clave para lograr finalmente una performance excelente. Si realmente amas lo que haces, con la perseverancia aprenderás cómo hacerlo.

De igual manera lo veo en la castidad. Es un entrenamiento arduo y exigente con el que estoy segura que voy a alcanzar algo que yo anhelo muchísimo: un amor puro, verdadero, para siempre. Esa es la otra pasión que a mí me motiva muchísimo a entrenarme día a día, a vivir la castidad no “porque debo”, sino porque quiero, y porque quiero ese amor más grande al que conduce el entrenamiento al que llamamos castidad. Si tenemos esa pasión por un amor así, aprenderemos a construirlo con la paciencia y perseverancia que requiere. Y como en el baile en parejas, eso no es solo de uno, sino de dos. Las dificultades llegarán, quizá también las caídas y moretones, pero yo no me dejo vencer por eso: aprenderé de mis caídas, insistiré con las “piruetas” necesarias, aprenderé a dominar mi cuerpo y mis emociones, porque saber que lo que me espera al final del camino es el amor que tanto anhelo, hace que valga la pena. ¡La audiencia es grande y exigente, y para eso debo prepararme!

 

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Autor: Claudia, 22 años.

Fuente: La Opción V

Link: http://laopcionv.com/articulos/se-puede-vivir-la-castidad-siendo-bailarina/

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