No es necesaria mucha reflexión para constatar que nuestra sociedad actual viene sufriendo cambios muy profundos a raíz de la impresionante omnipresencia que gana la tecnología de modo cada vez más rápido. No solo la rapidez es algo que llama la atención, sino la capacidad que posee de convertir el globo terráqueo en una “grande nación”.

Obviamente, este avance tecnológico trae consigo considerables recursos positivos para nuestra sociedad. Sin embargo, sería muy ingenuo de nuestra parte, dejar de considerar el otro “lado de la moneda”. No puede pasarnos desapercibido algunos cambios que viene sufriendo nuestra cultura, a raíz de ese fuerte influjo técnico.

Podemos hablar de una cada vez más extendida “mentalidad tecnologista”, que, evidentemente, no puede ser aceptada sin ningún tipo de crítica muy concienzuda de nuestra parte. No podemos tomar a la ligera esta reflexión, puesto que hablamos de una transformación de la sociedad, con variables nunca antes vistas; lo cual se ve, además, en el núcleo más fundamental de la sociedad: la familia. La tecnología está transformando la manera cotidiana como las personas dentro de su nucleo viven. Sea en términos positivos o negativos.

Esta “mentalidad tecnologista” viene logrando paulatinamente, a lo largo de más de tres décadas, absolutizar su poderío, poniendo entre paréntesis el papel de la libertad individual y del discernimiento moral que le corresponde. No obstante, no podemos permitir que la  tecnología ocupe el lugar central que ubica el hombre y su realidad cultural. La tecnología debe ser un medio para la sana realización cultural del hombre, y no un fin en sí mismo, subyugando y menospreciando el valor intrínseco que tenemos nosotros como imagen y semejanza divina.

Una reductiva y solipsista mirada tecnológica de nuestra propia identidad solamente lleva a que menospreciemos la dignidad que tenemos, lo cual tiene consecuencias funestas en la manera, por ejemplo, de entender cómo debemos vivir en búsqueda de la tan anhelada felicidad. Digamos, simplemente como una variable dentro de muchas, el poco espacio que se da para el amor y la misericordia en la vida de alguien “dominado” por la tecnología.

De por sí, la sociedad actual – para no ir tan lejos – sufre embates potentes hace ya más de dos siglos. Culturalmente, vivimos un profundo nihilismo (propuesta descrita por Nietzsche), que se refiere al hombre, como alguien que ya no posee valores importantes, y por lo tanto, se hace cada vez más incapaz de responder preguntas fundamentales para descubrir el sentido de nuestras vidas. En la misma línea filosófica, sufrimos un cambio dramático –ya denunciado por Kant, quien definía a la persona como un fin y nunca como un medio – razón por la cual somos relegados a la categoría de medios, para lograr fines buscados por una minoría económica, que sobrevalora aspectos como el dinero, por encima de la vida humana.

Todo esto se ve profundamente radicalizado por el influjo tecnológico, del cual hacemos mención. El fenómeno globalizador que tiene la tecnología se ve claramente en el desarrollo aceleradísimo que tienen los medios de comunicación a nivel mundial.

Hecha esta presentación muy general de una perspectiva del cambio cultural que vivimos, quiero dejar clara una idea: todo esto viene afectando profundamente la auto comprensión que tenemos los hombres de nosotros mismos. Cada vez menos entendemos que somos personas. Cada uno como alguien único e irrepetible, que de manera muy particular se relaciona con los demás seres humanos, y, finalmente, con Dios.

Tengamos cuidado para no caer en una mirada negativa de la tecnología. No quiero proponer una tecnofobia, sin embargo no podemos cerrar los ojos ante problemas culturales y antropológicos que todo “este cambio” conlleva en la vida de las personas.

Termino con una inquietud, que exhorto a que sea una pregunta que todos nos hagamos: El tiempo y la importancia que le doy a la tecnología, especialmente a las redes sociales, ¿está cambiando mi manera de vivir para mejor o peor? Hagámonos cada uno esa pregunta con mucha seriedad.

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