Jesús, en su vida terrena, tuvo una particular predilección por los enfermos y los que sufren. Existen muchos pasajes en los Evangelios, en los que se evidencia cómo Jesús sanó a muchos que acudían a Él con confianza, se compadecía de sus sufrimientos y los curaba.

Pero el Señor, no vino solo a sanar los cuerpos, sino especialmente las almas; Él vino a curarnos del peor de los males que es el pecado, porque a diferencia de la enfermedad que nos da un dolor temporal, éste nos trae un sufrimiento eterno si no es curado.

¿Y qué manera elige Jesús para salvarnos? Misteriosamente elige también el sufrimiento. Él se expone a sí mismo al mal, al dolor y la muerte, y los vence. Jesús sufrió muchísimo, y todo tipo de sufrimientos; el de la traición, el dolor moral por tener que cargar y asumir nuestro propio pecado, y el dolor físico al ser maltratado por los soldados que finalmente lo crucificaron.

Pero Jesús no se quedó ahí, Él venció el sufrimiento y la muerte con su resurrección. Por Él es que podemos decir que ya el mal no tiene la última palabra, porque Jesús le dio muerte a la muerte y a todo el sufrimiento por medio de su resurrección.

Ahora los cristianos estamos llamados a enfrentar nuestros sufrimientos como Jesús y con Jesús. Él no solo quiere mostrarnos de qué modo hacerlo, mostrándose así como un modelo de vida, sino que como está vivo, quiere acompañarnos en el camino, quiere ir junto a nosotros. Cada sufrimiento que tenemos es como un pedacito de la cruz del Señor y por eso podemos unirnos a Él siempre por medio de los dolores que vivimos.

En Jesús podemos decir que Dios visitó a su pueblo que sufre. El mismo nos dijo que tiene un amor de predilección por los que están enfermos, y vino a curar nuestras enfermedades no sólo de cuerpo, sino sobre todo del alma. Por eso, siguiendo los pasos de Jesús, la Iglesia busca también aliviar el dolor de los que sufren de muchas maneras y se dedica al servicio de los enfermos en tantos lugares de la tierra.

En el Catecismo

1503 La compasión de Cristo hacia los enfermos y sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase (cf Mt 4,24) son un signo maravilloso de que “Dios ha visitado a su pueblo” (Lc 7,16) y de que el Reino de Dios está muy cerca. Jesús no tiene solamente poder para curar, sino también de perdonar los pecados (cf Mc 2,5-12): vino a curar al hombre entero, alma y cuerpo; es el médico que los enfermos necesitan (Mc 2,17). Su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: “Estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25,36). Su amor de predilección para con los enfermos no ha cesado, a lo largo de los siglos, de suscitar la atención muy particular de los cristianos hacia todos los que sufren en su cuerpo y en su alma. Esta atención dio origen a infatigables esfuerzos por aliviar a los que sufren.

1504 A menudo Jesús pide a los enfermos que crean (cf Mc 5,34.36; 9,23). Se sirve de signos para curar: saliva e imposición de manos (cf Mc 7,32-36; 8, 22-25), barro y ablución (cf Jn 9,6s). Los enfermos tratan de tocarlo (cf Mc 1,41; 3,10; 6,56) “pues salía de él una fuerza que los curaba a todos” (Lc 6,19). Así, en los sacramentos, Cristo continúa “tocándonos” para sanarnos.

1505 Conmovido por tantos sufrimientos, Cristo no sólo se deja tocar por los enfermos, sino que hace suyas sus miserias: “El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades” (Mt 8,17; cf Is 53,4). No curó a todos los enfermos. Sus curaciones eran signos de la venida del Reino de Dios. Anunciaban una curación más radical: la victoria sobre el pecado y la muerte por su Pascua. En la Cruz, Cristo tomó sobre sí todo el peso del mal (cf Is 53,4-6) y quitó el “pecado del mundo” (Jn 1,29), del que la enfermedad no es sino una consecuencia. Por su pasión y su muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su pasión redentora.

Citas de la Sagrada Escritura

«Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros» (Is 53,4-6).

«Su fama se extendió por toda la Siria, y le llevaban a todos los enfermos, afligidos por diversas enfermedades y sufrimientos: endemoniados, epilépticos y paralíticos, y él los curaba» (Mt 4,24).

Al ver la fe de esos hombres, Jesús dijo al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Unos escribas que estaban sentados allí pensaban en su interior: «¿Qué está diciendo este hombre? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios? Jesús, advirtiendo en seguida que pensaban así, les dijo: «¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o “Levántate, toma tu camilla y camina”?  Para que ustedes sepan que el Hijo de hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados –dijo al paralítico– yo te lo mando, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa». Él se levantó en seguida, tomó su camilla y salió a la vista de todos. La gente quedó asombrada y glorificaba a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto nada igual». (Mc 2,5-12)

Frases del Papa Francisco acerca de Jesús, el mal y los enfermos

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La vida de Jesús, sobre todo en los tres años de su ministerio público, ha sido un incesante encuentro con las personas. Entre ellas, un lugar especial lo han tenido los enfermos. ¡Cuántas páginas de los Evangelios narran estos encuentros! El paralítico, el ciego, el leproso, el endemoniado, el epiléptico, e innumerables enfermos de todo tipo… Jesús se ha hecho cercano a cada uno de ellos y los ha sanado con su presencia y la potencia de su fuerza sanadora. Por lo tanto, no puede faltar, entre las Obras de misericordia, aquella de visitar y asistir a las personas enfermas.

Con estas Obras de misericordia el Señor nos invita a un gesto de grande humanidad: el compartir. Recordemos estas palabras: el compartir. Quien está enfermo, muchas veces se siente solo. No podemos ocultar que, sobre todo en nuestros días, justamente en la enfermedad se tiene la experiencia más profunda de la soledad que atraviesa gran parte de la vida. ¡Una visita puede hacer sentir a la persona enferma menos sola y un poco de compañía es una óptima medicina! Una sonrisa, una caricia, un apretón de manos son gestos simples, pero muy importantes para quien se siente estar abandonado a sí mismo.

“Los pobres y los enfermos estarán siempre con ustedes”, enseña Jesús, (cfr. Mt 26,11) y la Iglesia continuamente los encuentra por su camino, considerando a las personas enfermas como un camino privilegiado para encontrar a Cristo, para acogerlo y para servirlo. Curar a un enfermo, acogerlo, servirlo, es servir a Cristo: el enfermo es la carne de Cristo.

Frases de Benedicto XVI acerca de Jesús, el mal y los enfermos

Se trata por tanto de extraer del amor infinito de Dios, a través de una intensa relación con él en la oración, la fuerza para vivir cada día como el Buen Samaritano, con una atención concreta hacia quien está herido en el cuerpo y el espíritu, hacia quien pide ayuda, aunque sea un desconocido y no tenga recursos.

En el evangelio destaca la figura de la Bienaventurada Virgen María, que siguió al Hijo sufriente hasta el supremo sacrifico en el Gólgota. No perdió nunca la esperanza en la victoria de Dios sobre el mal, el dolor y la muerte, y supo acoger con el mismo abrazo de fe y amor al Hijo de Dios nacido en la gruta de Belén y muerto en la cruz. Su firme confianza en la potencia divina se vio iluminada por la resurrección de Cristo, que ofrece esperanza a quien se encuentra en el sufrimiento y renueva la certeza de la cercanía y el consuelo del Señor.

Un día Jesús dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos» (Mc 2, 17). En aquella ocasión se refería a los pecadores, que él había venido a llamar y a salvar, pero sigue siendo cierto que la enfermedad es una condición típicamente humana, en la que experimentamos fuertemente que no somos autosuficientes, sino que necesitamos de los demás. En este sentido podríamos decir, de modo paradójico, que la enfermedad puede ser un momento saludable, en el que se puede experimentar la atención de los demás y prestar atención a los demás.

Frases de San Juan Pablo II acerca de Jesús, el mal y los enfermos

La respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento “ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo” El sufrimiento, consecuencia del pecado original, asume un nuevo sentido:  se convierte en participación en la obra salvífica de Jesucristo. Con su sufrimiento en la cruz, Cristo venció el mal y nos permite vencerlo también a nosotros.

Nuestros sufrimientos cobran sentido y valor cuando están unidos al suyo. Cristo, Dios y hombre, tomó sobre sí los sufrimientos de la humanidad, y en él el mismo sufrimiento humano asume un sentido de redención. En esta unión entre lo humano y lo divino, el sufrimiento produce el bien y vence el mal.

La parábola evangélica del buen samaritano capta muy bien los sentimientos más nobles y la reacción de una persona ante un hombre que sufre y necesita ayuda. Buen samaritano es quien se detiene para atender a las necesidades de los que sufren.

Preguntas para profundizar acerca Jesús, el mal y los enfermos

¿Cómo una enfermedad puede producir bien?

Cuando unimos nuestros sufrimientos a la Cruz de Cristo, nos unimos también a su Resurrección, en donde es evidente que el Bien vence el mal. Tiene sentido entonces unirnos al Corazón sufriente de Cristo y en Él aprender a vivir con paciencia esos momentos difíciles.

¿Qué nos enseña Jesús frente a los enfermos?

Jesús nos enseña a hacer el bien, todo el tiempo. Nos habla a través de su propia vida, cómo se detenía y sacaba tiempo para visitar a los enfermos y realizar numerosas curaciones. Es importante recordar que cuando Jesús curaba, no solo lo hacía en el cuerpo sino en el espíritu.

¿Visitar a los enfermos es una obra de misericordia?

Si. Cuando visitamos a un enfermo, estamos ayudando a darle fuerzas a esa persona que sufre. La enfermedad es un momento en cual experimentamos de manera más potente nuestra realidad limitada y necesitada de los demás. Esta obra de misericordia nos ayuda a salir de nosotros mismos, y a volcar nuestra mirada hacia el servicio y la caridad con nuestros hermanos que más sufren. El Señor nos invita a no ser indiferentes sino por el contrario, ser buenos samaritanos.

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