La complejidad de un mundo globalizado presenta diversos desafíos para mantenerse a la vanguardia de los retos empresariales. Sin duda, el desarrollo tecnológico ha cambiado la forma en la que las empresas se configuran y se proyectan a la sociedad. La velocidad del cambio, así como el fácil acceso y sobreabundancia de información dificultan la tarea de las personas para procesar y jerarquizar adecuadamente todo lo que está disponible.

La complejidad de un mundo globalizado presenta diversos desafíos para mantenerse a la vanguardia de los retos empresariales. Sin duda, el desarrollo tecnológico ha cambiado la forma en la que las empresas se configuran y se proyectan a la sociedad. La velocidad del cambio, así como el fácil acceso y sobreabundancia de información dificultan la tarea de las personas para procesar y jerarquizar adecuadamente todo lo que está disponible.

No todo lo que se presenta como novedad es equivalente a progreso, y no toda oportunidad debe ser aceptada sin la debida reflexión, para evitar así ser arrastrados en medio de una dinámica absorbente que termine copando los espacios de la vida de la persona. El conocido psicólogo Viktor Frankl describía la “enfermedad de los mánager”, que llevados por su afán de trabajo y voluntad de poder se arrojan a una actividad intensa, cayendo en un sinsentido ((Ver Viktor Frankl, Ante el vacío existencial.)).

Cabe, pues, analizar si los cambios o proyectos que se plantean son acordes con las necesidades del ser humano. En el caso concreto de la tecnología, si bien esta abre infinidad de oportunidades, debe ser aplicada al servicio de la persona, y no al revés.

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Por ejemplo, muchos hogares se han visto afectados por el acceso ilimitado a la tecnología, por el cual las personas siguen conectadas al trabajo, sea a través de los teléfonos inteligentes, el acceso a Internet u otros medios, restando espacios de encuentro auténtico entre los miembros de la familia.

Dentro de las organizaciones se debe promover una aproximación abierta y flexible a los nuevos desafíos, y a su vez una visión crítica de la realidad, evitando la dispersión para focalizar la atención y energía en lo realmente importante. Los valores inherentes de las personas no pueden ser sujetos del ritmo del mundo actual o de las circunstancias. La renovación debe darse siempre en continuidad con aquello que no cambia, que permanece en lo más profundo de la persona. No dejemos que la vida nos arrastre por caminos que no hemos elegido; construyamos los senderos por los cuales queremos encauzar nuestras vidas y las de nuestros seres queridos.

© 2015 – Carlos Muñoz Gallardo para el Centro de Estudios Católicos – CEC

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