Siempre es bueno contar con ideas verdaderas que iluminen la reflexión y orienten la vida, sobre todo cuando son tantas las cosas que se ponen en duda. Pues bien, en ese contexto, quiero plantear aquí el desafío de acercarse al pensamiento y la vida de un gran pensador, que, a pesar de pertenecer históricamente a la Edad Media, es más actual de lo que pensamos, razón por la cual miles de personas siguen estudiando su doctrina, y muchas otras la siguen enseñando en centros de enseñanza.

En realidad santo Tomás de Aquino no solo ha sido importante para un país y una época determinados, sino que es más universal, pues su tesoro intelectual ha iluminado a toda la cultura occidental de los últimos siete siglos y ha sido guía espiritual de la Iglesia Católica durante todo este tiempo. El Papa León XIII lo llamó “Patrono de todas las Escuelas y Universidades católicas del mundo”. Pablo VI lo apodó “Lumbrera de la Iglesia y del mundo”. Juan Pablo II lo consideró “Doctor de la humanidad”, por su apertura a recibir los valores humanos de todas las culturas. Benedicto XVI señalaba que incluso hoy, con más de 700 años de distancia, podemos aprender de santo Tomás porque sigue siendo “maestro de vida también ahora”. Mientras que el Papa Francisco, lo ha propuesto a los jóvenes como modelo por haber puesto “la inteligencia y voluntad al servicio del Evangelio”.

Nuestro monje era un hombre corpulento y reflexivo, de una familia noble de doble ascendencia normanda e italiana establecida en Nápoles durante la Edad Media. Su vocación como fraile dominico estuvo marcada por el estudio y meditación de la verdad, la enseñanza y la predicación, después de la incomprensión inicial de su familia, que le acarreó, como se muestra gráficamente en el comic de Historias del buey mudo, más de un disgusto de parte de su núcleo, que esperaba de él grandes cargos y honores como señor feudal. A pesar de su gran tamaño y de sus atractivos rasgos, poseía una personalidad tranquila y dada a la reflexión que le hacía pasar desapercibido entre sus compañeros de estudio y de hábito. Su gran capacidad intelectual, en cambio, hizo que despuntara como lo que luego llegó a ser: una gran lumbrera del pensamiento teológico y filosófico. Por su gran sabiduría y cercanía humana, fue consejero de papas y reyes, discutió con profesores de las mejores universidades europeas y orientó a sus jóvenes hermanos de comunidad. Santo Tomás, que solo vivió 49 años, fue autor de más de 60 obras de inigualable profundidad, entre las que sobresalen sus comentarios bíblicos y su interpretación de las obras de Aristóteles.   

Destaca en santo Tomás de Aquino la extraordinaria obra intelectual que llevó a cabo, en la que se unen armoniosamente el paganismo clásico de griegos y romanos con el cristianismo antiguo de los padres de la Iglesia, por lo que se le conoce por su síntesis armoniosa entre fe y razón. A pesar de su gran obra intelectual, precisa y objetiva, comparada con una catedral gótica, no debemos olvidar que Tomás fue un hombre de carne y hueso, con una vida concreta, familia, estudios superiores y profesión; una vida en que le tocó enfrentar numerosas contradicciones y oposiciones, superadas solo por su gran amor y compromiso con la verdad.

Nuestra época es de convulsiones, búsquedas más o menos acertadas, luchas, pasos acertados y desacertados, cambios, etc. Esto reafirma que mientras el hombre sea hombre, está en “estado de camino” o, como decían los medievales, en estado viatore. Somos seres dinámicos llamados a crecer en todas las dimensiones de nuestro ser personal, para lo cual debemos poner en juego ese gran don que implica un riesgo: la libertad… libertad con la que podemos alcanzar las más maravillosas cimas de perfección –natural y, con la ayuda de la Gracia, también sobrenatural- pero también los más bajos pozos de vergüenza y decrepitud. Lo que somos y lo que estamos llamados a ser como personas humanas, con los obstáculos y ayudas para lograrlo, son objeto de la preciosa reflexión de santo Tomás. Nunca el hombre renunciará a su deseo de felicidad ni de plenitud. Tampoco al esfuerzo propio de ese camino. Por eso sigue teniendo valor y actualidad la doctrina del Aquinate o doctor Angélico, como se le conoce en ámbitos filosóficos.

De manera especial es muy valioso todo lo que hace referencia a la “verdad del hombre”, en concreto, su acertada visión del ser humano: la constitución corpóreo espiritual, su destino sobrenatural, pero firmemente arraigado en bases naturales correctamente ordenadas y orientadas, la necesaria búsqueda de unidad y armonía interna entre todas las fuerzas vitales que confirman la necesidad de que la recta razón oriente la vida hacia los verdaderos fines, conocidos y discernidos gracias a la capacidad intelectual, y libremente escogidos por la voluntad, además de la centralidad de habituar correctamente nuestras potencias a su verdadero fin a través de los hábitos perfectivos o virtudes, que no solo contrarrestan cierta debilidad inherente a nuestra naturaleza caída sino que, a la vez, la perfeccionan para acercarse a su fin de manera fácil, pronta y alegre.

La riqueza antropológica de la doctrina tomista -y la metafísica que subyace a la misma- es un gran tesoro para toda la humanidad, no solo para los filósofos o los historiadores amantes de la Edad Media. Cosa que, por cierto, se pone en evidencia en la estupenda recepción del Congreso Internacional de Filosofía tomista, que va ya por su cuarta convocatoria, organizado por el Centro de Estudios Tomistas de la UST, donde se congregarán en Santiago la tercera semana de julio connotados y brillantes tomistas de todo el mundo (http://www.santotomas.cl/congreso-tomista/). La temática esta vez será las relaciones entre el ser yo-obrar, tema con múltiples derivaciones, aristas y riquezas, no solo intelectual sino ética y existencial.

Por último, Tomás de Aquino simboliza, con su vida y su doctrina, los valores humanos más profundos: el irrenunciable valor de la persona humana, el amor a la verdad, la importancia del estudio disciplinado, el trabajo bien hecho, la excelencia como perfeccionamiento de nuestras capacidades a través de la superación, la fraternidad entre todos y la vocación de servicio.       

Como el mismo Tomás de Aquino enseña, solo se ama lo que se conoce, y mientras más se conoce más se ama; por eso queda en pie la invitación a adentrarse en la riqueza de este gran pensador y santo, patrón de tantas instituciones y orientador de los estudios teológicos.

#SOS

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