Hace muchos años, quienes nacimos antes del surgimiento de Internet y queríamos averiguar algo debíamos ir a una biblioteca a investigar, o preguntar a alguien que supiera del tema. Recuerdo que mi padre invirtió en varias enciclopedias temáticas, que me fueron de gran ayuda en la elaboración de las tareas escolares y en la satisfacción de mi propia curiosidad frente a una gran cantidad de temas.

Hoy, basta con entrar a un buscador en Internet y hacer cualquier pregunta: la web es el nuevo “oráculo de Delfos”, que al parecer lo sabe todo, y que no discrimina a quienes buscan su sabiduría.

Esta situación ha tenido una gran repercusión práctica, en términos de ahorro de tiempo y esfuerzo, pero además tiene algunas consecuencias más profundas, tres de ellas que me gustaría analizar con más detalle.

La primera es, sin duda, la democratización del conocimiento, que ya no es propiedad de grupos cerrados o élites intelectuales, sino de cualquier persona que desee saber. En este sentido Wikipedia es un ejemplo de dicha democratización, ya que, no sólo es de fácil acceso a cualquiera que tenga Internet, sino que la Enciclopedia misma es fruto del esfuerzo de muchos colaboradores que, sin ninguna intención de lucro, aportan al fondo común de conocimiento.

Esto, claro está, trae problemas. Cuando se trata de temas neutros es más o menos fácil alcanzar un consenso, pero cuando vamos a temas más complejos o controversiales comienzan disputas –a veces verdaderas “guerras editoriales”— donde diversos bandos compiten por imponer sus ideas.

Es por esto que el uso de un instrumento como Wikipedia –y en general de Internet– exige una cualidad muy importante: el discernimiento, o sea la capacidad de evaluar y juzgar, usando el propio criterio para no dejarse llevar por cualquier opinión.

La segunda consecuencia que quiero resaltar, es la desestructuración de la jerarquía de valores: se afirma que todo conocimiento es igual y que desde el punto de vista “científico” basta con analizar fríamente un tema, persona o situación para llegar a una conclusión. Un ejemplo muy claro sería la figura de Jesucristo. No basta con leer datos biográficos o “científicos” sobre Él, ya que su misma Persona es un cuestionamiento a preguntas fundamentales del ser humano que no pueden ser resueltas consultando un artículo en Internet. Lo mismo pasa con la Iglesia, con las verdades de fe y con otros personajes o sucesos de la historia que no admiten una aproximación meramente académica, ya que, con ello se pierde un ángulo fundamental de su propia naturaleza.

Una tercera consecuencia, es la banalización del conocimiento. El último meme, la última noticia de Facebook, el último trino de Twitter, son muchas veces replicados sin ningún criterio y sin una verificación de la veracidad o falsedad de lo que se replica. Un caso muy reciente es un meme donde se afirma que el anillo del Papa serviría para pagar la deuda externa de muchos países; dato completamente falso, ya que, dicho anillo tiene un valor económico mínimo y porta sobre todo un valor simbólico.

Por todo esto, vemos que frente al fenómeno del conocimiento de la era digital se dan grandes beneficios que deben ser, sin embargo, matizados por una precaución que nos permita ser fieles a nuestros principios personales y que vayan de la mano siempre con una actitud crítica que no se limite a repetir datos, memes, cifras, sino que sea fiel a la verdad que conocemos y que nos esforzamos por descubrir en nuestra vida diaria.

 

© 2017 – Carlos Díaz para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Carlos Díaz Galvis

Carlos es el Director Editorial del Centro de Estudios Católicos CEC. En la actualidad reside en Medellín (Colombia).

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