69virgen-chinaEl concepto “evangelización de la cultura” tiene cada vez más importancia para comprender la misión de la Iglesia en la actualidad. Ciertamente no es un tema nuevo, pues está presente en el mismo dinamismo de la fe que se hace vida, que se hace cultura, como escribiría el entonces cardenal Ratzinger: «No existe una fe desnuda, una fe como simple religión. Desde el mismo momento en que la fe le dice al hombre quién es él y cómo ha de comenzar a ser humano, la fe crea cultura» ((Joseph Ratzinger. Fe, Verdad y Tolerancia. El cristianismo y las religiones del mundo. Sígueme, 2005, p. 60.)). La relación entre fe y cultura es intrínseca pero necesita una renovada categorización y profundización de cara a los desafíos de la situación presente.

En los textos del Concilio Vaticano II se hace evidente la preocupación por entender qué significa cultura ((Ver de manera particular Gaudium et spes, 33-39; 53-62 e Inter mirifica 13-17.)), pero el concepto de evangelización de la cultura no se encuentra explícitamente citado. Será Pablo VI quien por primera vez utilice este término en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi de 1975 cuando afirma que «hay que hacer todos los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura o, más exactamente, de las culturas» ((S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 20.)). Con Pablo VI se da inicio a un camino de reflexión que ha sido recorrido por el magisterio eclesial hasta nuestros días.

Sin embargo, en los textos conciliares encontramos numerosas referencias sobre el encuentro entre el Evangelio y la cultura. La Constitución Pastoral Gaudium et spes, nos ofrece algunas luces que plantean los puntos fundamentales de cómo la Iglesia, «luz de los pueblos» ((Lumen Gentium, 1.)) tiene como misión hacer que la Palabra de Dios penetre en las culturas, y es por ello que «mira (al mundo) con gran amor, siente por él una admiración sincera y lo busca con buena intención, no para dominarlo, sino para estar a su servicio, […] para llevarle el consuelo y la salvación» ((S.S. Pablo VI, Discurso en la apertura de la II sesión del Concilio Vaticano II, 29/9/1963)).

En la Gaudium et Spes encontramos una aproximación, aún en germen, a la evangelización de la cultura entendida como «juzgar [bajo la luz de la fe] los valores [que] por proceder de la inteligencia que Dios ha dado al hombre, poseen una bondad extraordinaria; pero, a causa de la corrupción del corazón humano, sufren con frecuencia desviaciones contrarias a su debida ordenación. Por ello necesitan purificación» ((Gaudium et Spes, 11.)); afirmación que, luego de un desarrollo y profundización posterior, podemos encontrar en la Evangelii nuntiandi como un «alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación» ((S.S. PabloVI, Evangelii nuntiandi, 19.)).

Discerniendo los signos de los tiempos bajo la luz del Espíritu Santo

Ante todo, el numeral 11 de la Gaudium et spes deja claro que es la fe la que impulsa a la Iglesia «a creer que quien la conduce es el Espíritu del Señor». En sintonía con el Espíritu del Señor la Iglesia –prosigue el número 11– «procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos». Encontramos aquí una palabra que ha sido clave para entender cómo se aproxima la Iglesia a la situación presente en especial cuando se trata de la evangelización de la cultura: discernimiento. Respetuosa de la libertad del hombre, reconociendo su bondad y también su fragilidad que se plasma en cada cultura, la Iglesia debe discernir. Pero no se trata de un discernimiento cualquiera, como dice el documento de Puebla: La Iglesia «parte, ante todo, de una profunda actitud de amor a los pueblos, [de esta manera] podrá conocer y discernir las modalidades propias de nuestra cultura» ((Puebla, 397.)).

Ahora bien, ¿qué debe discernir la Iglesia, bajo la guía del Espíritu, de cara a su misión actual? El texto conciliar resalta tres cosas: acontecimientos, exigencias y deseos. Estos tres elementos se podrían resumir en la expresión evangélica “signa temporum” (Mt 16, 3) que utiliza la Gaudium et spes explicando cómo «para cumplir esta misión es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio» ((Gaudium et spes, 4.)) para descubrir en ellos «los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios» ((Gaudium et spes, 11.)).

Se trata de una mirada global a la realidad, encarnada en la historia, que reconoce las exigencias de la época actual, los nuevos desafíos que se desprenden de la ruptura entre la fe y la vida, esas nuevas formas de deshumanización; y que, al mismo tiempo, busca conocer de qué manera se manifiestan en la actualidad los anhelos profundos de cada ser humano, sus esperanzas y sus aspiraciones. En el correcto discernimiento de los signos de los tiempos está en juego la misión de la Iglesia de «responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas» ((Gaudium et spes, 11.)).

El primer párrafo de la Gaudium et spes 11 termina diciendo que «la fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas». Acá hay una clara alusión al tema de la relación entre fe y razón. Para que el hombre pueda realizar su vocación integral debe comprender el plan de Dios que le revela la verdad acerca de él mismo; para ello, debe permitir que la «fe mueva a la razón a salir de todo aislamiento y a apostar de buen grado por lo que es bello, bueno y verdadero» ((S.S. Juan Pablo II, Fides et Ratio, 56.)). Se trata de algo fundamental para la evangelización ya que «el acto fundamental cristiano encierra esta doble afirmación: En la fe cristiana se manifiesta la razón; la fe, precisamente en cuanto fe, postula la razón. La razón se manifiesta mediante la fe cristiana; la razón presupone la fe como acto vital» ((Joseph Ratzinger. Iglesia, Ecumenismo y Política. Nuevos ensayos de eclesiología, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1987, pp. 169-170.)).

Valores, cultura y evangelización

Detengámonos un poco en la siguiente pregunta: ¿qué entiende el texto conciliar por cultura? La respuesta la encontramos, principalmente, en el número 53. El texto dice: «con la palabra cultura se indica, en sentido general, todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano» ((Gaudium et spes, 24.)). El texto conciliar considera la cultura necesaria para que la persona llegue a un «nivel verdadera y plenamente humano, es decir, cultivando los bienes y los valores naturales» Gaudium et spes, 56.)). Claramente esta noción de cultura está ligada a la persona humana: no se comprende la cultura sin la persona.

Esta definición guarda estrecha relación con lo que San Juan Pablo II intuía al afirmar que «el hombre, que en el mundo visible es el único sujeto óntico de la cultura, es también su único objeto y su fin» ((S.S. Juan Pablo II, Discurso en la UNESCO, Paris, 2/6/1980, 7.)); de aquí que también defina la cultura como «cultivo del hombre» ((S.S. Juan Pablo II, Discurso ante personalidades del mundo de la cultura, Río de Janeiro, 1/7/1980, 3.)).

Esta definición ha sido desarrollada por el estudioso peruano Alfredo García Quesada en su trabajo La fe y la cultura en el pensamiento católico latinoamericano ((Ver Alfredo García Quesada. La fe y la cultura en el pensamiento católico latinoamericano, Universidad Católica San Pablo, Arequipa 2007, pp. 143-167.)). De la expresión cultivo del hombre –explica García- se desprenden cuatro sentidos para explicar qué es la cultura: los dos primeros se derivan del uso del genitivo en la definición; por ello, cultivo puede ser entendido en cuanto referido al hombre como su “sujeto”, pero también al hombre como su “objeto”, es decir como “expresión del hombre”, y por los tanto, la cultura como «orientada a la promoción del propio hombre». Los otros dos sentidos de la cultura se obtienen del hecho que el término “cultivo” admite ser comprendido como “acto de cultivar” y como “efecto del cultivar”. De ese modo, la cultura vendría a ser “un acto o un dinamismo”, pero también “una sedimentación”, es decir, un “despliegue y consecuencia de la acción”, una “concreción humana” que se manifiestan en la forma de objetos, de disposiciones humanas o también al modo de espacios comunes.

El propósito del Concilio expuesto en Gaudium et spes 11 se presenta como un juzgar bajo la luz de la fe los valores relevantes de la cultura y enlazarlos con su fuente divina. Estos valores poseen una bondad extraordinaria pues proceden de la inteligencia que Dios ha dado al hombre; pero que necesitan purificación debido a que, con frecuencia, sufren desviaciones contrarias a su debida ordenación a causa de la corrupción del corazón humano. Podemos decir que la intención de los padres conciliares de juzgar los valores bajo la luz de la fe para enlazarlos con su fuente divina es una aproximación que se cobija bajo lo que hoy entendemos como “evangelización de la cultura”; y que la Evangelii nuntiandi -como dijimos al inicio- concibe como «alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad» ((S.S Pablo VI. Evangelii nuntiandi, 19. )).

Podemos concluir que la evangelización de la cultura busca responder «a las perennes interrogantes de la humanidad» ((Gaudium et spes, 4.)), discerniendo bajo la guía del Espíritu Santo, los signos de los tiempos que se manifiestan en los valores, los criterios de juicio y las formas como cada cultura expresa sus relaciones fundamentales ((Ver Puebla, 386.)). La evangelización de la cultura se puede entender como el dinamismo que busca responder a la pregunta por el hombre y su acción en medio del mundo, haciendo que el Evangelio se encarne en la raíz misma la cultura, asumiendo lo humano, conduciéndolo hacia su origen divino, y purificando todo aquello que se opone al designio de Dios ((Ver Gaudium et spes, 11.)).

El Papa Emérito Benedicto XVI nos invitó en el año 2012 –año de la Fe–, a mirar el Concilio Vaticano II para conocer sus enseñanzas y vivirlas; nos enseña que «la fe cristiana, operosa en la caridad y fuerte en la esperanza, no limita, sino que humaniza la vida; más aún, la hace plenamente humana» ((S.S. Benedicto XVI. Introducción a las catequesis por el Año de la fe, Roma, 17/10/2012.)). Consciente de este inmenso tesoro, «es un deber de la Iglesia transmitir la fe, comunicar el Evangelio, para que las verdades cristianas sean luz en las nuevas transformaciones culturales» ((S.S. Benedicto XVI. Introducción a las catequesis por el Año de la fe, Roma, 17/10/2012.)), mediante un diálogo que con la luz de la fe ensanche la razón ((Ver S.S. Benedicto XVI. Discurso en el Encuentro con las Organizaciones para el Diálogo Interreligioso, Jerusalén, 11/5/2009.)) y lleve a cada persona de nuestro tiempo a comprender que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado [que] manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» ((Gaudium et spes, 22.)).

© 2014 – Mijailo Bokan Garay para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Mijailo Bokan Garay

Mijailo nació en el Perú en 1982. Es teólogo, graduado de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Actualmente es Director de Investigación del Centro de Estudios Católicos (CEC) y Encargado de Estudios del Centro de Formación Nuestra Señora de Guadalupe.

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