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Primero luché con la vergüenza de repetir los innumerables lugares comunes que han llovido torrencialmente en estos últimos tres días, las canonizaciones gratuitas de los medios, los memes soteriológicos con los que las redes sociales mandaron al cielo a Steve Jobs junto con Chávez y Williams, las frases célebres y los grandilocuentes discursos sobre don Roberto Gómez Bolaños, “Chespirito”.

Luché pero perdí: no hay sonsera sentimental que se diga sobre este señor que no me conmueva. Y no sé por qué. Ya se han dicho todas las hipótesis: que murió parte de nuestra infancia, que representaba el sentir latinoamericano, que encarnaba las cosas cotidianas de la vida. Todas ciertas pero ninguna que me convenza realmente.

Yo tengo una muy personal, una que no lo halaga a él y a mí me pone como un arribista intolerable. No me importa. Ni novedosa es. Mi hipótesis, mía de mí y de nadie más, es que se parece a mí. Lo sé: se parece a todos, pero se parece a mí, si no fuera así, me importaría un bledo que se parezca a todos. Me explico: su talento nos unió en una especie de infancia universal que, como a los niños, nos hace a la vez individualistas, generosos y sinceros.

[pullquote]Porque Chespirito encarnó siempre el típico espíritu infantil, esa aguda observación de la realidad cotidiana que no pierde detalle y que hizo que todos sus personajes fueran perfectos en su imperfección, es decir, uno como yo, como tú, como tu tía vieja, tu primo antipático, el gordo de la renta, el tío bueno para nada, el pariente pobre que vive lejos, la tía que no es tu tía sino una “tía”, es decir, como nosotros, como cualquiera en cualquier lugar. Un misio con el talento de otro misio, don William Shakespeare, quien tuvo el honor de darle su nombre en diminutivo: Chespirito, Shakespeare chiquito, chaparrito.[/pullquote]

Fue un niño hasta su muerte. Tal vez eso sea lo que más duele: la muerte de un niño en este cómico que jamás tuvo una nota de mal gusto adulto, que jamás recurrió al doble sentido, la grosería o algo oscuro para hacer reír. Siempre ha sido una risa blanca, clara, inocentona la que sale del corazón con las sonseras del Chavo, las burradas del Chapulín, ese superhéroe fracasadísimo y triunfador a la vez, las recetas de Chapatín, la tonta delincuencia del Chómpiras y las consideraciones de Chaparrón Bonaparte. Comicidad de circo de pueblo, de payaso pobre, esa ingenuidad que uno añora siempre.

Risa que antes que nada nos hace reír de nosotros mismos, nos sintoniza con lo que somos: misios, desordenados y tiernos, buenos, envidiosos y con voluntad de ayudar a la vez. Reír de lo que somos: países a medio hacer, lejos del “primer mundo” pero también bastante lejos del caos de nuestro origen nacional, vaso medio lleno y medio vacío como la vecindad, ese pueblito tan español y mestizo, orgulloso y humilde a la vez, tejido de paradojas tan humanas como la ropa del Chavo, un puro remiendo. Hijos de Dios y pecadores necesitados de la gracia (y de lo gracioso), ni más ni menos.

Pues bien, todo esto, todo Chespirito, es humor católico, chestertoniano diría sin ambages, de esas pocas cosas que quedan que se pueden contar a un niño sin temor de dañar su dulcísima inocencia. Algo muy de Dios que estaba hasta el día viernes 28 de noviembre en nuestras vidas ya no está con nosotros. Este su profeta cómico, su pequeño hijo chistoso, ha partido y nos ha dejado llorando y sonriendo a la vez.

Termino con una tonta esperanza muy mía también. Espero con ilusión de niño que cuando don Roberto lea este post sólo diga: “¡Eso, eso, eso!” Si ocurre, ya puedo morir en paz. Lo digo adherido a sus propias palabras:

© 2014 – José Manuel Rodríguez Canales para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

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