En su vida, en su sufrimiento, en sus escritos y dictados, se hace palpable un itinerario espiritual sencillo y modélico. En ese sentido la firma con que concluía sus cartas resulta emblemática, pues fue pasando de “Antonietta” a “Antonietta y Jesús” hasta firmar en sus últimas cartas “Antonietta de Jesús”. No es sólo un lema. Se trata de una frase que resume la coronación de su corta existencia terrena. Esta niña ofrece un modelo de comunión con el Señor Jesús y de una progresiva conformación con quien es la plenitud de la humanidad. Con pasitos imperceptibles esta pequeña pasó a nuestro lado como un raudo destello de sol, como uno de esos atletas que, según el Apóstol, se privan de todo para ganar la gloria anhelada (Ver 1Cor 9,24-25). Nennolina, como se le llama cariñosamente, es una hermanita que nos muestra que nunca se es demasiado joven para hacerse amigo del Señor ni para correr en busca del cielo prometido. Además de su intensa vida de fe, esperanza y caridad, de la que hallamos numerosos ejemplos, nos dejó el tesoro de sus escritos infantiles. La mayoría dirigidos al Señor Jesús, unos cuantos a Dios Padre, al Espíritu Santo, a la Virgen María, a algunos santos y a su familia. En ellos se revela el corazón tierno y afectuoso de una niña que poco a poco va madurando en su amistad con Jesucristo, pasando de un cariño candoroso a una progresiva y madura adhesión al Calvario signado por los rigores de su enfermedad.

Prefacio.

Quien tenga la bendición de visitar la Basílica de la Santa Cruz en la ciudad de Roma y se acerque con devoción a venerar las reliquias del “Legnum Crucis”, llevadas ahí por Santa Helena en el año 326 d.C., tal vez se sorprenda cuando, al salir de la habitación que las contiene, se tope con una recámara más bien moderna e iluminada. En la pared del fondo verá una lápida de mármol rosado que cobija los restos de una niña llamada Antonietta Meo. Y se sorprenderá aún más al saber que esta pequeña romana se encuentra en proceso de ser beatificada.

El Concilio Vaticano II, particularmente en la Constitución dogmática Lumen gentium, ha resaltado la vocación universal de todo bautizado a la santidad. El Papa Juan Pablo II, por ejemplo, lo ha confirmado con su magisterio y también con la cantidad notable de hombres y mujeres que han sido proclamados modelos para la vida cristiana. Una muestra singular de esta universalidad, que incluye diversidad de edades, es la Venerable Antonietta Meo, sobre quien existe ya una notable bibliografía ((El 17 de diciembre de 2007, S.S. Benedicto XVI autorizó al Cardenal José Saraiva Martins, en ese entonces Prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos, a promulgar el decreto que declara las virtudes heroicas de la Sierva de Dios Antonietta Meo, con lo cual se le reconoce como Venerable.)). De proclamarse su beatificación, con seis años y medio de edad, podría llegar a ser la niña santa, no mártir, más joven del santoral, quien con su breve paso por este mundo dejó una estela luminosa y modélica de vida evangélica.

De este modo encuentran renovado eco las palabras proféticas atribuidas a San Pío X, quien adelantó la edad en que los niños podían realizar la Primera Comunión: “Habrá santos entre los niños”. El mismo Benedicto XVI habló de la Venerable, dirigiéndose a un grupo de niños de la Acción Católica italiana: «Nennolina, niña romana, en su brevísima vida –sólo seis años y medio- ha demostrado una fe, una esperanza, una caridad especiales, y así también las otras virtudes cristianas. A pesar de ser una frágil muchachita, ha logrado dar un testimonio fuerte y robusto del Evangelio… Por ello podéis considerarla como amiga vuestra, un modelo en quien inspiraros. Su existencia, tan simple y al mismo tiempo tan importante, demuestra que la santidad es para todas las edades: para los niños y para los jóvenes, para los adultos y para los ancianos. Cada etapa de nuestra existencia puede ser buena para decidirse a amar seriamente a Jesús y para seguirlo fielmente. En pocos años, Nennolina ha alcanzado la cumbre de la perfección cristiana que todos estamos llamados a escalar, ha recorrido con velocidad la “autopista” que conduce a Jesús. Es más, como habéis recordado vosotros mismos, es Jesús el verdadero “Camino” que nos lleva al Padre y a su y nuestra casa definitiva que es el Paraíso. Vosotros sabéis que Antonietta ahora vive en Dios, y desde el Cielo os está cercana…» ((S.S. Benedicto XVI a un grupo de niños de la Acción Católica.)).

En su vida, en su sufrimiento, en sus escritos y dictados, se hace palpable un itinerario espiritual sencillo y modélico. En ese sentido la firma con que concluía sus cartas resulta emblemática, pues fue pasando de Antonietta a Antonietta y Jesús” hasta firmar en sus últimas cartas Antonietta de Jesús”. No es sólo un lema. Se trata de una frase que resume la coronación de su corta existencia terrena. Esta niña ofrece un modelo de comunión con el Señor Jesús y de una progresiva conformación con quien es la plenitud de la humanidad.

Con pasitos imperceptibles esta pequeña pasó a nuestro lado como un raudo destello de sol, como uno de esos atletas que, según el Apóstol, se privan de todo para ganar la gloria anhelada (Ver 1Cor 9,24-25). Nennolina, como se le llama cariñosamente, es una hermanita que nos muestra que nunca se es demasiado joven para hacerse amigo del Señor ni para correr en busca del cielo prometido.

Además de su intensa vida de fe, esperanza y caridad, de la que hallamos numerosos ejemplos, nos dejó el tesoro de sus escritos infantiles. La mayoría dirigidos al Señor Jesús, unos cuantos a Dios Padre, al Espíritu Santo, a la Virgen María, a algunos santos y a su familia. En ellos se revela el corazón tierno y afectuoso de una niña que poco a poco va madurando en su amistad con Jesucristo, pasando de un cariño candoroso a una progresiva y madura adhesión al Calvario signado por los rigores de su enfermedad.

No es exagerado afirmar que esta relación de amistad personal con el Señor Jesús fue el fundamento interior de su vida entera. Por el Señor, y con Él a su lado, realizaba actos de virtud, de sacrificio, de generosidad, encendía en su corazón el celo por la salvación de las personas y finalmente se ofrece como víctima de sacrificio a los pies de la Cruz. A su cortísima edad fue capaz de responder diligente y madura a los dones de la gracia que Dios le otorgaba día a día.

Un hogar cristiano

El célebre filósofo español Julián Marías decía que el alma humana es como un patio andaluz que, formando parte de la casa, es a la vez una interioridad abierta para quien desee hacer morada en ella. Por ello, añadía además que el acierto de una biografía consistía en identificar y explicitar quiénes han “habitado” el alma de aquél cuya vida se describe. Con cuánta mayor razón intentaremos descubrir aquellos que acompañaron esta pequeña discípula en su peregrinar.

El padre, Michele Meo
El padre, Michele Meo

Sus padres son María y Miguel Meo. Él es un funcionario público, oficio que le permitía vivir de manera acomodada en un departamento en Via Statilia a unas calles de su parroquia, la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén. La madre se dedicaba al hogar y participaba activamente en la Acción Católica. Ambos esposos eran, además, terciarios franciscanos ((Ver María Meo. Ricordi della mamma di Nennolina, Roma, 2002, p. 29.)).

El hogar de los Meo constituyó para la pequeña Venerable un espacio de intensa y cotidiana vida de fe. Con ello nos referimos no solamente a una práctica laudable de asistencia a los sacramentos o a la oración, sino a que se respiraba una sincera búsqueda de los planes de Dios y de la adhesión amorosa a ellos. Definitivamente la experiencia de dolor y alegría los forjó en la senda del amor y la confianza en el Señor. El primer hijo del matrimonio, Juan, nace el 29 de noviembre de 1919, pero fallece el 23 de julio de 1921 con apenas dos años de edad.

La segunda hija fue Margarita Emilia Josefina, nacida el 27 de marzo de 1922, quien es la única hermana que acompañó a Antonietta a lo largo de su breve vida terrena, hasta el tránsito postrero.

El 4 de noviembre de 1924 nace Carmela, y por segunda vez el sufrimiento toca a la puerta de la familia Meo, pues el Señor se la lleva al cielo un 22 de diciembre de 1926.

Esta experiencia de dolor y sufrimiento llevó a los Meo a tener una conciencia muy clara de la gratuidad del don de la vida y de la necesaria confianza en Dios, de quien procede todo bien. No fue un camino fácil. Sin embargo supieron buscar siempre la voluntad del Señor. Cuenta la madre que cinco años después de la muerte de Carmela, prácticamente convencida de que no sería madre de nuevo, volvió a quedar embarazada. Esta vez con gran angustia y temor, luchando por adherirse al designio divino. Poco a poco la oración y la comunión eucarística le van devolviendo la paz al corazón.

La madre, Maria Ravaglioli
La madre, Maria Ravaglioli

En la tarde del 15 de diciembre de 1930, bajo un cielo gris de invierno romano, en el instante en que un rayo de sol atravesaba las nubes e inundaba la estancia, nacía Antonietta Meo, conocida también familiarmente como Nennolina.

Eran las 2:30 de la tarde del primer día de la novena de Navidad y también la octava de la fiesta de la Inmaculada.

Además de recibir el sacramento del bautismo, recibirá de sus padres el alimento habitual de una vida de fe, esperanza y caridad transparentada en las cosas más ordinarias de la vida diaria.

Antonietta crece como una niña normal. Era sumamente inquieta y curiosa, con aplomo y personalidad muy vivaz. Ezia, la primera niñera que tuvo Antonietta, se encariñó mucho con ella y decía que, desde los primeros meses de edad, la pequeña era un portento de inteligencia, pues se interesaba por todo y por todos. Desde pequeña la madre le enseña a persignarse con su manita y a rezar al pie de la cama.

Por otro lado, la madre tenía una clara conciencia de que debía educarla y no ceder fácilmente a cualquiera de sus caprichos o engreimientos infantiles. Empieza por ponerle límites y quitarle algunos malos hábitos originados en buena parte por Ezia, la nana, quien sin mala voluntad la consentía en llevarla todo el tiempo en brazos o en detenerse o caminar a su antojo por la calle.

Nennolina era una niña normal, con aficiones y alegrías como cualquier niña de su edad: en el verano, frente al mar, disfrutaba incansablemente del agua, de su triciclo, de ver pasar el tren o de subirse a un bote.

La madre recuerda que por aquella época Antonietta gozaba mucho con los cuentos y narraciones, siempre advertida de su carácter ficticio. Por otro lado le hablaba mucho de Jesús, la Virgen María y de su Ángel Custodio. Cuenta que la niña dejaba siempre un espacio en la almohada para que su ángel duerma con ella. Le hablaba del libro dorado y el libro negro en el que se anotaban los méritos y las faltas respectivamente. Antes de acostarse la madre le solía preguntar: “¿Estará contento Jesús?”.

Era sumamente cariñosa con su papá, a quien esperaba del trabajo sentada en el balcón, lo mismo que con su hermana Margarita, con quien era muy afectuosa.

De pequeña preguntaba con frecuencia cómo había nacido, a lo cual la madre le contaba que la habían encontrado en una canasta en el umbral de la puerta y que cuando llegó aún tenía un par de alas en la espalda. Y cuando preguntaba de dónde había llegado, la madre le decía que “del Paraíso del Perú”.

El 4 de noviembre de 1933 llega a la casa Catalina Prosperi Stella, la nueva niñera de Antonietta, quien la acompañará hasta el último momento y cuyo testimonio es muy importante en el proceso de la causa.

Desde pequeña la madre la llevaba a la iglesia y rezaban delante de Jesús Sacramentado, consciente de que Él estaba realmente ahí, que le miraba y escuchaba. Preguntaba incansablemente por los santos y tenía una gran devoción al altar de la Virgen María. No olvidaba dejar alguna limosna en los distintos altares. Una tía suya llamada Justina, comenta su asombro por todo lo que Antonietta reza de memoria.

En la calle avizoraba de lejos a los mendigos y rogaba a la madre que les diera alguna moneda o diera algo de comida a los pobres que tocaban a la puerta en casa. Llama la atención la conciencia que tenía de la importancia de estos actos de caridad, pues tres años más tarde, en medio de su enfermedad, los recordaría.

Era una gran observadora y copiaba a los mayores que consideraba modélicos, como por ejemplo los padres, la maestra o las religiosas que veía en el jardín.

La celebración de la Navidad era todo un acontecimiento para Nennolina. Especialmente la construcción del Pesebre, del que papá era el principal artífice. En la vigilia de Navidad se representaba el nacimiento del Niño Jesús con una sencilla ceremonia en la que Antonietta, por ser la más pequeña, en medio de cantos, colocaba al Niño en el pesebre y luego le declamaba una poesía preparada para la ocasión.

Un hecho puntual merece ser relatado. En julio de 1935 fueron de vacaciones a la ciudad costera de Falconara, donde, en medio de una Misa, sucedió que, llegado el momento de la comunión, Antonietta mantenía los ojos abiertos y fijos en el sacerdote que distribuía el Sacramento. Cuando la madre le dice que se quede sentada mientras ella se acerca a comulgar, la pequeña se pone de pie y dice: “¡Mamá, yo también quiero hacer la comunión!”. La madre le dice que no puede, que primero tiene que ser admitida y prepararse, pero ella insistía: “¡Quiero hacer la comunión!”. No valieron argumentos ni razones al punto de tener que llevarla a la fuerza afuera de la iglesia, pero la niña, sin quitar la mirada del sacerdote que daba la comunión, continuaba con su reclamo de querer comulgar. La madre, convencida de que era algo más que un simple capricho, lo tomó como una señal del hondo anhelo de la niña de acercarse al Señor.

En la casa era muy hacendosa y le gustaban las labores domésticas. Poco a poco, la formación que le imparte la madre le va desarrollando y moldeando la personalidad.

El jardín de infantes y la escuela

10. Con CaterinaDesde octubre de 1933 Antonietta comienza a ir al jardín de infantes o pre-escolar de las Hermanas del Monte Calvario. No tenía aún los tres años requeridos para ser admitida, pero las Hermanas, que conocían a la madre y a la niña, hicieron una excepción a esta regla por ver a la niña con una precoz vivacidad.

En setiembre de 1934 deciden enviarla a la escuela de las Hermanas Celadoras del Sagrado Corazón ((Hoy dicha congregación religiosa se llama “Apóstoles del Sagrado Corazón de Jesús” y aún atienden el colegio mencionado.)) (en la calle Sommeiller), en donde también había estudiado Margarita.

Ahí se manifiestan otros rasgos de su carácter como la timidez o el pudor por mostrar sus sentimientos más íntimos. Esto llevó a la maestra, Sor Noemí, a pensar que vivía distraída, pero se sorprendió cuando constató que no dejaba de responderle a cualquier pregunta en clase y de cumplir las tareas que mandaba o que simplemente sugería. Cosa que, según ella misma, ningún otro niño cumplía. Cuenta la madre que cierta vez estaba Nennolina rezando de rodillas al pie de la cama y se vuelve a la madre y le dice: “Ahora hagamos la meditación”. Termina y luego dice: “Ahora hagamos el examen de conciencia”. Y cuando le pregunta quién le mandó hacer ambas cosas, respondió con simplicidad: “La maestra”.

Primeros síntomas. El camino de la cruz

A comienzos de 1936, probablemente en febrero, vuelve Antonietta del colegio llorando porque le dolía la rodilla. Con una curación sencilla pareció recuperarse y no se le hizo mucho caso. Poco después se diagnosticó algo un poco más grave: una ligera sinovitis supuestamente curable en tres semanas. El médico ordenó unas inyecciones muy dolorosas. Con la primera, la pequeña gritó y lloró. Entonces la mamá le explicó a la pequeña que todo eso era necesario para curarla, y añadió: “Pero tú, que amas tanto a Jesús, si pensaras en lo que Él ha sufrido por nosotros cuando le pusieron la corona de espinas, sabrías soportar por amor a Él este dolor y ofrecérselo; piensa también en los clavos que le traspasaban las manos y los pies. Nennolina escuchaba con los ojos fijos y finalmente dijo: “Sí, mamá, seré buena y lo soportaré por amor a Jesús”. Al día siguiente la pequeña se puso ella misma en posición y mientras le ponían la inyección, canturreaba. Pero cuando había terminado, sus ojos estaban llenos de lágrimas.

El dolor de la pierna empeoró y debió permanecer en cama. El día 20 de abril diagnostican que se trata de un cáncer y deben amputarle la pierna de urgencia. La madre desconsolada debe guardar compostura, pues Antonietta no le quita la mirada de encima. Fue una larga semana de sufrimiento hasta el momento de la operación programada para el sábado 25 de abril. Los días previos la mamá intenta preparar a Nennolina para la operación y le habla de Jesús, de su amor por nosotros, de todo lo que había sufrido y conteniendo su propia angustia le pregunta: “¿Si Jesús te pidiese todos tus juguetes, se los darías? ¡Sí, mamá! –responde ella-. ¿Si Jesús te pidiese una de tus manitos, se la darías?”. La pequeña se miró la manito y responde: “¡Sí, mamá. Si Jesús quiere le doy también mi manito!” Después, mirándola seria, preguntó: “¿Por qué me dices esto?”. La madre, acongojada, no pudo continuar el diálogo y se fue para no llorar delante de su hija.

Durante la intervención -que duró dos horas y media-, el padre aguardó de rodillas, contemplando el Santísimo Sacramento, a través de una ventana que daba a la capilla. La mamá esperó en casa, sin fuerzas para permanecer ese tiempo en el hospital. La operación tomó más tiempo del previsto porque debieron cortar dos veces, ya que el cáncer se había extendido más de lo que habían mostrado los resultados de los rayos X. Fue la única salida para poder salvarle la vida a la pequeña. El tiempo después de la operación, unas cuarenta y ocho horas, fue muy doloroso y dada su extrema debilidad, no podía recibir ningún analgésico, sólo beber un poco de líquido.

Hacia las once de la noche se despertó súbitamente y lo primero que le pidió al papá fue recitar la oración nocturna. Tanto el padre como la madre se turnaban para acompañar a la pequeña que poco a poco se recuperaba, pero el sufrimiento sólo comenzaba. Hacia la medianoche llegó el doctor y dijo que la tenía que llevar a la sala de operaciones para la primera curación; la pequeña asustada se puso a llorar y a temblar; la palidez se volvió cadavérica y tendiendo los brazos gritaba: “¡No! ¡Mamá, no! ¡Ayúdame, ayúdame!”. La primera reacción de la madre fue salir corriendo de la habitación pues no soportaba ver así a su hija. Después regresó, se sentó cerca de la niña que temblaba y sollozaba, apoyó su cabeza cerca a la suya, y le habló de su propio dolor al no poder tomar su lugar. La pequeña se calmó, y la madre siguió hablándole de Jesús, de sus dolores, de su amor, explicando que era necesario ofrecer nuestros sufrimientos para confortarlo, y la pequeña consintió en ofrecerlo todo por Jesús. Así la pobre madre, ocupando su lugar al lado de la pequeña, la fue guiando por el camino de la oblación y del ofrecimiento de su dolor. Aunque, como ella misma confiesa, no fue un camino fácil ni carente de rebeldías interiores.

En este tiempo se va manifestando también una comprensión precoz del valor del sufrimiento, con tan sólo cinco años y cuatro meses. Cierta vez su papá le preguntó si sentía mucho dolor, a lo que ella respondió: “Papá, el dolor es como la tela: cuánto más fuerte es, más valor tiene ((Allí mismo, pp. 46-47.)). De hecho Antonietta ofrecía su dolor por los misioneros y por los soldados italianos que en ese momento luchaban en Abisinia, hoy Etiopía.

La pequeña aún no era consciente de que le habían amputado la pierna. Según una de las enfermeras, esto no era inusual, pues algunos pacientes tardaban días en tomar conciencia del miembro perdido. El gran temor de la madre era tener que decirle a la niña lo sucedido. Esto llegó providencialmente el día 3 de mayo, día en que la Iglesia celebra la fiesta de la Santa Cruz. El médico le dijo que la podían levantar de la cama por momentos y dejar que tome sol al lado de la ventana, con lo cual, inevitablemente, se daría cuenta de la ausencia de su pierna. La madre se sienta al lado de Antonietta y le pregunta si recordaba que había ofrecido dar todo a Jesús, que había dicho que le habría dado también la mano. A lo que responde: “¡Sí, mamá!”. Y sigue preguntando si estaría dispuesta a darle la pierna a Jesús. A lo que repite: “¡Sí, mamá!”. Y la madre replica: “¿Y no te disgustaría quedarte sin una pierna?” La niña la mira; después, bajando la cabecita, respondió: “Un poquito”; pero alzándola repentinamente, dijo con energía: “No, mamá: no me molesta; Jesús ha sufrido tanto sobre la Cruz y yo lo ofrezco por nuestro soldados que están en Abisinia”. La madre se levanta y sale de la habitación a llorar. El sacrificio estaba completado; ¡pero qué bueno había sido Jesús y cómo lo había facilitado!

También preguntó Nennolina si la pierna le volvería a crecer. A lo cual le respondió que no, pero que podría usar un aparato ortopédico para poder caminar. Después de aceptar con amor y coraje la pérdida de la pierna, la pequeña Nennolina manifestó en diversos momentos esta conformidad con el Plan de Dios.

En otra ocasión, un día antes de salir de la clínica la abuela se sorprende de la naturalidad de la niña ante el sacrificio. Antonietta le dice a la abuela que ya regresa a casa y la abuela le responde: “Sí, querida: pero lamentablemente no regresas como cuando partiste… Porque te falta una cosa”. La niña se extraña y replica: “No, abuela, ¡a mí no me falta nada!”. Ante la insistencia de la abuelita reflexiona un instante y le responde: “Me falta una pierna, ¡pero se la he regalado a Jesús!”.

En este tiempo de convalecencia e intenso dolor, según el testimonio de la madre, Antonietta rezaba mucho al Señor Jesús y crecía en su amor por Él. En las primeras horas de la mañana Antonietta y su madre solían estar a solas. Entonces rezaban y hablaban de Jesús, del sacrificio, del amor a la Cruz y del ofrecimiento del dolor de su medicación.

De vuelta a casa

07. Nennolina sedutaEl sábado 16 de mayo de 1936 es dada de alta de la clínica y vuelve a su casa de Via Statilia. Sin embargo, son advertidos que es necesario hacerle exámenes anuales durante los siguientes cinco años, pues no se puede asegurar que la enfermedad ha desaparecido totalmente.

Si bien tuvo que caminar con muletas y con una prótesis, por lo demás Nennolina se comportaba con sorprendente normalidad. En casa jugaba tranquila y saltaba con su única pierna y se desenvolvía como siempre. Sólo avisaba que quería hacer tal o cual cosa, o ir a tal lugar.

El 4 de julio, después de varias pruebas, le colocan el aparato ortopédico. Con ello se inicia una nueva etapa en la enfermedad de Antonietta, pues debía aprender a llevarlo, a equilibrarlo y desarrollar la fuerza necesaria, ya que no era ligero. Lo primero que probó llegando a casa era si podía arrodillarse y con alegría constató que sí podía. Sor Noemí, su maestra, cuenta que una vez tomó el aparato y le pareció muy pesado. Pero cuando le preguntó a Nennolina si le pesaba o si le hacía daño, ella respondió sonriendo: “¡No! Es así”, como diciendo que era normal.

En el verano de ese año, 1936, deciden ir a Montópoli en Sabina, debido al clima favorable. Pero mandaron primero a Antonietta y a Margarita bajo el cuidado de la abuela materna el 10 de julio. Recién hacia fines de ese mes se reúne toda la familia. Sucedió en esa ocasión que Antonietta, en parte por influencia de un vecino de ocho años, un poco mal educado, estaba comportándose de manera rebelde y caprichosa. A esto la mamá le puso rápido remedio con un enérgico castigo: una buena cachetada, en la primera ocasión en que intentó desobedecerle. La madre comenta que la pequeña, habituada a los cariños que todos le hacían, especialmente después de la amputación, aunque fuese de naturaleza buena y obediente, se estaba inclinando a ser muy caprichosa. Aquella lección fue decisiva; nunca más hubo ocasión que mereciera un castigo grave ((Ver Ob. Cit., p. 55.)).

Más adelante un signo conmovedor de docilidad y aceptación por parte de Nennolina del Plan de Dios se da cuando la madre se anima a pedirle a la Virgen de Lourdes un milagro. Pero Antonietta se resiste, pues tiene claro que la pierna “se la ha regalado a Jesús” y agrega: “si quiere devolvérmela, me da gusto; si la quiere tener, igual estoy contenta; un día en el Paraíso la tendré de nuevo ciertamente…”.

Regreso a la escuela

Hacia el 1° de octubre Antonietta va feliz a la escuela de las Celadoras del Sagrado Corazón, en la calle Sommeiller, en donde cursaría el primer año de la elemental o primaria y donde aprendería a escribir. Fue confiada por la madre a la maestra sor Bartolina, con quien Nennolina tuvo una relación muy cercana. Esto último está manifestado en algunas de sus cartas e incluso, por un testimonio directo, sabemos que en su lecho de muerte, Antonietta le prometió a sor Bartolina que cuando ésta muriese, la niña le abriría la puerta del cielo.

El 16 de octubre de 1936 Nennolina, después de dictar una de sus cartitas, le cuenta a su madre que ve a la Virgen María, más o menos con estas palabras: “Cuando quiero ver a la Virgen, ¡la veo!”. La madre le pregunta si la ve como en el cuadro que tenían en la habitación. A lo que la pequeña respondió: “No, la veo bien; ¡Veo realmente a la Virgen!”.

María Meo no le da importancia a este hecho, pero para su sorpresa, al contárselo a sor Noemí, ella le dice que es posible y le recomienda pedir consejo a alguien.

Una pequeña apóstol

Como ya se ha dicho, la madre pertenecía a la Acción Católica, y lo mismo Antonietta. Desde principios de 1935 formó parte de las “Piccolissime” (“Pequeñísimas”) y en enero de 1937 fue admitida a la sección de “Beniamine” (“Benjaminas”), recibiendo con una alegría y una conciencia sorprendentes su credencial. Aunque no cumplía la edad establecida, la aceptaron por haber sido admitida a la Primera Comunión. Son varios los episodios de su vida que manifiestan su sorprendente y precoz celo apostólico. En una ocasión pidió dinero a su mamá para ayudar en una colecta de cierta universidad católica y ocurrió algo que revela su aguda conciencia moral. Volviendo del colegio, Catalina, la niñera, ve el dinero y, al saber que es para la colecta, con picardía le propone dar la mitad para la universidad y la otra mitad gastarla en caramelos. A lo que Nennolina replicó rápidamente y con ironía: “¡Dale! Así nos tenemos que confesar de dos pecados: uno porque mi mamá me ha dado el dinero para la colecta y el otro de gula”. Ante la insistencia de Catalina, que argumentaba que ese poco dinero no haría la diferencia, la pequeña le responde con la parábola del óbolo de la viuda.

Otro medio de apostolado para la pequeña Antonietta era el de la oración por los demás. Distintas personas, incluso desconocidas, se acercaban a pedirle oraciones. Sin embargo era muy consciente de que lo que pedía debía ser conforme al Plan de Dios y por tanto subordinado al bien último de la persona. En una ocasión Catalina le pidió que rece para que se gane la lotería, y Antonietta le contestó que ese día había rezado para que se ganara la lotería, pero que si ganándola había riesgo de ir al infierno, ¡entonces no! Catalina replica que así nunca se ganará el premio, pero la niña insiste: “Bueno, pero si cuando mueras te vas al infierno, ¿de qué sirve todo esto?” ((Allí mismo, p. 67.)). En otra ocasión la mamá le encomendó que rezase para que Dios le conceda un buen director espiritual, que tanto buscaba. A los dos días va por primera vez a ver a Mons. Dottarelli, quien aceptó ser su director espiritual y lo sería por dos años, y de Nennolina también.

Pero esta pequeña apóstol también busca evangelizar explicando el catecismo, como cierta vez en que le explicó a Catalina cómo se organizaba la Iglesia como sociedad, en Iglesia Gloriosa, Purgante y Militante, revelando además una lúcida comprensión del misterio de la Iglesia. O explicando la vida de Jesús y el misterio de su Pasión tomando un librito de meditación de la Pasión del Señor que se hallaba en la cabecera de su papá. En ambos casos fue por propia iniciativa. De todo esto es testigo Catalina, a quien Nennolina predicaba con paciencia y entusiasmo.

La Primera Comunión y la Confirmación

Se acerca la Primera Comunión y Antonietta no ve la hora de recibir a Jesús Sacramentado.

Por otro lado, las cartas fueron incesantes y crecían en amor y cariño por el Señor. Como cuenta la madre: “Estas cartitas poco a poco se hacían más afectuosas, más profundas, llenas de santos deseos y de serios propósitos”. Pedía, con sencillez, ser “la lámpara, el lirio, la flor que perfuma el altar de Dios, y manifestaba además el deseo de ganar almas, almas para Dios a cualquier costo y con cualquier sacrificio, feliz de sufrir para aumentar la gloria de Dios” ((Allí mismo, pp. 74-75.)).

La cercanía a la Primera Comunión la lleva también a pedir con insistencia que le hablen de Jesús. Sin lugar a dudas el ardor interior y el amor al Señor iban aumentando. Con diligencia y entre cavilaciones, la madre prepara el vestido de Primera Comunión de su hija, pero sin dejar que el cuidado por lo externo la lleve a descuidar su corazón.

Unos días antes de la Primera Comunión, la tarde del 22 de diciembre, Antonietta cae en cama con 39º de fiebre y por un momento se teme que haya que posponer el sacramento. La madre se duele por la situación y el padre llega a decir: “Se ve que no es la voluntad de Dios que haga la Primera Comunión en Navidad: incluso, si la fiebre durase sólo un día – ordinariamente, duraba cuatro o cinco, o incluso más-, no la podría hacer sin exponerla a un grave peligro; es mejor no pensar más en ello”.

La madre fue más tarde ese mismo día y encuentra que la fiebre persiste. Cuando le pregunta por qué no duerme, ella responde: “Rezo al Niño Jesús para que me haga curar para recibirlo la noche de Navidad”. Segura de que Jesús no sabría resistir a las oraciones de la pequeña sufriente, y asegurándole que Jesús la curaría a tiempo, le insistió que durmiera tranquila. Por la mañana todo había desaparecido. Antonietta había descansado y estaba curada.

Por fin llega la tarde del 24. La mamá mete a Nennolina a la cama para que duerma y descanse, con poco éxito. La pequeña está tan emocionada que no puede cerrar los ojos. Le dicta una pequeña cartita y, un poco más tarde, llega la hora de llevarla a la iglesia. Entra vestida de blanco y con su velo. En el reclinatorio encuentra un ramo de flores blancas y un Crucifijo de madreperla y plata regalado por unos amigos. Ese mismo Crucifijo es el que besó al momento de morir. La Misa fue muy hermosa y solemne. Nennolina permaneció arrodillada todo el tiempo y después de recibir al Señor Jesús Sacramentado, que tanto anhelaba, permaneció en su sitio rezando. Se celebró la segunda Misa y luego la tercera, pero Antonietta permanecía rezando. Sólo hacia el final de esta tercera se movió un poco, se sacó un guante, después regresó absorta en la oración. Terminada la tercera Misa salieron todos rumbo a casa.

Después de la Misa, la casa de los Meo se llenó de familiares y amigos que celebraban con profunda alegría la Primera Comunión de la pequeña. La madre se sorprende un poco de ver a la inquieta y traviesa Nennolina jugando en la cocina en contraste con la niña que había permanecido extática y arrobada en el reclinatorio bastante después de acabada la Misa. Más adelante Mons. Dottorelli le explicaría que si fuese de otro modo no nos encontraríamos delante de una niña normal, pues la gracia presupone la naturaleza.

Maduración espiritual

En cierta ocasión la madre le habla a Antonietta de la muerte y la niña se sienta sobre sus rodillas y le dice: “Escucha, mamá, quiero decirte una cosa que hace tiempo quiero decirte. Es esto: ¡si me muero tú no debes llorar!”. A lo que la mamá replica abrazándola: “Pero, tesoro, ¿cómo puedo hacer para no llorar?” Y la niña: “¡Bueno!, escucha mamá: haz así, piensa que si muero voy al Paraíso y rezo por ti: si en cambio me quedo acá, sí, rezaré por ti, pero Jesús podría escucharme o también podría no hacerlo; ¡en el Paraíso me escuchará con certeza!” ((Allí mismo, p. 79.)). Resulta impresionante la clara conciencia y la serenidad de esta niña frente al tema de la muerte y lo convencida que estaba de la eficacia de la oración. En enero de 1937, Antonietta le cuenta a su mamá que “ve a Jesús”. La madre, un poco desconcertada, pide consejo y consigue que Mons. Dottarelli les dé dirección espiritual cada 15 días. Antonietta se puso muy contenta y desde el comienzo congenió muy bien con su “Padre Espiritual”, como ella lo llamaba. En una ocasión, saliendo de Misa, Antonietta se queda contemplando un Crucifijo. Al salir la madre le pregunta si es como el que ella ve. A lo que le responde: ¡No! ¡oh, no! El que yo veo tiene los pies clavados así: y ponía las manos una al lado de la otra” ((Allí mismo, p. 81.)).

En una ocasión dictando una de sus cartitas, le pide a Jesús que “ponga su gracia dentro del pequeño cofre que está dentro de mi alma”. La mamá le pregunta: “¿Quieres decir que meta su gracia dentro de tu alma?”. A lo que respondió: “¡No, escríbelo así!” y luego explicó que: “el alma es como una manzana; dentro de la manzana hay esas cositas negras que son las semillas. Luego, dentro del hueco de la semilla hay aquella cosa blanca… Bueno, aquello es como la gracia”. La madre quedó tan sorprendida que le preguntó si eso se lo había enseñado la maestra. Y ella replicó: “No, mamá. No lo ha dicho la maestra, ¡lo he pensado yo!” ((Allí mismo, pp. 80-81.)). Esta explicación de la inhabitación de la gracia en el corazón humano es, ciertamente, sorprendente para una niña tan pequeña y habla de una profundidad y fineza espiritual fuera de lo común.

En los primeros meses de 1937, la madre de Nennolina deseaba ir a unas conferencias de formación en la fe con la idea de distraerse un poco del dolor que experimentaba. Esto da pie a una situación que revela la clara conciencia que tenía Antonietta de la necesidad de ser fieles al Plan de Dios, antes que al propio parecer, y esto, aplicado también a las personas que la rodeaban. Con esto se evidenció, además, que Dios quería a la madre al lado de la pequeña sufriente. La madre le pide a Antonietta que le pregunte a Jesús si debía ir a estas conferencias. La respuesta del Señor fue negativa, pero la mamá desoye el consejo e intenta irse. Aquella vez no pudo salir, pues tropieza con el médico, quien la encuentra tan enferma que está a punto de internarla en el hospital. Pero no sería la única vez. Una segunda vez la madre desoye lo que Nennolina le dice y asiste a unas conferencias semejantes a las anteriores, pero sólo para terminar frustrada, pues no fueron de su agrado. Parece ser que el Plan de Dios para ella, en ese momento concreto, era el de cuidar a su hija y permanecer al pie de la Cruz.

La colocación de la prótesis en la pierna, por otro lado, era una tarea penosa, por lo que la madre trataba siempre de que fuese Catalina quien lo hiciera. Ante la impaciencia de cualquiera de las dos, Nennolina les decía: “¡Tú mete el aparato por amor a Jesús y yo lo llevaré por amor a Jesús!”. Para la pequeña no pasaba inadvertido el sufrimiento que embargaba a la mamá y buscaba consolarla por distintos medios, siempre con una sorprendente visión sobrenatural.

Lejos de tender a encerrarse sobre sí misma, la pequeña niña está pendiente de su entorno, especialmente de su madre y le da una serie de argumentos o consejos consoladores que probablemente ella misma se los había aplicado. En una ocasión le pregunta: “¿Mamá, por qué sufres tanto por mí? Si en vez de pensar en mí, pensaras en Jesús sobre la Cruz… ¡Él sí que ha sufrido tanto! ¡Mamá, debes estar alegre!”. En otra ocasión la ve abatida y tomándole de la mano le dice muchas palabras de consuelo y alivio, y finalmente concluye: “Cuando sufras por mí, piensa en la Virgen sobre el Calvario; ¡Ella sí que tenía razones para sufrir! Pero, ¿tú, por qué sufres?” ((Allí mismo, p. 89 y 92.)).

Nennolina aprendió muy rápido a escribir a pesar de estar atrasada en la escuela a causa del tiempo hospitalizada. Las primeras palabras que escribió fueron: “Dios es Padre de todos” ((Allí mismo, p. 91.)).

Otro signo de madurez espiritual no sólo es el deseo de permanecer en gracia y desear la cercanía de Jesús, sino también su ansia de perdón y de reconciliación cuando hacía algo malo. No eran grandes faltas: una travesura, una falta de silencio en la escuela, una pequeña distracción. Sin embargo, en su sensible alma infantil esto pesaba mucho.

Por sorprendente que parezca, en medio de las experiencias extraordinarias de encuentro con Jesús y María, Antonietta experimenta también una especie de “noche oscura” ((Ver Carissimo Del Genio, Dio Padre, Ciudad del Vaticano 1999, p.110-111. Ver también el epílogo de Vanzan en Maria Meo, Ricordi della mamma di Nennolina. Roma; 2002, p. 130.)), un desierto en el que, por un tiempo determinado, deja de ver a su amigo Jesús y Éste no aparece cuando lo llama. Fue alrededor de abril de 1937 cuando Antonietta le comenta a su mamá que no veía a Jesús ((Ver allí mismo, p. 93.)). En una carta escrita el 9 de abril dirá: “Querido Jesús Crucificado… Yo deseo tanto verte y quisiera que todos Te pudieran ver, entonces sí que Te querrían más…” ((Cartas, 155.p. 150.)). Esta experiencia puede tomarse como parte de una pedagogía divina de purificación en la que, sintiendo la ausencia del Amigo, Nennolina se aferra a lo esencial y descubre una nueva forma de presencia. Con todo, no parece haber durado mucho. Cierto día, Antonietta llega feliz contando que ha vuelto a ver a Jesús después de ese tiempo de ausencia.

Para Antonietta la carencia de su pierna no era motivo de tristeza o desgracia, sino un recordatorio del regalo que le había hecho a Jesús. Esto queda expresado claramente en su deseo de celebrar con un gran almuerzo el aniversario de la operación en que “regaló” su pierna a Jesús. Esto habla de un progresivo crecimiento en el amor de benevolencia que se goza no en la satisfacción propia, sino en el bien del amigo, en este caso, de Jesús. Incluso, en esta situación concreta, se trata del bien del Amigo, a pesar de la incomodidad o del sufrimiento propio ((Ver Luigi Borriello, Con occhi semplici, Ciudad del Vaticano 2001, pp. 93-94.)).

El 15 de mayo de 1937, Solemnidad de Pentecostés, Antonietta recibe el sacramento de la Confirmación. Las cartas antecedentes y las precedentes a su Confirmación revelan un proceso de mayor cercanía al Espíritu Santo que a su vez fecunda con mayor hondura y madurez la amistad con el Señor Jesús. De hecho la carta del 9 de abril es la primera en que firma Antonietta de Jesús” como un signo de su identificación creciente con el Señor. Las mismas cartas revelan también una progresiva relación con el Espíritu Santo: le pide al Padre que lo envíe sobre todos los hombres ((Cartas, 48. Las cartas serán citadas según la numeración en Luigi Borriello, Ob. Cit.)), agradece todos sus dones, le pide que la ilumine y santifique. Dirá, con notable lucidez: “Querido Espíritu Santo, Tú que eres el amor del Padre y del Hijo, ilumina mi corazón y bendíceme” ((Cartas, 126.)), pide también que inflame su corazón de amor a Jesús, que la purifique con su amor, revelando con todo esto una comprensión creciente de la identidad y acción del Espíritu.

Es importante esta relación con el Espíritu, pues el camino pleno de amistad con Jesucristo es incomprensible sin Aquel que es el Paráclito prometido. Todo esto, en Nennolina, va acompañado de una conciencia y una disposición cada vez más interiorizada de sufrir como víctima de amor por el Señor y por la humanidad. Nennolina se va aproximando, encendida del fuego del Amor y adherida a su Amigo Jesús, al Calvario que conduce a la auténtica Resurrección ((Entre el 14 de abril y la última carta que se conserva, fechada al 2 de junio de 1937, Antonieta no deja de mencionar al Espíritu Santo. En ese período se encuentra una de sus cartas dirigida exclusivamente al Espíritu Santo.)).

Al pie del Gólgota

Una semana después de su Confirmación, el día 23 de mayo, aparecieron los primeros síntomas de una recaída. La llevan afiebrada a la cama y al día siguiente la temperatura baja, pero el 25 le volvió a subir a 38º C. El médico la revisa pero no se alarma. Nennolina insiste en recibir la comunión el día 27, fiesta del Corpus, pero sólo se hará posible el día 28 gracias a Mons. Dottarelli, su director espiritual. Al día siguiente recibió la comunión y consiguieron que un sacerdote le llevara todos los días que estuviera enferma. La alegría de Antonietta de recibir a Jesús es desbordante.

Poco a poco se va agravando su situación; le diagnostican pulmonía. La pequeña inicia con paso decidido su camino al Calvario. No se ven signos de mejoría y sobreviene una tos seca cada vez más fuerte. La niña permanece siempre tranquila y sin quejarse. Es constante en su oración, sin por ello dejar de lado distracciones propias de su edad, como pedir que le lean cuentos.

Intuyendo la gravedad de su enfermedad y la posibilidad de su tránsito, Antonietta le pregunta a la mamá sobre la muerte y la asume con mucha serenidad. Antonietta se sabe en el Calvario y afirma que quiere permanecer en él. Por ello pide que no recen por su curación. Sólo conversaba naturalmente con la madre, con sus maestras y con algunos sacerdotes conocidos, pero a cualquier otro no le respondía fácilmente.

Tanto el padre como la madre se mantuvieron al lado de la pequeña doliente y esto es algo que ella misma entiende como querido por Dios, no simplemente como un natural deseo de estar cerca de sus padres. También trata de confortarles respecto de su propia muerte, pero siempre les insiste que no recen por su curación, sino que dejen que Dios cumpla sus designios.

El día 5 de junio el Dr. Vecchi aconsejó que buscasen una segunda opinión y es pedida a quien en ese entonces era también médico de S.S. Pío XI, el Dr. Milani. Éste les advierte de la necesidad de practicarle la extracción de pus del pulmón y, ante la pregunta insistente de la madre por un pronóstico extremo, les dice que si la infección se ha propagado, ya no hay mucho por hacer. Este mismo médico había sido advertido por el Dr. Vecchi de la paciencia y serenidad de la niña en el sufrimiento, y cuando se entera de la existencia de las cartas de Nennolina pide ver la última que había escrito. La madre, con cierto pudor, le muestra una de las cartas de su hija, la misma que luego mostró al Papa. Al día siguiente recibieron una inusual visita: un auto oficial del Vaticano llegó a la casa con una bendición del Santo Padre.

El 10 de junio deciden mandarla a la clínica Fioretti para tomarle unas radiografías. La madre, debido a la pena que le generaba, intentó no ir con ella y mandarla con su marido y una pariente. Pero Antonietta la mira y le dice: “¡No, donde voy yo debes ir tú también! Debes estar conmigo siempre ((Allí mismo, p. 102.)).

El día 12 se agravó su situación y en un momento de calma le dice a la madre que sufría todo por los pecadores. Luego hablaron de la muerte y del Paraíso. Le advierte que en el Paraíso no piensa divertirse, pues quiere trabajar por la salvación de las personas. Es difícil no relacionar esto último con lo que decía Santa Teresita de Lisieux, a quien la niña conocía y con quien hay algunas semejanzas, específicamente en el ofrecimiento del propio sufrimiento por la salvación de las personas y por la labor misionera de la Iglesia.

Ante la duda de la mamá de si debía pedir o no la curación de la niña, Mons. Dottarelli le dice que eso es algo que habría que preguntarle a la misma Antonietta. A lo que ella responde con un rotundo “no”. Este rechazo no responde a un abandono pesimista, ni mucho menos, sino a la convicción de que ése era el Plan de Dios. Es importante destacar esto, pues el sufrimiento de la niña no responde a una mera resignación derrotada o un deseo de sufrimiento sin sentido, sino a un afán amoroso por obedecer a Dios.

Antonietta recibía con mucha piedad y cuidado la comunión diaria. En diversos momentos del día pedía quedarse sola, pero de manera especial después de comulgar. El sacerdote que le llevaba la comunión sugirió que se la dejase sola como pedía ella. Pero una mañana estuvo presente el Dr. Vecchi, quien la vio después de recibir la comunión y le dijo a la madre que la vigilaran. Meses después de la muerte de Antonietta la madre le preguntó a dicho doctor por qué pidió eso y respondió que esa mañana vio a la pequeña en éxtasis. Efectivamente la madre la había visto muchas veces antes en silencio y con la mirada fija en el vacío hacia un ángulo de la habitación.

La mañana del 17 de junio el papá le dice a Nennolina que iba a Misa y le pregunta lo que quería que pidiese a Jesús para ella cuando comulgue. Ella responde: “Que se haga su Voluntad”. Al día siguiente preguntó el papá lo mismo y le dice: “lo que te dije ayer”. Cuando la madre le pregunta qué pide por ella, le dice: “lo que le he dicho a papá ayer”, y así hasta el último día. La opción de la niña por ver cumplido el Plan de Dios aunque ello implicara su propio sufrimiento es inquebrantable. Las quejas van disminuyendo casi hasta desaparecer en los últimos días, haciendo más palpable su configuración con los designios divinos.

Otro día el papá le ofrece a Nennolina la Unción de los enfermos y le dice si sabe lo que es eso. Ella dice que sí, que el sacramento de los moribundos. El papá asiente y agrega que también tiene la virtud de sanar el cuerpo. Ella responde que aún es muy pronto. Al día siguiente le insiste con lo de la Unción y añade que también es aumento de la gracia. Y Antonietta que escuchaba atentamente dice: “Sí, lo quiero”. Y así vino Mons. Dottarelli a administrarle dicho sacramento.

La agonía de la pequeña se fue agudizando y a pesar de los ruegos y reticencias de la madre, se mostró firme en su propósito de ofrecerse como sacrificio. En este contexto se da un dramático diálogo con la madre: Conmovida por el sufrimiento de su hija, le propone rezar para que Jesús “la haga descender un poquito del Calvario” y así disminuir en algo su dolor, a lo que Antonietta responde con un rotundo “¡No!”, insistiendo en que quiere permanecer sobre el Calvario con Jesús. Al no poder convencerla, la madre le dice desesperada: “¡Pues bien, te quedarás sola!”. Ante lo cual la niña inclinó la cabeza sumida en un gran dolor, sin decir palabra. Sólo fue un instante, pues la mamá se arrepintió inmediatamente de lo dicho y le prometió quedarse con ella. La pequeña la mira y le dice: “Sí, mamá, tú debes estar siempre a mi lado, sobre el Calvario. Yo haré la parte que me toca y tú la de la mamá” ((Allí mismo, p. 105.)). Nuevamente vemos en este conmovedor episodio la conciencia de Antonietta de estar llevando a consumación el Plan de Dios en el que no camina sola, sino que se experimenta corresponsable de la fidelidad de su propia madre. Al poco tiempo, un fuerte colapso y una intensa transpiración la tuvieron en agonía dos días. Se temía por su vida. Mons. Dottarelli la visitó y ante sus preguntas, Antonietta responde dos cosas: que veía a Jesús y que sufría mucho pero no lo decía.

Dada la situación se vuelve a pedir otra opinión médica al Dr. Milani, quien la revisó y mandó hacerle una extracción de pus del pulmón. Ante ello, y sabiendo que era sumamente doloroso, la madre se niega desesperada, pues no tolera la posibilidad de ver sufrir más a su hija y prefiere verla morir en paz. Como relata la propia madre, en esta ocasión se pudo ver el contraste entre ella y su hija, quien, ciertamente manifestaba una maduración y fortaleza notables. Nennolina no pronunció ni una queja. Como testimonia Catalina, “Apoyada sobre su costado, con la mano en un Crucifijo, había soportado todo mirando fijamente a Jesús” ((Allí mismo, p. 106.)).

Pero la cuesta del Calvario va haciéndose más empinada. El Dr. Vecchi, que había realizado la extracción, llama al Dr. Milani, quien al enterarse de la situación manda que se le lleve a Nennolina a la clínica para operarla. Nuevamente la madre rechaza la idea y se retira a su habitación en un mar de lágrimas. Pero luego, calmada por un sacerdote, la madre habla con Nennolina y le explica a la pequeña que deberán hacerle una incisión y que debía hacerse en la clínica. Ante la sorpresa de la mamá, la niña reacciona tranquila y pregunta si no se puede hacer en casa. Y ante la negativa, simplemente dice “Está bien, pero estate siempre conmigo” ((Allí mismo, p. 107.)). La pobre madre no logra tener la misma calma que su hija y Antonietta le dice: “Pero, ¿por qué has llorado, mamá? ¿No sabes que debo dejar que hagan todo aquello que deben hacerme?” ((Allí mismo, p. 107.)).

El día 23 es internada en la clínica pero no se le puede operar sino hasta el día siguiente. El sufrimiento que le esperaba era difícil de imaginar, pues por la debilidad en que se encontraba no se le podría aplicar anestesia general y sólo con la local había que cortarle las costillas y hacerle la incisión. Al terminar la operación los doctores y enfermeras comentaban impresionados del valor de la niña para soportar en silencio toda la operación. Pero apenas fue instalada en su cama de recuperación, una de las enfermeras descubrió que el hueso del lado derecho de su rostro y hacia la frente tenía una hinchazón. Era el cáncer que se había reproducido incluso en la cabeza.

Nennolina experimentaba una leve mejoría. Cuando la madre se acerca al lecho de Antonietta tratando de animarla y darle esperanza de que se curaría, la pequeña le dice: “En la clínica permaneceré 10 días y algo menos” ((Allí mismo, p. 108.)), y de hecho moriría once horas antes de que se cumplan 10 días desde aquel momento. Pero esta mejoría fue muy breve. Al poco tiempo, el cáncer le oprimía también el pecho y le dificultaba la respiración. Sin embargo a todo contestaba: “Estoy bien”.

Mucha gente la visita, pero en este tiempo la pequeña prefiere quedarse sola y le pide a la madre que se lleve a las visitas a la salita de al lado. En las mañanas, cuando casi no recibían visitas, también pedía que la mamá se fuera cerca de la ventana, al otro lado de la habitación, para quedarse sola. El sufrimiento de Antonietta era intenso y constante, pero especialmente cuando le daban la medicación y limpiaban la herida.

A pesar de todo, mantuvo su invariable “estoy bien” sin manifestar queja alguna, al punto que la madre llegó a dudar de que su hija realmente sufría y le pregunta al Dr. Vecchi: “¿Dígame la verdad, Antonietta no sufre, verdad?” A lo cual el médico respondió enfáticamente: “¡Cállese, señora…! Usted no sabe lo que dice. ¡Sufre, claro que sufre! Pero ahora tiene metida en la cabeza esa idea de que quiere estar sobre el Calvario y por eso dice: Estoy bien” ((Ver Allí mismo, p. 111.)). Después de oír esto, la pobre mujer volvió al lado de su hija y le rogó: Antonietta, bendice a tu madre… Antonietta, bendice a tu mamá. Y la pequeña, haciendo un esfuerzo le hizo una cruz en la frente con la mano”. Antonietta alcanzaba en esos momentos una paciencia realmente heroica.

El jueves 1° de julio, Antonietta amaneció con muchos sufrimientos y no podía respirar, pues el cáncer ya había ocupado todo el pecho aumentando la tos que se tornaba muy dolorosa ((Ver Allí mismo, p. 111.)). La visita el Dr. Romualdi y receta un calmante para la tos y el dolor, pero Antonietta, una vez más, sólo acepta que se lo ponga la mamá. Logró cierto alivio después de una crisis de 4 horas.

El viernes 2 de julio, Antonietta está muy mal y casi no habla. La madre le pregunta desde cuándo no ve a Jesús y ella responde que lo vio esa misma mañana, cuando recibió la Comunión. Antonietta comulgaba todos los días alrededor de las 6 de la mañana. Por ello no solía estar la mamá –que llegaba a las 7-, pero sí el papá o Catalina. De hecho ambos fueron testigos de unos de esos momentos de aparente éxtasis en su oración después de la Comunión ((Ver Allí mismo, pp. 111-112.)).

El Tránsito

Los padres de Nennolina estaban muy cansados, pues llevaban varios días en vela. Las Hermanas de la clínica les sugirieron ir a descansar. La niña dormía, así que aceptaron el consejo. En todo caso, Catalina se quedaría en la clínica y ante cualquier alarma los llamaría.

A las 4:30 am le toman la temperatura y señalaba 39.5º de fiebre. La enfermera manda a Catalina a llamar por teléfono y cuando vuelve Antonietta le pregunta: ¿cuándo vienen papá y mamá? Catalina se sorprende, pues en ningún momento le había dicho que los había llamado y ni siquiera sabía que había telefoneado.

Entretanto se acercaba la hora de la Comunión, que nunca recibiría. Pero en eso llegaron los papás de Nennolina. Y ella exclamó: ¡Mamá, papá…!. Ambos se acercaron corriendo. La rodearon y le acercaron una reliquia de Santa Teresita de Lisieux para besarla y también el crucifijo que le regalaron en su Primera Comunión, el cual besó por última vez.

En un momento exclamó muy fuerte: “¡Dios!, ¡mamá!, ¡papá!”. La niña mantenía la mirada fija hacia delante y respiraba con dificultad. Una hermana le sugirió al padre que le rezara la oración “Jesús, José y María…” y el pobre papá se inclinó susurrando al oído de su hijita, con la voz quebrada por el llanto: “Jesús, José y María, les doy mi corazón y el alma mía; Jesús, José y María, asístanme en mi última agonía; Jesús, José y María, con ustedes espiro en paz el alma mía”. Y al terminar esa tercera jaculatoria, Antonietta entregó su último aliento.

Eran las 6 de la mañana del 3 de julio de 1937 y Antonietta volaba al cielo, al encuentro definitivo de su Amigo más querido, el Buen Jesús.

Las cartas y otros pequeños escritos

Sabemos que de Nennolina se conservan en total 191 escritos, de los cuales 19 son pensamientos breves autógrafos (escritos en los 19 días precedentes a la fecha en que recibió el sacramento de la Confirmación), 2 pequeños ensayos, 8 ofrecimientos y 162 cartitas. De las 162 cartas 5 llegaron a ser autógrafas y el resto fueron dictadas a la mamá (algunas pocas a Margarita, su hermana mayor), pues en ese tiempo no sabía escribir. En algunos casos Nennolina dictaba las cartas y al final incluía su propia firma. Desgraciadamente muchas se extraviaron, pues no se les daba mucha importancia.

Fue en septiembre de 1936, estando enferma de amigdalitis, que Nennolina comenzó a escribir las primeras cartitas. Todo comenzó como una broma, dictando poesías. Primero a los parientes, luego escribieron una carta a la Madre General de la Congregación de su colegio y luego a Jesús, al Padre, al Espíritu Santo, a la Virgen María y a algunos santos.

La rutina habitual de Nennolina consistía en que en las tardes, hasta las 7, se acostaba para descansar de la prótesis. Se sentaba en la cama con la madre al lado. Rezaban, tenía un rato de meditación o catequesis y a continuación le escribía a Jesús. Luego la cartita era colocada debajo de su imagen del Niño Jesús sobre la Cruz.

Las primeras cartas eran breves y la mamá ayudaba, un poco en la forma, pero pronto se dio cuenta que era innecesario, pues la niña se expresaba muy bien sola ((Ver Allí mismo.)). A veces se quedaba pensando antes de dictar, otras veces dictaba todo de una sola vez, a veces tan rápido que no permitía a la mamá copiar todo. Alguna vez dictaba frases que parecían muy elevadas para su edad.

Más adelante, en el tiempo previo a la Primera Comunión, el anhelo y la impaciencia por llegar al día en que recibiría a Jesús en su interior, iban en aumento y ello se reflejaba en las cartas que van creciendo en ardor y hondura, como veremos más adelante.

Cuenta la madre que después de realizar la Primera Comunión acudió a Mons. Dottarelli, quien sería su director espiritual por dos años y también el de Nennolina. Éste le advirtió que no cambiara nada de lo que le dictaba su hija.

Las cartitas escritas por Nennolina son muy importantes, pues nos permiten echar un vistazo en el corazón de esta niña que de ordinario expresaba poco lo que sucedía en su mundo interior o acerca de su amor íntimo por Jesús. Cuando dictaba las cartitas su corazón se abría de un modo particular con manifestaciones afectuosas y hablaba de su ardiente deseo de recibirlo. La madre cuenta que: “Tenía un pudor delicado y creo que si no hubiesen existido las cartitas, poco se hubiera conocido, al menos con esa profundidad, ni siquiera por mí” ((Allí mismo, p. 75.)).

En ese sentido las cartas son un cristalino reflejo de los afectos interiores de la pequeña y de su amistad entrañable con Jesús. Como dice también el P. Borriello: “Detrás de estas sencillas palabras que revelan un diálogo de amor con las personas Divinas, detrás de la incierta gramática y el dictado desnudo y elemental, se entrevé la intensidad de un amor que es conoci­miento experiencial…” ((L. Borriello, E. Caruana, M. R. Del Genio, N. Suffi, Diccionario de Mística Editorial San Pablo. Madrid; 2002, p. 177.)).

Recorriendo la breve existencia y los escritos de Antonietta Meo, se descubre algo que es conocido y nuevo a la vez. Conocido, porque el testimonio de innumerables santos ejemplares hijos de la Iglesia, tienen en común esa amistad a la que el Señor invita y es parte esencial de la Buena Nueva. Sin embargo, es original porque porta los rasgos particulares e irrepetibles que signan a cada hombre y cada mujer. En este caso, en Antonietta, quien escuchando el llamado de su Señor, le abre la puerta para compartir la mesa (Ver Ap 3, 20.). Se trata del camino universal para todo bautizado reflejado en el rostro fresco y conmovedor de una pequeña niña que todo lo hace más sencillo, más transparente, que testimonia con trazos de alegría-dolor que el Amor es más fuerte.

Queda clara y manifiesta la iniciativa de Dios que lanzó las semillas, que otorgó el riego y el sol. Pero también se evidencia la cooperación humana que preparó el terreno para que fecunde y fructifique. Por la amistad, Antonietta aprendió a estar cerca de Jesús, luego a dejarlo entrar en su corazón, más tarde, por acción del Espíritu Divino, a imitarlo y a ofrecer su vida entera al Padre. El camino no lo recorrió sola. Aquí en la tierra la acompañó toda su familia, en particular su madre, y muchos otros amigos que la Providencia tuvo a bien acercarle. Desde el cielo, la Virgen María, con suaves cuidados maternales, estuvo siempre a su lado y la fue conduciendo a la semejanza con su Hijo Amado. Los santos también se hicieron presentes, como buenos amigos del Maestro, alentando e intercediendo por el peregrino que lo busca. Y es que la auténtica amistad suele fructificar en la amistad con otros más.

Son muchas las lecciones que se pueden cosechar, pero una fundamental es que la invitación del Señor a ser sus amigos, es real: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15, 14) y es un camino eficaz para la plena conformación con Él, participando de ese modo de la comunión trinitaria que tanto anhelamos: Con el Padre, por su Hijo amado, en el Espíritu Santo.

Bibliografia

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BORRIELLO, Luigi. “Con occhi semplici” Antonioetta Meo – Nennolina. Libreria Editrice Vaticana. Città del Vaticano; 2001.
CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA
CONCILIO VATICANO II
CONCLUSIONES DE LA III CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO (PUEBLA)
DE CAROLIS, Dino. Antonietta Meo, La sapienza dei piccoli del Vangelo. San Paolo. Milano; 2004.
DE G, Myriam. Fiaccola Romana. Torino; 1939.
DEL GENIO, Maria Rosaria. “Carissimo Dio Padre…” Antonietta Meo – Nennolina. Libreria Editrice Vaticana. Città del Vaticano; 1999.
DICCIONARIO DE ESPIRITUALIDAD. E. Ancilli, Herder. Barcelona; 1987.
DICCIONARIO DE MÍSTICA. L. Borriello, E. Caruana, M. R. Del Genio, N. Suffi. Editorial San Pablo. Madrid; 2002.
LA CIVILTÀ CATÓLICA Anno 150. Unione Stampa Periódica Italiana, Roma; 1999.
MEO, Maria. Ricordi della mamma di Nennolina. AVE. Roma; 2002.
MIGLIORANZA, Fray Contardo. Niña santa de seis años y medio Tonina MEO, Misiones Franciscanas Conventuales, Buenos Aires; 2001.
NUEVO DICCIONARIO DE ESPIRITUALIDAD, S. De Fiores, T. Goffi, Augusto Guerra, Paulinas. Madrid; 1991.
PLAZA, C. G. Contemplando en todo a Dios, Fax. Madrid; 1944.
ROSSI, Amadeo. Eroismo Gioioso. TIP. LE. CO. Piacenza; 1986.

© 2014 – Oscar Tokumura Tokumura para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Oscar Tokumura Tokumura

Óscar es Doctor en Letras por la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Magister en Teología por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Es autor de "El héroe en la obra de Saint-Exupery", "Árboles y Hombres" y "Dios en tu vida cotidiana: elementos para el discernimiento".
Ha trabajado en la formación de jovenes y adultos en Perú y en Argentina. Se ha desempeñado como docente tanto a nivel escolar como universitario. Se ha especializado en la obra de Saint-Exupéry y en temas espirituales.

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