El misterio de la Iglesia como sacramento de unidad

Al contemplar el misterio de la Iglesia se presenta ante nosotros, y en nosotros mismos, una realidad aparentemente paradójica: la Iglesia es múltiple y una a la vez. Ella se ha extendido a lo largo de los siglos por todo el mundo y en ella se plasman infinidad de carismas y expresiones de fe, sin embargo permanece estrechamente unida como un solo Cuerpo de Cristo. Esta paradoja entre la unidad y pluralidad eclesial solamente puede ser comprendida y superada dentro de una realidad mayor que reconcilia aquello que parece incompatible: a dicha realidad la llamaremos el sacramento de la unidad de la Iglesia. La tradición siempre ha entendido que la unidad eclesial se debe a que existe una sola fe, un solo bautismo, un solo Padre, una sola Cabeza en Cristo y un solo vínculo de caridad en un solo Espíritu. Sabemos también que el misterio de la Iglesia es el misterio de la unidad de Dios con todos los hombres, y por lo tanto, también de los hombres entre sí.

Para sumergirnos e intentar comprender el misterio de la Iglesia se hace necesario entonces remontarnos al misterio central de nuestra fe: la Santísima Trinidad. En efecto San Pedro Damiano al decir sobre la Iglesia “siendo una en todos y toda en cada uno” utiliza una fórmula con claros ecos trinitarios para poder expresar la paradoja entre la unidad y pluralidad de la Iglesia. Sabemos pues que la Trinidad es tres personas en un solo Dios, y análogamente la Iglesia es múltiple en sus miembros y una sola como Cuerpo de Cristo. Finalmente es fundamental comprender que aquello que realiza la unidad entre las Personas Divinas, es el amor y es el amor también el que logra la unidad entre Dios y su Iglesia y de todos los miembros de la Iglesia entre ellos.

La Iglesia ha vivido siempre en esta tensión: es una y múltiple a la vez. Una sola es la Esposa de Cristo y uno solo es el Cuerpo del cual Cristo es la Cabeza; al mismo tiempo que cada persona en virtud del sacramento es la Iglesia en su plenitud y puede afirmar de sí misma que se ha desposado con Cristo por el Bautismo y que es un miembro único e irrepetible del Cuerpo Místico. Existe una sola Iglesia a la que todos nos incorporamos y pertenecemos, y al mismo tiempo existimos nosotros, cada uno de nosotros personas bautizadas, en los que la Iglesia está totalmente presente de forma misteriosa. Cada cristiano es en cierto sentido una pequeña Iglesia. Sabemos que toda la humanidad se encuentra unida en el orden de la creación, al ser todas las personas humanas creadas a imagen y semejanza de Dios, y en el orden de la salvación, pues Cristo en su Pascua redimió a todo el género humano. Así mismo todos los cristianos se encuentran íntimamente unidos como si fueran uno solo, en el orden de los sacramentos en la Iglesia, pues la Iglesia es “como un sacramento” (cf. Lumen gentium, 1) y los sacramentos “hacen a la Iglesia”.

Solamente es posible comprender esta unidad de la Iglesia a partir de un atributo fundamental que profesamos en el Credo: la Iglesia es católica. La catolicidad eclesial está fundada en el misterio de la Encarnación del Verbo que al asumir la naturaleza humana “se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” (Gaudium et spes, 22) y por lo tanto abraza a toda la humanidad en su conjunto y a cada hombre en su totalidad. La Encarnación y la incorporación del bautizado al Cuerpo Místico son dos realidades íntimamente unidas. En primer lugar “el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14) y este hecho cambió para siempre la relación de Dios con el hombre, desde ese momento cada persona humana y toda la humanidad fueron asumidas y de cierta forma incorporadas a la vida divina. Este cambio no ocurrió solamente en una parte o dimensión del hombre, sino que en toda la persona humana; y al mismo tiempo no ocurrió para algunas personas escogidas o selectas, es más bien un evento absolutamente universal, católico en su sentido más radical. Es así como la incorporación de cada cristiano por el bautismo al Cuerpo de Cristo es una auténtica “concorporación”: el cristiano es a la vez incorporado y unido a Cristo y a todos los miembros de su Cuerpo.

Para explicar cómo es posible que en cada cristiano se encuentre toda la Iglesia San Pedro Damiano recurre al concepto helenístico clásico del hombre como microcosmos: “Así como el hombre es llamado con una palabra griega, microcosmos, es decir mundo pequeño, porque en su esencia material está compuesto por los mismos cuatro elementos del universo: así también cada uno de los fieles aparece como una pequeña Iglesia, cuando en el misterio de la unidad oculta un hombre recibe todos los sacramentos de la redención humana que son conferidos por Dios a la Iglesia universal.” Dicha explicación está íntimamente relacionada con una comprensión eclesial esencialmente sacramental. El cristiano al recibir los sacramentos de la Iglesia recibe en sí mismo a la Iglesia y se constituye de una forma misteriosa en la Iglesia toda que vive en él. El hombre pasa a ser más que solo un microcosmos en el sentido material o en el orden de la creación, en virtud de los sacramentos de la Iglesia es verdaderamente una micro iglesia, una “pequeña Iglesia”, particular y universal a la vez, pues los mismos sacramentos que hacen a la Iglesia, lo hacen a él. Esto se observa de forma privilegiada en la Eucaristía, sacramento de la caridad y a la vez sacramento de unidad de la Iglesia.

Ahora bien, al observar la realidad histórica de la Iglesia y su situación actual cabe preguntarse con sinceridad ante las luchas internas y la presencia de cismas, herejías y apostasías, ¿es real la unidad de la Iglesia? Y si la Iglesia está realmente unida entonces, ¿cómo se explica la división que sufre? Para responder desde una mirada católica hace falta mirar con auténtico realismo a la Iglesia en todo su misterio: a la vez santa y pecadora, divina y humana, con el drama real de la división y al mismo tiempo con la realidad aún más profunda y auténtica de su unidad, no solamente como una meta que alcanzar, sino como algo que se realiza aquí y ahora. Esto es lo que llamamos el misterio incoado, es decir algo que está ya presente, que está iniciado, pero que aún está en camino, en construcción, que le falta para alcanzar su plenitud. La unidad de la Iglesia es también una realidad incoada, se encuentra ya presente aquí en la tierra, donde existe una unidad real pero no completa, pues la Iglesia es aquí aún peregrina, tiene una tarea por realizar, una meta que alcanzar, y que solamente será plena al final de los tiempos donde se cumplirá el deseo de su Fundador y Cabeza al dirigirse al Padre: “Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros” (Jn 17, 21). Aquí podemos apreciar nuevamente que la Iglesia es como un sacramento, pues esta realidad incoada nos remite inmediatamente a los sacramentos donde podemos constatar ese “ya, pero todavía no”, como en la Eucaristía, donde podemos ver a Cristo y entrar en comunión con Él pese a que sabemos que no estamos aún ante la visión beatífica de la que goza la Iglesia triunfante ni en la comunión plena con la Santísima Trinidad. Lo mismo puede decirse también, por ejemplo, de la santidad por el Bautismo: somos ya santos en virtud del sacramento, pero nuestra santidad no será total hasta la Parusía.

Así como en cada etapa de su historia la Iglesia tiene hoy, y nosotros en ella, la misión de avanzar en aquella tarea ya comenzada, más no acabada, de realizar la unidad de Dios con todos los hombres y de todos los hombres entre sí. Dicha tarea solamente podrá ser realizada en la medida en que cada cristiano pueda comprender al menos en parte el gran misterio que es la Iglesia y el sacramento de unidad que ella constituye. Tenemos por delante entonces la enorme misión en nuestro apostolado de transmitir esta visión católica de toda la realidad, y en particular de la realidad de “la Iglesia y nosotros” para que cada cristiano, comenzando por nosotros mismos, pueda asumir no solamente la responsabilidad de haber sido incorporado, sino la corresponsabilidad de su “concorporación” al Cuerpo de Cristo.

1A partir del texto titulado “La Iglesia y nosotros” de San Pedro Damiano en Henri De Lubac, Catolicismo. Aspectos sociales del dogma., pp. 315-318

© 2017 – Matías Quer para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Matías Quer

Matías es chileno, ha sido actor y es licenciado en medicina. Actualmente vive en Perú donde trabaja como profesor y participa de diversos proyectos sociales y de desarrollo humano integral.

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