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Pasé unos días reposando por una enfermedad. Fueron jornadas de recuperación y oportunidad, entre otras cosas, para observar las páginas de los diarios. Me sorprendió el volumen de atención dedicado a las noticias sobre los quehaceres de los grandes personajes del deporte, del arte, de las finanzas, de la tecnología o de la política. Columnas entregadas a analizar sus dramas sentimentales, sus fastuosas fiestas, sus vestidos o banquetes. Sesudos análisis enfocados en los entresijos de sus residencias y palacios, de sus flotas de aviones, sus yates y vehículos extravagantes, cuyo costo podría sobrepasar largamente lo que invierte una nación empobrecida en salubridad o educación en un año.

Llama particularmente a la reflexión el que innumerables objetos sirvan para afirmar un estatus, una “jerarquía” mediática, antes que buscar la realización auténtica. Actualmente la firma de un cheque estratosférico se ha convertido en un símbolo de “egolatría”. Que se invierta mucho dinero, muchas veces sin mediar discernimiento o escrúpulo alguno, en comprar un yate, un palacete, o un avión de lujo, cuando aquella suma podría costear uno o dos hospitales modernos, suscita serios cuestionamientos. ¿Cuánto bien podría realizarse para beneficio de los pobres, para su educación, salud y promoción social con semejantes montos? El Papa Francisco ha cuestionado, por ejemplo, la escandalosa cultura del desperdicio, especialmente de los alimentos. ¿Cuántas personas podrían nutrirse con lo que se descarta? En su momento también enjuició el llamado “fetichismo del dinero”.

Pero aquello que llama la atención no son tanto los “guarismos” monetarios. El problema vuelve a situarse en el cultivo de la interioridad, y en la adecuada valoración de la persona, sustentada en el ser antes que en el tener o poseer. Aquello que observamos cotidianamente es lo contrario. Los frutos de las ganancias se destinan a adquirir embarcaciones más lujosas, de mayor calado; o un avión de mayor velocidad para superar al competidor, sin importar las implicancias morales o sociales de su costo. La significación de la persona se traslada al poseer. Y aun así persiste la inseguridad. Comprobamos también que la gente común y corriente asume estos símbolos como los “valores” de mayor sublimidad, como aquello que significa haber alcanzado las metas más importantes en la vida. Constituyen los nuevos paradigmas de una empobrecida existencia, trasladándose el ideal de vida a la banalidad del tener.

Los eventos de la Pasión y Resurrección gloriosa del Señor Jesús nos permiten tomar conciencia de que quien murió en la Cruz por nuestro pecado, nuestras tristezas, quebrantos e inseguridades era el “Rey del Mundo”. Pero a la vez se trataba de una persona humilde y sencilla, que recorría los caminos de Palestina practicando el bien, y que con su Vida, Pasión y Resurrección establece una senda de libertad y reconciliación para la humanidad.

Su existencia redentora constituyó un “signo de contradicción” para aquellos que afirmaban su poder, confiando desorbitadamente en su prestigio y sus bienes. Jesucristo instaba a magnates como Zaqueo a emplear su fortuna de manera juiciosa y caritativa. También nos recuerda que «es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el reino de Dios» (Mc 10,25). Y no duda en pedirle al joven rico que deje todo lo que tiene y lo siga si es que quiere alcanzar la vida eterna (ver Mt 19,16-22).

El Señor enseña que los humildes y sencillos, los “anawin”, andarán por delante, poseyendo el Reino de los Cielos. En los tiempos modernos estas enseñanzas mantienen su lozanía, y son una senda de realización. El “anawin”, el “pobre del Señor”, es un paradigma de generosidad, la antítesis del egoísmo y la egolatría.

Cuestionando la cultura de la codicia posesiva, el teólogo Miguel Ángel Asiain consideraba que ninguna persona podría crecer humanamente sin combatir primeramente al egoísmo:

«Que nadie intente renovarse por dentro para reconciliarse con Cristo, (sin antes pelear contra la egolatría), porque no lo conseguirá. Saldrá afectado por esta derrota que pone en entredicho su buena aunque mal entendida voluntad; y la derrota podrá ser germen de desánimo, y éste dará origen a una carrera desenfrenada por el mal surco creado por unas manos inexpertas que equivocaron el sendero. ¡Cuántos esfuerzos perdidos en el empeño de ser buenos! ¡Cuantos exámenes de conciencia que en vez de crear alegría en el alma, originan desgana y desesperación! ¡Cuánto empeño en ser buenos, en contabilizar las buenas obras, en salir airosos en la lucha que nos hemos propuesto sostener contra nosotros mismos a favor del Señor! Y es que el hombre siente constantemente en su vida más el peso que le inclina a mirarse a sí mismo que a marcar la hora de Dios (…) Ocurre que al final el hombre se mira más a sí que a Dios” ((Miguel Ángel Asiain, Sch. P., Comentario a la Exhortación “Gaudete”, sobre la Alegría, del Papa Pablo VI, Secretariado Trinitario, Salamanca 1977, pp. 61-62)).

Podemos asumir equivocadamente que la respuesta a la inseguridad existencial está en el poseer. Los nuevos “íconos” culturales podrían conducirnos a pensar que las fragilidades pueden paliarse adquiriendo una residencia más grande que la del competidor, y dotarla de un jardín más exuberante.

Aquello que destacan las páginas de diarios y revistas podría darnos la idea de que ha triunfado el paradigma de la egolatría y del poder. El Papa Francisco destacaba que quien sale a nuestro encuentro en la Pascua es el Cristo resucitado, que desea guiarnos de regreso al Padre amoroso, planteándonos valores distintos a los que propone el mundo. «No nos dejemos seducir por el poder y las cosas de este mundo, olvidando a Dios y al prójimo, cuando ponemos nuestra esperanza en vanidades mundanas, en el dinero o el éxito», acentuaba el Santo Padre (Audiencia general, 4/4/ 2014). Su demanda no está orientada solamente a los “poderosos”, sino a tantas personas que caen en el oropel del consumismo y la admiración por el lujo, viviendo por encima de sus posibilidades. Esta infatuación alcanza incluso a no pocos religiosos y clérigos que se ven atrapados por la idolatría del tener y el poseer, del poder y del dinero, dándole una importancia extrema a la gloria humana y el bienestar personal (Ver Evangelii Gaudium, 93ss).

Cuando ocurren estos casos, saltan a las primeras planas. Sin embargo, se dedican escasas páginas a las personas que transcurren por el mundo haciendo el bien. A los cristianos, por ejemplo, que son perseguidos por sus labores misioneras y humanitarias en el África Subsahariana, en Siria, o en las selvas amazónicas. O aquellos clérigos y catequistas laicos que dedican sus días a la evangelización, a la enseñanza y la promoción humana en los barrios periféricos de las ciudades y en los campos.

San Conrado de Parzham

En estas fechas festejábamos un aniversario del tránsito de un personaje bueno y sencillo, que representa precisamente aquel camino de servicio como ideal de vida. Uno de aquellos cristianos, que en su quehacer silencioso contagiaba esperanza y gozo, íntimamente asociados con la humildad, fue San Conrado de Parzham, el portero del monasterio capuchino de Altotting, en Baviera. Altotting es uno de los santuarios marianos más concurridos de Alemania. Y la portería, uno de los lugares más visitados del convento. La campana del portón nunca deja de sonar. A la atención de esta antesala fue destinado Conrado. Corría el año 1851.

Sus primeros pasos comenzaron de la misma manera humilde en que transcurrió su vida religiosa. Nació en 1818, en la pequeña aldea bávara de Parzham, en el seno de una familia campesina. Su educación fue elemental. Conocía las primeras letras y algunos rudimentos de escritura. En su hogar respiró una sólida piedad cristiana. Una persona que conocía la familia recordaba: “A Conrado le gustaba orar y oír hablar de Dios”.

El deseo de servir al Padre y la devoción a María condujo a Conrado a considerar una vocación religiosa. Tocó las puertas del monasterio capuchino de Laufen. Fue admitido como hermano lego. Por aquellos años anotó en su cuaderno: “Adquiriré la costumbre de estar siempre en la presencia de Dios. Observaré riguroso silencio en cuanto me sea posible. Así me preservaré de muchos defectos, para entretenerme mejor en coloquios con mi Dios”.

Cuando se necesitó un portero en Altotting, los superiores pensaron en Conrado. Al conocer la noticia, Conrado se llenó de gozo. El humilde lego se convenció que en su oficio cabían todas las virtudes cristianas y toda la perfección religiosa. Desde el primer momento se esforzó por poner en práctica su precioso programa.

Miles de peregrinos acudían sin cesar al santuario mariano. El cargo de portero se confiaba al hermano lego de menor jerarquía y educación. Pero Conrado conocía la responsabilidad de su puesto. Era el primer rostro que los visitantes observaban. Montaba guardia entre el mundo y el convento, adyacente al santuario. Era una oportunidad especial para abrir las puertas de Altotting y de su corazón al peregrino.

A partir de aquel momento «todo lo hizo bien» ((Pío XI, Homilía de la misa de canonización de san Conrado de Parzham, 20/5/1934)). Conrado desplegaba sus servicios silenciosamente, sin hacerse notar, conciente de su deber. El rostro que se mostraba en la mirilla del portón siempre dibujaba una sonrisa. Tenía que realizar numerosos recados. Subía y bajaba escaleras. La campanilla de la puerta nunca se silenciaba. O eran los religiosos que iban a sus trabajos, o regresaban del ministerio; o los peregrinos que a centenares encargaban misas, o pedían que se les bendijese algún objeto piadoso; o los feligreses que llamaban a los sacerdotes para confesarse o pedir consejo; o los numerosos pobres que a cada instante llegaban a solicitar pan o vestidos.

Un testigo del proceso de canonización relató: “El sonido de la campana fue para el portero como la voz de Cristo. Las peticiones de los visitantes eran acogidas con una sonrisa de cariño”.

Pese a la ajetreada vida de portero, el hermano Conrado siempre permanecía alegre. Su mente se enfocaba en el servicio, pero su corazón recitaba incansablemente oraciones. Cuando nadie llamaba a la puerta, acudía a su pequeño cuarto, llamado la “Celda de San Alejo”, donde, a través de una estrecha apertura en el muro contemplaba el Santísimo Sacramento expuesto en el altar de la iglesia. Así le resultaba posible vivir constantemente en presencia de Dios.

La gente, necesitada de consuelo material y espiritual, comenzó a buscar al humilde hermano para compartirle sus dolores y alegrías. Pocas personas salían de la portería con las manos vacías o el corazón acongojado.

Durante los cuarenta años que sirvió como portero en Altotting, el hermano Conrado vivió una rutina inalterable. Se levantaba a las tres de la mañana. Bajaba a la iglesia, aprovechando la soledad silenciosa para rezar. Uno de los más grandes amores era la devoción al Señor Jesús Crucificado. Preparaba la sacristía. Adornaba los altares y ayudaba en las primeras misas en el santuario de María. Mientras el hermano sacristán, enfermo y anciano, podía gozar de un poco de reposo.

Con el mismo ardor con el que amaba al Hijo, amaba a la Madre, María. En el convento era el portero de la Virgen, el celoso propagador de su devoción, el apóstol de sus bondades. Los que llamaban a la puerta, sabían que las primeras palabras de fray Conrado serían una invitación a vivir el amor a Jesús y María.

La proverbial alegría del hermano portero atraía principalmente a los niños, a quienes educaba en los principios del catecismo. Pero aquello ocurría cuando lograba pacificarlos. Conocían su humilde mansedumbre. Y aprovechaban para divertirse. Llamaban a la puerta, escondiéndose en cuanto veían que aparecía el portero. Al minuto, otra llamada y otro chasco; y así muchas veces. Cansados de la broma, daban tregua a Conrado, quien con una sonrisa les obsequiaba dulces y buenos consejos.

Aunque fray Conrado intentaba permanecer en el absoluto anonimato de la humildad, su notoriedad empezó a divulgarse por Alemania. La sencillez le hacía creerse el más grande de los pecadores. Cuando alguien le pedía auxilio y oraciones, el humilde portero solía decir con ingenuidad: “¡Pedirme oraciones a mí! Ya se ve que usted no me conoce. De todos modos, lo mejor será que nos encomendemos mutuamente”.

Cuando cumplió 75 años, los esfuerzos de una vida de servicio se hicieron sentir. Un día su cansado cuerpo se rindió. Fue a buscar al superior para decirle: «Padre guardián, esto ya no marcha» ((Walter Nigg, La esperanza de los santos, Herder, Barcelona 1988, p. 33)).

Fueron palabras que salieron trabajosamente de sus labios. Aceptaba su fragilidad con la misma humildad con la que había vivido. Se le mandó a reposar a la enfermería. Respirando trabajosamente, Fray Conrado animaba al hermano enfermero: “Calma, calma, esto irá mejor. Volveré a trabajar”. Pero era tiempo de reposo junto a Jesús y María, a quienes tan alegremente había servido. Recibió el viático y se preparó para descansar. Aquella noche el sonido insistente de la campana lo despertó. Imbuido en una fuerte conciencia del deber, se levantó e intentó alcanzar el portón. Pero se desplomó. Las fuerzas le habían abandonado. Los hermanos le devolvieron al lecho. Su tránsito ocurrió el 21 de abril de 1894, tan silenciosamente como vivió. El Papa Pío XI canonizó al hermano Conrado en el año 1934, como un apóstol del servicio humilde y alegre.

A primera vista una vida como la de San Conrado podría parecer poco estimulante; pero pensemos bien. ¿A cuánta gente contagió con sus gestos amables y esperanzadores? ¿En qué medida fue transparentando la humildad de Jesús? ¿A cuántos reconfortó?

En su caso, la alegría no fue un maquillaje; transmitía el gozo de vivir el Evangelio todos los días. Se trataba de aquella experiencia que el Papa Francisco nos alentaba a vivir «en nuestros corazones y se vea en nuestra vida, irradiando el estupor gozoso del Domingo de Pascua». Un gozo que «viene desde adentro, de un corazón sumergido en esta alegría» (Mensaje del Regina Coeli, 21/4/14).

© 2014 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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