clasicoCuando hoy en día hablamos de “clásicos” o de “un clásico”, normalmente hacemos referencia al partido de fútbol de mayor interés de una liga, que tiene perenne importancia para quienes siguen ese deporte, que despierta expectativas, pasiones, entusiasmo, etcétera. En esta acepción primaria de la palabra “clásico” ya palpita algo de profundo y que tiene que ver con la clasicidad de la que quiero hablar, y –siguiendo con la imagen del fútbol— con uno de sus “jugadores” más representativos. Decía más arriba que un “clásico” ((En el diccionario de la Real academia de la lengua se dice de clásico que es el «período de tiempo de mayor plenitud de una cultura, de una civilización, etc.» No recojo exactamente esta acepción en mi desarrollo, pero es interesante notar la idea de mayor plenitud propia de lo clásico.)) se caracteriza por su perenne importancia a través del tiempo, porque siempre es de interés. Así, yendo más allá del fútbol, toda cultura con memoria histórica tiene también autores clásicos; es decir, autores que son permanente punto de referencia para aprender a pensar y orientar rectamente la propia vida.

Considero que Platón es uno de esos “grandes jugadores” del pensamiento humano, que con sus Diálogos ((Para quien tenga interés y pueda leer italiano, le recomiendo ver la interesante introducción de Giovanni Reale a todos los escritos platónicos publicada por la editorial Bompiani.)) nos remite a problemas y verdades eternas que siempre es necesario volver a considerar. Más allá de las teorías particulares (como por ejemplo la “teoría de las ideas”, la “teoría de las partes del alma”, etc.) que plantea en algunas de sus obras, y que desde una perspectiva católica sabemos que son parciales, erradas o simplemente muy discutibles; creo que la manera tan aguda y amical de enfrentar los problemas cruciales de la filosofía y de la vida son algo de lo cual todos podemos aprender, y no sólo los filósofos de profesión. Ya el mismo hecho de que sus obras sean Diálogos nos da un potente mensaje: este camino hermoso y arduo de la vida y del pensamiento está llamado a realizarse en la experiencia del encuentro, del diálogo abierto en búsqueda de una verdad que nos trasciende.

[pullquote]Quisiera volver la mirada sobre algunos sencillos aspectos de un par de breves y hermosos diálogos platónicos, que nos muestran algunas de estas experiencias y verdades fundamentales que está llamado a cultivar todo aquel que se descubre en búsqueda auténtica de respuestas para su vida y su cultura.[/pullquote]

Hago referencia pues, a la Apología y al Critón, que en un sentido forman una unidad, ya que se desarrollan en el contexto del juicio hecho a Sócrates por parte de algunos atenienses. El contexto del diálogo es profundamente dramático: Sócrates está a punto de ser condenado a muerte y se le pide que dé razón de su vida y su proceder. Todo lo empuja a claudicar de sus convicciones fundamentales, a traicionar una recta manera de pensar para satisfacer a las masas. Se podrían señalar muchísimas enseñanzas que brotan de las líneas de estos dos Diálogos, pero tan sólo haré referencia a tres de ellas que me parecen de las más significativas.

Lo primero, el compromiso radical con la verdad. Y no se trata tan sólo de una verdad sobre las cosas, sino sobre sí mismo y sobre los demás. Sócrates nos presenta en su Apología que la búsqueda de la verdad no sólo es un oficio profesional entre otros, sino una necesidad antropológica que debe ser saciada y que tiene que cultivarse con un discurso dialógico abierto a la realidad de las cosas en sí mismas ((Lo que se muestra claramente también en el Critón, donde Sócrates discute abiertamente con su interlocutor-amigo cuyo nombre da título al diálogo sobre la bondad de quedarse a ser condenado o huir para salvar su vida.)). La negación de Sócrates a la propuesta de sus justicieros que pedían que dejara de filosofar, de dejar de pensar abierto a la realidad, nos muestra que esta búsqueda de la verdad es algo que plenifica la vida y que es un bien altísimo que siempre se debe custodiar.

Además aparece con claridad el deber de iluminar a los hombres desde la verdad y el bien buscado y conocido. Es realmente iluminador para la vida de todo hombre en búsqueda ver el testimonio de Sócrates en servicio del bien común de la polis griega. El pensador ático descubre en la esencia de su quehacer el llamado a servir a sus conciudadanos, por más que ellos se muestren reacios e incluso hostiles a su servicio ((Por ello el apelativo de tábano de Atenas; ya que aguijoneaba a sus conciudadanos en la búsqueda de la verdad y el bien.)). La búsqueda de la verdad no tiene como meta el complacer a las multitudes, a las tendencias de moda o a los gobiernos de turno. Apunta al bien común, cuya esencia es capaz de ser entendida para todo hombre que eduque su conciencia desde los principios de las cosas. Por ello también hay en él una búsqueda de la jerarquía de los bienes que deben guiar el orden público y la configuración de una sociedad.

Se evidencia también, la conciencia que las verdades últimas proceden de Dios y no sólo de los hombres. En el desarrollo del juicio, Sócrates evidencia tener una clara conciencia de que hay verdades que tienen su último punto de referencia en Dios. No es que con ello diga que para conocer cada uno de los aspectos de la realidad se tenga que contar con la verdad de la Rrevelación (que él mismo no conoció); sin embargo sí afirmo con claridad que hay un principio de verdad, orden y bien que está por encima del criterio de la mayoría y al cual es necesario obedecer para realizar rectamente el quehacer académico, incluso aunque sea necesario dar la vida. De manera conmovedora y muy semejante al discurso dado por el apóstol Pedro después de la resurrección, pone Platón en labios de Sócrates lo siguiente:

«Después de esto, iba ya uno tras otro, sintiéndome disgustado y temiendo que me ganaba enemistades, pero, sin embargo, me parecía necesario dar la mayor importancia al dios» ((Apología 21 e)).

«Yo atenienses, os aprecio y os quiero, pero voy a obedecer al dios más que a vosotros y, mientras aliente y sea capaz, es seguro que no dejaré de filosofar, de exhortaros y de hacer manifestaciones» ((Apología 29d))

El hombre cerrado en sí mismo, por tanto, no es la última medida de todas las cosas. Esto parece tener muy claro ya Platón. Por ello, el remitirse a Dios para dialogar sobre las bases de una cultura y una sociedad no es algo que se opone a la razón; por el contrario, es una necesidad interna de la mente abierta a la realidad y que intenta indagar las cosas hasta sus últimos fundamentos. Toda esta claridad y firmeza de convicciones es puesta a prueba por parte de un amigo-discípulo, Critón, ya acabado el juicio. Este lo viene a buscar, una vez dictada la sentencia, para intentar convencerlo de salvar la vida, en bien de su familia y sus amigos. Le busca “jugar al corazón”, para disuadirlo de ser tan terco y radical con estas verdades. ¿No es acaso razonable lo que le planteaba el buen Critón? A Sócrates no le parece así. Él tiene clara conciencia de que todo se vendría al piso si huye cobardemente ante el destino impuesto por la verdad. Sí, la filosofía que merece ese nombre implica estar dispuesto a dar la vida. Así pues, tras una serie de argumentaciones agudas y hermosas Sócrates evidencia a Critón la verdad y le da un último testimonio de esa relación entre el pensamiento y la vida, propia de un clásico de perenne actualidad.

platon“Más Platón y menos Prozac” fue el provocativo título de una obra que ganó fama a inicios de este nuevo milenio. En una línea diversa a la de Marinoff (autor de la obra mencionada), creo que una vuelta –hecha con espíritu crítico y desde la fe— a la esencia de las intuiciones platónicas, puede traernos muchos bienes para aprender a pensar y vivir rectamente, para ir orientando nuestra mente y corazón hacia Aquel que es la Verdad en primera persona. “Un poco de Platón, en camino hacia a Cristo”, quizá que expresaría el deseo de lo que quieren exponer estas pobres líneas de un crítico y amigable admirador del gran sabio griego, que navega en las aguas tumultuosas de inicios del siglo XXI, buscando educar el su mente, corazón y voluntad para servir mejor a Cristo y a su Iglesia.

© 2014 – Juan Carlos Tuppia para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 
 
 

Juan Carlos Tuppia

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