sinfbNo tenía una buena impresión de Facebook, pero nunca me había atrevido a cerrarlo. Siempre tenía una excusa para evitar hacerlo: Me perderé algún evento importante, no estaré atento de la organización de tal proyecto, me veré ausente de la vida mis amigos, no podré comunicarme “rápido” con mis amigos o personas cercanas, ¡me perderé todos lo cumpleaños…!

Hasta que un buen día me decidí a hacer un experimento. Esta “aventura” fue motivada por dos hechos: Una cierta crisis personal en la que descubría la necesidad de un cambio, de ganar más libertad, y la segunda fue un artículo sobre la vida sin Facebook que me llamó mucho la atención.

El sábado 16 de agosto desperté con el ánimo de hacer un cambio y, sin pensarlo mucho, simplemente cerré mi cuenta de Facebook. A los pocos minutos de haber cerrado la cuenta, ocurrió mi primera sorpresa: Facebook me envió una imagen con la foto de mis amigos más cercanos diciéndome que me extrañan. Más allá de la clara manipulación afectiva, me pregunto: ¿Por qué Facebook no quiere que salgas? ¿Qué intereses hay detrás? Si bien estas preguntas ya me las había hecho antes, ahora tomaron bastante fuerza en mí.

En cuanto a mi vivencia interna, mi primer sentimiento fue de angustia pero extrañamente acompañado de una experiencia de mucha libertad. Esa libertad fue una constante a lo largo de todo el mes de esta aventura.

Desde el primer día noté diferencias. No sé si soy el único que cada vez que llega a un lugar con Internet, o a casa, lo primero que hace es abrir la página de Facebook para revisar las “novedades”, y te dices que vas a mirarlo aproximadamente cinco minutos para dar una revisión rápida. Esos supuestos cinco minutos para visitar Facebook, para mí se convertían en media hora o más. Justamente por ello, comencé a tener “más tiempo”, y pude retomar varios de mis hobbies, como la música y la lectura… claramente esto fue un punto a favor de mi decisión. Y no sólo por retomar los hobbies, sino porque de algún modo me comencé a encontrar más y mejor conmigo mismo.

Otra diferencia fue la forma de vivir la alegría. Generalmente, cuando me sentía contento, lo publicaba en mi estado de Facebook y recibía muchos likes. ¿Pero qué pasa si no puedes publicarlo? Ciertamente eso tiene un aspecto positivo por el compartir con otros. Pero mi experiencia luego de terminar una tarea muy compleja para la universidad y que había quedado bien hecha, me llevó a tener que buscar a las personas más cercanas (mi familia) para compartirles esa alegría, cosa que no hubiese hecho si lo hubiera publicado en Facebook.

[pullquote]De algún modo, el tener muchos likes no implica que muchas personas compartan tu alegría, sino que muchas de ellas saben que estás contento. Pero sólo aquellos que, a pesar de que no estés en la red, te preguntarán como estás o te invitarán a los eventos que hagan, serán a los que de verdad le importas, y eso ciertamente te hace sentir querido y significativo.[/pullquote]

Ahora bien, si me preguntan si tomé distancia de los seres cercanos, les aseguro que no fue así. De algún modo misterioso, los tuve más presente que nunca. El único modo de hablar con ellos, de invitarlos o coordinar algo, era directamente, y por lo tanto, comenzaron a surgir circunstancias para muy buenos diálogos que, dígase de paso, hace tiempo no tenía. Con esto aprendí a valorar pequeños momentos ante los que solía ser indiferente, y también a atesorarlos en el corazón.

Por último, una mirada apostólica a esta experiencia. Cada vez que le contaba a alguien sobre mi aventura, inmediatamente me preguntaban ¿Y por qué?

A la personas les llama la atención estas cosas porque son radicales, son distintas, son signo de contradicción y ayudan a profundizar en lo que haces día a día. Uno deja de preocupase en lo que hace o no hace el resto, y comienza a fijarse más en lo esencial, y sobre todo, en tu entorno más cercano. En mi caso fue muy claro cómo ese encuentro con los demás y conmigo mismo, se volcó también en un mejor encuentro con Dios.

Si Facebook de algún modo te tiene “prisionero” y te impide vivir contento el día a día, si crees que no podrías estar sin él, te invito a cerrarlo y a hacer la prueba. Es una buena forma de retomar lo que de verdad somos sin quedarnos en los likes y en los datos curiosos.

En estos momentos estoy “ad portas” de volver a abrir mi cuenta. Me es necesario para organizar cosas y también para aprovechar los ángulos positivos que tiene. Pero esta vez lo hago con un aprendizaje encima, y con la conciencia de que si nuevamente va tomando un papel que no le corresponde en mi vida, tendré que considerar seriamente cerrarlo para siempre. Pues al fin y al cabo, yo sí puedo vivir sin Facebook.

© 2014 – Marco Oporto Martínez para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Marco Oporto Martínez

Marco es estudiante de Ingeniería Civil Industrial en la Universidad de Chile. Es Encargado de Misiones MVC Chile 2014 y ayudante de Comunidad Ingenio.

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