pier_giorgio_frassati_2Estamos familiarizados con un mundo que prescinde de Dios. ¿Para qué integrarle a nuestra vida si podemos sobrellevarla cómodamente sin sus preceptos? proclaman algunos. Escuchamos y leemos que la cultura secularizada estaría en capacidad de suscitar sus propias normas de conducta. También constatamos que Dios está siendo “alejado” de las familias en cuyo seno se convive como si Él fuese un extraño.

A pesar de aquellas situaciones adversas, Dios se hace amorosamente presente en la existencia de las personas, iluminándolas con su afecto, alegría y esperanza. La senda del beato turinés Pier Giorgio Frassati constituye un palpable ejemplo de aquella presencia y comunión, en donde la vida de una persona amiga de Dios transforma poderosamente su entorno y su cultura. No en vano San Juan Pablo II llamó a Pier Giorgio “el hombre de las ocho bienaventuranzas”, un joven que respondió de manera concreta al “ven y sígueme”.

La existencia de Pier Giorgio podría haber transcurrido en la grisura de un ambiente burgués y sofisticado. Muy por el contrario avanzó por un sendero distinto. Giorgio Frassati nació el 6 de abril de 1901 en el seno de una adinerada familia de Turín, metrópoli en el norte de Italia. Su padre, Alfredo, había fundado “La Stampa”, uno de los diarios de mayor influencia en el país.

Alfredo se consideraba agnóstico pero permitía que su familia practique la fe católica. Su madre fue la pintora Adelaide Ametis. Alfredo y Adelaide contrajeron matrimonio en 1898. Giorgio nació en 1901; un año y medio más tarde llegó Luciana, quien será la amiga entrañable y confidente de su hermano.

La vida temprana de Pier Giorgio y Luciana discurre en un ambiente paradojal: todo podría haberlos conducido a la infelicidad. El hogar de los Frassati era un lugar triste desde el punto de vista afectivo. Alfredo y Adelaide estaban distanciados, manteniendo las apariencias del matrimonio para la conveniencia de sus hijos y los comentarios de la sociedad. En cuanto fue madurando a Pier Giorgio le entristecía tremendamente la situación de sus padres. Alfredo estaba ausente de la casa, ocupado en el periódico o en la política. Conocía muy poco de las actividades de sus hijos. Adelaide sostenía una atareada vida social. Sus compromisos artísticos la llevaron a encargar la educación de Pier Giorgio y Luciana a su hermana Elena.

La distancia entre padres e hijos a veces se quebraba cuando Alfredo y Adelaida compartían con ellos sus aficiones. Alfredo cultivaba la equitación y los deportes náuticos. Junto a su padre Pier Giorgio se volvió un excelente marino y jinete. Era la única persona que podía dominar el brioso caballo de Alfredo. Adelaide gustaba del montañismo, una actividad poco común para una mujer en aquellos años. Desde muy tierna edad Pier Giorgio acompañaba a su madre a escalar picos en los Alpes turineses. Con los años se volvió un experto alpinista, aprendiendo a fortalecer su cuerpo y su carácter.

Tempranamente Giorgio aprendió a practicar la caridad. Cuando escuchaba las historias de Jesucristo y de su amor por los pobres y desvalidos se le encendía el corazón. Realizaba pequeñas obras para ayudar a los necesitados. Con el ingenio del niño coleccionaba platinas de las chocolatinas y estampillas para juntar algunas monedas para las misiones. Solía renunciar a sus propinas para entregarlas a los menesterosos que tocaban a la puerta.

[pullquote]Desde la precocidad infantil Pier Giorgio aprendió a corresponder a la gracia de Dios. La rectitud, honradez y justicia practicadas en la casa paterna fueron transfiguradas por la luz del Evangelio. La desaprobación a toda forma de piedad religiosa considerada “exagerada” por sus padres fue superada por el amor hacia Dios, que invitaba a Pier Giorgio al compromiso alegre y afectivo de fe, muy distinto a los proyectos inherentes a su ambiente social, como cultivar una carrera ambiciosa y brillante, o un rol destacado en el entorno político.[/pullquote]

Es importante subrayar que la entrega generosa de Pier Giorgio al Señor Jesús nació del amor, antes que una rebelión infantil o juvenil contra la estrictez o las actitudes y principios de sus padres. Su fe cristiana fue algo que tomó forma al comprobar naturalmente que Dios actuaba amorosamente en la vida de las personas. Su piedad se sostuvo con las primeras oraciones inocentes; y más tarde con la lectura de la Sagrada Eucaristía y la práctica de la caridad. A pesar de la frialdad religiosa en aquel hogar tensionado y disfuncional, Pier Giorgio desarrolló una amistad íntima con Jesús, escuchando de niño las historias que le relataba un sacerdote salesiano, Don Cojazzi, su profesor de latín.

pier_giorgio_frassati_3Giorgio era un niño hiperactivo. Le atraían los deportes, que practicaba con maestría. Su punto débil eran los estudios, una de sus constantes cruces. Su temperamento dinámico le generaba dificultades para concentrarse. A los siete años reprobó los exámenes de admisión a un colegio prestigioso. En casa le repetían que era tardo para aprender y escribir. Las cosas mejoraron cuando ingresó al “Instituto Social” dirigido por los Jesuitas. Sus maestros percibieron un carácter abnegado e ingenioso, necesitado de atención y orientación. En las aulas del instituto Pier Giorgio fue aprendiendo a controlar sus autocensuras.

La escuela también le permitió desplegar la piedad y la alegría contagiosa. Su confesor le propuso participar de la comunión diaria. En aquella época era obligatorio el ayuno desde la medianoche. A su madre le incomodó que Pier Giorgio prescindiera del desayuno, incluso para participar de la Eucaristía. Pero cuando finalmente consiguió el permiso, entró en la habitación de su director espiritual gritando: “¡Padre, he vencido yo!”.

La temprana amistad con Jesús también le condujo hacia María, la Madre del Salvador. En su niñez aprendió a rezar el Rosario, ocupando un tiempo prolongado para sus devociones infantiles. Luciana recordaba que en el hogar la vida transcurría en una precisa rutina. Incluso había un tiempo especial para los juegos. Adelaide solía quejarse con su hermana Elena porque Pier Giorgio empleaba una parte del recreo en sus piedades.

– “¿Es cierto, Pier Giorgio, que te dedicas a rezar en tu habitación? Tu mamá está preocupada porque faltas a tus juegos”, interrogó la tía Elena.

– “¡Pero tengo tantas oraciones que rezar!”, respondió decididamente el pequeño.

– “¿Alguien te ha ordenado que reces tanto?”

– “Nadie”, respondió.

En el Instituto Social se incorporó al Sodalicio de María. Le agradaba sobremanera jugar con los otros chicos, así como entregar un tiempo especial para las devociones del grupo. Uno de los capellanes, el padre Goria, escribió más tarde: «Era un gozo espiritual orar junto a Pier Giorgio. Atraía a los otros muchachos a practicar la virtud y la oración por el don de su personalidad». Pocos sabían que aquel chiquillo alegre había hecho de la oración un medio efectivo para compartir sus tristezas y esperanzas con el Señor Jesús. Sus meditaciones eran buenas consejeras para consolar las penas que también descubrió entre sus compañeros.

Alfredo Frassati deseaba que su hijo siguiese sus pasos en el periódico y en la política. Pero juzgaba que el celo religioso de Giorgio era un impedimento para labrarse una posición en el mundo. A los ojos de su padre exageraba las cosas con su compromiso espiritual. A pesar de la tensión hogareña por lo que consideraban el “radicalismo religioso” -aunque infantil- de Giorgio, don Alfredo respetaba la entereza de su hijo. Alguna vez le confió a su cuñada Elena: «Ninguno ha comprendido quién era Pier Giorgio para mí: mi orgullo, mi pasión. En realidad veía en él todas las cualidades que había soñado tener yo, y que no he tenido».

Su hermana Luciana recordaba la molestia de su padre cuando fue Embajador italiano en Berlín y Pier Giorgio le hizo una visita. Había arribado a la capital de la nación germana en un vagón de ferrocarril de tercera clase porque había regalado a un pobre la diferencia del pasaje de primera. Viajar en aquellas condiciones era impropio para el hijo de un Embajador. Además Pier Giorgio estaba aterido de frío porque en el camino había obsequiado su abrigo a otro necesitado. Era invierno y en Berlín hacía un clima glacial.

Alfredo Frassati era un hombre generoso, pero reclamaba de su hijo mayor moderación. Luciana recordará: «¿Cómo podía ayudarle a Alfredo Frassati, Embajador del Rey de Italia y dueño del influyente diario La Stampa, el tener un hijo que cogía las flores que adornaban los salones de su residencia para alegrar los hogares de los pobres?».

La amistad ocupó un lugar privilegiado en el corazón de Pier Giorgio. El noble amor por los amigos era uno de los rasgos que más le atraían cuando meditaba en el Evangelio. Era naturalmente jovial y bullanguero, pero también era un amigo sensible y delicado en el trato. Tenía conocidos en todas las esferas sociales de Turín. A pesar del tamaño de la urbe, le era difícil salir a la calle sin recibir innumerables saludos.

Sus compañeros de la Acción Católica, movimiento juvenil del que formaba parte, ocupaban un lugar privilegiado en su afecto. Junto a ellos desplegaba un apostolado intenso. Cuando cumplió los diecisiete años y concluyó sus estudios escolares, decidió especializarse en ingeniería minera. Le atraían las ciencias y había recolectado y catalogado un gran número de minerales durante sus escaladas en los Alpes. Pero existía otra razón de peso. La ingeniería lo pondría en contacto con un sector particularmente marginado de la sociedad turinesa, los mineros, a quienes esperaba ayudar y promover humanamente.

En la universidad ingresó a la FUCI -Federación Universitaria Católica Italiana-, formando con otros jóvenes un grupo llamado en broma los “Frassatinos” porque Pier Giorgio era el principal animador. Los “Frassatinos” también constituían una comunidad de oración. Un amigo recuerda: «El cometido real del grupo no era solamente la diversión. El verdadero vínculo que nos unía era la fe. Compartíamos la cruz y la alegría, los éxitos y las dificultades. Estábamos siempre dispuestos a ayudarnos unos a otros». O como lo señaló el mismo Pier Giorgio escribiendo a su amigo Marco Beltramo: «Bien has dicho que quedará siempre un vínculo indisoluble que nos unirá para siempre y este vínculo consideramos que es la fe. Ella nos ha hecho compañeros en hermosas excursiones y ha hecho que nuestra sociedad fuese fundada sobre una base granítica. Creo que también cuando estemos ya en camino a la muerte siempre nos recordaremos de la oración».

[pullquote]Pier Giorgio desplegó con estos amigos múltiples facetas del apostolado laico. Cuando los estudios o las obras de caridad les permitían alejarse de Turín, los “Frassatinos” salían a escalar montañas. El montañismo fue el principal pasatiempo de Giorgio. Remontar los picos nevados alpinos le aportaba una excelente oportunidad para invitar a otros jóvenes cuya fe era tibia o desconocían la amistad del Señor Jesús. En las cimas, donde el aire era puro y el silencio apenas interrumpido por el viento, un exultante Pier Giorgio animaba al grupo a rezar o exponer sus inquietudes juveniles y dudas de fe.[/pullquote]

Pier Giorgio era un líder nato. La densidad interior se complementaba con una personalidad calurosa y cercana. Las pruebas cotidianas, ocasionadas por las tensiones familiares, raramente dibujaban alguna tristeza en su rostro, cotidianamente iluminado por la alegría. Las personas tenían un lugar fundamental en su corazón. Se había conformado en el amor que el Señor Jesús tenía por ellas, sean pobres o acomodadas. Su fe le conducía a encontrar a Jesús en el rostro de todos.

Su encuentro con la gente trasponía la epidermis superficial. Muchísimos recordaban la capacidad de Pier Giorgio para comprender y amar a cada persona en la profundidad de su vida, tal y como eran y por lo que eran. Podían palpar el interés por cada uno de ellos. No hacía ostentación. Se manifestaba en su modo de saber comunicarse con todos con un lenguaje familiar, con una mano abierta para servir cuando fuese necesario.

9417_laughingwithcigar-001-628x378En la universidad ingresó a la Sociedad Seglar de San Vicente de Paul, fundada por el beato Federico Ozanam a mediados del siglo XIX para asistir a los más pobres. Guardaba el anonimato adoptando el nombre de “Jerónimo”. En su casa nadie se percató que pasaba un prolongado tiempo visitando las barriadas de Turín. «Pier Giorgio amaba a cada pobre. Le recuerdo refiriéndose a ciertas miserias con el rostro surcado por el dolor, de manera que se comprendía perfectamente que él mismo sufría», relataba un amigo.

Acudía principalmente a las casas de los enfermos. Entre ellos hallaba un espacio particular para compartir su humanidad. Sus amigos vicentinos le preguntaban cómo podía entrar con una sonrisa en un hogar donde lo recibía una inmensa suciedad. Su respuesta: «No olvido nunca que aunque la casa sea sórdida, tú te acercas a Cristo. Recuerden bien lo que ha dicho el Señor: el bien que se hace a los pobres es un bien hecho a Mí mismo». En una de aquellas moradas pobres se contagió de poliomielitis, la enfermedad que lo condujo al final de su peregrinaje humano.

En unas notas a su hermana Luciana, Pier Giorgio explicaba su compromiso cristiano: «Nuestra vida en orden a ser cristianos tiene que convertirse en un continuo acto de renuncia, en un sacrificio. Sin embargo, esto no es difícil si uno piensa qué son estos escasos años de sufrimiento comparados con la alegría eterna, donde esta experiencia no tendrá ni medida ni fin, y en donde viviremos en una inimaginable paz». Escribía también a su amiga Ester Pignata: «La vida de las personas buenas es la más difícil. Pero es el camino más rápido para ir al cielo».

Pier Giorgio amaba a la Iglesia. Representaba su “gran” familia. Una comunidad que albergaba a todos, donde el vínculo de unión estaba facilitado por el Amor. Tenía muy presente la necesidad de anunciar el Evangelio a cada persona y en todas partes. La universidad le brindaba la oportunidad de dialogar apostólicamente con numerosos jóvenes de distintas creencias y extracciones. «Como cristianos vivimos en estado de misión -escribió-. Testimoniamos un mensaje de amor que no está hecho solo de palabras, sino fundamentalmente de solidaridad concreta».

A finales de junio del año 1925 Giorgio contrajo poliomielitis. Empezó a sentir fuertes dolores. En su casa, sin embargo, no le hicieron mucho caso, pues solamente tenía 24 años y era un joven robusto. Luciana dio la voz de alarma sobre la enfermedad de su hermano. Pier Giogio tenía una fiebre altísima y apenas podía moverse. Al verlo tan débil sus padres se inquietaron. Acudieron los médicos. Le pidieron que se incorpore pero no lo consiguió. Estaba paralizado. Encargaron un suero especial al instituto Pasteur de París, pero ya era demasiado tarde.

Por las calles de Turín corrió la voz de que Pier Giogio estaba gravemente enfermo. Luciana recuerda: «En casa nos dimos cuenta, por vez primera, que algo inusual estaba ocurriendo. Era demasiado grande para comprender. Mientras tanto las puertas de nuestra residencia comenzaron a abrirse para admitir nuevos rostros, desconocidos para nosotros como fue su vida. Mamá intentó detener a la gente, sin comprender que la revelación de la grandeza de su hijo estaba comenzando. Yo le pedí que los deje entrar. Iban a la habitación a despedirse. Callados. Bañados en lágrimas. Le tocaban con reverencia. Mientras que yo pensaba cuanto lo habíamos ignorado todos estos años. Fue a manos de estas personas que recibimos nuestra más grande lección».

Su tránsito a la casa del Padre ocurrió el 4 de julio de 1925. Los funerales fueron multitudinarios. Pier Giorgio Frassati fue declarado Beato por el Papa Juan Pablo II el 20 de mayo de 1990. El Santo Padre había dicho a los jóvenes en 1980, cuando visitaba Turín: «Pier Giorgio fue un hombre joven con una sobreabundancia de alegría, que invadía todo lo que le rodeaba. La alegría le ayudó a sobrellevar y vencer las innumerables dificultades que acompañaron su vida porque la juventud es siempre un período que pone a prueba la fortaleza».

© 2014 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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