En el camino de la vida cristiana, junto a las realidades profundas y que nos entusiasman, no dejan de aparecer los obstáculos y dificultades. Estos obstáculos, como sabemos, pueden ser externos a nosotros situaciones difíciles, problemas ajenos, por ejemplo o internos nuestras debilidades o pecados.

La experiencia de fragilidad es frecuente en el peregrinar de fe. Al mismo tiempo, junto a esta experiencia, sabemos que contamos con la gracia de Dios. Nunca seremos tentados más allá de nuestras fuerzas, y Él nos da todo lo que necesitamos para que, con nuestra libre cooperación, salgamos airosos en la lucha espiritual y se vaya obrando en nosotros esa transformación interior que nos configura con el Señor Jesús.

Es una gran tarea de nuestra parte, en este combate, pedir la gracia que necesitamos. Junto a pedirla, debemos también buscarla. Para encontrarla el Señor nos ha dejado una serie de regalos muy significativos: los sacramentos.

En los sacramentos hallamos de modo privilegiado las gracias que necesitamos para alimentar nuestra vida cristiana y crecer en santidad. No recurrir a ellos es como querer cruzar un desierto y tener un arrollo de agua y sombra constantemente a nuestro lado… ¡y no utilizarlos!

Cuando San Pedro nos invita a crecer en piedad, uno de los medios para hacerlo es recurrir a los sacramentos. A veces sucede que nos hemos acostumbrado a ellos, y perdemos de vista el inmenso don que significan, en especial la Eucaristía, en la que el mismo Cristo se da a nosotros en su cuerpo y sangre.

Si alguien pasa hambre, y teniendo un alimento a la mano, no lo consume, pensaríamos que esa persona está enajenada o quiere morir. Que no nos pase a nosotros lo mismo teniendo tan gran alimento espiritual a la mano: la misma vida de Dios que se nos da para tener fuerzas, para nuestra santificación y para nuestra felicidad.

Fuente:

Mi Vida en Xto

Kenneth Pierce Balbuena

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