La protección de los derechos de los niños concita hoy el interés prioritario de la mayor parte de los Estados del mundo, particularmente en los casos en que éstos son abusados de una manera u otra. Entre todos los abusos, el abuso sexual es uno de los más condenables, por motivos evidentes. Lamentablemente vivimos en una sociedad que sobre-estimula la sexualidad, nos expone a todos a modelos desedificantes y deformantes (sobre todo a través de los medios de comunicación y la pornografía) y, como si esto no bastara, fomenta la fragmentación familiar que agrava el contexto general.

El Informe del Comité de los Derechos del Niño sobre la Santa Sede, dado a conocer recientemente, encara la cuestión del abuso desde la realidad de dolorosos hechos ocurridos en los últimos años, en los que personas de Iglesia han abusado de menores. Desde el conocimiento de estos casos, la Santa Sede ha avanzado muchísimo en los cambios legislativos y ejecutivos para poner freno a esta situación, de la misma manera que están avanzando las legislaciones penales de todo el mundo para enfrentar este flagelo cada vez más frecuente.

17234_20140207122702De todas maneras, y sin entrar en las complejas cuestiones de jurisdicción que subyacen en el informe en torno a la Santa Sede y las Iglesias particulares, es seguro que queda mucho aún por recorrer, y son esos puntos faltantes los que encara y destaca el Informe del Comité: la activación de mecanismos de monitoreo en cuanto a los derechos de los niños, la implementación de procedimientos ágiles para la escucha y la atención de los niños, la posibilidad de mejorar aún más las normas penales contenidas en el Código de Derecho Canónico, la condena siempre firme del acoso infantil, la erradicación de todo tipo de discriminación injusta, la priorización del interés superior del niño en todos los casos, la inclusión de los principios y mecanismos de la Convención en los programas educativos y en los Seminarios, la firme atención a la recuperación y compensación de las víctimas, la adecuada investigación y el esclarecimiento de los casos pendientes, un fuerte acento puesto en la prevención de futuros casos, entre otras medidas necesarias que el Informe destaca.

[pullquote]Es una pena que todas estas recomendaciones del Comité, sobre base de las cuales se puede hacer un trabajo conjunto efectivo, hayan quedado opacadas por una verdadera catarata de pretensiones ideológicas para que la Iglesia modifique por completo su visión de fondo sobre la vida, la familia, el matrimonio, la sexualidad, la educación y la persona.[/pullquote]

Al leer el Informe completo, uno experimentaba, por un lado, un saludable rechazo a los abusos ocurridos; luego, una cierta sorpresa y desconcierto por la pretensión de que una institución de dos mil años que ha sido y sigue siendo (lo sabemos bien) defensora insobornable de la dignidad de la persona, abandone justamente ese capital moral para adecuarse a dogmas ideológicos advenedizos, que han encandilado a los miembros del Comité.

Porque, ¿cómo es posible combatir los abusos contra los niños, si no se promueve el fortalecimiento de la estabilidad familiar? Es sabido que la mayor parte de los abusos que ocurren en el mundo se dan en los ámbitos intrafamiliares, de las familias llamadas “ensambladas”. Al menos en la Argentina, los casos más mediatizados han sido precisamente así. La disfuncionalidad de la familia tiene mucho que ver en el problema del que hablamos. ¡Y justamente el Comité pretende que la Iglesia deje de proponer ese modelo de familia estable!

El Informe incluso pide que la Iglesia deje de hablar de “complementariedad” y de “igualdad en la dignidad”. ¿Cómo darle lo mejor a un niño si no se le garantiza la complementariedad plena de mamá y papá? Además, ¿es posible hablar, por un lado, del interés superior del niño y, por el otro, pedirle a la Santa Sede que retire su condena al aborto? Y, en un mundo en donde los profilácticos han fracasado rotundamente en la detención del avance de las infecciones de transmisión sexual y del embarazo adolescente, ¿es razonable pretender prohibir a la Iglesia que siga hablando de castidad y de control del impulso sexual?

[pullquote]Y en un mundo enfermo de individualismo patológico y sexualismo irresponsable, ¿debería la Iglesia dejar de promover el ámbito de contención que significa la familia cristiana? Y cuando Dios es el único que ve en los profundo de los corazones, y en la intimidad del Sacramento de la reconciliación perdona incondicionalmente al hombre que ha pecado y se arrepiente, dándole la posibilidad de salir adelante, ¿va la Iglesia a destruir el sagrario del confesonario aboliendo el secreto de confesión? ¿No existe acaso el secreto profesional o la relación médico-paciente, por ejemplo, que en los últimos años ha impedido la denuncia de crímenes cometidos por los pacientes? ¿No están dispensados los familiares de quien delinque de denunciar la falta en muchos casos?[/pullquote]

vat_flagLa Santa Sede es parte de la Convención de los Derechos del Niño, por lo tanto, como todos los Estados partes, debe presentar periódicamente un informe sobre la situación de los niños bajo su jurisdicción. Claro que la Santa Sede es también la Iglesia Católica y, como tal, está presente en todos los países del mundo. De todas maneras, sería poco serio pretender que la Santa Sede pueda controlar eficientemente los abusos perpetrados por personas católicas en todo el mundo, y hacerla responsable de ellos.

La Santa Sede, con buen tino, aseguró en su comunicado posterior a la publicación del Informe que el mismo será objeto de una seria y exhaustiva consideración, y ratificó su compromiso de cumplir la Convención. Lamentó también el intento de “interferir en la enseñanza de la Iglesia Católica sobre la dignidad de la persona humana y en el ejercicio de la libertad religiosa”, porque son justamente esos principios los que garantizan la posibilidad de salir de la crisis profunda que nos afecta a todos, católicos y no católicos, varones y mujeres, jóvenes y adultos.

Nadie pretende negar hechos ocurridos. Pero sería preferible no caer en la manipulación de esos hechos y de sus víctimas para imponer una ideología determinada que no ayuda en la erradicación del problema. Estamos frente a un problema muy serio, que supera ampliamente el ámbito eclesial católico. No perdamos el tiempo en estériles y autocomplacientes retóricas ideológicas, porque quienes más sufren las consecuencias de este derroche son precisamente los niños a quienes se pretende proteger.

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