Desafortunadamente al observar nuestra cultura vemos muchos síntomas en los que se promueve una búsqueda individualista de la persona sin tener en cuenta el bien de los demás. El día de hoy notamos cómo se propone un ideal de felicidad y bienestar en el que se promueve que las personas busquen su propia realización sin tener en cuenta el bien de los demás. Bajo esta lógica la persona se plantea frente a los demás no como alguien que busca aportar al desarrollo común, sino como alguien que busca el bien para sí o alguien que instrumentaliza el servir a los demás como medio para su propio bien.  

En una sociedad individualista las motivaciones se van volviendo sólo personales. Poco a poco, me va dejando de importar aportar al desarrollo de la sociedad, evitar la pobreza, la corrupción, los atentados contra la dignidad de los niños por nacer, los ancianos, desamparados. Cuando me pregunto qué quiero hacer en la vida o qué quiero estudiar, ya no me interesa cómo eso va a ayudar a un mundo mejor, sino cómo ese estudio me va a permitir sobrevivir en un mundo al que no le importo y en el cual debo sobrevivir.

Y es que al final de cuentas frente a tantos problemas, ¿qué puedo hacer yo? Si puedo hacer algo, me digo: “Voy a preocuparme por mi felicidad…gozo…confort…diversión”. Porque si yo soy feliz el mundo va a estar un poquito mejor. La verdad es que esto es muy individualista. Y vamos cayendo en una concepción de la felicidad cada vez más hedonista y materialista. Paradójicamente esto ha llevado a que las personas tengan una experiencia de vaciamiento, inconformidad, insatisfacción, pérdida de horizonte y sentido cada vez más marcadas.

Para el individualismo la sociedad es presentada al individuo como un instrumento para su propio bien personal1. Las personas no deberían desarrollarse buscando aportar al bien de todos, ni deberían pretender lograr un bien común en el que se logre el bienestar de todos, tan solo deberían preocuparse de que el vivir unidos no genere dificultades. Esto lógicamente lleva a establecer relaciones superficiales y sin verdadera comunión. Bajo estos presupuestos el ideal humano y social se presenta como la búsqueda del mayor bienestar personal y autonomía posible.

Sin darnos cuenta vamos aprendiendo que no es mi deber meterme en “los problemas” de los demás, ni meterme en su vida ¿Te ha pasado alguna vez que al ver a alguien llorando en la calle te sientes inhibido a ayudarlo? Y es que, poco a poco, caemos en sociedades pocos solidarias en las que podemos tener nuestra conciencia tranquila, ya que, más allá de algunas personas que son importantes para nosotros mismos, no es mi responsabilidad preocuparme por los problemas de otros.

En una sociedad individualista vemos que la disociación entre individuo y sociedad lleva a pensar que las acciones personales no afectan al bien común, por lo que se pretende creer que las acciones privadas de las personas no tienen relación con los males de la sociedad, así como tampoco con sus bienes. La poca importancia que se le da a la vida privada de la persona, al final de cuentas conlleva a denigrar la importancia de los individuos, a tal punto que se termina viendo a las personas como objetos descartables o reemplazables. Por eso cada vez es más común pensar que da lo mismo si alguien vive o no (el aborto de tantos niños es una prueba de ello).

Quisiera también manifestar cómo una cultura individualista se puede expresar en la vivencia de la vida cristiana. En efecto no sería extraño que un cristiano inmerso en esta cultura llegase a plantear su vida en Cristo únicamente como respuesta a sus necesidades personales. Un cristiano podría fácilmente plantearse ver a la Iglesia como proveedora de sus propios anhelos, incluso aproximarse a ella exigiéndole ser servido sin él, siquiera plantearse, responsabilidades frente a ella. Un cristiano bajo la mentalidad individualista fácilmente puede aproximarse a su vida cristiana como un camino de perfección individual que lo lleve a tener experiencias tranquilizadoras, sin llegar a interesarse por el bien de los demás, por el bien de la Iglesia y la sociedad.

Los demás nos ayudan a encontrar nuestra identidad y misión.

Edith Stein, en su libro “Estructura de la Persona humana” nos ayuda a comprender cómo una persona comienza a descubrir su responsabilidad personal y su identidad cuando toma conciencia de su pertenencia a una sociedad. La persona se descubre deudora de algo que ha recibido y que contribuye a su identidad. Incluso viendo la profundidad de sí mismo se descubre creada y amada por Dios, de quien ha recibido todo cuanto él es, incluso su inserción en una comunidad concreta. La persona recibe como un don su identidad, así como también recibe de Dios una responsabilidad frente a Él mismo y frente a los demás2.

Es maravilloso entender que tengo una misión en esta vida y que puedo hacer algo por los demás, que puedo aportar a sanar el sufrimiento y contribuir a que todos vivamos un poquito mejor. Dejar la vida en el servicio a los demás no nos quita nada, sino que nos aporta un sentido trascendente que nos dignifica y da sentido a nuestra vida. De esta manera nos damos cuenta que vivir para los demás, no significa perder mi vida, sino, por el contrario, encontrar mi identidad y misión. La mirada que deja de ser individualista se ve a sí mismo como un don que tiene una misión con respecto a los demás: “Aquel don que la persona ha recibido, aquel carisma personal es la manera propia de cada uno de participar en la filiación divina de Jesús en bien de los hermanos. En efecto el don poseído para provecho del cuerpo, de los demás, es el modo personal de realizar nuestra vida al servicio de los hombres, es decir, el modo personal de hacernos gratos a Dios”3.

1Cruz Prados Alfredo, Filosofía Política, Ed. Eunsa, Navarra, 2016, pág. 57.
2Stein Edith, Estructura de la persona humana, Ed. BAC, Madrid, 2007, pág. 188.
3Ladaria Luis F., Antropología Teológica, Ed. Universitá gregoriana, Roma, 1983, pág. 392.

© 2017 – Bernardo Marulanda para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Bernardo Marulanda

Bernardo nació en Medellín (Colombia) el año 1987. Es teólogo, graduado en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma. Es laico consagrado, miembro del Sodalicio de Vida Cristiana. Actualmente vive en Ayaviri ( Perú) donde realiza su misión evangelizadora.

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