Jesucristo asumió toda la naturaleza humana, menos el pecado. Todas las experiencias humanas. Era feliz con sus discípulos. Conocía los corazones y anhelos interiores. Se alegraba con los niños. Se compadecía de los pobres y pecadores. Curaba a los enfermos. Obedientemente cumplió el Plan del Padre. Pasaba por los pueblos hablando y proclamando la verdad. Anunciaba la llegada del Reino de Dios. Vivió como hombre entre los hombres. Por lo tanto, no podía dejar de asumir también el sufrimiento. Se hace pecado por nosotros, se humilla a sí mismo, hasta llegar a la última consecuencia del mal: la muerte. El mal, el dolor, el sufrimiento, la muerte, son experiencias que el Señor asume en toda su crudeza:

«El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2, 5-8)

ChristJesús anuncia varias veces a sus discípulos cómo debería morir. La muerte era el camino que debía asumir para ser fiel al Padre. A través de la cruz nos trae la victoria sobre la muerte. Era necesario que Jesús muriera en la cruz para traernos la reconciliación. «Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: “Lejos de ti, Señor. De ningún modo te sucederá eso!” Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: “Quítate de mi vista, Satanás! Tropiezo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!”» (Mt 16, 21-23) Queda claro – en la persona de Pedro– cómo sus mismos discípulos no entendían que el Señor debía morir en la cruz.

El rechazo a aceptar que el Maestro muera en la cruz es totalmente comprensible. Pero es el camino que el Señor enseña a sus discípulos. «Así, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres (1Cor 1, 22-25) La cruz se convierte en instrumento de salvación. Jesús asume la muerte para darnos la vida. Con su pasión y muerte en la cruz, le da un nuevo sentido al sufrimiento. Tiene un sentido de salvación. Es camino de realización. Vivirlo no es fácil. Pero es el camino para nuestra plena realización. Negar la experiencia de dolor, es negar una dimensión de la vida. En Cristo somos capaces no sólo de aceptar el sufrimiento, sino de valernos de él para alcanzar nuestra plena realización personal.

Podemos pensar que para Jesús sufrir o morir haya sido una experiencia fácil, puesto que es Dios. Que lo hizo simplemente para hacerse cercano a nosotros, pero que, en realidad, no le costó, así como nos cuesta a nosotros. Sin embargo, esa experiencia es tremendamente dolorosa para Él. Se ve claramente cuando le propone al Padre la posibilidad de no vivir la pasión y muerte en la cruz. «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mt 26, 39) (Mc 14, 36) (Lc 22, 42) Más allá de su rechazo humano al sufrimiento, hace una opción clara de obediencia a su Padre. En otro pasaje de su vida, vemos a Jesús tentado como cualquier ser humano. El hecho de ser Dios no significa que está exento de la experiencia humana de la tentación, como si fuera un hombre especial. «Entonces Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1) (Lc 4,1-2). No podemos, por lo tanto, pensar que Jesús era un “superhombre”, para el cual la experiencia del mal fuera algo fácil de sobrellevar.

[pullquote]Los que seguimos al Señor, también debemos aprender a cargar la cruz. Seguir a Cristo y luchar por nuestra santidad, implica necesariamente asumir su mismo camino de sufrimiento.«El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí. (…) y el que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10, 39) «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16, 24-25) (Mc 8, 34-35) (Lc 9, 23-24) (Lc 14, 27) Todo esto, con la certeza de que si morimos con Él, también viviremos con Él. «Y, si hijos, también herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados» (Rom 8, 17) No se trata de querer sufrir. Pero la vida implica una dimensión de sufrimiento. Se trata de descubrir cómo darle sentido a eso.[/pullquote]

El Señor sabe lo difícil que es para nosotros sufrir. Por ello, sale a nuestro encuentro, para fortalecernos. «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte» (2Cor 12, 9-10) «Todo lo puedo en Aquel que me conforta» (Fil 4, 13).

Solamente en la medida que optamos por Cristo, somos capaces de asumir el dolor. «Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 28-30) No hay nada que supere la fuerza que nos da Cristo. «Ante esto ¿qué diremos? Si Dios está por nosotros ¿quién contra nosotros? (…) ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hombre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Pero en todo esto salimos vencedores gracias a Aquél que nos amó» (Rom 8, 31. 35-37) Somos frágiles, pero llevamos en nuestro espíritu la fuerza de la gracia de Dios. «Pero llevamos este tesoro en vasos de barro para que aparezca que la extraordinaria grandeza del poder es de Dios y que no viene de nosotros. Atribulados en todo, más no aplastados; perplejos, más no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2Cor 4, 7-12)

Vivir todo esto implica una clara lucha espiritual. Lucha contra nuestros engreimientos, gustos y disgustos, contra nuestras comodidades. Nadie quiere sufrir. En nuestro interior hay algo que siempre querrá optar por el camino más fácil. «Descubro, pues, esta ley: en queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. Pobre de mí. ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» (Rom 7, 21-25) Cristo mismo sale a nuestro encuentro y nos fortalece para emprender el buen combate. Siendo así capaces de seguirlo, incluso hasta la cruz. Sin la ayuda del Señor es imposible aceptar e incorporar a nuestra vida auténticamente el sufrimiento.

Como vemos, todo esto tiene un sentido. No se trata de sufrir por sufrir. Jesús muere en la cruz para traernos la victoria sobre la muerte. Si morimos con Él, también viviremos con Él. «La muerte ha sido devorada en la victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado, la Ley. ¡Pero gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo!» (1Cor 15, 55-57) «Con Cristo estoy crucificado y, vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (2Cor 2, 19-20)«Por tanto, el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo. Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación» (2Cor 5, 16-18)

Finalmente, vemos como Jesús nos da la fuerza que nos hace capaces de asumir el sufrimiento. Además, con Cristo, el sufrimiento es un camino de realización personal. Ya no estamos solos. Cargamos nuestros sufrimientos junto con Él en la cruz. Compartimos con Él la certeza de la victoria sobre la cruz. «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra bondad sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna» (Fil 4, 4-5)

© 2014 – Pablo Augusto Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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