Vengo pensando hace ya mucho tiempo cómo es posible que si todos buscamos ser felices, la mayoría vivan angustiados, ansiosos, deprimidos e incluso, sin encontrarle sentido a la vida. Esa experiencia, obviamente, no es fácil y simple de explicar. Sin embargo, no deja de ser una paradoja, a mi modo de entender las cosas. Es científicamente comprobado como la depresión es una de las enfermedades que más ha crecido. Finalmente, para dejar más clara la paradoja, abundan cada vez más estudios científicos, corrientes psicológicas y filosofías de vida, que proporcionan un camino y ofrecen una felicidad que está al alcance de nuestras manos.

Obviamente la depresión es un estado perturbado de nuestra salud personal. En sí misma es algo que está mal. Sin  embargo, el hecho que yo esté deprimido ¿significa que yo estoy mal y enfermo o es una reacción de mi interior, que está bien y más bien, está reclamando algo que no estamos viviendo? Digo eso, pues sería mucho peor que me siguiera sintiendo bien, cuando en realidad, tengo una tormenta interior, dentro de mi espíritu. Obviamente, estoy tomando por descontado aquellos que realmente padecen esa enfermedad psiquiátrica, como un desarreglo físico – químico, que por lo tanto, amerita un tratamiento psiquiátrico y, probablemente, la administración de algún tipo de fármaco.

Por lo tanto, en el caso que la depresión sea un “síntoma” de un espíritu o corazón sano, que reclama de nuestra parte algo que le falta, es algo semejante (valiéndome de una analogía), al hambre que experimentamos, para que nos demos cuenta que debemos comer. No está mal el hambre. Más bien, si no sintiéramos hambre, entonces habría algo malo. ¿No es un dicho común, decir que cuando el enfermo siente hambre y quiere comer es porque ya está mejor?

Siguiendo con el ejemplo del hambre, ¿qué hacemos cuando sucede ese fenómeno fisiológico? ¿Usamos algún tipo de fármaco o ejercicios de “meditación profunda” para dejar de tener hambre o abrimos la refrigeradora y nos prepararnos un buen sandwich? (Por ponerle un poco de gracia a estas líneas), obviamente comemos. Si tengo hambre, como. No hay ningún misterio. Si hacemos la analogía con nuestra salud espiritual, digamos que esa angustia fuese como un hambre interior… un síntoma de que falta algo en nuestra vida. Algo que es tan importante, que genera esa experiencia, más o menos profunda, de negativismo y falta de esperanza…

Entonces, no se trata de  tranquilizar nuestra angustia o experiencia negativa con fármacos y consultas psicológicas o psiquiátricas. En primer lugar, debemos preguntarnos, de qué manera estamos viviendo, por lo cual experimentamos ese síntoma, ¿qué nos falta? ¿De qué tiene “hambre” nuestro espíritu? Muchas veces, esa experiencia parece “nunca” terminar, aunque esté medicado y frecuentando médicos, pues no estamos curando la  herida espiritual que tenemos, sino más bien tratamos de “borrar” esa depresión o hacemos todo lo posible para sentirnos bien, alegres. Yo me pregunto: ¿Cuánto tiempo podemos engañarnos – con pastillas o  métodos novedosos – viviendo una alegría “falsa”, pero que no resuelve un problema en mi espíritu, que es causa de un vacío o desorden – raíz probable de mi depresión – por la manera como vivo?

Finalmente, la inquietud debe ir más bien por el lado de un cuestionamiento personal acerca de la manera cómo estoy viviendo. ¿Estoy satisfaciendo las necesidades básicas de mi interior o vivo en el ritmo frenético y acelerado del mundo moderno? ¿Estoy consumido y estresado por la vorágine de un mundo laboral activista, que me hace descuidar dimensiones esenciales de mi vida, como mi esposa e hijos? ¿Me dejo llevar por la idea de una cultura secularizada, que me dice una y otra vez, que no necesito de Dios para ser feliz? ¿Sé cómo afrontar los sufrimientos y cruces que me toca cargar a igual modo que todos los demás? ¿Acaso estoy tratando de ocultar mi necesidad de infinito, con cosas materiales o placeres momentáneos? ¿Pongo mi seguridad en la ambición que tengo de poder, en vez de experimentar que lo único que me brinda una seguridad auténtica es el Amor que recibo de mi pareja, familia y, de manera principal, de Dios mismo?

Creo que todas estas son preguntas que nos deben ayudar a hacer un buen examen de conciencia y cuestionar esa “depresión” que estamos viviendo. No quiero decir que la experiencia que tengamos de depresión no sea real, pero, ¿el problema es que tengo una depresión, o más bien, estoy llevando una vida que no responde a las necesidades elementales que mi espíritu requiere?

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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1 comment

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  • Gracias por el articulo. Muy interesante el abordaje sobre depresión. Yo sufrí depresión y sé puntualmente por qué era, después de un largo camino de reflexión. Era porque aún no teníamos con mi marido un matrimonio bien constituido, cuando llegaron dos bebés hermosos que nos cuestionaron como pareja. Habían muchas cosas en desorden y una tolerancia excesiva de las mismas, hasta que ya no pude más. Sin embargo, aún hoy los psicólogos consultados buscan en mí antecedentes depresivos en mi árbol genealógico (aclaro que no sufrí ni sufro de depresión crónica), lo que si bien puede existir (algún ancestro con depresión o tendencia depresiva), esta hipótesis por sí sola no me cerraba. En conclusión, creo que se aborda inadecuadamente el tema y ello genera mayor sufrimiento a la persona que la padece. Bendiciones! Andrea desde Argentina