La rebelión interior, la no comprensión que experimentamos acerca del mal en el mundo y el no querer aceptarlo es una de las principales razones por los que tantas personas prefieren olvidarse de Dios, desconocerlo y no preocuparse por acercarse a Él, o incluso explícitamente rechazarlo. La razón o idea de fondo es muy clara: “No puede existir un Dios Todopoderoso y tan bueno que permita que exista tanto mal en el mundo. Que exista tanto mal y tanta gente tenga que sufrir”. La experiencia del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte contradice la fe y son tentación incluso para aquellos que creen en Dios. Aun teniendo fe, ahora caminamos en la oscuridad. No vemos a Dios y sus designios tal cual son. Nuestra fe es puesta a prueba.

El mundo en que vivimos parece estar muy lejos de lo que la fe nos asegura. Pareciera como si Dios estuviera ausente e incapaz de impedir el mal. Es más, en realidad pareciera que Dios no existiese. El mal es tanto que no podemos “ver” a Dios. Dios no hace, y más bien, pareciera que no puede o no quiere hacer nada por cambiar la situación. Teniendo estas ideas ¿cómo es posible creer y amar a Dios?

La única manera de entender el mal en el mundo es por medio de la fe. Dios tiene sus caminos, y manifestó su omnipotencia de modo misterioso en el anonadamiento y Resurrección de su Hijo, en el que realmente venció el mal. Es en la Resurrección y exaltación de Cristo donde el Padre desplegó el vigor de su fuerza y manifestó la soberana grandeza de su poder. Ahora, sólo la fe puede adherirse a esos misterios. En es la humillación de la Cruz que Dios nos libera de las fauces del pecado. Por la fe nos gloriamos de nuestras debilidades atrayendo sobre sí el poder de Cristo. Exige un acto de fe. Creer que ese Cristo, muerto en la Cruz es quien nos salva del pecado, del dolor y el sufrimiento. La fe en Dios, en Cristo y su victoria sobre el poder de la muerte y el sufrimiento tiene sentido en la Resurrección. Sin el cumplimiento de la promesa de la Resurrección vana sería nuestra fe.

Todo lo dicho no nos aleja de la experiencia el mal. Su victoria sobre el poder de la muerte y sus consecuencias de dolor y sufrimiento, son un camino de salvación. Es decir, en Cristo podemos darle sentido al sufrimiento. Pero eso no significa que deje de existir. Por ello, con mucha razón, sigue la pregunta: ¿por qué existe el mal? ¿De dónde viene el mal? ¿Por qué existe como “un misterio de la iniquidad” (misterio del mal) si Dios es Todo poderoso, Creador del mundo ordenado y bueno, y tiene cuidado de todas sus criaturas? ¿Por qué yo o tantas personas tienen que sufrir? ¿Dónde está Dios? Todo esto tiene algo de misterio.

[pullquote]El tema es complicado. No hay una respuesta simple. No se puede dar una única respuesta. El conjunto de las verdades de la fe cristiana constituyen juntas la respuesta a esta pregunta: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre con sus Alianzas, con la Encarnación redentora de su Hijo, con el don del Espíritu, con la congregación de la Iglesia, con la fuerza de los sacramentos. Todo esto, sumado también al hecho que el hombre puede libremente, por un gesto terrible, negar o rechazar todo eso. Todo el mensaje cristiano, toda la vida de Cristo es en parte una respuesta a la cuestión del mal. Cristo con toda su vida nos quiere dar sentido a la nuestra, que está marcada por las consecuencias del pecado: el dolor, el sufrimiento y la muerte.[/pullquote]

Pero ¿por qué no creó Dios un mundo tan perfecto en que no pudiera existir ningún mal? Obviamente, podría en su poder infinito crearlo. Sin embargo, en su sabiduría y bondad infinitas, quiso crear un mundo “en estado de vía” hacia su perfección última. Quiere que los ángeles y los hombres, criaturas inteligentes y libres, caminen hacia su destino ultimo por elección libre y amor de preferencia. En otras palabras, Dios quiere que cada uno sea responsable de sus actos. Quiere que cada uno decida por sí mismo si quiere o no salvarse. De ahí viene el pecado. De no orientar nuestra vida de acuerdo con el Plan de Amor que tiene Dios para nosotros. Plan que no es algo a lo que estamos inevitablemente destinados, sino al cual estamos libremente invitados a vivir, creciendo así en el amor. De la desobediencia, del optar por el egoísmo, viene el pecado y entra el mal moral en el mundo. Dios no es de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, la causa del mal moral. El mal es una opción totalmente libre del hombre. Dios lo permite respetando nuestra libertad. Para nuestro consuelo, en su misterio, Dios siempre termina por sacar algo bueno de lo malo de nuestros pecados.

© 2016 – Pablo Augusto Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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