Las personas sensibles poseen una refinada percepción de los valores. Aprecian intensamente las riquezas interiores y los talentos del prójimo. Captan la belleza estética de los objetos y de los espacios. Experimentan dimensiones profundas y particulares de las realidades espirituales. La condición sensible constituye un don de Dios para ser empleado para el propio bien y el de los demás, cooperando con la Gracia del Señor.

Resulta difícil determinar los grados de sensibilidad. En realidad todas las personas poseen características sensibles. Unas desarrollarán mejor la sensibilidad artística, o la literaria, mientras que otros la científica. Hay quienes tienen especial sensibilidad para confrontar los problemas sociales desde el servicio solidario. También están aquellos que transforman el hambre de Dios en la maestría de las alturas de la mística.

Las personas sensibles reaccionan intensamente ante las impresiones desagradables y chocantes, así como ante las magnánimas y meritorias. «La sensibilidad –sostenía el psiquiatra Rudolf Allers– es una cualidad que condiciona una respuesta emocional intensa ante las experiencias nobles. Permite que las personas experimenten intensamente la belleza de las cosas, la grandeza de los actos humanos, y los valores del mundo que los rodea» ((Ver Rudolf Allers, Self-improvement, Benzinger Brothers, New York 1939, p. 139.)).

Las personas sensibles viven con particular intensidad las experiencias que afectan su interioridad. Pero cuando son inmaduras y subjetivas, tienden a juzgar e interpretar los calificativos como negativos o amenazantes. En este momento la sensibilidad se transforma en susceptibilidad.

Los susceptibles son los que todo se lo toman a pecho, viviendo un injustificado flagelo. Les resulta difícil manejar lo que perciben como actitudes hostiles y desconsideradas. Se alteran cuando interpretan que son marginados en la recepción de atención y significación. Se abaten fácilmente porque consideran que no están recibiendo la debida valoración.

El desorden ante las opiniones externas los induce a exagerar la atención sobre sí mismos. Una sensibilidad tan desordenada, tan auto-referente, puede suscitar la indiferencia ante los sufrimientos ajenos. Allers observaba «la intensidad y la sutileza de sentimientos de que se jacta el susceptible, por los que sufre solamente cuando sus asuntos están involucrados» ((Lug. Cit.))

Mientras que una sensibilidad madura, alejada de egoísmos, reacciona de manera equilibrada y despojada de prejuicios frente a circunstancias que la involucran. Una persona dotada de sensibilidad equilibrada, moldeada en la generosidad, se conmueve con las calamidades de los demás; sus mejores sentimientos surgen ante las experiencias que reclaman una respuesta emocional y comprometida.

Por el contrario, los susceptibles suelen deslizarse hacia el egocentrismo. Leyendo o interpretando las cosas desde la auto-referencialidad, caen en falsas o exageradas creencias de rechazo, de ofensas –quizá reales, pero agravadas–, así como en una constante percepción de infra valoración.

El susceptible, el quisquilloso, es muy dado a emplear un doble estándar en sus juicios: lo ancho para sí y lo angosto para los demás. Suele ser complaciente consigo mismo; mientras que con los otros es extremadamente estricto y exigente.

Su vida ascética y espiritual suele estar doblegada por el capricho, inclinándose a saciar con compensaciones lo que interpreta como frustraciones. Cuando se creen desaprobados, incomprendidos o despojados, surge el desagrado, la tristeza y la rebeldía. Se sienten postergados, cuando en realidad no lo están.

Los susceptibles buscan excusas para justificar sus sentimientos ofendidos. Son muy hábiles para torcer palabras inofensivas en ofensivas. Parecería que las personas susceptibles necesitan vivir bajo el impacto de la angustia de sentirse heridos. Estos pensamientos y sentimientos desordenados reposan en una peculiar inmadurez afectiva que enreda y confunde las creencias, las emociones y la voluntad. Un desorden tan arraigado aleja a la persona de una teología personal recta, fundada en el Plan de Dios, y en la objetividad que aporta para su salud interior.

[pullquote]Los hábitos susceptibles y auto-destructivos empiezan a construirse a partir de una serie de juicios distorsionados sobre uno mismo. Por ejemplo, está aquel joven prometedor pero que considera su vida como una empresa fracasada. En su mente una vocecita machacaba: “¡Soy un don nadie; ninguna persona aprecia lo que valgo!”.[/pullquote]

Está el caso de un adolescente que confiesa su dificultad para relacionarse con las personas. ¿La razón? “Estoy convencido que no le importo a nadie. Creo haberlo intentado todo para conseguir amigos”. Quien lo aconsejaba le había recomendado unos ejercicios espirituales para confrontar su actitud susceptible. Pero no los realizaba. ¿Su justificación? “¡No vale la pena intentarlo; es imposible cambiar!” El consejero intervino: “¿No puedes o no quieres cambiar?”

Las conductas susceptibles son sumamente complejas. Responden a hábitos deformados. Entre las constantes conductuales existe una práctica orientada hacia el egocentrismo; un rechazo a reconocer los propios valores, y una tendencia a negar la posibilidad de cambio.

Cuando alguien se consiente juicios “de víctima”, concluye que ciertos derechos le han sido conculcados. El susceptible cree firmemente que merece un trato especial. El resto se encuentra en falta por las innumerables oportunidades de reconocimiento que le fueron denegadas. La única manera en que el susceptible dejará de percibirse ofendido o postergado será cuando crea que está recibiendo un trato que considera a su altura.

Aunque asegure que él nunca se comportará de manera desconsiderada con los demás, la realidad es que, aunque no desee aceptarlo, su conducta suele ser intemperante.

124-st-francis-de-sales-eglise-d-hanneville¿Cómo cambiar? ¿Cómo confrontar la susceptibilidad? San Francisco de Sales, el “Santo amable”, ha dejado algunas enseñanzas valiosas para conformar el propio carácter con el del Señor Jesús. El susceptible, como toda persona, está llamado a cultivar la bondad. San Francisco solía enseñar que el amor al prójimo resulta primeramente del amor a Dios: «La caridad es amor a Dios. Pero necesitamos considerar a Dios mismo, a sus enseñanzas, y al prójimo como objeto de amor» ((Ver Alejandro Roldan, S.J., Personality Types and Holiness, Alba House, New York 1968, p. 205.)). De acuerdo con el p. Alejandro Roldán, el santo obispo fue un modelo de maestría en la acción de adquirir bondad y comprensión. Le correspondió ir “dominando” su irascibilidad.

Muy a pesar de defectos como la susceptibilidad, se nos invita a amar al hermano, a respetarlo y acogerlo con el mismo amor con el que amamos a Dios. «Se nos alienta a tener una actitud bondadosa y un corazón paciente hacia el prójimo, particularmente cuando nos ofende o disgusta», enseñaba San Francisco. Este amor tiene que ser activo y comprensivo. La capacidad fraterna del santo se plasmó en cualidades profundamente humanas, modeladas en Cristo Jesús, que lo llevaban a salir al encuentro efectivo de las necesidades de los demás.

La realidad eclesial en que se desplegaba San Francisco, como obispo de Ginebra, en aquel momento la “capital” del Calvinismo protestante reaccionario, era extremadamente exigente y peligrosa. Recibía ataques y agresiones. En aquella época escribió: «¡Oh, cuán difícil es acomodarse y respetar los deseos de los demás, y que tentador es presionar para que los demás se acomoden a nuestras opiniones!» ((Ver P. Camus, El Espíritu de San Francisco de Sales, Difusión, Buenos Aires 1940, p. 219.)).

San Francisco educó su temperamento y voluntad para comprender el punto de vista del prójimo. En su juventud, cuando estudiaba leyes en Padua, se propuso cumplir el siguiente precepto: «Tomaré especial cuidado de huir de la chismografía. Más bien hablaré lo preciso y lo correcto para que las personas con que me encuentre deseen volver a verme. Combatiré la tentación de ridiculizar al hermano; porque es insensato humillar a alguien, incluso cuando ellos son tolerantes con nuestros excesos» ((Allí mismo, p. 516.)).

A quienes detentaban el servicio de la autoridad les advertía que fuesen juiciosos con las faltas que enumeraban cuando corregían a una persona. «La verdad que no procede de la caridad viene de una caridad que no es verdadera. Mientras que la verdad que procede de la caridad, cuando responde al amor a Dios, entonces responde al espíritu de caridad y de bondad» ((Allí mismo, p. 52.)).

[pullquote]San Francisco enseñaba que el amor maduro a uno mismo comenzaba por el auto-conocimiento ((Ver Alejandro Roldan, S.J., Ob. cit., p. 216.)). La auténtica comprensión de uno mismo es esencial para alcanzar la virtud y la santidad. La virtud permanece equidistante entre la tolerancia complaciente y engreída, y el excesivo e incomprensivo rigor. Uno de los lemas preferidos de San Francisco era: «Todo por amor, nada por la fuerza» ((Ver P. Camus, Ob. cit., p. 240.)).[/pullquote]

Un rasgo común en el susceptible es la impaciencia. «Sepan que la virtud de la paciencia es la que con mayor seguridad nos asegura la perfección», escribió. «Es la que más necesitamos mostrar hacia los demás, y también para con nosotros (…) Es imperioso que confronten su propia imperfección en orden a adquirir la perfección. Es un combate que requiere nuestra particular paciencia. La humildad se cultiva a partir de la actitud paciente. Sean justos. No acusen a sus pobres almas sin antes reflexionar maduramente. No las acusen sin fundamento» ((Ver P. Camus, Ob. cit., p. 481.)).

Nuestro combate personal y nuestra lucha por la santidad reclaman de nuestra parte amor, humildad y caridad. Estas virtudes nos ayudan a conocer nuestras dificultades, como la susceptibilidad. Tenemos la responsabilidad de evitar los enemigos a la espalda, por ejemplo el subjetivismo, caldo de cultivo preferente de la susceptibilidad.

La susceptibilidad es una dificultad que necesitamos quebrar, ¡Ahora! Más tarde el dolor será aún mayor.

© 2014 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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