“Oye pero, ¿cuándo te vas a tomar los dos meses de vacaciones para ti?” Era la pregunta que muchos me hacían en los años en que realicé voluntariado y misiones cuando estaba en la Universidad1. Y es que no entendían qué sentido tenía para mí el entregar mi propio tiempo de descanso y dispersión, en otros, pasando frío o muchas veces calor, con duchas heladas y comiendo lo que tuviéramos, por el sólo hecho de “hacer el bien”.

Luego, cuando decidí dedicar mis estudios universitarios de Periodismo al servicio de los demás en Fundaciones u otros lugares, para muchos fue una locura. Si bien, podían quizás aceptar que entregara mi tiempo a los demás cuando era universitaria, era impensado que lo hiciera ahora que ya tenía una profesión. Trabajos en donde uno tiene que muchas veces recorrer la ciudad, entrar en poblaciones difíciles, conversar con personas en problemas y en los cuales, más encima, pagan poco.

¿Me he pegado en la cabeza toda la vida? ¿Soy, como muchas y muchos que lo hacen, de esas mujeres que se pega en el pecho culpandose por tener más que otros y necesita en forma imperiosa retribuirlo de alguna manera al mundo? ¿Creo que poseo la solución a sus problemas y por eso es que tengo el deber de comunicar esas soluciones?

Les tengo que decir que nada de eso es cierto. Yo ayudo porque me ayuda. Sí, exactamente eso. Hay un interés detrás de “mi ayudar”. Entonces, ¿cómo? La solidaridad, ¿es egoísta? Tampoco es eso, simplemente luego de toda mi experiencia de voluntariado, los años que trabajé en el mundo de lo social y las mil y una conversaciones que he tenido con amigos y amigas sobre el tema, estoy plenamente convencida de que la solidaridad sólo es completa cuando se entiende desde la cultura del encuentro.

¿Y qué es para mí la cultura del encuentro? es entender que en la vida venimos a ser personas, lo que quiere decir, que no existimos sin el otro, sin el contacto con el otro, sin ser bien (o mal) para otros y sin que el otro sea un bien (o mal) para mí.

Vaya reto que implica la “cultura del encuentro”, que muy lejos de ser sólo un concepto, significa una nueva forma de vida y modo de actuar con relación a “los otros” en comunidad. Nueva para la mayoría de los seres humanos que tenemos que salir de nuestra inercias del “statu quo”, nuestra autorreferencialidad, nuestra comodidad y renovada forma de vida para muchos otros que desde hace tiempo la han encarnado. ¿Pero qué implica para cada uno de nosotros la “cultura del encuentro”? Empieza por ver y asumir que las demás personas son nuestros hermanos de verdad, no sólo como idea o concepto”2

El Papa Francisco ha hablado mucho de la Cultura del Encuentro en sus discursos, quizás ha sido él mismo el que ha puesto de moda el concepto. Él nos dice:

“Estamos acostumbrados a una cultura de la indiferencia y tenemos que trabajar y pedir la gracia de realizar una cultura del encuentro. De este encuentro fecundo, este encuentro que restituya a cada persona su propia dignidad de hijo de Dios, la dignidad del viviente. Estamos acostumbrados a esta indiferencia, cuando vemos las calamidades de este mundo o las cosas pequeñas: ‘qué pena, pobre gente, cuánto sufre’… y seguimos de largo. El encuentro. Si no miro – no basta ver, no, hay que mirar – si no me detengo, si no miro, si no toco, si no hablo, no puedo hacer un encuentro y no puedo ayudar a hacer una cultura del encuentro”3

También nos habla de este tema en su Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”:

“El Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura”.4

No llegamos a vivir para ser individuos, sino personas que se relacionan, que dialogan y, sobre todo, que se necesitan uno al otro porque la Verdad y el Bien no se pueden agotar en una sola persona, son demasiado grandes para que así sea. Dios no se manifiesta sólo en un individuo, lo hace en la humanidad completa y desde ahí, nos quiere hablar a todos. Y es justamente ahí donde el “yo ayudo porque me ayuda” cobra sentido. Porque en el otro, también encuentro a Dios.

Volviendo a mis años de misiones, quizás yo creía tener el conocimiento de la Palabra de Dios que quería entregarles a tantas mujeres y hombres a los que visité, pero ellos siempre tenían para mí una sonrisa ancha, un corazón abierto, un abrazo cariñoso y un pan en la mesa para compartir. En su sencillez, en su humildad, en su “pequeñez”, ellos tenían mucho que enseñarme a mí. Y así lo hicieron. Hoy no sería la misma sin esos años de misiones. Es en ese encuentro, en ese diálogo, en ese conocer al otro que está frente a mí, con su historia; con sus alegría y tristezas; con sus frustraciones y triunfos; con sus luchas y sus descansos; que yo puedo crecer en mi propia historia. Porque Dios está desde el principio de los tiempos en ambas historias.

Tal como lo dice nuestro Papa Francisco: “En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando el anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad. Es el anuncio que se comparte con una actitud humilde y testimonial de quien siempre sabe aprender, con la conciencia de que ese mensaje es tan rico y tan profundo que siempre nos supera”5

La solidaridad, esa que es verdadera, sólo se puede lograr con una real cultura del encuentro, un empatizar realmente con el otro, un “sentir en carne propia la del más necesitado, ponernos en los zapatos de aquellos que están en la calle sin algo que comer, sin oportunidades para desarrollarse, de las madres que desesperadas no saben qué hacer con un hijo al que no deseaban, de los padres que no saben si mañana tendrán recursos para darles de comer a sus hijos, esto es lo que Él llama ir a las periferias de la humanidad, lo cual implica involucrarnos de manera personal y concreta en la ayuda solidaria a los otros”.6

Ahora bien, el querer dar a otros y entregarse a los demás, no sólo nace de esa necesidad de “ayudar porque me ayuda”, sino también de algo más profundo.

Fernando Lobos, un gran amigo, está escribiendo un libro luego de sus años de trabajo en el mundo social. Me lo ha compartido, lo hemos conversado juntos y estoy sumamente de acuerdo, quizás siempre lo he pensado así. Él habla de que la aproximación a la solidaridad debe ser desde lo que él ha llamado, “ética del agradecimiento”, es decir, acercarse al mundo y a los demás desde la profunda convicción de la alegría de vivir. Cuando logramos experimentar en forma profunda la gratuidad de la vida, es decir, que la vida es un regalo, ¡todo cambia de perspectiva! y nace la necesidad de agradecer. ¿Y cómo se agradece? pues justamente entregando a los otros lo que la vida nos ha dado porque, sabemos que a nosotros nos es de utilidad. Es así entonces, y tal como lo he conversado con él, que no es un “deber” el dar, sino más bien, algo que nace desde mi profundo agradecimiento por vivir. No desde la culpa por tener o para ganarme lo que tengo, sino porque el dar tiene una finalidad en sí misma y su origen corresponde a mi experiencia de recibir. De hecho, la vida misma no la recibimos porque la merecemos, sino que es un don, un regalo de Dios para nosotros. En el fondo, nadie puede entregar lo que no tiene; ¿Cómo hablar del amor, si no lo hemos sentido? ¿De qué modo motivar a perdonar, si nunca me han perdonado? ¿Cómo entregar alegría, si nunca me han sonreído? ¿Cómo ayudar a salir de una gran tristeza, si nunca he sentido dolor y me he levantado?

Nuestro Santo Padre también se ha referido al tema de entender la solidaridad como algo de doble sentido, que va y viene: Los muros que nos dividen solamente se pueden superar si estamos dispuestos a escuchar y a aprender los unos de los otros. La cultura del encuentro requiere que estemos dispuestos no sólo a dar, sino también a recibir de los otros.”7

Además y acompañando a este argumento, sólo se puede entregar desde lo que uno es y con todo lo que uno es, desde la propia historia:

“¿De dónde nace la multiplicación de los panes? La respuesta se encuentra en la invitación de Jesús a los discípulos “Denles ustedes”, “dar”, compartir. ¿Qué cosa comparten los discípulos? Lo poco que tienen: cinco panes y dos peces. Pero son justamente esos panes y esos peces que en las manos del Señor sacian el hambre de toda la gente.

Y son justamente los discípulos desorientados ante la incapacidad de sus posibilidades, ante la pobreza de lo que pueden ofrecer, los que hacen sentar a la muchedumbre y distribuyen – confiándose en la palabra de Jesús – los panes y los peces que sacian el hambre de la multitud. Y esto nos indica que en la Iglesia, pero también en la sociedad, existe una palabra clave a la que no tenemos que tener miedo: “solidaridad”, o sea saber `poner a disposición de Dios aquello que tenemos, nuestras humildes capacidades, porque solo en el compartir, en el donarse, nuestra vida será fecunda, dará frutos. Solidaridad: ¡una palabra mal vista por el espíritu mundano!”8

Jesús fue el máximo ejemplo de solidaridad en la cultura del encuentro basada en el agradecimiento. Dios no quiso entregar su mensaje de amor sin el encuentro, sino que mandó a su propio hijo a encarnarse en el mundo, a hacerse uno más en medio de nosotros; a vivir y experimentar desde lo divino todo lo humano para encontrarse  con otros y, en esa experiencia de verdadero diálogo, de real sentir y vivenciar lo que es ser persona, entregar Su Palabra. Quiso sufrir nuestros dolores y reír con nuestras alegrías. Sentir el amor, aunque ya era El Pleno Amor, para así poder enseñar a otros a amar.

Definitivamente yo “ayudo porque me ayuda”, sólo porque tengo plena conciencia de que la vida es un regalo que deberíamos agradecer día a día; la vida nos llena de alegrías que queremos que otros experimenten y que necesitamos que nos regalen también; la vida está dada para que encontremos a Dios en el otro, sólo por una razón, porque está en el otro y el acto de dar, sólo se entiende si dejamos que el otro también sea solidario con nosotros.

Termino con otra cita de la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium” de nuestro Santo Padre que creo, podría referirse a lo bien que nos hace ayudar al otro:

Hoy, que las redes y los instrumentos de la comunicación humana han alcanzado desarrollos inauditos, sentimos el desafío de descubrir y transmitir la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de esa marea algo caótica que puede convertirse en una verdadera experiencia de fraternidad, en una caravana solidaria, en una santa peregrinación. De este modo, las mayores posibilidades de comunicación se traducirán en más posibilidades de encuentro y de solidaridad entre todos. Si pudiéramos seguir ese camino, ¡sería algo tan bueno, tan sanador, tan liberador, tan esperanzador! Salir de sí mismo para unirse a otros hace bien. Encerrarse en sí mismo es probar el amargo veneno de la inmanencia, y la humanidad saldrá perdiendo con cada opción egoísta que hagamos”9

 

1Para aclarar a mis lectores, en Chile los universitarios tienen al menos dos meses fuera de  los estudios en el verano que pueden aprovechar para vacacionar.

2Argomedo Sánchez, Fernando. “La “cultura del encuentro”… ¡Es tu hermano y te está      esperando!”. Recuperado de: http://fernandosanchezargomedo.com/solidaridad/57-la-  cultura-del-encuentro-es-tu-hermano-y-te-esta-esperando.html

3Francisco. “Homilía del Papa: vencer la indiferencia, construir la cultura del encuentro”.  Recuperado de:  http://es.radiovaticana.va/news/2016/09/13/homil%C3%ADa_del_papa_vencer_la_indiferenc  ia,_construir_la_cultu/1257728

4Francisco. Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”. Nov 26 de 2013. Obtenido de:  http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-  francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html#Persona_a_persona

5Francisco. Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”. Nov 26 de 2013. Obtenido de:  http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-  francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html#Persona_a_persona

6Argomedo Sánchez, Fernando. “Papa Francisco: el nuevo paradigma de la solidaridad”.  Recuperado de: http://fernandosanchezargomedo.com/solidaridad/52-papa-francisco-el-  nuevo-paradigma-de-la-solidaridad.html

7Francisco. “Homilía del Papa: vencer la indiferencia, construir la cultura del encuentro”.  Recuperado de: “Mensaje del Papa Francisco para la 48º Jornada Mundial de las  Comunicaciones Sociales”. Recuperado de: https://www.aciprensa.com/noticias/texto-  completo-mensaje-del-papa-francisco-para-la-48-jornada-mundial-de-las-  comunicaciones-sociales-58255/

8Francisco. “Homilía del Papa Francisco en la Solemnidad del Corpus Christi”. Recuperado  de: https://www.aciprensa.com/noticias/texto-completo-homilia-del-papa-francisco-en-la-  solemnidad-del-corpus-christi-81892/

9Francisco. Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”. Nov 26 de 2013. Obtenido de:  http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-  francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html#Persona_a_persona

 

© 2017 – María Jesús Vacarezza para el Centro de Estudios Católicos – CEC

María Jesús Vacarezza

María Jesús es Periodista y Licenciada en Comunicación Social de la Pontificia Universidad Católica de Chile y durante toda su vida profesional ha servido en diversas instituciones sociales como son TECHO, Fundación Paréntesis y Fundación Trabajo para un Hermano.

Además ha participado en proyectos sociales como son Misión País, Trabajo País, Misión de Vida, entre otros y vivió una experiencia comunitaria durante 11 meses en la Población La Bandera de Santiago de Chile.

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