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Es común hablar de la dignidad, o dignidad intrínseca del ser humano, al tratar de diferenciar al hombre del resto de seres vivos; y de mencionar la racionalidad y la autoconciencia como cualidades supremas de la persona humana. Sin embargo, sabemos que hoy en día, frente a éticas consecuencialistas como la propagada por el profesor Peter Singer, resulta insuficiente hablar de dignidad humana si se quiere fundamentar el valor superior del ser humano frente a todo lo que lo rodea. El término dignidad es considerado por el profesor australiano un concepto falso, un producto de la tradición judeocristiana que no todos comparten y que impide una reflexión “libre” de los valores fundamentales.

Por otro lado, el mismo Singer propone diferenciar entre un miembro de la especie humana y una “persona”, siendo el último un status que se alcanza al adquirir una serie de características que él denomina “indicadores de humanidad”: auto-conciencia, auto-control, sentido del futuro, sentido del pasado, capacidad para relacionarse con otros, preocupación por los otros, comunicación y curiosidad. No es difícil concluir que el aborto y el infanticidio son moralmente aceptables dentro de esta propuesta ética.

Intentaremos, de manera breve, describir algunas características que brotan de la naturaleza del ser humano, como manifestaciones de aquel valor especial, intrínseco, que se le atribuye desde siempre. Ciertamente la tradición cristiana nos habla de un ser humano hecho a imagen y semejanza de Dios, aspectos que no se niegan en este artículo pero que no se abordaron por los mismos motivos por los que no se utilizó la palabra dignidad.

La conciencia moral

El filósofo norteamericano John Crosby se hace la siguiente pregunta: “¿Qué es lo que entendemos de las personas cuando vemos la esclavitud como un acto despersonalizante?” ((John F. Crosby. The Selfhood of the Human Person, CUA Press, Washington D.C. 1996, p. 11. Leszek Kolakowski ya se planteaba esta pregunta en su What Is Left of Socialism, en «First Things» 126 (octubre 2002), pp. 42-46.)). Siguiendo la filosofía kantiana, lo que entendemos es que las personas son fines en sí mismas y no simples medios. Es porque cada persona se encuentra tan fuertemente anclada en sí misma –dirá John Crosby ((Allí mismo, p. 14.))– que uno no puede vivir como un mero instrumento al servicio de algo que está fuera de uno mismo, no importa cuán noble se considere la meta. Las personas existen por sí mismas y no para beneficio de alguien más. Es por esto que la esclavitud nos parece un acto despersonalizante.

[pullquote]El concebir que una persona le “pertenece” a otra como si fuera un objeto que tiene un precio es algo inaceptable, algo que todo ser humano saludable rechaza. Utilizando el mismo ejemplo de Crosby ((Allí mismo, p. 15)), incluso la idea de que Dios –ser todopoderoso, omnipotente y omnisciente– nos utilice como instrumentos para que se cumplan determinados objetivos o un supuesto plan preparado por Él es algo ofensivo para nuestra conciencia moral; algo frente a lo cual consideramos justo el rebelarnos. Cuánto más si el que nos utiliza es un ser humano igual a nosotros. Esta independencia del ser, esa necesidad de libertad que toda persona manifiesta y que descubre en sí misma, parece estar a un nivel metafísico, como grabado desde siempre en la conciencia moral de cada persona. Y es negando o transgrediendo esta cualidad profunda del ser humano cuando más claro se manifiesta.[/pullquote]

La subjetividad: incomunicable e irrepetible

La incomunicabilidad ((La palabra incommunicable (el inglés para “incomunicable”) ha sido adaptada del latín utilizado en un aforismo de Derecho Romano: persona est juris et alteri incommunicabilis: una persona es un ser que se pertenece a sí mismo y que no comparte su ser con otros. Ver Linda Zagzebski, The Uniqueness of Persons. En «Journal of Religious Ethics», 29: 401–423. p. 414.)) de una persona, se refiere a que las personas se encuentran ancladas en sí mismas, poseen un ser que les pertenece en virtud de su mismidad y existen para sí mismas ((Cuando Crosby hace esta afirmación se encarga de aclarar cualquier objeción como por ejemplo qué ocurre cuando la persona cumple un rol en la sociedad o si es que el dar la vida por otro es convertirse en un instrumento. Ver John F. Crosby, ob. Cit., Part. I, Cap. I.)), y por ello no pueden existir como meros instrumentos. Linda Zagzebski explica que la incomunicabilidad es el nombre que se le da a una manera de ser que es única para un individuo en particular ((Ver Linda Zagzebski, ob. Cit.)). En principio no es posible compartirla, y ya que las cualidades son compartibles, este es un aspecto no cualitativo. Entonces propone que lo “irremplazable” de un ser humano es algo no cualitativo que nadie más tiene ni podrá tener. Al ser no cualitativo es posible afirmar que una persona puede poseer esta incomunicabilidad antes de volverse autoconsciente e incluso al dejar de serlo.

Vemos entonces que el fundamento de la irremplazabilidad de los seres humanos no se encuentra en una o varias capacidades presentes en un individuo; se encuentra más bien en una naturaleza. Por ello las capacidades no podrán realizar el trabajo metafísico de distinguir entre una persona y aquello que no lo es.

El escritor irlandés Clive Staples Lewis (1898-1963), en su obra Los Cuatro Amores, dirá: «Lamb dice en alguna parte que si de tres amigos (A, B y C) A muriera, B perdería no sólo a A sino la parte de A que hay en C, y C pierde no sólo a A sino también la parte de A que hay en B» ((C.S. Lewis, Los Cuatro Amores, RIALP, Madrid 1994, p. 73)). Al ser cada individuo único e irrepetible en su manera de ser, al entrar en contacto con otra persona igual a él, es decir que se asemejan en el hecho de no asemejarse a nadie, se entabla una relación única que no podrá ser reemplazada por otra persona. La presencia de A genera experiencias y reacciones en B que C nunca podrá suscitar en B.

«La individualidad – dirá Emilio Estiú – diferencia lo real de las esencias que justamente son universales. Pero no todo individuo tiene idéntica complejidad y riqueza de contenido: las formas superiores de la realidad, por su abundancia de notas peculiares, están marcadas por el inequívoco sello de la unicidad irrepetible: una persona no puede ser reemplazada por otra, mientras que la individualidad de las cosas, por su simplicidad, apenas es advertida y, por su indiferencia con respecto a nosotros, podemos sustituirlas unas por otras. Por supuesto, también ellas son únicas, sólo que su unicidad no nos afecta con la intensidad de las individualidades plenas, en las cuales nos reconocemos a nosotros mismos». ((Ver Nicolai Hartmann, Ontología, Fondo de Cultura Económica, México, 1986, p. 45.)).

Emmanuel Mounier dirá que por definición, la persona es lo que no puede ser repetido dos veces ((Ver Emmanuel Mounier, El personalismo. Bogotá, Editorial el Buho, 1984, p. 706)): es uno e indivisible. La persona no es algo que se encuentra al final de un análisis ni una combinación definible de caracteres. Si fuera una suma sería inventariable, pero justamente es el lugar de lo no inventariable ((Allí mismo, p. 710.)).

[pullquote]Toda persona posee una serie de características como un cuerpo, inteligencia ((Howard Gardner desarrolla seis tipos de inteligencia: lingüística, musical, lógico-matemática, espacial, cenestésico-corporal y personal. Explica que cada individuo las posee en distintos grados y que esto afecta la manera en la que la información es asimilada y la realidad comprendida y/o analizada. Ver Howard Gardner, Estructuras de la mente. La teorías de las inteligencias múltiples, Fondo de Cultura Económica, México, 2000)), memoria, sensibilidad (olfato, vista, tacto, oído y gusto), experiencia de vida ((Historia personal, medio ambiente determinado donde creció, etc.)), carga genética y anhelos con respecto al futuro, entre otras cosas, que conforman lo que esa persona es.[/pullquote]

Cada una de estas características varía en cada individuo, y sobre todo la experiencia de vida difícilmente será la misma en dos individuos. Sabemos bien que no es posible aislar una de las características mencionadas y estudiarla separada del sujeto. La vista solamente tiene sentido en relación con aquel que mira, lo mismo con el resto de sentidos. La unión de todas las características que existen en un individuo determinará la manera en la que ese individuo se percibe y entiende a sí mismo, percibe y entiende a los demás y el mundo que lo rodea. Como bien lo menciona el profesor Peter Singer, es imposible ponerse en el lugar de otra persona y entender lo que está viviendo. Posiblemente uno pueda hacerse una idea de ello pero creemos imposible el poder experimentar la existencia de otra persona tal como ella la experimenta. Uno podrá explicar el amor que siente por otra persona, podrá dar ejemplos y mencionar detalles, pero sin importar el número y tipo de palabras que utilice, o los gestos que realice, no podrá transmitir en plenitud lo que él mismo experimenta.

Es este aspecto, la subjetividad es lo que hace experimentar el exterior de manera única, y lo que también hace incomunicable a la persona. La subjetividad no depende del número de características ni de la calidad de ellas, igual se dará, basta ser un ser humano. Y ya que la subjetividad es un aspecto no cualitativo, también es posible afirmar que se encuentra en la persona antes de que aparezca la autoconciencia y que permanezca si la autoconciencia se pierde ((Es importante notar que aunque la subjetividad nos hace percibir la realidad de una manera peculiar, lo objetivo igual existe. No debe deducirse de esto que cada uno tiene “su” verdad. John F. Crosby desarrolla el tema de lo subjetivo y objetivo en The Selfhood of the Human Person, ob. Cit., ver Part. II, Cap. 5.)).

John Crosby ((Ver The Selfhood of the Human Person, ob. cit., Parte I, Cap. 3.)) define la subjetividad como la relación de uno consigo mismo como sujeto, lo cual constituye la interioridad de la propia existencia y del propio obrar. Distingue dos dimensiones de la subjetividad las cuales se corresponden con la diferencia entre cognición (conocimiento) y volición (voluntad): auto-presencia (self-presence) y autodeterminación (self-determination) respectivamente.

Mientras más fuerte sea mi auto-presencia, podré acceder de mejor manera al objeto externo; mi auto-presencia no compite con la trascendencia hacia el objeto sino que hace posible esta trascendencia y la perfecciona. Si obro –dirá Crosby ((Allí mismo, p. 88.))– como me lo dicta mi conciencia, soy consciente de que me afirmo en cierta manera, de que busco mi más profunda integridad humana; y si obro contra lo que me dicta mi conciencia soy consciente de estar comprometiéndome de manera radical. A través de la auto-presencia la persona cae en la cuenta de ser sujeto y no objeto.

Por otro lado, la autodeterminación, o subjetividad volitiva, es una forma de libertad. No se le encuentra solamente en la acción moral como en el caso de la auto-presencia, sino también en la vida interior de las personas. Cuando nos referimos a la inseguridad de algunas personas, a la vergüenza que experimentan, a la autocompasión en la que viven, al odio que se tienen, o a la auto aceptación de sí mismos, estamos refiriéndonos a algo más que a una relación cognitiva de la persona consigo misma, y en la mayoría de casos a una cierta postura que toman las personas frente a sí mismas: aceptan quiénes son o lo rechazan. Es importante entender que la vivencia de la subjetividad, la relación de uno consigo mismo como sujeto, no se restringe a la sola experiencia de la subjetividad cognitiva de la auto-presencia; sino que también hay una subjetividad en la que uno tiene que lidiar consigo mismo, disponer de sí mismo y decidir lo mejor para sí, la cual Crosby define como auto-determinación, subjetividad volitiva o libertad subjetiva ((Allí mismo, pp. 90-91.)).

La acción

Finalmente, está el tema de la acción humana que para la ética consecuencialista y para el profesor Singer no tiene un valor moral. Los consecuencialistas observan los acontecimientos que ocurren en la naturaleza esperando siempre los mejores resultados. Ante la venida de un desastre natural como un tsunami o un huracán, esperan que muera la menor cantidad de personas y que se dañen la menor cantidad de casas posibles. Ante una enfermedad esperan que la persona se recupere pronto y no muera.

Bien, cuando se trata de eventos que dependen enteramente de nuestras acciones, deberíamos esperar –según el consecuencialismo– los mismos resultados que esperamos con los eventos que están fuera de nuestro control, como los desastres naturales. En otras palabras, el consecuencialismo enseña que un agente moral es tan natural como los eventos naturales que escapan a nuestro control; sus acciones deberán beneficiar al mundo tanto como se espera de las causas naturales.

Parece darse en esta doctrina ética –dirá John Crosby ((Ver The Selfhood of the Human Person, op.cit., p. 113.))– una suerte de trascendencia ((John Crosby se referirá a la ética consecuencialista como un ejemplo de “mala trascendencia”. Dirá que esta doctrina se muestra como muy personalista y polemiza contra lo que considera una despersonalizante ética de normas. Sin embargo demuestra ser un ejemplo perfecto de cómo se sacrifica el ser personal en vistas a alcanzar cosas que están fuera de la persona. Allí mismo, p. 112.)) hacia los buenos resultados; el sujeto moral no está, supuestamente, preocupado por sus propios intereses e intenciones, por el contrario está preocupado en hacer del mundo un mundo mejor. Esta doctrina –continúa Crosby ((Allí mismo))– se olvida de que el agente moral es una persona que actúa e introduce cosas en el mundo que ningún evento natural puede introducir. Las acciones de una persona que existe como fin en sí misma no son sólo medios para obtener ciertos resultados, reflejan una individualidad y tienen un sentido que va más allá de la pura instrumentalidad. Por ejemplo, –siguiendo un ejemplo de Crosby– no es posible decir que un terremoto violó los derechos de las personas porque azotó una ciudad y murieron cientos de familias. Sin embargo sí es posible decir que una persona violó los derechos de cientos de personas si deliberadamente destruyó con bombas una ciudad.

[pullquote]Nuestras acciones, aun cuando tengan los mismos resultados que los de un evento natural, poseen, en virtud de la individualidad y subjetividad de la persona, una responsabilidad que un desastre natural nunca tendrá. Lo que el consecuencialismo no alcanza a ver es que las acciones de las personas pueden introducir en el mundo cosas que ningún evento natural puede introducir; las acciones de las personas no son medio para lograr resultados, no son un simple instrumento, sino que es a través de la acción que la persona se revela ((Ver Karol Wojtyła, Persona y Acción, Palabra, Madrid 2011, p. 87ss.)): se realiza, muestra su carácter moral, expresa su subjetividad, su individualidad, su incomunicabilidad y que es un fin en sí misma ((Ver The Selfhood of the Human Person, ob.cit., pp. 106-114.)).[/pullquote]

La fundamentación que hemos realizado parte de una antropología fundada en la experiencia, explicada como una visión trial del ser humano; rehúye idealismos (Una concepción que admite una dependencia del mundo con respecto a una conciencia cognoscitiva.) y no omite aquel conocimiento “sui generis” obtenido a partir de intuiciones que en sí mismas son ciertas, evidentes ((Edith Stein aclarará que no se debe confundir la intuición espiritual con la intuición mística. La intuición espiritual provee un conocimiento intuitivo que no es iluminación sobrenatural sino un medio de conocimiento natural, como lo es también la percepción sensible. Ver Edith Stein, Obras Completas, Vol. III)); por el contrario, lo hace parte de una visión integral. Creemos que la realidad del ser humano saldrá a la luz a través de un realismo crítico y existencial: ver el “en sí” de la realidad (lo exterior, objetivo) unido al “en mí” (aquella reconstrucción individual del modelo), es decir una apropiación objetivante del modelo. Los extremos se mostrarán como subjetivismos, que sólo ve un “en mí” o como objetivismos, que sólo ve un “en sí” ((Luis Fernando Figari, Una espiritualidad para nuestro tiempo, VE, Lima 1995)).

Los seres humanos, cuya existencia se inicia en la unión del óvulo y del espermatozoide, poseen un valor intrínseco que brota de su naturaleza: el poseer un valor moral esta enraizado en una naturaleza y esto los distingue de cualquier otro ser vivo.

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© 2014 – José Luis Allende Risi para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

José Luis Allende Risi

Biólogo de formación con especializaciones en citogenética molecular, biología molecular y maestría en bioética.

Más de diez años de experiencia en liderazgo y emprendimiento, docencia, investigación, identificación y desarrollo de oportunidades de mejora. También como Team Builder, en la gestión de proyectos y elaboración de programas de formación.

Formador y director de equipos multifuncionales y autor de diversos artículos en revistas e internet.

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