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Me estoy aventurando a escribir algo sobre lo que el mismo Señor Jesús nos dejó enseñanzas claras (Jn 15,19; 17,5; 17,15-18) y desde los primeros siglos del cristianismo exigió una reflexión seria sobre la forma como los cristianos debían estar en el mundo. Pero creo que una realidad que desafía siempre, como es la relación de los cristianos con el mundo, nos exige recordar y pensar varias veces lo mismo para tener siempre claro el rumbo.

El cristiano está llamado a estar en el mundo sin ser del mundo. Es una idea que repetimos siempre y conocemos bien pero que muchas veces no sabemos cómo se aplica en nuestra vida cotidiana. Hoy escuchamos con particular insistencia la invitación del Papa Francisco a anunciar el Evangelio y la persona del Señor Jesús a todas las periferias del mundo tanto las geográficas como las existenciales. Es una convocatoria a no tener miedo de insertarnos en las realidades más difíciles del drama humano y de ensuciarnos los pies y las manos para reconciliar a las personas. La Iglesia no ha sido fundada por el Señor Jesús para ser un gueto o refugio seguro para los cristianos. La Iglesia ha sido enviada a predicar la verdad hasta los confines de la tierra (ver Mt 28,19). Es la barca de Pedro que no tiene miedo de surcar los tempestuosos mares de las galileas actuales con la plena confianza que Dios es el que guía y acompaña a su Iglesia.

Una pregunta válida que nos podemos hacer es: ¿Cómo mira la Iglesia al mundo? El Beato Pablo VI –quien dirigió la barca de Pedro en un período particularmente difícil para la Iglesia (1963 – 1978)– en un discurso durante la realización del Concilio Vaticano II nos explica cómo la Iglesia se aproxima y se involucra con el mundo: «Que lo sepa el mundo: la Iglesia lo mira con profunda comprensión, con sincera admiración y con sincero propósito no de conquistarlo, sino de servirlo; no de despreciarlo, sino de valorizarlo; no de condenarlo, sino de confortarlo y de salvarlo» ((Beato Pablo VI, Apertura de la segunda etapa conciliar, 29/9/1963.)). El cristiano no es del mundo y en ese sentido busca diferenciarse con su vida de los valores del espíritu mundano, pero como nos vuelve a iluminar Pablo VI «esta diferencia no es separación. Mejor, no es indiferencia, no es temor, no es desprecio. Cuando la Iglesia se distingue de la humanidad, no se opone a ella, antes bien se le une» ((Pablo VI, Eclesiam Suam, 25.)).

[pullquote]Muy lejos entonces del estilo cristiano de vida alejarse del mundo por miedo o desdeño. El dinamismo al que se nos invita es a comprender y admirar todo lo que de bueno y valioso existe en el mundo; a vivir una dimensión de servicio al mundo desde el Evangelio no con el fin de juzgarlo sino con el objetivo de ofrecerle caminos de reconciliación.[/pullquote]

Este estilo cristiano descrito por Pablo VI se entronca perfectamente en el gran árbol de la tradición cristiana. A ella hay que recurrir siempre como una fuente de agua viva, seguros de que nos ofrecerá sabiduría perenne. La Iglesia atesora en el seno de su corazón con mucho cariño el bello manuscrito de un autor desconocido de finales del siglo II dirigida a un tal Diogneto, un pagano de la época, que se pregunta por la religión de los cristianos.

El manuscrito contiene un capítulo sobre los cristianos en el mundo. Allí el ignoto autor traza unas líneas precisas de la identidad de los cristianos de la época que hablan muy bien de su fidelidad a la fe y que son para hoy un elocuente programa de vida para todos:

«Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres (…) en lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua extraña, ni viven un género de vida singular (…) habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según cada uno le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario (…) Viven en la carne, pero no viven según la carne. Están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo (…) para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente en el cuerpo, pero no es del cuerpo, y los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo» ((Ver http://www.vatican.va/spirit/documents/spirit_20010522_diogneto_sp.html)).

En ese sentido ese gran santo que fue Juan Pablo II legó a los laicos de la Iglesia una Exhortación Apostólica fundamental para entender su vocación y misión. Es en la Christifidelis laici (sobre los fieles laicos cristianos) en donde el Santo Papa polaco afirma: «la Iglesia vive en el mundo, aunque no es del mundo. Los fieles laicos viven en el mundo esto es, implicados en todas y cada una de las ocupaciones y trabajos del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida familiar y social. Personas que viven la vida normal en el mundo, estudian, trabajan, entablan relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales (…) el mundo se convierte en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos (…) son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus propias tareas, guiados por el espíritu evangélico” ((S.S. Juan Pablo II, Christifidelis laici, 15)).

Y así es. Los cristianos por vocación vivimos en medio del mundo. Estar en el mundo es parte de nuestro dinamismo de fe. El encuentro con el Señor Jesús tiene consecuencias sociales ineludibles. No se entiende a un cristiano escondiéndose o huyendo de los desafíos contemporáneos. Todo lo contrario. Estamos en medio de esas realidades para evangelizar, para ser fermento en medio de la masa, para ser sal de la tierra y luz del mundo. Un cristiano debe vivir en la sociedad moderna con la conciencia clara de su propia identidad de hombre y mujer de fe llamado a la santidad viviendo los valores del Reino. Pero sabemos que esto no siempre es fácil. Así como el mundo es un concepto que implica todas aquellas realidades visibles creadas por Dios y el espacio donde se desarrolla la vida humana, también sabemos que existe un mundo cuya atmósfera está marcada por un espíritu mundano ((Santiago 4,4: “La amistad con el mundo es enemistad con Dios”.)) que es antagónico a Dios y sus planes, que se opone a la realización auténtica para el ser humano que es su llamado a la santidad. Ese espíritu mundano busca que los cristianos vivamos recluidos en nuestro ámbito privado y vivamos nuestra fe de la boca para adentro como si eso fuera posible.

Lo que venimos diciendo nos permite afirmar que si bien el cristiano está convocado a estar en el mundo sabe que no puede ser ingenuo. Una vez más el Beato Pablo VI nos esclarece las ideas y él mismo sabiendo que este mundo es solamente una parte de la totalidad de lo real, en su Testamento espiritual como lo dice él, despidiéndose de la escena del mundo, afirmará: «Sobre el mundo: no se piense que se le ayuda adoptando sus criterios, su estilo y sus gustos, sino procurando conocerlo, amándolo y sirviéndolo» ((S.S. Pablo VI, Testamento espiritual, tomado de http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/speeches/1978/august/document/hf_p-vi_spe_19780810_testamento-paolo-vi_sp.html.)).

La fe cristiana es esperanza para el mundo que muchas veces ha perdido el norte. El servicio del cristiano pasa entonces por encarnarse en las realidades del mundo pero para entenderlo en sus dramas, anhelos, angustias, tendencias, ideas, fracasos y gozos ((Es emblemática en ese sentido la conocida cita de la Gaudium et Spes que en su primer número desarrolla el tema de la Iglesia en el mundo actual: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón».)). Amar el mundo, en el sentido de ofrecer la vida y consumirla por la salvación de los seres humanos, sus hermanos. Para servirlo, testimoniando y anunciando que solo el Amor que viene de Dios en el Señor Jesús es el único que salva y reconcilia el corazón del hombre. Por el contrario no pasa el servicio evangelizador de los cristianos por mimetizarse con el mundo y hacerse uno más, adoptando sus criterios, su estilo y sus gustos.

Ejemplos lamentables de intentos de amoldarse al mundo en la vida de la Iglesia tenemos muchos. En ese sentido el Papa Montini en la Eclesiam Suam, su encíclica programática, ofrece luces interesantes sobre todo cuando un cristiano realiza apostolado en medio del mundo: «desde fuera no se salva el mundo…el arte del apostolado es arriesgado. La solicitud por acercarse a los hermanos no debe traducirse en una atenuación o en una disminución de la verdad. Nuestro diálogo no puede ser una debilidad frente al deber con nuestra fe. El apostolado no puede transigir con una especie de compromiso ambiguo respecto a los principios de pensamiento y de acción que han de señalar nuestra cristiana profesión. El irenismo y el sincretismo son en el fondo formas de escepticismo respecto a la fuerza y al contenido de la palabra de Dios que queremos predicar. Sólo el que es totalmente fiel a la doctrina de Cristo puede ser eficazmente apóstol. Y sólo el que vive con plenitud la vocación cristiana puede estar inmunizado contra el contagio de los errores con los que se pone en contacto» ((S.S.Pablo VI, Eclesiam Suam, 33.)).

Así pues “estar en el mundo sin ser del mundo” es todo un programa de vida cristiana que implica unos retos apasionantes para aquellos que quieren ser fieles al Evangelio y al Señor Jesús que entregó su vida para la reconciliación del mundo. La santidad en la vida ordinaria de muchos bautizados de hoy pasa por asumir ese desafío de manera heroica y virtuosa. Pasa por vivir la fascinante aventura de experimentar con todas sus exigencias la vida cristiana en medio del mundo.

© 2015 Centro de Estudios Católicos – CEC. El blog Altamar está a cargo de José Alfredo Cabrera Guerra

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