hunger_mSu nombre es Arash Derambarsh, tiene 35 años y vive en Francia. Este hombre, concejal del municipio de Courbevoie en París, ha conseguido captar la atención de los medios por una notable iniciativa. Derambarsh consiguió que el parlamento francés aprobara una ley que obliga a los supermercados a donar alimentos a organizaciones de caridad. ¿Dónde está la genialidad de su propuesta y qué tiene que ver con nosotros? En esta reflexión quiero exponer algunos elementos muy breves que me parece importante considerar para responder a la realidad actual y a sus desafíos.

La situación en París es una ventana a una situación mucho más delicada y dramática que se vive, con mayor o menor gravedad según distintas regiones, en una gran parte del mundo. Hoy, según los estudios de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) hay unos 795 millones de personas subalimentadas, es decir, que en un lapso de un año viven sin la alimentación suficiente para poder satisfacer sus necesidades de energía alimentaria. Es una realidad compleja, y sus consecuencias son aún más dolorosas. Pero antes de mencionar las consecuencias del hambre mundial, quisiera también rescatar que en comparación con el año 1992 hasta hoy se ha logrado disminuir la situación en un 21% aproximadamente, esto es, unas 167 millones de personas.

Como decía anteriormente, los efectos del hambre son preocupantes. A continuación algunos de los más recientes (Datos de la Segunda Conferencia Internacional sobre Nutrición):

  • La malnutrición es la principal causa de enfermedad en el mundo.
  • Las mujeres representan el 60 % de los hambrientos.
  • Cada día 300 mujeres mueren en el parto a causa de la anemia.
  • La desnutrición es la causa subyacente de casi la mitad (45%) de todas las muertes infantiles.
  • Al día mueren más de 25 mil personas por causas relacionadas con el hambre, 13,500 son niños menores de 5 años.
  • 1/3 de las poblaciones en desarrollo padecen carencias de micronutrientes que generan ceguera, retraso mental y muerte prematura.
  • 161 millones de niños menores 5 años sufren retraso del crecimiento (baja estatura para su edad). El efecto es irreversible, afecta gravemente a su salud y desarrollo.
  • 51 millones de niños menores de 5 años sufren emaciación (peso bajo para su estatura), 17 millones emaciación grave. Lo que provoca mayor riesgo de muerte por enfermedades infecciosas.

Lo que nos muestra la realidad actual es alarmante. Nosotros como cristianos no podemos permanecer indiferentes ante una situación tan extremadamente opuesta a lo que Dios en su plan original pensó para nosotros. El hambre mundial es un signo de la evidente ruptura de la relación de los hombres entre sí; podríamos decir que es un pecado social gravísimo que no debe seguir siendo tolerado. Ninguna persona merece tal condición pues todos tenemos una dignidad que nos viene por ser imagen y semejanza de Dios.

Esto nos muestra la triste injusticia social en que vivimos, pues hay millones de personas que no tienen garantizado un derecho tan básico y esencial como la alimentación; es una situación realmente inhumana. El Señor Jesús nos ha dejado su testamento: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. (Mt 22,37) y Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,38). Es del amor a Dios que brota el amor al prójimo, la vivencia de la caridad social. El que dice: “Amo a Dios”, y no ama a su hermano, es un mentiroso, y sigue: el que ama a Dios debe amar también a su hermano (ver 1Jn 4,20-21).

[pullquote]Entonces ¿cómo aproximarnos para poder evangelizar esta realidad que reclama ser reconciliada? En primer lugar, un cambio personal e interior. Es cierto que es urgente reformar las estructuras, que sean más evangélicas, pero eso no sana la raíz del problema. Para avanzar auténticamente en una reconciliación social, habría que partir por transformar nuestras propias vidas, mirarnos con los ojos de Dios, para así por la caridad divina poder ver en el prójimo a un hermano, e ir transformando las relaciones interpersonales, que son la base de toda estructura social.[/pullquote]

Y para vivir ese auténtico cambio interior tenemos que aproximarnos en clave evangélica. San Cesáreo de Arlés, Doctor de la Iglesia del Siglo VI, nos diría que Cristo se nos manifiesta donde menos lo esperamos, vale decir, en los pobres y sufrientes. Por lo tanto no podemos darle la espalda a las necesidades de nuestro prójimo. Hoy vemos cómo muchos se empeñan en seguir a ídolos de moda, pero sin embargo viven ignorando al hambriento. El que quiera misericordia, que haga misericordia, dicen las bienaventuranzas. Además de la misericordia divina, que la pedimos constantemente, existe una misericordia terrena que consiste en atender las miserias humanas. Si mucho pedimos, mucho tenemos que dar. Hoy quien nos pide alimento, quien nos extiende la mano para recibir es Cristo mismo: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).

Viviendo el amor, la donación de uno mismo, el servicio, es que podremos hacer realmente frente al egoísmo y la indiferencia que han llevado la realidad a tan penoso escenario. Por eso, hagamos apostolado solidario: el Catecismo nos ilumina (n.1937) «Dios quiere que cada uno reciba del otro aquello que necesita» Para eso es necesario involucración y compromiso, no caer en la tentación de que otros se harán cargo, sino hacer un esfuerzo por un orden social más justo colaborando con las muchas iniciativas que intentan terminar con la situación del hambre mundial.

[pullquote]Ahora bien, una ayuda concreta y personal que podemos brindar es colaborar en el recto consumo de los alimentos: un tercio de los alimentos del mundo se va a la basura, ya sea por desperdicio, falta de planificación en las compras, o un consumo excesivo o demasiado refinado respecto a la “calidad” del alimento. Compremos inteligentemente, aprovechemos las sobras y no seamos tan exquisitos a la hora de comprar frutas o verduras, porque muchas cosechas se pierden por no responder a estándares demasiados altos.[/pullquote]

Además nosotros tenemos un tesoro especial que compartir: Decía Benedicto XVI en el Discurso Inaugural en Aparecida: «Sólo quien conoce a Dios conoce la realidad y puede responder de manera más adecuada y humana». De Dios y sólo de sus bienes espirituales vienen los verdaderos bienes temporales. Es por eso que siguiendo la exhortación del Papa Francisco en su recientemente publicada Encíclica Laudato si, tenemos que avanzar en una valiente revolución cultural. Cultura que respete la dignidad trascendente de la persona humana, centro de la Creación, creada a imagen y semejanza de Dios y pensada desde siempre a la comunión divina de amor. Al fin y al cabo, construir la Civilización del Amor.

© 2015 – Carlos Toro para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Carlos Toro

Carlos tiene 24 años; nació en Santiago de Chile y es integrante del Sodalicio de Vida Cristiana

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