«Se levantó alto un viento en el oeste, como una ola de desenfrenada felicidad, y marchó hacia oriente (…). En un millón de rincones confortó al hombre como una bebida y lo sorprendió como un golpe. En las cámara más íntimas de casas intrincadas, surgió a manera de explosión doméstica (…). Por todas partes llevó drama a las vidas poco dramáticas y paseó por el mundo la trompeta de la crisis. (…) Había algo en él aún más inspirado y autorizado que el viejo viento del refrán; porque éste era el buen viento que a nadie infunde daño». Así inicia Manalive de GKC y así ha iniciado el pontificado del Papa Francisco. El «buen viento» se ha elevado ligero y poderoso y se presenta ante todos los entresijos de las vidas de los hombres que lo acogen como un soplo del Espíritu o que se defienden para no dejarlo entrar. En cada caso no pueden ignorarlo, frente a él deben decidir, porque también la abstención y la suspensión del juicio representan una decisión. Ninguno puede afirmar no haberlo visto o no haberlo sentido.

two-popesTodos estos hombre que el Señor ha mandado, que ha mandado a la humanidad entera, en estos últimos decenios sobre la silla de Pedro, han sido los profetas a través de los cuales el Cielo ha comunicado a todos, en los modos más diversos y en una gama de matices imprevisible, el misterio central de Jesucristo. Cada uno de ellos ha ejercido el ministerio del Pescador con una red de diversos entramados, porque no todos los peces se pescan con la misma red. También la red de Francisco continúa pescando, pescando incluso en los sótanos y en los abismos más profundos en los cuales el hombre parece estar metido.

Junto a la potencia del anuncio de Cristo -que Pedro renueva en modo inesperado y desconcertante-, no cesa de producirse el escándalo, sea al interior o al exterior de la Iglesia. El mismo Papa Francisco hace referencia a esto: «¿Por qué Jesús constituía un problema? “No es porque hiciera milagros” ni porque predicara y hablara de la libertad del pueblo. El problema que escandalizaba a esta gente era aquello que los demonios gritaban a Jesús: “Tú eres el Hijo de Dios, tú eres el santo”. Esto, esto es el centro. Lo que escandaliza de Jesús es su naturaleza de Dios encarnado. Y como a Él, también a nosotros “nos tienden trampas en la vida”; lo que escandaliza de la Iglesia es el misterio de la encarnación del Verbo. También ahora oímos decir a menudo: “Pero vosotros cristianos, sed un poco más normales, como las otras personas, sensatas, no seáis tan rígidos”. Detrás, en realidad, está la petición de no anunciar que “Dios se hizo hombre”, porque la encarnación del Verbo es el escándalo» (Homilía S. Marta, 1 de Junio 2013).

[pullquote]Es hacia este «escandalo» al que el Papa Francisco, como sus predecesores, conduce a cada uno personalmente y al mundo entero. Él reconduce a todos a lo que Kierkegaard llamaba «el umbral más bajo del escándalo» que es el tener que ponerse frente a Jesucristo necesariamente, desde el momento en que Él ha entrado en la historia.[/pullquote]

pope_micEl Papa Francisco lo hace según la modalidad que le es propia y que en parte hemos conocido, pero que sería reductivo adjudicarla simplemente a su biografía, a su proveniencia o su personalidad humana y cristiana. El ministerio de Pedro tiene un calibre histórico ineludible. A través de Pedro el Señor comunica algo a su Iglesia y al mundo entero. Es por ello necesario preguntarse: ¿qué cosa está pidiendo el Señor aquí y a hora a través de Pedro? La pregunta no es sólo histórico-universal, toca sobretodo a cada persona, como siempre sucede cuando hay un anuncio y un testimonio cristiano. Aquel que el Papa Francisco anuncia no es en ningún modo separable de su persona y, justamente por eso, va al encuentro de la persona, de cada persona (cf. EG 7. 127ss.). Si en cualquier circunstancia se omitiese este plano, todo el resto permanecería privado de sentido y sería meramente ideológico, una ideología “cristiana”.

Ciertamente el Papa Francisco nos invita a salir de aquel -que él mismo ha titulado- «individualismo enfermizo» (EG, 89) y de aquella «tristeza dulzona» (EG, 83) que caracteriza el cristianismo de «salón». Lo hace volviendo a proponer los fundamentos de lo que es humano en el hombre y, a su vez, desenmascarando drásticamente las muchas falsificaciones que lo han recubierto hasta hacerlo irreconocible.

[pullquote]Cuando el Papa denuncia la insensibilidad y la incapacidad de empatía frente al sufrimiento y a la muerte del otro, intenta reconstruir la precepción verdadera y real del otro, sin la cual todas la relaciones son reductivas o falsas, ya que la alteración de la calidad de la relación marchita los vínculos entre los hombres y las sociedades que están entretejidas de estos mismos.[/pullquote]

Cuando el Papa reclama la atención sobre la periferia, sobre la existencia periférica y sobre la humanidad periférica, sobre la “exclusión”, no hace otra cosa que hacer explícita una simple verdad -enseñada en todo el Antiguo Testamento y en adelante- según la cual si el pueblo quiere ser integro, si la ciudad quiere ser sana, no se podrá cuidar a uno y olvidarse del otro. Comenzar por el último es un criterio infalible para tomar en consideración a todos y mejorar la calidad social de todos los miembros.

No es por lo tanto una cuestión de moralismo o de pauperismo, sino de verdad. Quien se olvida del pobre vive en la mentira.

Pero esto ya lo sabíamos antes, se objetará. Sin embargo el Papa Francisco nos lo presenta en vivo, en calidad de hombre vivo. No sólo se ve en él, a veces, una búsqueda de la sobriedad, del privarse de atributos y un retorno a lo sustancial. Es una tensión evangélica. De frente a un cristianismo que se ha perdido en las consecuencias y en los atributos, el Papa Francisco nos presenta en vivo un cristianismo “sustantivo”, seco, que va a las premisas, en cuya ausencia no se sigue nada.

Quizá a través de este hombre el Señor nos está mostrando por un lado, por qué Europa se ha podido descristianizar en un periodo tan rápido de tiempo, y por el otro, como se planta una fe y una cultura cristiana que permanezca.

© 2014 – Massimo Serretti para ilsussidiario.net. Publicado el 11 de febrero de 2014
 
 
 

Massimo Serretti

Massimo Serretti, nacido en 1956, fue ordenado sacerdote por el Papa Juan Pablo II. Tiene un doctorado en Filosofía y Teología.
Es profesor de Teología Dogmática en la Pontificia Universidad Lateranense y de Historia del Pensamiento Religioso en la Universidad Carlo Bo de Urbino.
También es profesor de Antropología Teológica y en el Instituto Superior de Estudios Religiosos Juan Pablo II en Pesaro. Ha publicado numerosos libros y artículos.

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