Han pasado un poco más de 200 años de la existencia de Colombia, y parece que la llama de la violencia no tiene fin. ¡Cuánto dolor y cuánto sufrimiento a lo largo de estos dos siglos!. La lección debería ser evidente: la violencia solo genera más violencia.

Santa Laura Montoya

Exactamente hace dos años, el Domingo 12 de mayo de 2013, el papa Francisco presidió una emotiva celebración en la que elevó a los altares a Laura Montoya Upegui, maestra, religiosa y fundadora de la congregación Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, más conocidas como las “Lauritas”.

En su homilía el Santo Padre dijo de la primera santa nacida en tierras colombianas: «Santa Laura Montoya fue un instrumento de evangelización, primero como maestra y después como madre espiritual de los indígenas, acogiéndolos con ese amor aprendido por Dios», y luego añadió: «Esta primera santa nacida en la hermosa tierra colombiana nos enseña a ser generosos, a ver el rostro de Jesús en el otro, a vencer la indiferencia y el individualismo que corroe a las comunidades cristianas y a nuestro corazón».

Laura Montoya nació en Jericó (Antioquia) el 26 de mayo de 1874, hija de Juan de la Cruz Montoya y Dolores Upegui. Tan solo dos años después de su nacimiento estalla en los Estados Unidos de Colombia una nueva guerra civil, la sexta desde el comienzo de una República marcada por la radical división entre el partido liberal y el conservador. La “Guerra de las escuelas” es el nombre con el que se conoce al enfrentamiento ocurrido entre 1876 y 1877.

En 1876 el presidente liberal Aquileo Parra, dentro de sus muchas políticas antieclesiales, quiso laicizar la educación de una nación profundamente católica. Tal decisión provocó que varios de los Estados (hoy departamentos) se declararan en rebelión y que se iniciara la guerra. Antioquia fue uno de los departamentos en los que la Iglesia católica sufriría más persecuciones. El Beato Mariano de Jesús Euse sería uno de los muchos afectados por esta persecución cuando comenzaba a ejercer su ministerio sacerdotal en el pueblo de Angostura (Antioquia). Muchos obispos y sacerdotes fueron desterrados de sus diócesis.

En su Autobiografía la Madre Laura cuenta que su padre fue asesinado el 2 de diciembre de 1876 porque estaba “en defensa de la religión”. Santa Laura, como millones de colombianos a lo largo de nuestra historia, fue también marcada con el dolor de la violencia. La violencia de un país que, desafortunadamente, se fue haciendo a punta de balas y que vio encender la llama de la guerra civil en nueve ocasiones a lo largo del siglo XIX.

madre-laura-colombiaDe su madre Dolores, Laura nos dice que era «tan generosa en el perdón de las injurias que sobre sus rodillas nos enseñó a amar, orando por el que labró su dolor haciéndola viuda». Más adelante cuenta una historia estremecedora: «Cuando ya grandecita, le pregunté en dónde vivía Clímaco Uribe, ese señor que amábamos y que yo creía miembro de la familia, por quien rezábamos cada día, me contestó: “ese fue el que mató a su padre; debe amarlo porque es preciso amar a los enemigos porque ellos nos acercan a Dios, haciéndonos sufrir”. Con tales lecciones, era imposible que, corriendo el tiempo, no amara yo a los que me han hecho mal». Nuestro país y el mundo entero serían muy distintos si viviéramos las lecciones que Santa Laura aprendió de su madre y que fue madurando e interiorizando a lo largo de su vida.

[pullquote]Han pasado un poco más de 200 años de nuestra existencia como República y parece que la llama de la violencia no tiene fin. ¡Cuánto dolor y cuánto sufrimiento a lo largo de estos dos siglos!. La lección debería ser evidente: la violencia solo genera más violencia. El círculo vicioso solo se cortará cuando tengamos la valentía de perdonar. La paz duradera no solo es cuestión de acuerdos y procedimientos. Se apoya ante todo en la experiencia liberadora y muchas veces heroica del perdón.[/pullquote]

La ejemplar vida de Laura, santa de nuestra tierra, nos evidencia que el odio y la violencia no tienen la última palabra. El encuentro con Cristo, nuestra paz, nos enseña que vale la pena optar por el poder curativo del amor.

© 2015 – Juan David Velásquez Monsalve para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Juan David Velásquez Monsalve

Juan David es abogado de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín, Colombia) y Teólogo de la Universidad Católica de Oriente (Rionegro - Colombia). En este momento cursa la Maestría en Filosofía en la Universidad Pontificia Bolivariana.
Se ha desempeñado como profesor universitario y escolar. Actualmente es el Director Regional del CEC en Colombia y Rector del Colegio Sagrado Corazón Montemayor.

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