Cuando el primero de mayo de 2011, a las 10:37 a.m. el Papa Benedicto pronunció la fórmula de beatificación del siervo de Dios Juan Pablo II, el telón que cubría el lienzo que lo representaba comenzó a correrse poco a poco descubriendo su imagen, en este momento ocurrió algo particular e inesperado. Cada uno de los innumerables peregrinos convocados en la Plaza de San Pedro desde los cinco continentes tenía en su memoria un recuerdo personal de aquel hombre: un hecho, una circunstancia, una palabra, una estrechada de mano, una mirada, una bendición, una broma. Juan Pablo II había entrado de manera personal en la vida de las personas. Todos tenían su propia historia con él, todos tenían un relato que ofrecer y todos eran maravillosamente diversos. Pero al descubrirse la imagen, retratada sobre el lienzo y pintada en los corazones, ésta nos impele a todos a alzar la mirada, y no sólo aquella de los ojos. El Papa Benedicto, así como cada uno, había colocado a aquel hombre en un punto elevado: en el Cielo.

La impresión fue tremenda. Era como si ahora, a partir de aquel momento, todo se dinamizase, todo se pusiera en movimiento. Quien creía conocerlo, quien creía haberlo conocido, quizá por haberlo escuchado o por haberlo seguido, o por haber al menos probado, se dio cuenta, en un instante, alzando la mirada, que todo aquello que de él se conocía o se creía conocer no era sino una premisa, ¡sí, sólo una premisa!. ¿Una premisa de qué? Una premisa del camino hacia el punto en el cual él ahora se encuentra: el Cielo.

Quien suponía e imaginaba tenerlo como compañero en la memoria, en el recuerdo de quién había sido, en las imágenes, en las palabras, en los gestos, en los hechos, en un instante, ha sido llevado mucho más allá de todo esto. No significa que todo lo anterior resultara insignificante, sino que su significado ahora es claro: estas cosas no eran sino un preludio, un preludio al Cielo, a la santidad.

[pullquote]El misterio de aquel hombre, cuya amplitud no se podía abrazar por ningún lado, ahora era más evidente, y al mismo tiempo, más desconcertante. Para continuar estando con él, para continuar, y dar un seguimiento efectivo y experiencial a una persona que se nos había estado regalado a manos llenas, era ahora necesario alzar la mirada, porque todo indicaba “hacia arriba”, toda la experiencia precedente era un signo hacia ese punto, hacia lo alto, hacia la santidad, hacia la comunión y la amistad completa y eterna con Dios.[/pullquote]

“Llamados a mirar hacia lo alto” (Os 11, 7). “Levantad en alto vuestros ojos y mirad” dice el Señor (Is 40, 26). Y después, por boca del Profeta constata: “Llamados a mirar hacia lo alto, ninguno sabe elevar la mirada”. Ahora en lo alto está alguien a quien podemos mirar, alguien que hemos conocido.

Con la beatificación y la canonización de Juan Pablo II todos hemos sido descolocados: la historia de involucración con él no se ha terminado, no se ha concluido allí donde nosotros habíamos trazado una línea de demarcación. La comunión con él se demostró susceptible de una continuación tan prometedora como fascinante. Todos salimos de este encuentro un poco embriagados, embriagados del Cielo.

Por otro lado, si el inicio del encuentro con él no podía humana y realmente ser desmentido en modo alguno, ¿quién se podría haberse abstenido del seguimiento que precisamente provenía de este inicio? Para huir del seguimiento se debía declarar un falso inicio. ¿Pero quién puede ir “contra la luz”?, ¿quién puede, estando despierto y sano, refutar el amor unido a la verdad?

En la homilía de canonización del 27 de abril pasado, el Papa Francisco ha llamado a Juan Pablo II: “el Papa de la familia”. La familia es la realidad más real, después del “realismo del misterio”. ¿Qué tiene que ver el Cielo con el realismo?

Hay un canto del altiplano andino, tantas veces visitado por Juan Pablo II, escrito en quechua, en el cual un minero reza de este modo: “Estoy destinado a vivir en el santo Cielo, por esto le pido a Dios morir con buen minero”. La vía que Juan Pablo II nos ha señalado en todos los modos posibles, es la vía del hombre y por lo tanto, realísticamente, de la verdad de la unidad del hombre y de la mujer, y este vía está orientada por sí misma. Este es un camino. De nosotros al Cielo. El otro camino es aquel por el cual, aceptando alzar la mirada, podremos vivir y morir “como buen minero”. Del Cielo a nosotros. De estos dos caminos San Juan Pablo II ha sido y es maestro, testimonio e intercesor.

Artículo de Massimo Serretti tomado de http://www.ilsussidiario.net/News/Cronaca/2014/10/22/SANTO-DEL-GIORNO-22-ottobre-san-Giovanni-Paolo-II-il-realismo-del-mistero/545595/

Traducción de Mijailo Bokan Garay para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Massimo Serretti

Massimo Serretti, nacido en 1956, fue ordenado sacerdote por el Papa Juan Pablo II. Tiene un doctorado en Filosofía y Teología.
Es profesor de Teología Dogmática en la Pontificia Universidad Lateranense y de Historia del Pensamiento Religioso en la Universidad Carlo Bo de Urbino.
También es profesor de Antropología Teológica y en el Instituto Superior de Estudios Religiosos Juan Pablo II en Pesaro. Ha publicado numerosos libros y artículos.

View all posts

Add comment

Deja un comentario