En el CEC les queremos compartir el editorial del número 87 de la revista "Vida y Espiritualidad", dedicado a San Juan Pablo II.

La revista “Vida y Espiritualidad” es una publicación que inicia en 1985, con el fin de “comunicar una experiencia de fe, de búsqueda de comprensión de la verdad, cuya plenitud descubrimos en el Señor Jesús”. En el CEC les queremos compartir el editorial del número 87 de la revista, dedicado a San Juan Pablo II.

jp2ymteresaHay eventos eclesiales que nos llenan de profunda alegría. No sólo a nosotros —la Iglesia peregrina en esta tierra—, sino a toda la Iglesia, que exulta como Madre al ver confirmado el triunfo de sus hijos, y con mayor razón si se trata del triunfo de la santidad. Si esto es así, no podemos imaginar la alegría en el Cielo en el día histórico que fue testigo de la proclamación solemne de la santidad de dos grandes Pontífices: Juan XXIII, el Papa Bueno, el que convocó y dio el primer impulso al Vaticano II, y Juan Pablo II, cuyo pontificado fue una fiel aplicación del Concilio y marcó para siempre la historia de la Iglesia al cruzar bajo su guía el tercer milenio de la fe.

La revista «VE» quiere dedicar este número a quien toda una generación ha considerado por muchos años “su Papa” y que ahora podemos llamar San Juan Pablo II. Sobre la importancia de su pontificado, el tercero más largo de la historia, y sobre la riqueza de su magisterio y pensamiento, se ha escrito abundantemente. Creemos importante no olvidar, al respecto, que quien ha sido canonizado es el sujeto de esas acciones y de ese pensamiento: el hombre Karol Wojtyla, quien llegaría a ser el 263° Sucesor de San Pedro.

Karol Wojtyla fue, para decirlo con un concepto central en su pensamiento y en su acción, una gran “persona”. Marcado hondamente por el espíritu católico de su tierra natal y con una conciencia firme de tener que incidir sobre la realidad cultural y social que lo rodeaba, dedicó parte de su juventud al estudio y al arte, especialmente al teatro. Ya desde esa época sus obras teatrales —como también su obra poética— transparentan una capacidad de entrar en el corazón humano, en sus grandezas y pequeñeces, en su drama de caída y redención, capacidad que acompañará para siempre al sacerdote, al obispo y al Pontífice.

El futuro Vicario de Cristo forjó su personalidad en tiempos duros. En plena guerra mundial y bajo la ocupación nazi de Polonia, tomó la decisión más importante de su vida: dejar ciertos proyectos particulares para responder al llamado que el Señor Jesús le hacía a seguirlo como sacerdote. La respuesta a su vocación —al mismo tiempo “un don y un misterio”, como escribiría posteriormente— se convierte entonces para el joven Karol en un camino concreto de santidad, donde no estarán ausentes las dificultades y en el cual vemos crecer, madurar y fructificar su persona.

Podemos decir que el rumbo en su vida se mantuvo siempre en una dirección: mostrarle al ser humano quién es el ser humano. En su obra artística, en su meditación filosófica, en su labor apostólica como sacerdote, en su ministerio pastoral como obispo, en su largo y fecundo pontificado, el sentido nunca fue otro. Había que recordarle al hombre una y otra vez quién es el hombre, qué significa ser hombre. Y para eso había que poner ante los ojos de todos a Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre. De ahí la inspirada convocatoria del Santo Padre a una nueva evangelización que hiciese audible el Evangelio con nuevos métodos, nuevas expresiones, renovado ardor.

Quizá se podría resumir así la misión de este gran santo: anunciar a todas las personas que el sentido de la existencia se encuentra en el Señor Jesús. «Vale la pena ser hombre —dirá emblemáticamente dirigiéndose a Cristo— porque Tú te has hecho hombre» ((San Juan Pablo II, Homilía durante la Misa el Domingo de Ramos en el Jubileo de los Jóvenes, 15/4/1984, 3.)).

Su reflexión en torno al ser personal del hombre y a su realización en el amor —que se plasmará más adelante en obras de la talla de Amor y responsabilidad (1960) y Persona y acción (1969)— encuentra su savia vital en esa centralidad del misterio de Jesucristo, el Verbo Encarnado, verdadero Dios y verdadero hombre. Será este mismo ideal el que animará al joven Obispo auxiliar y luego Arzobispo de Cracovia en su participación en el Concilio Vaticano II, en el que tuvo un papel muy relevante.

Si un pasaje de los textos conciliares fue repetido, meditado, comentado e interpretado por Juan Pablo II innumerables veces, éste es el número 22 de la Constitución Gaudium et spes, donde la Iglesia recuerda a sus hijos la íntima relación entre la verdad del ser humano y la verdad de Cristo, quien «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» ((Gaudium et spes, 22.)).

[pullquote]La vida de Karol Wojtyla —de oración profunda, de encuentro con el Señor en primera persona, de caridad intensa, de servicio abnegado a Dios y al prójimo— estuvo orientada, como obispo y como Papa, a la proclamación y plasmación de esta verdad. Ello explica su dedicación perseverante a aplicar el Concilio Vaticano II en su arquidiócesis con diversas iniciativas, como por ejemplo un Sínodo que dirigió personalmente por siete años, consciente de su deber como pastor de guiar en la asimilación de los documentos conciliares y de su espíritu. Ello explica también su incansable recorrido por toda la geografía del planeta como Vicario de Cristo, visitando y dirigiéndose a todo tipo de auditorios, desde la Asamblea de las Naciones Unidas hasta la última persona sufriente en un lecho de hospital. Había que hacer cercano a Cristo a cada persona, había que compartir la verdad sobre el ser humano con todo prójimo, sin importar su edad, nacionalidad, condición ni religión. El Papa santo había aprendido, como hijo de la Iglesia, que «el Hijo de Dios con su Encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» ((Lug. cit.)). ¡Cómo no hacer llegar al mundo entero esta Buena Nueva![/pullquote]

Desde el primer momento en que proclamó ese recordado «No tengan miedo», San Juan Pablo II vivió mostrando con su enseñanza y con sus actos lo que significa ser hombre a plenitud, a imagen de Cristo: buscar con constancia y rectitud; creer con firmeza y dar razón de ello con convicción, inteligencia y elocuencia; actuar sin miedo, proponiendo el Evangelio con magnanimidad, luchando con decisión y audacia, y asumiendo la responsabilidad por los errores y aciertos. Verlo desplegarse liderando a la Iglesia renovó la esperanza y alentó a millones de creyentes al compromiso con una vida plena expresada en la alegría de la santidad y el apostolado, algunos de ellos como sacerdotes y consagrados.

Y con esa fuerza de espíritu que mantuvo incluso en medio de los sufrimientos del dolor y de la enfermedad que lo aquejaron por tantos años, este Papa santo hizo cruzar a la Iglesia el umbral del tercer milenio de la fe. Como se puede leer en la primera página de su encíclica programática —Redemptor hominis—, él era consciente desde el inicio de su pontificado del significado de esta misión de conducir a la Iglesia hacia la celebración de los dos mil años de la Encarnación del Verbo. San Juan Pablo II no se ahorró ningún esfuerzo para hacer llegar a los cinco continentes el anuncio de este Misterio tan cercano a su corazón, llamando a todos a casa, a Roma, para celebrar con Pedro el Jubileo del Año 2000.

Su retorno a la casa del Padre, la víspera del Domingo de la Divina Misericordia, dejó un testimonio de santidad tan vivo y cercano a esos hombres y mujeres a los que quiso siempre llegar con su palabra y su obra, que del pueblo no podía sino brotar esa certeza que hoy la Iglesia confirma con su autoridad: “¡santo ya!”.

POPE JOHN PAUL II SEEN IN IMAGE RELEASED BY POSTULATION OF SAINTHOOD CAUSEEn una reciente entrevista publicada con ocasión de la canonización de Juan Pablo II, le preguntaban a Benedicto XVI qué motivos lo habían llevado a permitir que se abriera anticipadamente el proceso de beatificación y hacía cuánto tiempo estaba convencido de su santidad. Su respuesta fue: «Que Juan Pablo II fuese santo me parecía cada vez más claro ya en los años en que colaboré con él. Ante todo se ha de tener presente su intensa relación con Dios, su modo de estar inmerso en la comunión con el Señor… De ahí provenía su alegría en medio de las grandes fatigas que debió soportar, así como el coraje con el cual asumió su misión en un tiempo verdaderamente difícil… El coraje de la verdad es a mi parecer un criterio de primer orden acerca de la santidad» ((Benedicto XVI, Mi è divenuto sempre più chiaro che Giovanni Paolo II fosse un santo, en Wlodzimierz Redzioch, Accanto a Giovanni Paolo II. Gli amici & i collaboratori raccontano, Ares, Milán 2014, pp. 22-23.)).

Y en la Misa de canonización, el Papa Francisco recordó que uno de los aportes del nuevo santo fue comunicar la verdad de la familia como consecuencia de la verdad sobre el ser humano revelada en Jesucristo, que fue el centro de su pontificado. «Me gusta subrayarlo ahora —añadió el Papa Francisco— que estamos viviendo un camino sinodal sobre la familia y con las familias, un camino que él, desde el Cielo, ciertamente acompaña y sostiene» ((Francisco, Homilía en la canonización de los beatos Juan XXIII y Juan Pablo II, 27/4/2014.)).

Por todo ello podemos afirmar que San Juan Pablo II fue el Papa del hombre, y decirle confiados: ¡sigue intercediendo por nosotros!

Nota: Se puede descargar el número 87 de la revista Vida y Espiritualidad haciendo clic aquí.

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Revista Vida y Espiritualidad

La revista “Vida y Espiritualidad” es una publicación que se inició en 1985, con el fin de “comunicar una experiencia de fe, de búsqueda de comprensión de la verdad, cuya plenitud descubrimos en el Señor Jesús”. Se publica tres veces al año, ofreciendo artículos, documentos, reseñas de libros y entrevistas en diversos temas como teología, filosofía, espiritualidad, literatura, historia, entre otros.

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