sjdeavilaEntre los gozosos dones que trajo la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Madrid en agosto de 2011, fue la noticia de la proclamación de San Juan de Ávila como “Doctor de la Iglesia”. El Papa Benedicto XVI, presente en la JMJ, respondía así a una petición de los obispos españoles, quienes consideraban al santo castellano como un “entusiasmado evangelizador, dedicado por entero a la oración, al estudio, a la predicación y a la formación de los pastores del pueblo de Dios”. Con aquella designación el Santo Padre deseaba dar una señal inconfundible: la necesidad de pastores comprometidos con el anuncio del Señor Jesús.

El criterio del Magisterio para designar a un “Doctor de la Iglesia” es que haya estudiado y contemplado con singular clarividencia los misterios de la fe; que haya sido capaz de exponerlos, sirviendo sus enseñanzas como guía para la vida espiritual; y que haya vivido de forma coherente con su enseñanza. Con este reconocimiento San Juan de Ávila formará parte de un conjunto de extraordinarios “doctores” que dignifican la Iglesia en España: San Isidoro de Sevilla, San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús.

Juan de Ávila, místico y “Hombre del Señor” nació el 6 de enero de 1499 (o en 1500), en Almodóvar del Campo (Ciudad Real). Probablemente en 1513 acudió a estudiar leyes en Salamanca. En la universidad salmantina continuó viviendo piadosamente hasta que, como relata fray Luis de Granada, su primer biógrafo, “le hizo nuestro Señor la merced de llamarle con un muy particular llamamiento” para dejar el Derecho (Vida, C. I).

Cuando frisaba los treinta años de edad Juan ya había forjado su espiritualidad, meditando intensamente la Sagrada Escritura, en conjunto con autores como los Padres de la Iglesia, San Bernardo de Claraval, San Francisco de Asís y San Buenaventura.

Se traslada a Sevilla para misionar, demostrando una elocuencia y celo extraordinarios. Este deseo de compartir la Buena Nueva de Cristo lo lleva a considerar seriamente la posibilidad de trasladarse al Nuevo Mundo americano.

Sobre sus cualidades de predicador comenta fray Luis de Granada: «Tuvo particular don de ciencia y elocuencia para este ministerio (…) Esta manera de verdadera y sólida elocuencia se verá en muchos lugares de las escrituras de este padre, mayormente en sus cartas. En las cuales unas veces consuela los tristes, otras esfuerza los pusilánimes, otras exhorta a padecer por Dios trabajos, otras mueve los ánimos al menosprecio del mundo, al dolor de los pecados, a poner toda su confianza en Dios, y otras a otros afectos y virtudes semejantes» (Vida, C. I, 2, 5).

Uno de sus primeros discípulos y compañeros fue Pedro Fernández de Córdoba, cuya hermana Sancha Carrillo se entregó a una vida de perfección bajo la guía del Maestro Ávila. Sancha fue la destinataria de las enseñanzas de Juan acuñadas en el “Audi, Filia”, cuyo nombre se inspiraba en las primeras palabras del Salmo 44. El Cardenal Astorga, Arzobispo de Toledo, diría que con este libro había convertido “más almas que letras tiene”.

Se habla hoy de San Juan de Ávila y de su escuela sacerdotal, incluso de un movimiento eclesial de tipo reformador. Esta comunidad fue el lugar donde el Maestro Ávila ejerció su pedagogía como padre espiritual de sacerdotes y religiosos.

Entre las inmensas virtudes de San Juan su inclinación a la oración fue quizá su más notable afecto y maestría, que compartió a través de escritos y prédicas tanto con conocidos como desconocidos. Concretamente el capítulo 70 del “Audi, filia” constituye un tratado de oración para toda clase de personas:

«La luz que vuestros ojos han de mirar es Dios humanado y crucificado. Resta deciros qué modo tendréis para le mirar, pues que esto ha de ser con ejercicio de devotas consideraciones y habla interior que en la oración hay (…) Y por oración entendemos aquí una secreta e interior habla con que el ánima se comunica con Dios, ahora sea pensando, ahora pidiendo, ahora haciendo gracias, ahora contemplando, y generalmente por todo aquello que en aquella secreta habla se pasa con Dios».

Juan recomienda el combate espiritual, pero anota que la clave está en la perseverancia, no en las arremetidas. El objetivo del combatiente es recorrer una carrera de larga distancia, donde se construyen las virtudes para combatir contra los vicios. Con trabajo se sana el descanso. No se combate porque no hay más remedio; se lucha porque uno alcanza la realización y el señorío. El combate es el mejor modo de mostrar el temple, el afán de ser uno mismo.

El “combate” parte del conocimiento propio, tema que trata extensamente en su libro “Del conocimiento de sí mismo”. La ascética de la interioridad conduce al encuentro con la mismidad, lo hondo de uno mismo, y de aquí se camina al encuentro con el Señor Jesús, modelo de toda perfección.

Reflejando la espiritualidad de la Devotio Moderna flamenca, alimenta un amor entrañable a la humanidad de Cristo: el Verbo encarnado fue Libro y juntamente Maestro. Cristo es la Palabra de Dios, el “Esposo” que da significado a la dinámica de la perfección cristiana. De allí brota la unión del cristiano con el Cristo Crucificado. Este amor le lleva escribir un “Contemptus mundo nuevamente romançado” (Sevilla, Juan de Cromberger, 1536).

El Maestro de Ávila halla en la Pasión de Cristo la mejor manera para adentrarse en la humanidad del Señor. En “Audi, Filia” subraya:

«Aunque a toda la Escriptura de Dios hayáis de inclinar vuestra oreja con muy gran reverencia, mas inclinada con muy mayor y particular devoción y humildad a las benditas palabras del Verbo de Dios hecho carne, abriendo vuestras orejas del cuerpo y del ánima a cualquier palabra de este Señor, particularmente dado a nosotros por maestro, por voz del eterno Padre que dijo: Este es mi amado Hijo en el cual me he aplacido, a él oíd. Sed estudiosa de leer y oír con atención y deseo de aprovechar estas palabras de Jesucristo. E sin duda hallaréis en ellas una excelente eficacia que obre en vuestra ánima» (Libro III, 1).

Su “Tratado del amor de Dios”, recapitulación de un “programa” hacia la santidad, constituye una joya de la literatura teológica en lengua castellana. Mostrar el amor del Señor Jesús encarnado a la persona fue la expresión de su apostolado. Toda la obra del Maestro de Ávila mira hacia la caridad cristiana. De ahí la dedicación a la educación humana integral, la preocupación por los problemas sociales, la reforma del estado seglar y la renovación del clero: una vida llena de actividad, pero anclada en la contemplación. San Juan, el místico, tiene en cuenta la acción.

El tránsito de San Juan ocurrió el 10 de mayo de 1569. Al enterarse de la muerte del Maestro Juan, Santa Teresa de Jesús se puso a sollozar. Cuando le preguntaron sobre la causa de su dolor, dijo: “Lloro porque pierde la Iglesia de Dios una gran columna”.

El 4 de abril de 1894, el Papa León XIII beatificó a Juan de Ávila; el 2 de julio de 1946 Pío XII le declaró Patrono del clero secular español, y Pablo VI le canonizó en 1970. “El testimonio de fe del Santo Maestro sigue vivo y su voz se alza potente, humilde y actualísima ahora, en este momento crucial en que nos apremia la urgencia de una nueva evangelización”, afirman los obispos españoles.

© 2012 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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