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Empecemos hablando de la salud en general, y luego vamos a profundizar en la salud mental. Así que será necesario reconocer que el concepto de salud ha ido cambiando con el paso del tiempo, y una definición “popular” la considera como vitalidad física exuberante, como ausencia de toda disfunción, haciendo alusión a aquellas personas que “están rebosantes de salud”.

Para los sistemas nacionales de salud y las aseguradoras, la salud viene a ser el estado de eficiencia para desempeñar los trabajos propios del individuo en la sociedad; así una persona sana significa que es apta para el trabajo. Sin embargo, para los médicos y el resto del personal sanitario, salud es la ausencia de limitaciones o de dolencias, sean orgánicas o funcionales.

Ahora, frente al modelo biomédico que impera en la actualidad, se ha propugnado el modelo biopsicosocial, al entender que la salud es también un problema social y político, cuya solución pasa por la participación activa y solidaria de la comunidad. Por ejemplo, la OMS define la salud como “estado de perfecto bienestar, físico, psíquico y social en interacción con el medio y no sólo la ausencia de dolor o enfermedad”.

En este sentido, sería interesante reconocer la dimensión psíquica y el carácter social de la persona y, por otra parte, hacer más énfasis en la promoción de la salud que en la curación de las enfermedades.

Se ven algunas limitaciones…

En este momento de la historia, se considera todavía a la salud desde una perspectiva individualista y privada. En este sentido, Miguel Ángel Monge, considera que:

«La idea de “completo bienestar”, aparte de considerar una meta inalcanzable y generar varias ilusiones, dilata enormemente el concepto de enfermedad, ya que cualquier bienestar incompleto es considerado como enfermedad: así planteada, esta definición de salud no deja de ser una ingenua utopía de vida sin sufrimiento, de dicha sin dolor, de una sociedad sin conflictos, donde por mucho que se desarrolle la Medicina, dicha salud perfecta seguirá siendo una meta imposible. Además al entrar en la lista de derechos sociales reconocidos, con los relativos deberes del Estado, induce a los ciudadanos a pretensiones o esperanzas desmedidas. Ya hay autores que advierten que la obsesión por la salud y el bienestar-al reclamar del sistema sanitario fines inconsistentes, como la negación del dolor y de la muerte-puede ser peligrosa» ((La Salud Mental, p. 170)).

Entonces resulta fundamental recordar que, como ya hemos dicho, el ser humano es una persona, una unidad inseparable, bio-psico-espiritual, que además posee inteligencia, afectividad y voluntad, y esta idea o concepción del hombre no puede ser extraña a la salud. Es decir, un concepto de salud o de persona sana no puede ser incoherente con una antropología adecuada y verdadera, porque es fundamental entender al ser humano como íntima unidad substancial de los aspectos corporales, psicológicos y espirituales, sin caer en el biologismo, ni en un falso espiritualismo, ni en un reductivo psicologismo.

Por este motivo, es importante decir que la salud y la enfermedad son condiciones del Yo en su totalidad y, por tanto, afectan a toda la persona; por ejemplo, las enfermedades físicas que tienen origen en la dimensión psíquica, y sucede también que el curso de una enfermedad depende mucho de los planteamientos ético-morales de la persona. El miedo, por ejemplo, produce disturbios cardíacos; una vida agitada produce en ocasiones úlceras gástricas, etc.

El concepto de enfermedad

En el aspecto más común y coloquial la vemos como una afectación de cierta entidad de la integridad o funcionamiento físico y/o psíquico de la persona. También se aprecia como la incapacidad de utilizar todas las energías y facultades que se poseen en cualquier situación, aunque sean difíciles o dolorosas.

Ahora intentemos aproximarnos al concepto de salud mental:

  1. Siguiendo a Monge, diremos que la normalidad psíquica es considerada a veces como expresión de lo que establece el término medio de la población, respecto a la conducta psíquica de la persona. Se basa entonces en un promedio estadístico, que no resulta plenamente válido. Ejemplo: sería como admitir que las caries dentales, siendo tan frecuentes, son un signo de salud.
  2. Salud equivale a ausencia de enfermedad, por lo que una persona que no tenga un trastorno mental diagnosticable y se encuentre libre de síntomas psíquicos molestos, puede considerarse como mentalmente sana. Aquí es importante considerar que la salud mental es algo más que la ausencia de enfermedad, e implica un sentimiento de bienestar y capacidad de ejercer plenamente las facultades físicas, intelectuales y emocionales de la persona.

Los parámetros usados para delimitar la salud mental, suelen ser: ausencia de estructuras psicopatológicas; integración armónica de los distintos rasgos de la personalidad; percepción de la realidad sin distorsiones; adaptación adecuada de la persona al entorno y a los distintos conflictos y circunstancias de su vida. En cambio, para definir la enfermedad mental es necesario valorar los síntomas clínicos, el modo evolutivo y la perspectiva sociocultural en que está inmerso cada ser humano. Por lo que, en conjunto, suele considerarse que todas las enfermedades mentales tienen tres notas comunes: estar determinada o acompañada por un trastorno corporal; llevar consigo una reducción de la libertad psicológica; manifestarse por estructuras vivenciales anómalas.

En el libro La Salud Mental y sus cuidados, Cabanyes establece que:

«La definición de salud mental exige delimitar los ámbitos de normalidad, para poder identificar el traspaso al ámbito de lo anómalo como indicativo de psicopatología. De esta manera, el concepto de normalidad señala la calidad o condición de normal. Por su parte el término “normal”, en sus acepciones aplicables a la salud, hace referencia a lo esperado en razón de la naturaleza y de dónde se deriva la norma. Por lo tanto los conceptos de normal y normalidad en la salud mental tienen una estrecha e inseparable conexión con la naturaleza humana, con lo que la persona es, en cuanto a sus operaciones, con los determinantes impuestos por ser lo que es: una unidad sustancial de materia y espíritu, de biología y psique, donde ambos aspectos se condicionan recíproca e intrínsecamente» (p. 112).

Al hablar de normalidad, es necesario considerar siempre que es una UNIDAD INSEPARABLE, siendo un error también, el hecho de pretender delimitar su ámbito al margen de esta consideración. Por lo que esta premisa permite no confundir las imperfecciones y limitaciones con la enfermedad, ni dar carta de normalidad a lo que son enfermedades. Por esta razón, Cabanyes afirma que la salud mental es «la armonía personal que lleva a una adecuada interacción interpersonal y al desempeño de actividades que permiten acercarse suficientemente a las metas propuestas, enriquecido y enriqueciéndose» (p. 114).

Así que la salud mental parte del equilibrio de las funciones psíquicas, pero se proyecta hacia los logros en el contexto de la relación social, trascendiendo lo meramente conductual y fáctico, para recalcar la exigencia de un crecimiento personal y un fruto en el entorno. También la salud mental es algo dinámico, no es un estado. Es decir, es algo que se va haciendo, que se va logrando, conforme se logra la armonía sobre las disonancias.

Por otro lado, la salud mental tiene tres grandes condicionantes: la neurobiología, la personalidad y los factores ambientales. Entre estos tres hay una marcada interacción multidireccional, debido a que cada uno de ellos ejerce grados variables de condicionamiento sobre la salud mental; y lo hacen en diferente medida a lo largo del ciclo vital y en las distintas situaciones en las que se encuentra la persona. El mismo Cabanyes en otro libro suyo, dice que «la salud mental es el amónico equilibrio entre las diversas funciones psíquicas, que permite una buena interacción y comunicación con los demás, y afrontar las situaciones enriqueciendo y enriqueciéndose» (p. 73).

De esta manera, es importante entender que la salud mental hace referencia a la integridad y al adecuado funcionamiento de las capacidades cognitiva, afectiva, ejecutiva y relacional del ser humano. Pero, ¿Qué es la enfermedad psíquica? Se hace referencia al conjunto de manifestaciones psíquicas perturbadoras de la vida de la persona o la de quienes le rodean. Por tanto, la enfermedad psíquica viene definida por sus consecuencias en la vida de las personas (La salud mental en el mundo actual, p. 82). Por tanto, es clave entender que la única manera de diagnosticar las enfermedades psíquicas, es por las consecuencias que causan en quienes las padecen y/o en quienes les rodean. Pero si las manifestaciones psíquicas de una persona no le causan problemas ni se los causan a los demás, no es posible, en la actualidad, hablar de enfermedad psíquica, porque la ausencia de indicadores objetivos de las enfermedades psíquicas es una limitación para hacer el diagnostico, pero no lo hace imposible o poco consistente.

En las últimas décadas, ha habido grandes avances en el conocimiento de la enfermedad psíquica, pero quedan aún bastantes cuestiones por resolver, particularmente en torno a las causas. Sin embargo, existen tres grandes grupos de factores causales: biológicos, psicológicos y sociales.

  • Factores biológicos: Representan las distintas variables implicadas en el funcionamiento del sistema nervioso (neuronas, sinapsis, circuitos, neurotransmisores, etc.), algunas de las cuales están genéticamente condicionadas.
  • Factores psicológicos: Corresponden a las características psíquicas de la persona (cogniciones básicas, estilo cognitivo, afrontamiento, atribuciones, estados de ánimo, control de las emociones, gratificaciones, patrón de conductas, etc.) y al perfil de personalidad que configuran. También se incluyen hechos o experiencias de la historia personal o trayectoria biográfica de la persona. Quizá algunas experiencias son comunes a otras personas, pero en su aspecto vivencial y subjetivo son absolutamente personales y únicos.
  • Factores sociales: Están constituidos por las variables culturales, sociopolíticas, económicas y, muy especialmente, coyunturales del entorno de cada persona: sistema de valores, mensajes sociales, modelos, recursos y apoyos, educación, conflictividad, eventos, etc.

¿Somos esclavos de nuestro pasado?

Es evidente que las experiencias contribuyen a configurar nuestro modo de ser, es decir, lo sucedido en el pasado tiene alguna relación con el presente. Sin embargo, las experiencias no influyen del mismo modo ni de la misma manera en todas las personas, porque no se trata de inferir un determinismo en el que se sostenga que el ser humano está condicionado y determinado por su pasado o por sus experiencias previas, hasta el punto de considerarle literalmente “esclavo de su pasado” y ver en los sucesos tempranos toda o gran parte de la explicación de su conducta presente. Por este motivo, pensamos que cada persona desde su libertad y ámbito personal, vivencia sus distintas experiencias y, en consecuencia, surgen también distintas causas que muchos llamamos “heridas”, las cuales hacen referencia a un tema de aceptación y enfrentamiento de dichos acontecimientos.

[pullquote]Además, existen algunas diferencias individuales en cuanto al grado de vulnerabilidad, las cuales marcan diferencias en la manera de ser de cada uno. Por ejemplo, a la capacidad de resistencia y recuperación frente a situaciones traumáticas, se le llama resiliencia o capacidad resiliente. Este concepto está adquiriendo interés, tanto con relación a situaciones traumáticas concretas, como en el fomento de recursos de prevención y protección. De esta manera, las personas se diferencian no sólo en las experiencias que tienen (vivencias), sino también en el grado de “afectación” (resiliencia).[/pullquote]

Ahora, un tema importante en la historia del ser humano y también en su salud mental, son los estilos y pautas educativas. Éstos tienen gran relevancia en forma directa y sostenida en el proceso de configuración para percibir el mundo durante períodos de especial sensibilidad. Así, las pautas educativas influyen en el modo en el que el niño y, más tarde el adolescente, concibe el mundo y las personas que le rodean; interpreta sus claves; encuentra un sentido al tiempo, y adopta una actitud ante todo ello.

© 2015 – Humberto Del Castillo Drago para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Humberto Del Castillo Drago

Humberto nació en la ciudad de Lima (Perú). Pertenece al Sodalicio de Vida Cristiana, y es fundador y director del Centro de Desarrollo Integral de la Persona Areté.

Actualmente reside en Medellín, Colombia. Puedes visitar su blog en psicologiayvirtud.blogspot.com

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