La mayoría de nosotros hemos escuchado en los medios de comunicación acerca del cambio climático. Términos como “calentamiento global” se nos han hecho conocidos y hasta cotidianos, e incluso los vivimos intensamente en nuestros países y regiones.

Sin embargo, en torno a este tema existen muchas contradicciones y complejidades. Algunos creen que el cambio climático se debe sobre todo a la intervención humana, mientras que otros señalan que se debe a procesos cíclicos a los que está sometido nuestro planeta. Incluso muchos dudan que exista, llegando a postular una “conspiración” que inventa pruebas y manipula datos científicos.

Debemos señalar que a nivel científico existe un consenso sobre el tema del calentamiento global. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático o Panel Intergubernamental del Cambio Climático (conocido como IPCC por sus siglas en inglés) es una organización internacional creada por las Naciones Unidas que reúne las investigaciones de este campo y las promueve, ayudando a crear políticas que ayuden a revertir el calentamiento global.

Pero, ¿qué dice la Iglesia sobre esto? Para el cristiano es esencial el cuidado del medio ambiente. Dios puso en manos del hombre a la Creación para que como buen administrador, la hiciera fructificar y esto ha estado siempre presente en la enseñanza de la Iglesia[1], como lo vemos por ejemplo en San Francisco de Asís y la espiritualidad franciscana o en San Ignacio de Loyola y los jesuitas.

Pero el tema se enfoca de manera sistemática a partir del pontificado de San Juan Pablo II, quien dedicó parte de su pensamiento al tema. Su preocupación por la situación del medio ambiente se puede ver en muchas de sus reflexiones, como por ejemplo estas fuertes palabras:

«Por desgracia, si la mirada recorre las regiones de nuestro planeta, enseguida nos damos cuenta de que la humanidad ha defraudado las expectativas divinas. Sobre todo en nuestro tiempo, el hombre ha devastado sin vacilación llanuras y valles boscosos, ha contaminado las aguas, ha deformado el hábitat de la tierra, ha hecho irrespirable el aire, ha alterado los sistemas hidro-geológicos y atmosféricos, ha desertizado espacios verdes, ha realizado formas de industrialización salvaje, humillando -con una imagen de Dante Alighieri (Paraíso, XXII, 151)- el “jardín” que es la tierra, nuestra morada»

Es preciso, pues, estimular y sostener la “conversión ecológica”, que en estos últimos decenios ha hecho a la humanidad más sensible respecto a la catástrofe hacia la cual se estaba encaminando. El hombre no es ya “ministro” del Creador. Pero, autónomo déspota, está comprendiendo que debe finalmente detenerse ante el abismo. “También se debe considerar positivamente una mayor atención a la calidad de vida y a la ecología, que se registra sobre todo en las sociedades más desarrolladas, en las que las expectativas de las personas no se centran tanto en los problemas de la supervivencia cuanto más bien en la búsqueda de una mejora global de las condiciones de vida” (Evangelium vitae, 27: L’Osservatore romano, edición en lengua española, 31 de marzo de 1995, p. 8). Por consiguiente, no está en juego sólo una ecología “física”, atenta a tutelar el hábitat de los diversos seres vivos, sino también una ecología “humana”, que haga más digna la existencia de las criaturas, protegiendo el bien radical de la vida en todas sus manifestaciones y preparando a las futuras generaciones un ambiente que se acerque más al proyecto del Creador»[2].

El Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia del año 2004, por su parte, dedica un capítulo entero al tema del medio ambiente, desde sus fundamentos bíblicos hasta temas de actualidad como las biotecnologías. Su lectura vale la pena para quien quiera conocer de forma clara y concisa la posición de la Iglesia sobre el medio ambiente.

El Papa Benedicto XVI también hará del tema un punto importante de su pontificado, enfocando el tema especialmente desde la conciencia del progreso humano y sus consecuencias en el medio ambiente. Dice el Papa Benedicto: «Actualmente debería iniciarse un gran examen de conciencia. ¿Qué es realmente progreso? ¿Es progreso si puedo destruir? ¿Es progreso si puedo hacer, seleccionar y eliminar seres humanos por mí mismo? ¿Cómo puede lograrse un dominio ético y humano del progreso? Pero no sólo habría que pensar de nuevo los criterios del progreso. Aparte del conocimiento y del progreso se trata también del concepto fundamental de la Edad Moderna: la libertad, que se entiende como libertad para poder hacerlo todo»[3]

Y actualmente el Papa Francisco ha hecho un decidido aporte al tema, especialmente a través de su Encíclica Laudato Si’, “sobre el cuidado de la casa común”, donde manifiesta en voz alta la preocupación de la Iglesia y su compromiso profundo con el medio ambiente.

En este documento nos dice cómo la “hermana Tierra” «clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura»[4].

Por eso, el Papa Francisco nos dice que «el desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar (…) Hago una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos. El movimiento ecológico mundial ya ha recorrido un largo y rico camino, y ha generado numerosas agrupaciones ciudadanas que ayudaron a la concientización. Lamentablemente, muchos esfuerzos para buscar soluciones concretas a la crisis ambiental suelen ser frustrados no sólo por el rechazo de los poderosos, sino también por la falta de interés de los demás. Las actitudes que obstruyen los caminos de solución, aun entre los creyentes, van de la negación del problema a la indiferencia, la resignación cómoda o la confianza ciega en las soluciones técnicas. Necesitamos una solidaridad universal nueva».

Y de hecho, la Iglesia no se queda sólo en palabras: existe un compromiso real por tomar medidas efectivas. Por el ejemplo la Ciudad del Vaticano ha venido implementando desde el pontificado de Benedicto XVI una serie de medidas para convertirse en un Estado amigable con el medio ambiente, desde la instalación de paneles solares hasta la creación de “islas ecológicas”[5].

En resumen, la Iglesia católica está comprometida –por su propia naturaleza– con el cuidado del medio ambiente, con la reflexión constante sobre los aspectos más problemáticos (como el cambio climático y el calentamiento global), y con la ejecución de programas que ayuden efectivamente a traer un cambio real y tangible en la problemática que aqueja a nuestro planeta.

[1] Podemos ver por ejemplo la Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, que ya en los años 60 nos dice que «La Biblia nos enseña que el hombre ha sido creado “a imagen de Dios”, con capacidad para conocer y amar a su Creador, y que por Dios ha sido constituido señor de la entera creación visible para gobernarla y usarla glorificando a Dios (…) Creado el hombre a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo.

[2] Ver S.S. Juan Pablo II, Audiencia general, 17/01/2001. En: https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/audiences/2001/documents/hf_jp-ii_aud_20010117.html

[3] S.S. Benedicto XVI, Luz del mundo, Herder, 2010, p. 57

[4] S.S. Francisco, Laudato Si’.

[5] Ver por ejemplo: Vaticano abre una “isla ecológica” para ser un “estado verde” En: http://www.milenio.com/internacional/vaticano-isla_ecologica-estado_verde-milenio_noticias_0_847715483.html

© 2017 – Carlos Díaz Galvis para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Carlos Díaz Galvis

Carlos es el Director Editorial del Centro de Estudios Católicos CEC. En la actualidad reside en Medellín (Colombia).

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