A veces son los niños quienes por su inocencia descubren con una sencillez y facilidad innata los problemas de nuestra sociedad. Hace unos días mi hermano pequeño me decía que no entendía cuál era el problema con la llegada de personas de un país al otro; no entendía por qué los africanos y sirios se subían a balsas o embarcaciones muy frágiles para llegar a Italia o Grecia; no entendía por qué en las noticias salía esto de los “refugiados” entrando en oleadas a países europeos. No entendía cuál era la noticia si hay tanta gente que viaja. Entonces le expliqué que existe un pasaporte, que los países ponen requisitos para el ingreso a su territorio, que algunos incluso exigen Visa y que la mayoría de las personas que estaban refugiadas no cumplían los requisitos, y por eso tenían que caminar kilómetros hasta llegar a campamentos en donde vivían todos apretados, pasando frío y hambre esperando que se abrieran las fronteras. “Qué ridículo, si todos somos hermanos” fueron sus palabras acompañadas por una expresión de gran desconcierto.

Desde que Daesh, grupos islamistas radicales y la guerra civil en Siria comenzaron a sembrar el terror en Oriente, cientos de miles de personas han migrado en busca de paz, trabajo y seguridad, pero se han encontrado con fronteras cerradas, alambres de púas, gas lacrimógeno y campos de refugiados. Se han encontrado con incomprensión, miedo y desconfianza.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) estima que en los últimos tres meses han sido 300.000 refugiados los que han llegado a Europa, y la cifra crece cada día más. Si lo vemos desde la óptica de nuestra fe, lo que los medios llaman una “crisis de migraciones” es más bien una profunda crisis humanitaria, una crisis que está vulnerando lo más esencial que pertenece a la persona y que nos fue dado por Dios: la dignidad.

Evangelio y Misericordia

“¿Y quién es mi prójimo?” Preguntaba el maestro de la Ley a Jesús, y Él comenzó a contarle la historia de un hombre que de camino a Jericó había sido asaltado, herido gravemente y de cómo un Samaritano lo había ayudado cuando nadie más había querido involucrarse.

Hoy, muchos de nuestros hermanos caen de Jerusalén a Jericó y muchos pasan a su lado sin verlos o los miran con odio y desconfianza. Desde el comienzo de las migraciones, diversos grupos racistas han salido a las calles manifestando su rechazo a la llegada de refugiados, esgrimiendo argumentos tales como que los refugiados son terroristas encubiertos, que vienen a traer delincuencia o a sembrar el islam en Europa. Aquellos grupos han llegado incluso a agredir a migrantes, al punto de haber incendiado un campamento de refugiados en Calais (Francia) la misma noche de los atentados de París.

La profunda crisis humanitaria que se está viviendo en Europa nos interpela; el Papa Francisco en su visita a Estados Unidos dijo que hay que “mirar a los inmigrantes no sólo en función de su condición de regularidad o irregularidad, sino sobre todo como personas que, tuteladas en su dignidad, pueden contribuir al bienestar”. El odio y la xenofobia no nos pueden dejar indiferentes, quienes seguimos a Jesús estamos llamados a llevar su Mensaje de acogida y esperanza a quienes sufren pobreza y abandono, especialmente a aquellos que han tenido que abandonar su país en busca de oportunidades y paz. Nuestro prójimo es aquel inmigrante abandonado por la sociedad, a quien contratan por menos del salario mínimo y sin derechos laborales por no tener papeles, aquellos que viven hacinados en viejos edificios. Nuestro prójimo cruza en una balsa el Mediterráneo, nuestro prójimo atraviesa un “punto flaco” de la frontera de México con Estados Unidos a riesgo de accidentarse o ser abatido por la policía fronteriza. Nuestro prójimo espera, y nosotros podemos hacer más que lamentarnos frente a la televisión.

¿Qué hacer?

Es muy fácil caer en la tentación de la desesperanza cuando vemos las noticias por la televisión, o pensar que los problemas de los refugiados son problemas de los europeos, pero a menudo olvidamos que en nuestra realidad latinoamericana la crisis humanitaria que supone la inmigración no nos es ajena. Un ejemplo concreto de la diversidad migratoria es Chile, país que hasta hace una década tenía un porcentaje mayoritario de inmigrantes peruanos y bolivianos, pero que en los últimos años ha recibido a puertorriqueños, dominicanos y una gran cantidad de inmigrantes haitianos, que buscan además de estabilidad económica, seguridad y paz. Si antes había sectores reticentes a la llegada de inmigrantes, hoy, con la llegada de inmigrantes afrodescendientes, el racismo no se ha hecho esperar.

[pullquote]Como católicos no podemos quedarnos de brazos cruzados, es importante que demos ejemplo de acogida y apertura frente al odio, en nuestros trabajos, en nuestras universidades y en nuestros barrios. Hoy podemos conversar el tema con nuestras familias, hoy podemos corregir con fraternidad al compañero de oficina o de universidad que hace un comentario ofensivo, hoy podemos acoger a aquél prójimo migrante que nos encontramos en la calle o en cualquiera de los lugares en donde nos encontramos. Una sonrisa, una conversación agradable, una ayuda.[/pullquote]

No dejemos que el odio y la ignorancia tengan la última palabra, vamos al encuentro de quien cayó herido de camino a Jericó.

© 2016 – José María Jarry para el Centro de Estudios Católicos – CEC

José María Jarry

José María nació en Santiago (Chile), en el año 1991. Vive en Santiago, estudia Pedagogía en Historia, trabaja en Cáritas Chile, es fotógrafo independiente y participa como agrupado en el Movimiento de Vida Cristiana (MVC)

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