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“Videmus nunc per speculum in enigmate tunc autem facie ad faciem” (1Cor 13,12). Ahora vemos como en un espejo, nos recuerda -y acaso advierte- el apóstol Pablo, tan solo después de la muerte conoceremos como somos conocidos, sólo entonces veremos cara a cara. Durante nuestro peregrinar terreno somos invitados a la humildad y a la paciencia ante una realidad que se nos dona en el misterio. Nuestro tiempo altamente tecnologizado, en cambio, se caracteriza por su impaciencia. Las nuevas generaciones desean dominarlo todo, desvelar todo misterio, tener todo a disposición de manera rápida y fácil, quieren todo al alcance de la mano, todo bajo control… por eso no se soportan las incertezas, los compromisos a largo plazo (o por toda la vida), los mensajes que piden una espera paciente y prolongada; por eso no se soporta el misterio. El hombre hodierno quiere vivir el ahora, el momento, sin pensar mucho en las consecuencias del mañana ((Cfr. Paul P. Gilbert, Corso di Metafisica/La pazienza d’essere, Edizioni Piemme, 1997, 25-32.)).

Hoy en día no son pocos los jóvenes que no están dispuestos a grandes renuncias o a grandes sacrificios con vistas a una promesa futura. Se cree más a lo que se puede ver y tocar inmediatamente, aunque esto sea fugaz y poco prometedor. La experiencia efímera e intensa prevalece sobre la experiencia estable, pero sutil, que se percibe con fatiga a través de una esperanzada mirada hacia el futuro. Sin embargo, cuando se carece de una visión al futuro, se corre el riesgo de construir un presente chato, sin perspectiva, sobre arena, y sabemos que llegada la tormenta… Ahora más que nunca, ante las reavivadas añoranzas de construir un paraíso terrestre, gracias al gran desarrollo y el poder de la técnica, se hace necesario estar muy atentos para no caer en la trampa del inmediatismo. Tal vez es debido a esta ilusión que hoy para las nuevas generaciones se presenta como tan difícil el tener una apertura a una visión y a una expectativa de eternidad.

El gran problema es que sin una apertura sincera a lo invisible, desaparece el misterio. Y sin misterio la realidad se deforma. Es parecido a lo que sucede con las perspectivas de ciertas figuras en los cuadros de arte, que se dibujan trazando puntos de fuga que apuntan y se extienden en una dirección que supera las dimensiones de la tela misma. Su razón de ser, por decirlo así, encuentra justificación solamente fuera de los límites de la tela. Sin la consideración de esta extensión que va “más allá”, hacia lo invisible, no se entendería cómo son posibles aquellas formas, proporciones o perspectivas. Simplemente carecerían de todo sentido. De modo análogo el olvido del misterio nos impide mirar de modo auténtico la realidad, llevándonos a reducirla, a achatarla, a buscar que encaje en nuestras perspectivas e interpretaciones ya viciadas, pues, a priori niegan la única dimensión que puede explicarla.

Nuestro tiempo hace justamente esto cuando cree poder dominar y transformar todo con el poder de la técnica. La ciencia trata de someter, reducir y negar lo que excede sus parámetros y métodos. Así ella se erige como única medida e interpretación objetiva de lo real, y prescindiendo de lo auténticamente real nos da una interpretación pobre y mecánica del mundo. Para poder superar esta reducción se requiere una nueva aproximación que ensanche nuestra mirada, se requiere apertura al misterio. Pero como decíamos, aceptar esto exige paciencia, humildad, receptividad, silencio… exige confianza; virtudes que escasean en estos días.

La absolutización de nuestro mundo como lo “únicamente real” y la pretensión de adjudicarlo como una mera construcción humana, impide la entrada de esta luz y la posibilidad de acceder al lugar del encuentro. Al hacerlo la razón crea una ilusión del mundo que contradice la experiencia cotidiana, esa experiencia de constante tensión y contacto con el limite de lo que está “más allá”, de aquello que no depende de nosotros y que percibimos como dado, aquello invisible que mantiene “inquieto nuestro corazón” ((Cfr. San Agustín, Confessioni, Libro I, cap. I.)).

La razón puede contemplar cómo en sus confines colinda y se abre hacia espacios infinitos. Aún así ante este panorama ella puede por el contrario optar por replegarse sobre sí misma, arriesgándose –como acusaba Pascal— a una inevitable polarización, oscilando entre dos extremos, sin poder responder adecuadamente a la realidad. Ya sea tendiendo hacia su exaltación –la razón como capaz de conocerlo y dominarlo todo, cayendo en un racionalismo, un positivismo, el dominio de la ciencia (absolutización del método matemático como única epîsteme)—, o por el contrario hacia su negación –la razón que se presenta como impotente ante la complejidad de la realidad en todas aquellas áreas no susceptibles a la reducción matemática y al dominio de la técnica, cayendo en un escepticismo, un relativismo, la propuesta de un pensamiento débil (todo es dôxa) ((Cfr. Blaise Pascal, Pensamientos (Tomo 2), Ediciones elaleph.com, 434, p.14.)). De este modo el hombre queda atrapado sin encontrar una respuesta a las paradojas de su existencia y del cosmos; entonces las preguntas fundamentales que lo acucian se transforman en insuperables aporías.

Tanto uno como el otro polo están condenados al fracaso, y así la pura razón propende a dividirse, quedando siempre sometida a los límites de sí misma; impotente ante una realidad que al presentársele como paradójica exige para ser resuelta un punto y una luz que van más allá de ella misma, una mirada que requiere de la luz de la fe, única capaz de superar la tensión de los polos.

El hombre que se ha vuelto progresivamente incapaz de lo invisible se obnubila a sí mismo, pierde la perspectiva necesaria, pues el misterio constituye –aún en su invisibilidad y aparente ausencia— lo auténticamente real, lo que da fundamento y sentido a todo lo demás ((Cfr. Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, Ed. Sígueme, Salamanca 1979, p.26.)). Sólo desde él es que podemos redimensionar todo lo demás que conocemos. Sin esta mirada estamos condenados a falsificar nuestras interpretaciones del mundo. Sólo sumergidos en el misterio es que podemos contemplar y comprender el sentido del cosmos. Ahora bien, adquirir esta mirada no es tarea fácil, pues ella se nos dona en un modo paradójico, se nos muestra en cierto modo presente, pero al mismo tiempo se nos escapa de las manos; nos excede, pues va más allá de nuestro campo de visión ((Cfr. Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, Ed. Sígueme, Salamanca 1979, p.31.)). Se nos dona en medio de esa experiencia paradójica de presencia-ausencia, como aquel nusquam locus (aquel lugar que no es un lugar) del que nos hablaba San Agustín en libro X de sus Confesiones ((San Agustín. Confessioni, Libro X, cap. 26-36.)). Por ello para acceder a este espacio es necesaria la luz de la fe. Pues se trata de un lugar que excede nuestras categorías y que se gesta en las dimensiones y coordenadas de nuestro corazón.

La razón autosuficiente se vuelve incapaz de descifrar la realidad, pues no puede acoger el Logos ínsito en las cosas que le viene de Otro. Encerrada en sí misma no puede escuchar y abrirse a ese Autor que le habla a través de su obra, y debido a ello no puede alcanzar la profundidad de esa naturaleza que se mueve en coordenadas de eternidad. Es como aquel edificio sin ventanas que describía el Papa Benedicto, que aún en medio de su ilusión no puede negar «que en este mundo autoconstruido recurre en secreto igualmente a los “recursos” de Dios […] Pero, […] ¿Cómo puede la naturaleza aparecer nuevamente en su profundidad, con sus exigencias y con sus indicaciones?» ((S.S Benedicto XVI, Discurso, Reichstag, Berlín, 22/9/2011)).

Asumir estas exigencias implica que la razón acepte la realidad como creación, como don que la excede. Es un admitir que no tiene la última palabra sobre el mundo y sobre el hombre, pues existe un orden establecido que se extiende más allá de su dominio y que apunta hacia lo eterno. Existe una verdad en las cosas que depende de una ley eterna, de un orden cósmico, que ha sido dado, impreso, “dibujado” por el auténtico Artista del cuadro. La creación se muestra así como don que se debe aceptar, descifrar y respetar, y plantea además como desafío a la razón la urgente necesidad de abrir un profundo discurso teológico. Discurso que no solo valora la dimensión de confianza en aquello que ha sido revelado, sino además encuentra en ello la clave para iluminar todo lo demás. Es algo que cuestionaba fuertemente el Papa en su discurso ante el Parlamento Alemán cuando decía: «“Discutir sobre la verdad de esta fe es algo absolutamente vano”, afirma a este respecto [Kelsen].¿Lo es verdaderamente?, quisiera preguntar. ¿Carece verdaderamente de sentido reflexionar sobre si la razón objetiva que se manifiesta en la naturaleza no presupone una razón creativa, un Creator Spiritus?» ((S.S Benedicto XVI, Discurso, Reichstag, Berlín, 22/9/2011.)).

Se hace, pues, imprescindible una correcta apertura y aceptación del invisible por parte de la razón, pues sólo esta dimensión puede equilibrarla, permitiéndole esa apertura al Creador, trayéndole ese aire fresco que viene de la grandeza del misterio que la supera. Debe abrir las ventanas para que entre la luz de “afuera”. Como decía Chesterton: «es el misticismo el que nos ha mantenido mentalmente sanos. Mientras tengáis misterio, tendréis salud; destruid el misterio y habréis creado la enfermedad» ((G.K. Chesterton, Ortodoxia, Edición Original: 1908 – Edición Electrónica: 2008 La Editorial Virtual, p.20.)). Hoy más que nunca se necesitan personas abiertas al misterio ((Ver. Cornelio Fabro, La teologia dogmatica e l’interiorità protestante, in Aa.Vv., Teologia e spiritualità, VII settimana di spiritualità promossa dall’Universi, p.58.)); místicos que sepan ensanchar la razón desde una visión de eternidad, descifrando correctamente la realidad, mostrándonos los auténticos derroteros por los cuales podamos transitar para acceder a la Verdad y así vivir una Vida auténtica. En ese sentido cabe aclarar que por místico no se entiende sólo, ni sobre todo, aquella persona que recibe una revelación sobrenatural particular, sino más bien el hombre común que vive abierto al misterio; como bien lo describía Chesterton al decir: «el hombre común siempre ha estado mentalmente sano porque siempre fue un místico. Siempre aceptó la media luz» ((Allí mismo.)).

Sin embargo, nos preguntamos ¿cómo podríamos responder a las exigencias de un mundo que no sólo se revela como cosmos en cuanto orden y armonía que no hemos construido (más bien recibido como don, como creación), sino que además se nos presenta como cosmos en cuanto desorden y ruptura (del que hace mención San Juan), es decir «el mundo humano tal como se ha desarrollado históricamente: en él, la corrupción, la mentira, la violencia, se han convertido, por decirlo así, en algo “natural”» ((Joseph Ratzinger. Jesús de Nazaret. Segunda parte: Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Planeta/Encuentro, Madrid 2011, p. 122.))? Y así también desde este punto la pregunta se traslada hacia el centro de esta gran paradoja: ¿Cómo responder al hombre que libre se manifiesta como el gran generador de rupturas? ¿Cómo responder a las exigencias e indicaciones del hombre, que desde su existencia dramática manifiesta esa libertad que supera todo cálculo, esa polaridad que dentro de sí revela el infinito misterio que es él mismo para sí? ¿Cuál es la clave hermenéutica para interpretar esa tensión que vive entre su grandeza y su pequeñez, entre su experimentarse como un monstruo miserable capaz de lo peor y al mismo tiempo como un ser casi divino capaz de lo más sublime, un rey desposeído, como describía Pascal? ((«Todas esas miserias mismas prueban su grandeza. Son miserias de gran señor, miserias de un rey desposeído». Blaise Pascal, Pensamientos (Tomo 1), Ediciones elaleph.com, 398, p. 256)). La tensión interior hacia el infinito, que se estrella con la impotencia de su fragilidad, de sus pecados y límites, y finalmente con la muerte. ¿Ante todo esto cómo responderá la pura razón?

Si ella no logra acceder a categorías de intelección como “creación”, “libertad”, “ruptura”, “reconciliación”, categorías que como hemos ya repetido hasta el cansancio, requieren necesariamente de una apertura al misterio desde la fe, esta se verá condenada al fracaso. Y entonces, sin poder descifrar el sentido del hombre y del cosmos acabará por destruirlos, instrumentalizándolos, al no poder reconocer su verdadera dignidad, su valor y sentido; pues necesitan como fundamento ese horizonte eterno, ese fin último. Es algo que nos también nos advertía el Papa Benedicto cuando en su segundo libro sobre Jesús de Nazaret afirmaba: «Digámoslo tranquilamente: la irredención del mundo consiste precisamente en la ilegibilidad de la creación, en la irreconocibilidad de la verdad; una situación que lleva necesariamente al dominio del pragmatismo y, de este modo, hace que el poder de los fuertes se convierta en el dios de este mundo» ((Joseph Ratzinger. Jesús de Nazaret. Segunda parte: Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Planeta/Encuentro, Madrid 2011, p. 226.)).

Aceptar, pues, esa “media luz” es quizá la tarea más importante para el cambio del mundo, y requiere de una razón y una voluntad humildes, abiertas, que sepan escuchar, acoger y aceptar con confianza lo que la supera. Como sintetizaba con precisión asombrosa aquel filósofo bogotano: «la humildad es la condición epistemológica de determinadas percepciones» ((Nicolás Gómez Dávila (EII, 294a) )). Aceptar lo invisible, aceptar lo que va más allá como el auténtico fundamento de lo real. Esa media luz que no se demuestra, que es más bien un modo de ponerse ante la realidad, un tipo de conocimiento que se da en la relación, que implica el encuentro, el contacto, el amor. Aceptar, que es ingresar en el espacio donde la luz puede convivir con las tinieblas. Para el hombre sin fe o se está en la total “luz”, de la pura razón, o en las “tinieblas”, del total relativismo (o escepticismo). En cambio el místico, respondía irónicamente Chesterton, «permite que una cosa siga siendo misteriosa y todo lo demás se vuelve lúcido […] Deposita la semilla del dogma en una oscuridad central, pero la semilla se ramifica en todas direcciones derrochando salud natural» ((G.K. Chesterton, Ortodoxia, Edición Original: 1908 – Edición Electrónica: 2008 La Editorial Virtual, p.20.)).

El ensanchamiento de la razón gracias a la luz de la fe es el auténtico camino mediante el cual el hombre hodierno puede abrirse al Creador, y así descubrir y respetar ese orden que se funda en el misterio de lo paradójico. Sólo en esta dinámica de fe y de apertura será capaz de ingresar en aquel punto de encuentro entre la Luz y las tinieblas, entre Dios y el hombre, entre lo eterno y la naturaleza contingente que de él participa, para descifrar el cosmos, para mirar en, desde, y con la mirada del Creador mismo, descubriendo el Plan que tiene para su obra. En esta línea el Papa en un modo incomparable decía: «Verdad y opinión errónea, verdad y mentira, están continuamente mezcladas en el mundo de manera casi inseparable. La verdad, en toda su grandeza y pureza, no aparece. El mundo es «verdadero» en la medida en que refleja a Dios, el sentido de la creación, la Razón eterna de la cual ha surgido. Y se hace tanto más verdadero cuanto más se acerca a Dios. El hombre se hace verdadero, se convierte en sí mismo, si llega a ser conforme a Dios. Entonces alcanza su verdadera naturaleza. Dios es la realidad que da el ser y el sentido» ((Joseph Ratzinger. Jesús de Nazaret. Segunda parte: Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Planeta/Encuentro, Madrid 2011, p. 226.)).

He aquí la clave y la respuesta: entrar en contacto con Dios para acceder a la Verdad de su Plan y trabajar desde ella para que el mundo sea cada vez más su reflejo. Esto que a primera vista se presenta como una empresa irrealizable se vuelve posible, gracias a que no es el hombre quien tiene que subir hasta el Infinito para poder mirar desde lo alto el cosmos (como en un ascenso contemplativo mundano hacia el mundo de las Ideas), para luego descender y transformarlo, sino por el contrario es el mismo Infinito que baja entrando en contacto con el finito, trayéndonos la Verdad sobre el cosmos y sobre nosotros mismos, transformándolo todo en Él, dando paso a una nueva creación. Es Él que sale a nuestro encuentro, asumiendo el drama de lo paradójico, superándolo y dándole un nuevo sentido en Él. Él mismo se pone al alcance de la mano.

Es el Misterio que al entrar en contacto con el mundo para darnos una nueva luz lo descifra. «La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo» (Jn 1,9). Una Verdad que se da en el contacto, en la experiencia real y concreta del Amor de Dios que asume el cosmos desde adentro. «Et Verbum caro factum est, et habitavit in nobis» (Jn 1,14). Cristo es la luz verdadera que viene al mundo en tinieblas. Solo Él es capaz de generar ese espacio de media luz, ese “lugar que no es lugar” (nusquam loqus), donde accedemos y aceptamos el misterio, en el cual la Luz de la vida entra en contacto con las tinieblas de nuestro mundo y las vence en una dinámica de misericordia, asumiéndolas en Él: «En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron» (Jn 1,4-5). Es el lugar en el cual el Infinito se une con lo finito, donde el hombre puede ingresar para recibir una nueva modalidad de existencia, una nueva mirada, que desde el amor misericordioso es capaz de comprender la realidad y su sentido como nueva creación ((Cfr. S.S. Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, 58-59.)).

En Cristo accedemos a la verdadera inteligibilidad, pues en Él se resuelve lo paradójico, no suprimiéndolo sino permitiendo que los contrarios subsistan en forma de misterio en su Persona ((Romano Guardini, L’Essenza del Cristianesimo, Morcelliana, Brescia, 2007, p. 65- 67.)). Pues como decía en uno de sus fragmentos Pascal: «El conocimiento de Dios sin el de nuestra miseria origina el orgullo. El conocimiento de nuestra miseria sin el de Dios origina la desesperación. El conocimiento de Jesucristo se ubica en el medio, porque en él encontramos a Dios y nuestra miseria» ((Blaise Pascal, Pensamientos (Tomo 2), Ediciones elaleph.com, 527, p.56.)). En Cristo se encuentran sin suprimirse ni confundirse el Infinito y el finito, la miseria y la grandeza, el Misterio y la realidad, la luz y las tinieblas…donde el hombre y el cosmos adquieren todo su valor y su sentido, donde se manifiesta el Proyecto de Dios para el mundo: el Ciclo de Reconciliación. Desde Cristo podemos arder en la paz, porque entramos en el Amor reconciliador de Dios que nos abraza en su Hijo y con nosotros a todo el universo ((«Cristo es el director del coro» a cuyo alrededor se orden a toda la historia, al modo como la lira cósmica vibraba en su totalidad bajo el plectro de Apolo. Las cosas antiguas y nuevas se compenetran. Viniendo todas de un mismo Autor, forman en su variado contraste una melodía única, ex multis et contrariis sonis subsistens.» H. De Lubac, Catolicismo. Aspectos sociales del dogma, Encuentro, Madrid, 1988, p.186.)).

La fe integral, que se manifiesta en el amor, es el modo para acceder a este punto, pues nos lleva a la adhesión vital con el Señor. En Él y desde Él nuestra mirada se vuelve capaz de responder a la paradojalidad de la existencia. El punto culmen de este movimiento se da en la Cruz, donde el hombre, crucificado con y en Cristo puede mirar desde lo alto, desde el Amor extremo, librándose de todo límite y atadura para ver el verdadero rostro de la realidad y de sí mismo. Solo desde la mirada reconciliadora de Cristo crucificado, el hombre puede descubrir, aceptar y participar de este nuevo y auténtico orden cósmico, haciéndose el mismo portador de la Reconciliación.

El Papa Emérito Benedicto expresaba el corazón de este encuentro en la Verbum Domini cuando decía: «como la obra de un Autor que se expresa mediante la “sinfonía” de la creación. Dentro de esta sinfonía se encuentra, en cierto momento, lo que en lenguaje musical se llamaría un “solo”, un tema encomendado a un solo instrumento, una sola voz, y es tan importante que de él depende el significado de toda la ópera. Este “solo” es Jesús… El Hijo del hombre resume en sí la tierra y el cielo, la creación y el Creador, la carne y el Espíritu. Es el centro del cosmos y de la historia, porque en él se unen sin confundirse el Autor y su obra» ((Benedicto XVI, Verbum Domini, San Pablo, Bogotá, p.26.)).

© 2014 – Daniel Prieto Donoso para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Daniel Prieto Donoso

Daniel tiene 28 años, es chileno, ha estudiado filosofía y ahora teología en la Universidad Gregoriana en Roma.

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