9788415211518No serán pocos los que se asombren porque me dedique a profundizar un poco en el pensamiento español y católico, muchas veces olvidado o dejado de lado con indiferencia, como iremos viendo a lo largo de estas reflexiones. Lo hago motivado por la impresión de una obra de gran envergadura y profunda erudición como es el caso de la Historia de los Heterodoxos Españoles, y también por la seriedad intelectual de su autor, «católico, apostólico y romano» ((«Soy católico, no nuevo ni viejo, sino católico a machamartillo, como mis padres y abuelos, y como toda la España histórica, fértil en santos, héroes y sabios bastante más que la moderna. Soy católico, apostólico, romano, sin mutilaciones ni subterfugios, sin hacer concesión alguna a la impiedad ni a la heterodoxia, en cualquier forma que se presenten, ni rehuir ninguna de las lógicas consecuencias de la fe que profeso.» (Mr. Masson redimuerto, 22 de setiembre de 1876: La Ciencia Española, I 200).)). Pienso que esta obra es una escuela de aproximación a la historia y a la realidad en general.

El P. Alfredo Sáenz tiene un párrafo muy sugerente, comentando la obra de Dostoievski en su libro El fin de los tiempos. Me refiero a la relación entre la cultura rusa y la cultura española que describe Sáenz: «…una de las características de la cultura rusa, así como de la española, era la carencia de filósofos en sentido estricto. Los filósofos de ambos países fueron literatos, o mejor, la filosofía se expresó adecuadamente a través de la literatura» ((P. Alfredo Sáenz, S. J., El fin de los tiempos y seis autores modernos, Gladius, Buenos Aires 1996, p. 47.)). El pasaje siembra no pocas interrogantes…

Quizá el motivo de esta relación se deba a que la cosmovisión rusa y la española tienen una nota muy ligada al realismo y a la fe enraizada en ambas culturas, la visión holística, que considera lo complejo de la realidad y su dinámica vital –entre otros elementos– que se expresa mejor por la literatura, sin que ésta sea el único tipo de expresión. Esta aproximación tiende a no quedarse tanto en las abstracciones; viene de la vida, de la experiencia concreta de personas situadas en un aquí y ahora. Probablemente sea por esto que la literatura tenga tanta importancia, dado que narra la vida misma de las personas. Lo digo porque en la complejidad de los hechos de la vida concreta las cosas se dan así: todas unidas y relacionadas ((A. de Saint Exupery considera que «El objeto pensado no es una imagen fija ordenada en un cajón, sino un sistema de relaciones» en Carnets, Goncourt, Buenos Aires 1967, p. 1113.)). El punto es que muchos pensadores españoles profundizan en aquello que los cuestiona y esas reflexiones las ponen al servicio de su vida, de su acción. Su pensamiento surge de la vida, de sus inquietudes hondas, y se despliega en la vida ((Manuel García Morente dice en una Conferencia pronunciada en el Club Español de Buenos Aires el día 21 de octubre de 1934: «El alma española no es apta para el tipo de filosofía que hasta ahora ha venido haciéndose en Europa, y no es apta para ese tipo de filosofía porque el alma española adora otros ídolos que no la pura inteligencia. El alma española pone por encima de la contemplación teórica especulativa intelectual la acción; pone por encima de la teoría la vida; pone por encima de la especulación la moral, la ética, la nobleza de carácter. El español, en la tabla de valores que constituyen la esencia de su alma ha puesto en los primeros lugares, no al sabio recluido en su laboratorio, no al matemático inclinado sobre la hoja de papel y haciendo sus figuras geométricas, no al filósofo meditando sobre la contextura del mundo y de las cosas, sino que ha puesto al hombre que lleva a cabo su propia vida con la pureza y la belleza de una parábola descripta por un proyectil. El español ha preferido siempre vivir a pensar, o mejor dicho, el español ha puesto al pensamiento al servicio de la vida, lejos de poner la vida al servicio del pensamiento.» Esta apreciación –que no tiene poco de cierto– nos ilumina en la tendencia hispánica hacia una visión integral de la realidad.)).

Esta visión de lo real como unidad compleja de significados, a la cual hay que aproximarse con confianza y reverencia, es algo que resalta Menéndez Pelayo cuando dice que una de las características de la filosofía española es el espíritu armónico ((Raimundo Lulio. Discurso en el Inst. de las I. Baleares, 1884; La Ciencia Española, II 385: «Cuando, hace tiempo intenté fijar las notas características de la filosofía española, advertí en ella dos corrientes casi en igual grado poderosas, pero que nunca han llegado a confundir sus aguas: el espíritu crítico y el espíritu armónico, el espíritu de Luis Vives y el espíritu de Raimundo Lulio.» También en De las vicisitudes de la filosofía platónica en España. Disc. en la Univ. Central, 1889: Ensayos de Crítica Filosófica, 79: «¡Siempre la misma tendencia al armonismo en todos los grandes esfuerzos de la metafísica española, lo mismo en Aben Gabirol que en Raimundo Lulio, lo mismo en Sabunde que en León Hebreo!» En un discurso titulado La Iglesia y las escuelas teológicas en España dice: «…la conciencia individual, cuyo sentimiento ha sido siempre tan enérgico en nuestra raza, así como tampoco puede ocultarse a ojos atentos cierto sentido armónico, cierta aspiración a conciliar los dos capitales términos del problema metafísico…» (Discurso en el I Congr. Cat. Nac., 1889: Ensayos de Crítica Filosófica, 289).)). Esta visión armónica la tienen personas inquietas por conocer la realidad como una armonía global, una unidad de sentido, sin compartimentos estancos ni opuestos entre sí. Como buen católico, tiende a unir, a reconciliar las diversas áreas del saber para aproximarse a la complejidad de lo real desde variadas y ricas perspectivas. Como veremos, su amor y afán por la verdad lo lleva a trascender visiones reductivas e ideologizadas y a tomar contacto sincero con la armonía y unidad de lo real en sus diversos niveles y sin miedo a los hechos ((«Yo juzgo –dice– los hechos con mi criterio católico, pero ni los altero ni los falsifico. Y creo que en esto puedo preciarme de haber sido imparcial y verídico.» (Carta a Morel-Fatio, 30 de enero de 1889). Y en su Carta al presentarse a diputado por Zaragoza: «Profeso íntegramente la doctrina católica, no sólo como absoluta verdad religiosa, sino como perfección y complemento de toda verdad en el orden social y como clave de la grandeza histórica de nuestra Patria. Los intereses de la Iglesia serán, pues, defendidos por mí antes que otros ningunos, con independencia de toda doctrina política…» (23 de enero de 1891).)).

En España hay ciertamente filósofos “de escuela”, literatos y científicos; pero no es lo más común que se dediquen exclusivamente a su área del saber. En la Península no florecieron tanto como en Alemania, Francia o Inglaterra los pensadores abstractos y especializados. Pero existen también en España –y no son pocos– representantes de esa raza poco común que son los pensadores, los polígrafos, gente que sabe y escribe de todo ((Además de Menéndez Pelayo figuran, entre otros contemporáneos: J. Balmes, Donoso Cortés, Ortega y Gasset, Laín Entralgo, Unamuno, García Morente, Zubiri, Eugenio D´Ors, entre otros.)); que se pregunta por la unidad compleja de las cosas y busca en esa unidad el sentido de la realidad. Si divide y abstrae en algún momento es para luego unir e integrar en su aproximación a lo real.

Esto es, a mi modo de entender, lo que está como trasfondo a la característica común que resalta el P. Sáenz, aunque de hecho hay más vínculos entre el genio español y la cultura rusa, que no viene al caso profundizar acá. Se puede conocer el ser de las cosas, sí, pero la razón y la ciencia decimonónica no agotan este conocimiento. La visión holística tiende a ver la realidad como una unidad compleja, misteriosa e inagotable de significados, que no se reduce a una sola área del saber ((Ortega y Gasset en su conocida obra La rebelión de las masas habla de «la barbarie del especialismo». Critica Ortega la visión segmentada y reducida de la realidad que ingresó en las ciencias en el siglo XVIII. Dice: «Pero (el progreso de la ciencia empujado por científicos encerrados en la celdilla de su laboratorio) crea una casta de hombres sobremanera extraños. El investigador que ha descubierto un nuevo hecho de la naturaleza tiene por fuerza que sentir una impresión de dominio y seguridad en su persona. Con cierta aparente justicia, se considerará “un hombre que sabe”. Y, en efecto, en él se da un pedazo de algo que junto con otros pedazos no existentes en él constituyen verdaderamente el saber. El especialista sabe muy bien su mínimo rincón de universo; pero ignora de raíz todo el resto. Habremos de decir –concluye– que es un sabio-ignorante, cosa sobremanera grave, pues significa que es un señor el cual se comportará en todas las cuestiones que ignora no como un ignorante, sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial es un sabio».)).

[pullquote]Menéndez Pelayo es uno de estos pensadores. Le interesaba mucho la teología, la historia, la literatura y la filosofía, entre otras cosas, y estudió y profundizó especialmente desde esos puntos de vista en la realidad; en el ser de las cosas. Tal era su inquietud por encontrar respuestas que a los 24 años terminó esta gran obra, lo cual le valió el apelativo de “prodigio humano”. A lo largo de su vida plasmará esa inquietud por conocer cada vez más en numerosísimos libros, estudios, artículos y cartas ((Obras principales de Marcelino Menéndez Pelayo son, además de su célebre Historia de los heterodoxos españoles (8 tomos), sin considerar muchos discursos, artículos y cartas: Historia de las ideas estéticas en España (5 tomos), Estudios y discursos de crítica histórica y literaria (7 tomos), Orígenes de la novela (4 tomos), Antología de poetas líricos castellanos (10 tomos), Historia de la poesía hispano-americana (2 tomos), Estudios sobre el teatro de Lope de Vega (6 tomos), Ensayos de crítica filosófica, Bibliografía hispano-latina clásica (10 tomos), Biblioteca de traductores españoles (4 tomos), La ciencia española (3 tomos), Poesías (2 tomos). El promedio aproximado de cada tomo es de 400 pp.)).[/pullquote]

Entrando más de lleno a la obra que motiva este comentario no deja de llamar la atención que para profundizar en estos temas se vale nuestro autor de numerosísimas fuentes que van desde escrituras públicas hasta hagiografías, pasando por decretales pontificias, documentos conciliares, obras literarias, cartas, así como traducciones diversas y obras de todo tipo de autores: creyentes y no creyentes; católicos y protestantes de todo rango; españoles en y fuera de España.

Marcelino_Menéndez_Pelayo,_por_KaulakA estas fuentes históricas aplica el pensador español lo dicho al inicio. Podríamos decir que es una obra que integra diversos puntos de vista para enfocar los hechos del pasado. Su actitud crítica y armonizadora se muestra con habilidad. Destacaría también su profundidad teológica y densidad espiritual para discernir las diversas corrientes que van suscitando el pensamiento y forjando la cultura en España y Europa. Vemos cómo la honda fe y el conocimiento en materias filosóficas e históricas se ayudan en una aproximación sobria, sincera y profunda a los diversos hechos y doctrinas que recorre el polígrafo español.

Los temas en que se detiene la obra son, a grandes rasgos, los mismos en las diversas épocas investigadas: doctrinas teológicas heterodoxas y sus iniciadores y representantes; supuestos espirituales (místicos e iluminados, magos y hechiceros) y filosóficos (gnosticismo, panteísmo, averroísmo, erasmismo, iluminismo, jansenismo, liberalismo…) por detrás de aquéllas doctrinas heterodoxas; contexto socio-político de cada época; y por último desarrolla Menéndez Pelayo la respuesta ortodoxa a las doctrinas erradas.

Podría quedarnos una vaga sensación de desesperanza ante el panorama, muchas veces sombrío, que vemos cernirse a lo largo de la historia de la Iglesia y de España. Sin embargo, esta conciencia dramática de la realidad no se opone ni rechaza la virtud de la esperanza, la “niñita de nada” de Péguy. Una esperanza que cede ante las crisis históricas, es una esperanza mediocre y superficial. Así entendidas las cosas, la historia humana nos remite al único capaz de darle sentido y unidad; al Señor de la Historia. Las crisis humanas, tan comunes en la historia, no son motivo para negar la existencia y acción divinas. Él no es culpable de nuestros propios pecados. Las crisis que nos acompañan a lo largo de nuestra historia son momentos que entendidos al abrigo de la Fe nos mueven a confiar más profundamente en el sentido sobre el cual no hay otro sentido: Dios.

Hay muchísimos temas que desarrolla esta obra de los que se podría hablar ampliamente. El criterio que uso para resaltar algunos es la imperiosa necesidad de nuestros días de recordar algunos puntos vitales de la historia de la Iglesia y de España que más nos atañen desde un juicio sereno y fundamentado como es el de Don Marcelino Menéndez Pelayo. Los temas que trataré son aquellos comúnmente manipulados y complejos en los que el autor aporta mucho con su sabiduría. No me detendré en los datos históricos, sino en las líneas de fondo que se dilucidan a través de los hechos particulares. Si alguien desea conocer los datos con mayor precisión lo remito a la obra misma y su bien detallado índice.

En los dos primeros libros de la obra desarrolla el santanderino la repercusión de las polémicas que preocupaban a la Iglesia en la península Ibérica desde su origen el siglo I hasta el siglo IX. Los errores doctrinales más extendidos surgían especialmente en torno al tema de la humanidad y divinidad del Verbo, y al tema de la unidad y trinidad de Dios ((Donatismo, origenismo, priscilianismo, arrianismo, maniqueísmo, antropomorfismo, muzárabes, iconoclastas y doctrinas antitrinitarias del siglo IX.)). No me voy a detener en esta parte de la obra, puesto que son temas ya aclarados y declarados dogmáticamente por los concilios que definieron esas cuestiones, y que cualquier católico sincero acepta con espíritu de fe.

Gnosis, panteísmo, magia

Intentaré dar un panorama sintético de la exposición que hace el autor sobre las doctrinas del gnosticismo, panteísmo, artes mágicas y astrología, dada la síntesis hodierna de estas doctrinas que está tan de moda. Me refiero a las doctrinas –que, como veremos, no son nuevas y ya han sido aclaradas por la Iglesia– conjugadas en el fenómeno llamado New Age, que tienen muchos elementos panteístas, gnósticos y mágicos, y que a lo largo de la historia se vienen filtrando en el pueblo fiel por lo confuso y sincrético de sus doctrinas y lo equívoco de su lenguaje.

Opina el autor que el gnosticismo no es una doctrina clara, «es un pandemonium de especulaciones teosóficas» ((HHE, BAC, tomo I, p. 119)). Y es que hay tantos tipos de gnosticismo como gnósticos y pseudomísticos hay. Algunas notas generales bastarán para entender lo esencial de esta doctrina. Tiene numerosas ramificaciones en torno a especulaciones teosóficas que concuerdan en principios pre-cristianos, especialmente orientales. Entre las características de estos místicos se refiere Menéndez a la poca lógica y falta de conocimientos serios en filosofía y teología. Afirman axiomas a priori, al modo de los racionalistas modernos. Si en la realidad algo no encaja con su doctrina, entonces está mal la realidad. Dirá con razón Menéndez Pelayo que: «Los gnósticos parten del racionalismo para matar la razón» ((Allí mismo, p. 119)). Se trata de una “sabiduría” reservada a los iniciados quienes despreciaban a los que no creían como ellos.

Afirma el polígrafo español el vínculo entre estas sectas y los cátaros del siglo XIII, así como los alumbrados y molinistas del siglo XVII por la común despreocupación de lo terreno y algunos también de lo moral: «Si se llegaba a la perfecta gnosis poco importaban los descarríos de la carne» ((Allí mismo, p. 119)).

[pullquote]El hecho de que hoy en día se reediten estas formas de fuga o “refugios” que alejan a las personas de la realidad mediante la venta de ilusiones genera lo que algunos pensadores han calificado de acedia cultural ((Joseph Pieper, Aldous Huxley, Card. Joseph Ratzinger)). Las ilusiones no responden al hambre profunda de Dios. Sólo el Dios verdadero y personal puede responder. Cualquier ilusión, falsa esperanza, por hermosa que sea, por bien elaborada que esté o aunque se autodenomine cristiana, no trae sino mayor dolor y frustración, sumiéndonos en la acedia, recordándonos el fatalismo de Prisciliano y de Lutero.[/pullquote]

Los gnósticos no son cristianos verdaderos, piensa el autor. Y explica que buscaban respuesta a tres problemas fundamentalmente: el origen de los seres, el principio del mal y el tema de la redención. En cuanto a lo primero dirán que el mundo es un desarrollo eterno o temporal de la esencia divina, lo cual niega la doctrina católica de la creatio ex nihilo y conduce al panteísmo. Al segundo problema responderán que el principio del bien y el del mal son coeternos. Esto niega la libertad de los seres inteligentes creados. En cuanto al tercer problema, niegan la unión hipostática del Señor Jesús al considerar Su cuerpo como una especie de fantasma o eón supremo. Más allá de doctrinas particulares y ocurrencias de diverso calibre, estos son los puntos comunes que suelen tener, aunque cada secta o iluminado a su estilo, como vemos también en nuestros días en las numerosas iglesias y sectas de neo-iluminados que proliferan.

Al pasar revista a tales doctrinas heterodoxas podemos concluir que en estos tres problemas se responde sin responder. Al negar que Dios es un ser personal que nos llama personalmente se abdica de la propia personalidad individual ((«La despersonalización de Dios conduce necesariamente a la despersonalización del hombre» piensa D. Von Hildebrand, Nuestra transformación en Cristo, Encuentro 1996, p. 115.)) y la libertad para entregarse con audacia al servicio de una empresa grande, digna de una persona humana. Después de esto, ¿qué sentido tiene la vida de la persona humana? ¿Qué esperanza de una vida auténtica, que valga la pena se nos ofrece en este mundo? Son aparentes respuestas que han optado por “adormecer” las ansias profundas de los hombres y mujeres de hoy, y bajo la máscara de un cuestionamiento religioso caricaturizan la verdadera esperanza. La consecuencia a corto plazo es la indiferencia, acedia, desprecio o indolencia ante el mundo que gime quebrado por las rupturas y anhela la reconciliación y comunión.

A estas doctrinas respondieron tempranamente los concilios toledano a fines del siglo IV y bracarense hacia la mitad del siglo V, defendiendo con radicalidad la fe de la Iglesia al recordar el Credo Niceno.

El polígrafo español toca también el panteísmo. Esta herejía, muchas veces ligada al gnosticismo, tuvo una agresiva aparición en Europa en el siglo XIII por la fuerte influencia de la filosofía árabe en la universidad de París. Entre otras cosas sostenían que «todo es Dios, Dios es todo y que el Creador y la criatura son idénticos»; que la ley antigua había sido abolida por la nueva, que los sacramentos eran inútiles y que cada cual se salvaba por la gracia interior del Espíritu Santo, sin acto alguno exterior ((HHE, t. I, p. 440)). Ya se vislumbran algunas semillas del protestantismo. En el concilio de París (1209) se condenó estas doctrinas. Algunos panteístas de estas épocas ya llamaban a Roma Babilonia y al Papa anticristo, dejándonos con su doctrina, su espíritu profético y su actitud rebelde muy cerca de las orillas de albigenses, valdenses, begardos y alumbrados; en suma de todos los predecesores y aliados de la revuelta protestante ((Allí mismo, p. 444)).

Muchos gnósticos asumían ideas y artes de hechiceros y supersticiosos, lo que sumado a creencias arrastradas desde la época visigoda va completando el cuadro de anarquía intelectual y heterodoxia ((Allí mismo, p. 584 ss.)). Menéndez opina que el influjo viene sobre todo de corrientes persas y sirias que ingresan con árabes y judíos entre los siglos VIII y XV a la Península, particularmente en Toledo ((Hablamos más específicamente de nigromancia, geomancia, piromancia, cercos mágicos, filtros amorosos y todo tipo de anécdotas y leyendas extravagantes, cuevas mágicas, casas con poderes, piedras y amuletos protectores; de todo. Ya en el año 1335 condena un sínodo complutense consultar a agoreros y ejercer las artes mágicas y los obispos denunciaban los abusos al pueblo fiel de estos “magos”. Se reducen considerablemente estas doctrinas con la reconquista y expulsión de judíos y moriscos, pero el mal persistía porque estaba muy hondo y porque nunca falta quien siga teniendo desvaríos misticoides.)). La Cábala, junto a nigromantes y astrólogos judiciarios se extendieron considerablemente, incluso entre algunos prelados «opacando la noción del libre albedrío» ((Allí mismo, p. 601.)) y asumiendo un crudo fatalismo, actitud fomentada ya por Prisciliano en el siglo IV.

Es lamentable ver tras estas doctrinas teológicas y espirituales, la abdicación de la propia humanidad, que se refleja en la crisis intelectual y cultural de aquéllas épocas. Seguimos tan despistados en torno a nuestra identidad y destino por estas respuestas reductivas que pareciera como si Dios no se hubiera encarnado en el Señor Jesús y no nos hubiera revelado nuestra vocación ((Concilio Vaticano II, Const. Gaudium et Spes 22.)). Después de repasar estas partes en la monumental obra, va quedando en el fondo de mi mente aquello tan repetido de que «La Iglesia posee, gracias al Evangelio, la verdad sobre el hombre» ((GS 12.)). La Iglesia es la verdadera defensora de lo humano. En medio de tanta duda, de tanta doctrina ilusoria y desesperanza se alza la Iglesia de Jesucristo, portadora de la única doctrina que es respuesta de Dios para el hombre, apuesta por el hombre, por todo el hombre: cuerpo, alma y espíritu, y no se cansa de ofrecerle la verdadera vida, que es la vida de Cristo, Hombre pleno.

[pullquote]Pareciera hoy que algunos prefieren pasar por alto su propia dignidad, y desentenderse de las exigencias hondas de su mismidad y de las preguntas fundamentales que debemos hacernos en esta vida, digo, si es que decimos que estamos vivos en verdad. Con respuestas sentimentales y deterministas muchos se quedan “tranquilos” –al menos así lo aparentan– y prefieren no tomarse la molestia de reflexionar críticamente, preguntarse por la verdad, con sinceridad ante sí mismos. Sobreentienden sus dinamismos interiores y ya no se preguntan más por la vida, creen haber agotado el misterio de la existencia humana. De esta visión simplista e indiferente ante uno mismo se sigue la reducción o negación de la realidad trascendente, del ser en sus diversos niveles. Y es que es lógico: si no creo que existe la respuesta, ¿para qué perder el tiempo buscándola? O si me considero poca cosa, ¿qué puedo esperar de la vida? Es penoso ver ambientes en los que muchos han dimitido de su humanidad optando por el relativismo y fatalismo.[/pullquote]

Siguiendo con nuestro autor, hay que considerar que magos y adivinos embusteros, alumbrados y sectarios místicos volvieron a tomar forma en el siglo XVI y XVII. No todo era de oro en la España de estos siglos, aunque esto no rebaja el nivel de santidad y apogeo de la raza hispánica en el mundo de entonces. No volveremos sobre los magos y hechiceros, dada la brevedad de este escrito. En lo esencial ya se expuso suficientemente este tema.

Alumbrados y quietistas

Vale más la pena dedicarnos a lo que dice el autor respecto a alumbrados y quietistas, muy relacionados por lo demás con la gnosis. Como ya evidenció Menéndez, los gnósticos, magos y hechiceros de los siglos anteriores vuelven a tomar fuerza en el siglo XVI.

¿Cómo así? Parece ser que a las dudas sobre la capacidad racional siguen las dudas en torno a la voluntad de la persona humana. Seguimos hundiéndonos más en el desprecio de nuestra humanidad. Si sé que voy a disolverme en la Esencia infinita de todas maneras, ¿para qué me esfuerzo en el recto ejercicio de mi voluntad? ¿Qué sentido tiene la vida ascética o ser virtuoso si todos vamos a la misma disolución de nuestro ser personal?

Dice Menéndez que a los alumbrados quietistas les bastó la idea de la contemplación pura para promover la creencia de la disolución de la individualidad en la infinita Esencia. Reeditaron así las viejas ideas orientales de la autoaniquilación. Todo esto nos recuerda a gnósticos y panteístas habidos en la Península muchos siglos antes, incluso anteriores a la Fe ((Allí mismo, t.II, p 145. Eran tales doctrinas provenientes del panteísmo de yoguis hindúes.)). El pseudomisticismo lo profesaban ya los agapetas y priscilianistas en el siglo IV. Volvió con los albigenses de Cataluña y León en el siglo XIII y no aniquilada del todo salió a la superficie en el siglo XVI. Se repetía aquello de la posibilidad de llegar a la impecabilidad de pensamiento sin necesidad de ascética corporal. En este estado de elevación cualquier deseo o acto carnal era considerado lícito. Enseñaban la intuición de Dios en vista real y condenaban la veneración de la hostia consagrada y la humanidad de Cristo, porque apartaba de la pura contemplación y pasividad. Tal es el caso de Miguel de Molinos ((Ver DZ 1221-1288.)), entre otros. Florecieron, pues, estas doctrinas heterodoxas alentadas por la revuelta protestante que cobijó a todo tipo de ilusos, fanáticos y “beatas”.

Haciendo recto uso de nuestra razón, podemos sopesar algunas cosas de lo dicho por el autor. Resulta evidente la vuelta a la actitud de indiferencia que ya veíamos en los gnósticos, y más aún, de desesperanza en una vida en que valga la pena esforzarse por algo. Más fácil es no esperar nada, y es menos exigente, aunque sea triste. Pero los medios mundanos para no darnos cuenta de la frustración y tristeza abundan y son cada vez más ingeniosos. Ser consecuente con la indolencia cultural es quedarse pasmado «viviendo como cosas en medio de cosas», como dice Ignace Lepp.

La fuga del mundo, so pretexto de piedad, termina por anular todo anhelo de vida intensa, incluso lleva a fugar del dolor; a no asumirlo desde la Cruz redentora y superarlo cooperando desde nuestra libertad con la gracia divina. Con unas cuantas teorías se quiere saciar la nostalgia de Dios, cosa por demás imposible y frustrante desde una perspectiva horizontal, y terminaremos viéndonos vacíos y dubitativos en medio de los sucedáneos que damos a esos hambres interiores que nos marcan tan profundamente. Y es obvio: si de todas formas mi futuro es la disolución en la Esencia, ¿para qué me esfuerzo por purificarme?

Volvamos a la obra. Otra razón que ayudó a la difusión del quietismo fue –según Menéndez Pelayo– la corrupción de costumbres dentro y fuera de muchos claustros que asumieron la máxima protestante de “Peca fuertemente, pero cree más fuertemente en Cristo”. El protestantismo vio en el quietismo un gran aliado, a lo que se sumaba la mala instrucción de grandes sectores del clero y del pueblo cristiano.

Muchos malintencionados y racionalistas han afirmado que la mística ortodoxa es la madre de las sectas quietistas. Menéndez, con tanto apasionamiento como argumentos y pruebas, atribuye esta afirmación a la impiedad moderna y explica que la genealogía de Molinos va hasta el «Sakya-Muni y los budistas indios, y que desde ellos desciende, pasando por la escuela de Alejandría y los gnósticos, hasta los begardos y fraticellos y los místicos alemanes del siglo XIV.» ((Allí mismo, t.II p. 197.)). Si algo español hay en estas sectas es fruto de la heterodoxia importada a la Península de otros lados. Además de esto, Molinos fue recién leído y seguido en España en el siglo XVIII. Antes que los españoles, se apasionaron los franceses e italianos por tales creencias, como es el caso de Fenelón y la corte de Luis XIV. En vida, Molinos escribió y dogmatizó en Italia, donde tuvo mucha acogida de algunos aristócratas.

Menéndez concluye con una simpática –y no poco irónica– comparación entre Molinos y San Juan de la Cruz, dejando patente la ignorancia de los que buscan una relación entre ambos. Bastará recordar con Menéndez Pelayo la insistencia del reformador del Carmelo en el ejercicio de las tres virtudes teologales y la valoración sana de la inteligencia, dimensiones despreciadas por los quietismos.

Judíos y judaizantes

Me detengo en este tema porque da algunas luces en lo que fue el proceso inquisitorial en España y por el impulso que dieron los judíos a las doctrinas heterodoxas, incluso dentro de la Iglesia.

Judíos y mahometanos no sólo impulsaron mucho las artes de adivinación, también hicieron proselitismo para sus causas religiosas. Los primeros ya desde la época visigoda hicieron propaganda, «aunque los historiadores modernos judíos lo nieguen», dice Menéndez. Esto fue sembrando el recelo contra la sinagoga por parte del pueblo cristiano y motivó la reacción en defensa de la fe y del pueblo creyente. El rey visigodo Sisebuto en el siglo VII ((Allí mismo, t.I, p. 632. Sisebuto mandó manumitir esclavos cristianos y veda el circuncidar a cristiano alguno libre o ingenuo y hasta condena a decapitación al siervo que, habiendo judaizado, permaneciese en su error. Menéndez dice que Sisebuto fue poco prudente, porque promulgó un edicto lamentable, que ponía a los judíos en la alternativa de salir del reino o abjurar su creencia. Esto motivó falsas conversiones y muchos sacrilegios. Esta medida fue condenada por el concilio IV Toledano.)) y sus sucesores promulgaron durísimas leyes contra ellos. Todo en vano. Los judíos conspiraron junto a los mahometanos para dañar el reino cristiano visigodo, abriendo las puertas al invasor musulmán de las principales ciudades –Toledo, Córdoba, Híspalis e Ilíberis–, que luego quedarían bajo custodia de los hebreos, según lo pactado con los muslimes.

Luego –dice el autor– las cosas cambian de rumbo y pedirán los judíos protección de los abusos de fanáticos mahometanos al rey Alfonso VII de Castilla. Aprovecharon esta protección los hebreos para iniciar nuevamente el proselitismo. Hacia el siglo XIV vuelven a cambiar de rumbo los vientos por la usura y la larga prosperidad de los judíos: «Esto excitaba en los cristianos quejas, murmuraciones y rencores de más o menos noble origen» ((Allí mismo, t. I, p. 635-636. Las persecuciones y matanzas contra los judíos comenzaron en Aragón y Navarra. Clemente V excomulgó a los asesinos, pero esto no sirvió de nada ante las hordas de bandidos. El problema estaba más allá de las creencias religiosas.)). Aparte de pactar con mahometanos, los judíos encontraron otra salida: la conversión rápida al cristianismo, para conservar sus bienes y mezclar su sangre con nobles familias locales, llegando a muy altos cargos en la Iglesia y el Estado. Así se hacía cada vez más difícil distinguir al fiel y al infiel. Con este caos religioso y ante un enemigo doméstico capaz de pactar con el enemigo, «lograron los Reyes Católicos bula de Sixto IV para establecer el Consejo de la Suprema, cuya presidencia recayó en Fr. Tomás de Torquemada» ((Allí mismo, t. I, p. 640.)). Esto sucedió en 1480.

Volveremos en el siguiente punto más largamente sobre la Inquisición, pero queda claro que no fue la Iglesia la que tuvo la iniciativa de dicho tribunal, ni fue específicamente por odio a judíos o protestantes. Fue el poder político de la época el que lo solicitó ante el caos y las matanzas que se generaban al tomar el pueblo la justicia por sus manos. Es significativo el llamado de la Iglesia a velar por el orden y la paz entre judíos y cristianos. Las matanzas de judíos fueron condenadas duramente, incluso con pena de excomunión, por la Iglesia y las leyes anti-semitas extremas anuladas a petición de obispos españoles y Papas. Si bien hubo cristianos y sacerdotes que perseguían a los judíos, estos nunca fueron avalados por la autoridad de la Iglesia. Lo hacían a título personal, y por odios particulares. Lamentablemente esto no se considera objetivamente y los judíos han sabido manipular las cosas para aparecer como las grandes víctimas y la Iglesia la injusta perseguidora y asesina. Aparte de lo ya dicho, hay que considerar que los judíos “atizaron el fuego” del conflicto al cometer sacrilegios y profanaciones, llegando a asesinar inquisidores, sacerdotes y fieles ((Un grupo de conversos que presenciaron un auto de fe en Toledo en 1499, se apoderaron de una criatura llamada Juan de Pasamontes o Niño de la Guardia y ejecutaron en él terribles tormentos hasta crucificarle. Se niega esto, pero las pruebas son incontestables. Las venganzas no se hicieron esperar.)). Si bien existieron injusticias por parte de algunos eclesiásticos y políticos, cosa que acepta Menéndez, los judíos no eran tan desprotegidos, buenos e inocentes como se suelen autorretratar.

En Portugal, el rey don Manuel y su sucesor D. Juan III persiguieron sanguinariamente a los judíos y nuevos cristianos, como eran llamados los judíos conversos a la Fe. Vino a dar un respiro a estos la anexión de Portugal al Imperio español (1587) –comenta Menéndez– bajo el reinado de Felipe II, quien les concedió permiso para vender sus bienes y marcharse del reino en paz ((Allí mismo, t. II, p. 204.)). Terminaron de salir hacia el año 1670 y se instalaron en toda Europa, sobretodo en Amsterdam, donde hicieron fortuna y derramaron sus apostasías. Los que se quedaron en España, so pretexto de conversión, no conocían bien la nueva fe ni las creencias de sus padres, y terminaron haciendo eco de supersticiones o alimentando diversos tipos de ateísmo. Sentencia Menéndez en este tema: «El odio popular contra los judíos y sus descendientes no se amansó un punto en todo el siglo XVII» ((Allí mismo, t. II, p. 205.)).

La Inquisición

Se tiene por fundador de la Inquisición a Inocencio III por una declaración del III concilio de Letrán: «…es a menudo útil al alma del hombre hacerle temer castigos corporales». En el IV concilio de Letrán (1215) ya se especifica un proceso jurídico de acusación y defensa. Surge más organizada en el concilio de Tolosa (1229) bajo Gregorio IX y se ejecutó en este mismo siglo contra albigenses y valdenses. Junto a la Inquisición surgieron los dominicos para atajar a dogmatizadores heterodoxos de las plazas públicas. Para ello se instruyeron en las doctrinas heréticas y por ello aparecieron enlazados con la historia inicial de la Inquisición. No traía ésta tanta novedad como quisieran muchos historiadores: la doble punición –eclesial y temporal– de la herejía en la Edad Media seguía lo ya establecido mucho antes por el derecho romano ((Allí mismo, t. II, p. 453.)).

Antes de que exista la Inquisición, D. Pedro II de Aragón había fulminado severísimas penas contra valdenses, insabattatos y pobres de León. Dice la constitución de Pedro II: «Sépase que si alguna persona noble o plebeya descubre en nuestros reinos algún hereje y le mata o mutila o despoja de sus bienes o le causa cualquier otro daño, no por eso ha de tener ningún castigo: antes bien, merecerá nuestra gracia.» Concluye Menéndez, como cualquier persona de juicio sano, que la Inquisición era un evidente progreso al lado de semejante legislación, entonces común en Europa.

La Inquisición de 1480 procesó a judaizantes exclusivamente hasta 1525. No fue tan sangrienta como la pintan algunos como Llorente, autor de la Historia crítica de la Inquisición, que afirma hubo 10,220 víctimas entre 1481 y 1498. Menéndez pregunta: «¿Por qué no puso los comprobantes de ese cálculo?» Hasta 1500, que es hasta donde calcula Llorente, el Libro Verde de Aragón sólo trae 69 quemados con sus nombres. De 25 en toda Cataluña habla el Registro de Carbonell. Esto no niega que existieron injusticias, que con toda honestidad reconoce el santanderino: «Las tropelías de Lucero no tienen explicación ni disculpa, y ya en su tiempo fueron castigadas, alcanzando entera rehabilitación muchas familias cordobesas.» ((Allí mismo, t. II, p. 644.))

[pullquote]El autor no solo demuestra que no fue el cuadro de la Inquisición tan sangriento como muchos lo pintan, sino que considera digna de admiración la prudencia y misericordia de la Iglesia, que no excluye con indiferencia al hereje sino después de haberle hecho una y otra amonestación, siguiendo el consejo de San Pablo. Y aun así no asesina a nadie, sino que lo entrega al poder político que juzga al hereje por poner en peligro el bien temporal de la Nación.[/pullquote]

A muchos sonará “fanático” esto: «Ley forzosa del entendimiento humano en estado de salud es la intolerancia». Y es que no se trata acá de fanatismo o tolerancia. Se trata de la verdad, que es una sola. La tolerancia –como es entendida hoy– es más bien la excusa para que una persona pueda decir cualquier sandez, y el resto tengamos que “respetar” su error. Es la cobija astuta del escepticismo, tan difundido hoy como ayer. Una persona no tiene el derecho de dañar a otros difundiendo el error, aunque tenga muy buena intención; que si la tiene aceptará con serenidad cualquier corrección. Corregir a otra persona de su error o ayudarla a acercarse a la verdad –lo cual es verdadero y sincero respeto por el otro– tiene hoy una connotación negativa muy difundida. Vale más la indiferencia y dejar a personas en el error, en la mentira e infelicidad, que guiarlas a la búsqueda sincera de la verdad, y por ende a su felicidad ((Menéndez dice que: «La llamada tolerancia es virtud fácil; digámoslo más claro: es enfermedad de épocas de escepticismo o de fe nula. El que nada cree, ni espera en nada, ni se afana y acongoja por la salvación o perdición de las almas, fácilmente puede ser tolerante. Pero tal mansedumbre de carácter no depende sino de una debilidad o eunuquismo de entendimiento». Ahí mismo, t. II, p. 290-291.)).

«Enfrente de las matanzas de anabaptistas, de las hogueras de Calvino, de Enrique VIII y de Isabel, ¿qué de extraño tiene que nosotros levantáramos las nuestras?», dice el autor, y cualquiera que se acerque con honestidad a la historia comprobará que así ha sido. No hay por qué defender la Inquisición con timidez y soslayo, «bendiciendo los frutos y maldiciendo el árbol». El fundamento jurídico de una medida así es muy claro, y no lo comprende aquél que ha olvidado o menosprecia las obras del espíritu y considera de poco valor al hombre y a la sociedad ((Allí mismo, t. II, p.293.)). Y es que cualquier disputa teológica tendrá consecuencias en la vida social y política de la Nación ((El matrimonio y la familia, el origen de la sociedad y del poder, el respeto a la libertad y dignidad de la persona humana por sí misma, incumben tanto al teólogo como al político.)). El error es, pues, fatal no solamente para la persona que lo profesa, sino también para la sociedad toda. Así se entendió esto desde que existe el Código Teodosiano (siglo V). Esta visión de la sociedad como una unidad conduce, como condujo desde siempre, a considerar las consecuencias sociales de la fe. Y así fue desde la Iglesia naciente hasta nuestros días.

Por ejemplo de esta ruptura social suscitada por la herejía pone el autor al «estandarte comunista, levantado por los Pobres de León, que indicaba un malestar social, casi un conflicto. Y el conflicto fue resuelto por los franciscanos, que inculcaron la caridad y la pobreza evangélica, no el odio a los ricos, ni el precepto de la pobreza, de que hacían ostentosa gala los insabattatos. Con el amor, y no con el odio, podía atenuarse la desigualdad social» ((Allí mismo, t. II, p. 453.)). Ya desde aquella época se tiene claro en la Iglesia –y se aplican a los nuevos problemas sociales– los antiguos criterios de la solidaridad y justicia evangélicas.

Otra entre tantas críticas que responde Menéndez se refiere a lo intelectual. Se ha dicho que el Santo Oficio era un conciliábulo de ignorantes matacandelas. Deja claro el autor que esto es un argumento de ignorantes y de ociosos retóricos. Trae a colación a inquisidores de la talla de Fr. Diego de Deza ((Protector de Colón.)), Cisneros ((Larga es la lista de obras de Cisneros: restaurador de los estudios de Alcalá, editor de la primera Biblia poliglota y de las obras de Lulio, protector de Nebrija, de Demetrio el Cretense y de todos los helenistas y latinistas del Renacimiento español.)), D. Alonso Manrique ((Era Manrique amigo de Erasmo y no todos sus actos en favor de éste son justificables.)), D. Fernando Valdés ((Fundó la universidad de Oviedo.)), D. Bernardo de Sandoval ((Alivió la pobreza de literatos como Cervantes y Vicente Espinel.)), y muchos otros ((Allí mismo, t.II, p. 298. Los mismos que propugnan la ignorancia de inquisidores, con una una ignorancia verdadera llaman a Felipe II opresor de toda cultura, habiendo costeado éste la Poliglota de Amberes, habiendo mandado a hacer la descripción topográfica de España, y levantar el mapa geodésico, cuando nada de esto tenía nación alguna; y formó en su palacio una academia de matemáticas, y comisionó a botánicos y lingüistas.)).

«No sólo se combate a la Inquisición con retóricas declamaciones contra la intolerancia, con cuadros de tormentos y con empalagosa sensiblería. Hay otra arma, al parecer de mejor temple: haber extinguido y aherrojado la razón con prohibiciones y censuras; de haber matado en España las ciencias especulativas y las naturales y cortado las alas al arte», dice Menéndez ((Allí mismo, t. II, p. 299.)). El primer argumento contra esta teoría es ya contundente: son bien pocos, casi ninguno, los que han alcanzado a ver los Indices expurgatorios, porque son rarísimos. Y si no los han visto, menos pueden juzgarlos.

Es verdad que existieron y que prohibían a los fieles lecturas malas o sospechosas de herejías, así como traducciones bíblicas con notas heterodoxas; cosa que ha hecho siempre la Iglesia, desde que existen heresiarcas, dice el autor. Los Índices contienen las obras de los impugnadores de los textos heréticos, lo cual permitía conocer qué pensaban los herejes y cómo respondía la Iglesia. Estaban allí los libros abiertamente hostiles a la religión cristiana, como el Talmud y el Corán; libros de adivinaciones, supersticiones y nigromancias; los que tratan a propósito de cosas lascivas, con algunas excepciones siempre y cuando no se lean los pasajes obscenos a los jóvenes. Aparte de esto, en teología se prohibía también breves pasajes de Occam contra Juan XXII, de Cano, de Suárez y de Mariana, considerando que habían condenas por cuestiones de escuela luego aclaradas; en espiritualidad se prohibían libros sospechosos de panteísmo, quietismo y semipelagianismo. Algunas obras de autores como el Maestro Ávila, Fray Luis de Granada, San Francisco Borja, figuraron en los Índices un tiempo y se recogieron de las imprentas por el terror universal que inspiraban en una época llena de alumbrados y místicos. Luego de corregidos –y literariamente muchos mejoraron, a juicio del autor– se dejaron leer al pueblo de Dios.

En cuanto a trabas filosóficas y culturales atribuidas a la Inquisición dice Menéndez: «Abro los Índices y no encuentro en ellos ningún filósofo de la antigüedad, ninguno de la Edad Media, ni cristiano, ni árabe, ni judío; veo permitida en términos expresos la Guía de los que dudan, de Maimónides (…) y en vano busco los nombres de Averroes, de Avempace y de Tofail; llego al siglo XVI y hallo que los españoles podían leer todos los tratados de Pomponanzzi, incluso el que escribió contra la inmortalidad del alma (…), y podían leer íntegros a casi todos los filósofos del Renacimiento italiano: a Marsilio Ficino, a Nizolio, a Campanella, a Telesio (estos dos con expurgaciones). ¿Qué más? Aunque parezca increíble, el nombre de Giordano Bruno no está en ninguno de nuestro Índices, como no está Galileo (…), ni el de Descartes, ni el de Leibniz, ni el de Hobbes, ni el de Benito Espinosa; y sólo para insignificantes enmiendas el de Bacon» ((Allí mismo, t. II, p. 310-312.)).

En cuanto a autores españoles se permite íntegros Lulio y Sabunde (menos una frase), Vives, León Hebreo (permitido sólo en latín). Aún es mayor la falsedad y calumnia lo que se dice de las ciencias exactas, físicas y naturales. Nunca se prohibió a Copérnico, Galileo y Newton. En letras humanas era mayor la tolerancia: se prohibieron alguna obra o pasajes de obras de Erasmo, Camerario, Saclígero, Stéphano, Barthio, Meursio y Vossio (y que se ponga auctor damnatus al comienzo de los ejemplares). Si nos restringimos a literatura española presenta Menéndez Pelayo una lista de once obras prohibidas; lo cual, comparado con la riqueza total de lo que se escribió en la época en España, es poquísimo ((Allí mismo, t. II, p. 310-312.)).

Dice el autor que es cuestión de amor patrio y de conciencia histórica el deshacer esta leyenda progresista iniciada en las liberales cortes de Cádiz, que pintan a España como un pueblo de bárbaros, porque todo lo ahogaban las hogueras inquisitoriales. Dicen las Cortes: «Desde que se estableció la Inquisición, no se ha escrito en España.» Es decir, ¡desde los últimos años del siglo XV negaban estos legisladores la literatura española!, remarca Menéndez y responde desde la historia: «¿Y no sabían esos menguados retóricos, de cuyas desdichadas manos iba a salir la España nueva, que en el siglo XVI, inquisitorial por excelencia, España dominó a Europa aún más por el pensamiento que por la acción y no hubo ciencia ni disciplina en que no marcase su garra?». Acto seguido figura una lista de obras y autores de cuatro páginas con nombres de pensadores y obras en temas en los que España tuvo la iniciativa y que no voy a reproducir ((Allí mismo, t. II, p. 312-316. Dice el autor con ira e impotencia después de lista tan larga: «Nunca se escribió más y mejor en España que en esos dos siglos de oro de la Inquisición. Que esto no lo supieran los constituyentes de Cádiz, ni lo sepan sus hijos y sus nietos, tampoco es de admirar, porque unos y otros han hecho vanagloria de no pensar, ni sentir, ni hablar en castellano. ¿Para qué han de leer nuestros libros? Más cómodo es negar su existencia». (p. 316).)). ¿Cómo negar estas grandiosas realizaciones del genio español cuyo sello épico y religioso se plasmó con fecundidad en obras de gran valor literario, espiritual y moral, así como científico; lejos de la crisis que envolvía al resto de Europa? ((Ver Luis Fernando Figari, Evangelización, Promoción Humana y Reconciliación en la forja de América Latina, VE, Lima 1992, p. 16-17.)).

“La llamada reforma” y “Verdadera reforma”

Lutero

El preámbulo de Menéndez Pelayo a su libro cuarto es simplemente brillante. Reconozco que es lo que más impresión me ha causado. Hace gala de moderación y claridad en las doctrinas, así como de argumentos históricos. No entraré a la sustentación histórica que sigue al preámbulo. Pienso que vale más la pena detenerme en las tesis del autor. Si alguien quiere comprobar los nombres y hechos, consulte las cuatrocientas páginas que dedica el erudito autor a este tema.

En fin, vamos a lo nuestro. Parte el autor de una consideración en torno a la historia. Piensa que son muy distintos el protestantismo del s. XVI del actual, «que apenas conserva del antiguo más que el nombre, y viene a ser las más de las veces un racionalismo o deísmo mitigado, en que hasta cabe la negación de lo sobrenatural, que hubiera horrorizado al más audaz de los innovadores antiguos.» ((Allí mismo, t. II, p. 655.)) Ciertamente hoy, la unidad en torno a alguna doctrina positiva en las iglesias protestantes es casi nula, no así en su oposición a doctrinas católicas.

Si partimos de la historia es de justicia reconocer los abusos y escándalos que había en la Iglesia, piensa Menéndez. Pero es un error grave pensar que la Reforma era una protesta contra esto, porque viendo la historia nuevamente, no se puede negar que lejos de atajar el vicio, el protestantismo lo acrecentó y trajo mayores problemas ((Ver Allí mismo, t. II, p. 656.)). Piensa el autor que es un error achacar al Renacimiento la culpa de esta corrupción, puesto que antes han habido tiempos de muy malas, incluso peores costumbres en la Iglesia –como el siglo X– y no había letras clásicas: «Los que en la Edad Media sólo ven virtudes y en el Renacimiento sombras, trabajo tendrán para explicar los pontificados de Sergio, de León VI y Juan XI» ((Allí mismo, t. II, p. 657. Y dice más: «Con Renacimiento o sin Renacimiento hubiera sido el siglo XV una edad viciosa y necesitada de reforma». p. 658.)). Ciertamente el arte no es el que corrompe a la sociedad, sino es la sociedad la que corrompe al arte, puesto que ella lo produce. Y si hay crisis en la sociedad, habrá crisis en el arte, tal como vemos hoy en día, y me siento exonerado de tener que invocar mayores argumentos, aunque no es mi intención aplicar este juicio a todo el arte actual. Los que culpen al Renacimiento de la crisis del siglo XV no tienen claro que la Iglesia nunca ha sido enemiga del arte y la civilización y de nada que sea verdaderamente humano.

Otra cuestión que hablaba de la necesidad de reforma era el debilitamiento de la autoridad pontificia, debido a manipulaciones de la aristocracia, el cautiverio de Aviñón, el cisma de Occidente, principalmente. La crisis en la vida de muchos sacerdotes y órdenes religiosas era grave. Y «si así andaba la cabeza, ¿cómo andaría el cuerpo?» ((Allí mismo, t. II, p. 659.)), se pregunta Menéndez. Todo esto lo exageraron los protestantes y lo tomaron como pretexto.

Dice Menéndez que de esta crisis nadie más que los católicos esperaba reforma, y que ya desde los tiempos de San Bernardo se clamaba por ella. Claro estuvo siempre para los doctores católicos que reforma era en cuanto a la disciplina; nunca en cuanto a los dogmas. Esto último sería alterar el depósito de la Fe. Lutero no reformó nada en cuanto a la disciplina; más bien alentó la corrupción con su ejemplo al romper sus votos. En el fondo, no interesaban los abusos y la corrupción a Lutero y compañía. Si no era la corrupción moral el motivo de “reforma”, ¿de dónde viene este afán de reforma? No es consecuencia del Renacimiento –afirma el autor– aunque algunos así lo digan ((Los que así piensan tendrían que probar que los artistas y pensadores renacentistas estaban a favor de la doctrina de la fe que justifica sin las obras, cosa imposible de probar, porque no fue así, y además porque siendo coherentes negarían el valor de las mismas obras aunque sean de arte y de toda obra humana en general incluyendo el sano pensamiento. Dice Menéndez que llama la atención cómo no se ha detenido la civilización de los países protestantes, dada la negación del libre albedrío. Piensa el polígrafo que esto se debe a una incoherencia de los que así creen con las consecuencias de esta negación, y se ha impuesto el sentido común a la doctrina, obrando los protestantes como si no tuvieran tal principio. (p. 662). Aceptada por la corriente protestante la ruptura entre fe y vida, se entiende perfectamente esta incoherencia entre lo que se cree y lo que se vive como algo totalmente normal.)). Tampoco se trata de una reacción contra el ascetismo del medioevo que habría desterrado de la vida todas las alegrías: «Es un error, ya refutado por Ozanam, el de considerar la Edad Media como época de flagelaciones y martirios, siendo así que en lo profano tenía trovadores y juglares, y costumbres caballerescas y rústicas de mucha poesía, y leyendas épicas y devotas de extraordinaria belleza, y fiestas y regocijos continuos; y en lo religioso, órdenes mendicantes profesaron el más simpático y hondo amor a la naturaleza» ((Allí mismo, t. II, p. 662.)).

[pullquote]Épocas difíciles han habido muchas para la Iglesia bimilenaria. La ruptura entre fe y vida de los mismos católicos es problema espiritual antiguo y típico de la lucha por la fe. Siempre habrá que adecuar más la vida a lo que creemos. Y aunque sea difícil, tenemos el testimonio de miles de santos que nos muestran que es posible vivir según el Evangelio. Pero ante la dificultad el protestantismo simplemente elimina el problema y abdica en el combate espiritual. Si no se puede, o si es tan difícil, entonces mejor lo negamos y ya no tenemos que esforzarnos. Con este criterio, se acepta como algo normal la ruptura entre la fe y la vida. La vida cristiana no existe ya. La fe no tendrá por qué aplicarse en la vida pasando a ser una cuestión totalmente subjetiva, y ausente de la vida cotidiana, y eso pasará a ser el estado “normal” de las cosas.[/pullquote]

Otra causa de la extensión del protestantismo está –para Menéndez– en el odio de los pueblos del Norte contra Italia y los pueblos latinos. Hay en los nórdicos una tendencia a la división, que ha tropezado siempre con la unidad romana y con la unidad católica. Y si la revuelta protestante logró sobrevivir fue gracias a su enlace con intereses temporales de príncipes y reyes ((Habla acá Menéndez del elector de Sajonia y el landgrave de Hesse, los reyes de Inglaterra, los cantones suizos y los Países Bajos: «Unos querían resistir a la prepotencia del emperador, otros a la de España; otros a la del duque de Saboya; los más, echarse sobre los bienes de iglesias y monasterios». Allí mismo, t. II, p. 662.)).

Dejando el aspecto más histórico y dedicándose a lo doctrinal, describe Menéndez la doctrina protestante del pecado original y la negación antropológica que conlleva suprimir el libre albedrío: «Si Adán no tenía libertad, ¿en qué consistió el pecado?», pregunta el autor sin hallar respuesta en ningún protestante. Relaciona la negación de las fuerzas humanas y la esclavitud de las concupiscencias con la liberación de toda responsabilidad moral: «Toda acción del hombre después de su caída es necesariamente pecado», concluye el autor en este tema y recuerda con ironía a los que ven en el protestantismo una consecuencia del humanismo, siendo éste tan anti-humano ((Allí mismo, t. II, p. 664.)).

En torno a la justificación recuerda el autor que los protestantes todo lo atribuyen a la fe, nada a las obras. Todo es mérito del Señor Jesús; el hombre nada puede hacer. Para el catolicismo, la regeneración es obra divina y humana a la vez: si el hombre no coopera con la gracia divina, ésta nada puede. El mérito del hombre está en acoger la gracia y hacerla fecunda en su vida por las obras. Negar esto es negar toda facultad religiosa y moral en la persona y conduce a la supresión del purgatorio, dado que ya todo está predeterminado por la misericordia de Dios ((Los luteranos enseñan con Melanchton que «debemos estar certísimos de la remisión de los pecados, de la justificación y de la gloria del cielo». Ya antes hemos hablado de la supuesta incapacidad humana a nivel cognoscitivo y moral tan defendida por gnósticos, panteístas y quietistas.)). Recorre Menéndez Pelayo las doctrinas protestantes en torno a los sacramentos, la Eucaristía y la Escritura como única regla de fe. Todas acentúan la primacía del subjetivismo en las creencias abriendo así las puertas a la anarquía doctrinal.

Dentro de los mismos protestantes había diversas creencias en lo esencial de la fe. Como era lógico vinieron los conflictos. El primer cisma dentro de la revuelta lo generó Zuinglio a quien siguieron las iglesias helvéticas. El tema de disputa era la presencia real de Cristo en la Eucaristía, defendido por Lutero ((Aunque Lutero negaba la transubstanciación)) y negado por Zuinglio. El pastor de Zurich predicaba un cristianismo naturalista, sin profundidades ni misterios, basado en la negación del libre albedrío, suponiendo autor del mal a Dios ((Zuinglio, De Providentia, c.5.)). A juicio del autor, Zuinglio se parece más a los herejes panteístas del medioevo que a Lutero.

Las doctrinas protestantes aplicadas a rajatabla por algunas sectas como los anabaptistas trajeron la rebelión de los siervos contra sus señores ((Recuerda Menéndez Pelayo las prédicas comunistas de anabaptistas soliviantando a campesinos y mineros contra sus señores. La represión de los señores feudales fue atroz.)), al punto tal que los príncipes que un día dieron armas y prestigio a la reforma, ahora pedían su exterminación inmisericorde.

Dice a continuación Menéndez Pelayo que Calvino se levantó para eliminar el caos de las iglesias suizas. Envidioso y mezquino, duro y vengativo de carácter, se convirtió en dictador al imponer sus doctrinas en la iglesia de Ginebra. Su doctrina de la justificación es más fatalista que la de Lutero, aunque sostiene que el primer hombre estaba dotado de libertad. No cree que Dios sea autor del pecado, como sí lo cree Lutero. Igual afirma que toda obra humana es pecado. Radicalizó la doctrina luterana de la predestinación llegando a afirmar la certeza de la salvación eterna, que Lutero aplicaba sólo a la justificación.

Al hablar de Enrique VIII deja claro el autor que éste negó solamente la cuestión del primado al no obtener de Roma su divorcio. En todo lo demás se mantuvo fiel a la doctrina y práctica católica, sin excepción alguna. Los problemas vinieron a su muerte. Siendo Crammer, arzobispo de Cantorbery, un luterano disimulado, aprovechó entonces que Seymour, tutor del hijo de Enrique, era zuingliano. Se sintió Crammer más libre e implantó las nuevas doctrinas. Entonces –dice Menéndez– se reformó la liturgia, se suprimió la misa y la oración por los muertos, se atacaron la presencia real, las imágenes y el celibato ((Allí mismo, t. II, p. 671)).

Después de resumir lo que la humanidad debe a la llamada Reforma ((En filosofía, la negación de la libertad humana. En teología, el principio del libre examen, absurdo en boca de quien admite la revelación, puesto que la verdad no puede ser más que una y una la autoridad que la interprete. En artes plásticas, la iconomaquia, que derribó el arte de la serena altura del ideal religioso para reducirle a presentar lo que en la pintura holandesa y en su más eximio maestro se admira: síndicos en torno de una mesa o arcabuceros saliendo de una casa de tiro, obras donde el ideal se ha refugiado en los efectos del claroscuro. En la literatura, baste decir que Ginebra rechazaba todavía en el siglo XVIII el teatro y que ni Ariosto, ni Tasso, ni Cervantes, ni Lope, ni Calderón, ni Camoens fueron protestantes, y que hasta es dudoso que Shakespeare lo fuera. Ni la libertad política de Inglaterra es obra del protestantismo, sino que venía elaborándose desde los tiempos medios, ni los progresos de las ciencias exactas y naturales, de la población y la riqueza, del comercio y la náutica, pueden atribuirse a una causa tan diversa de ellos, so pena de incurrir en el sofisma: post hoc, ergo propter hoc. Ni la decantada moralidad relativa de ciertos pueblos septentrionales, en la cual mucho influye el clima, tiene que ver con el protestantismo, antes riñe con sus principios, los cuales, entendidos como suenan y como los explican sus doctores, no hay aberración moral que no justifiquen. Dice que Lutero creó o fijó la lengua alemana y la patria alemana; pero aunque esto fuera cierto, que no lo es, ¿por qué los meridionales, que ya teníamos lengua y patria, hemos de extasiarnos ante esas creaciones y participar del entusiasmo fanático de los perpetuos enemigos de nuestra raza?» Ahí mismo, t. II, p. 672.)) pregunta el autor: «¿Quién que tenga en sus venas sangre española y latina no preferirá aquella otra reforma que hicieron los Padres de Trento, y que los jesuitas dilataron hasta los confines del orbe? ¿Quién dudará, aun bajo el aspecto artístico y de simpatía, entre San Ignacio y Lutero o entre Laínez y Calvino? Dios suscitó la Compañía de Jesús para defender la libertad humana; para purificar el Renacimiento de herrumbres y escorias paganas; para cultivar todo linaje de ciencias y disciplinas y adoctrinar en ellas a la juventud; para extender la luz evangélica hasta las más rudas y apartadas gentilidades» ((Allí mismo, t. II, p. 672-673.)). A esta no llama Menéndez contrarreforma, como si fuera una reacción ante el embate protestante. Llama verdadera reforma ((Allí mismo, t. II, p. 673.)) a la que se había iniciado, mucho antes que la revuelta de Lutero, con las órdenes mendicantes y la Devotio Moderna ((Fecundo movimiento espiritual que surge en Europa durante el siglo XIV y se proyecta hasta el siglo XVI cuyo acento es la intensa devoción a la vida y la humanidad de Jesucristo. Se considera como iniciador de esta escuela espiritual al flamenco Gerardo Groote (1340-1384), discípulo cercano del Beato Ruysbroeck.)). Ya desde tiempos del rey Juan I de Castilla, hacia fines del siglo XIV, se habían alentado reformas y austeras observancias, que con los Reyes Católicos pasan a ser estrategias más elaboradas e impulsadas con energía ((Ver Luis Fernando Figari, Evangelización, Promoción Humana y Reconciliación en la forja de América Latina, VE, Lima 1992, p. 15.)).

Los católicos buscamos la unidad de fe y vida, aunque no siempre sea esto lo que vivimos, debido a nuestras debilidades y pecados. Pero sabemos que esa es la meta y nos consideramos en falta cuando no actuamos como creemos. No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de Dios. No basta, pues decir que creemos. También los demonios creen en Dios, dirá la carta de Santiago, llevándonos a reflexionar en una fe auténtica, unida a la virtud, a la acción según lo que se cree, según lo que cada bautizado ya es. El protestantismo sentencia: “cree en Dios, pero no actúes como Él quiere que lo hagas, porque es imposible; cree pero no te esfuerces por vivir como crees”, como si bastara la sola fe en un sentido reducido a la mente o al sentimiento. El católico, como siempre, tiende a lo integral y entiende la fe como un don y también una respuesta a la Revelación, pero una respuesta de mente, corazón y acción; respuesta del hombre completo. Esta fe vivida, integral, se ataca mucho hoy en día bajo el difundido lema: la Iglesia a la sacristía.

Modernidad y liberalismo ((Allí mismo, t. II, p. 318 ss.))

Arribamos pues a la síntesis compleja y amorfa de tantas doctrinas heterodoxas. Ya se había negado la capacidad humana de conocer la verdad, conocer los valores auténticos y también la capacidad del hombre de vivir según esos valores. Se da ahora un paso más: el hombre es incapaz de vivir en sociedad. Alegando como pretexto las guerras de religión y todas las tendencias egoístas, como si estas tuvieran cautivo nuestro destino solitario, se aprobó explícitamente con leyes el individualismo, haciendo eco de antiguos nominalismos y visiones deterministas, no menos rancias.

A juicio del autor, la gran herejía moderna es la negación de la divinidad de Cristo, cosa antigua, pero hoy fortalecida por la aplicación del libre examen y la consiguiente negación del carácter divino de la Iglesia. Como ya antes ha dejado ver Menéndez, el origen del problema es una cuestión religiosa y espiritual, cuyas consecuencias se plasmarán en filosofías (escepticismo, materialismo, deísmo, naturalismo, idealismo…) y políticas concretas (liberalismo, regalismo, marxismo, comunismo…). El autor se remonta a los tiempos anteriores al cristianismo en que ya existían las líneas básicas de estas doctrinas heréticas que a lo largo de la historia cristiana vivieron encubiertas junto a la Fe, surgiendo de cuando en cuando.

En esta historia tiene Averroes un papel muy importante, opina el polígrafo santanderino. Averroes influyó desastrosamente en el pensamiento europeo, especialmente «en Bolonia y Padua, foco de los estudios jurídicos, y en la mercantil y algo positivista Venecia» ((Allí mismo, t. II, p. 319.)). Maquiavelo y su inmoralidad política entran también en esta corriente de crisis al destruir el fundamento metafísico de la justicia dando rienda suelta al utilitarismo. «Todo sistema sin metafísica está condenado a no tener moral» afirma el autor, explicando la crisis de valores consiguiente a la negación metafísica iniciada con fuerza en el siglo XVIII.

El protestantismo contribuyó de manera indirecta al desarrollo del germen liberal, cuando algunos de sus seguidores resucitaron las olvidadas herejías arrianas y macedonianas, panteístas, deístas y otras reediciones heréticas. En el siglo XVIII, Francia se contagió de las ideas protestantes y del desaliento y duda por efecto de las luchas de religión. La literatura francesa del siglo XVI muestra la decadencia moral e intelectual ((Son los llamados lucianistas por su espíritu burlesco: Rabelais, Desperier, Estéfano, Montaigne, Charron. Allí mismo, t. II, p. 322.)) y aunque luego Luis XIV, rey católico, oscurece con su reinado esta decadencia literaria y logra sostener el pensamiento de los embates del cartesianismo, no terminaron estas doctrinas ahí, sino que volvieron con más fuerza en el siglo XVIII. En Inglaterra surgió una filosofía que se adecuó al carácter práctico y antimetafísico de la raza inglesa, retomando a Occam y siguiéndole Hobbes, Locke y los atacantes del dogma cristiano Toland, Collins, Shaftesbury y otros deístas que fueron el alimento de Voltaire. Éste era muy pobre a nivel filosófico. Más significó su actitud de destructiva y la gracia de estilo de la que hacía gala. Se creía poeta y exegeta. Sus panfletos burlescos y reclamaciones contra verdaderos abusos sociales, jurídicos y económicos, se difundieron en toda Europa bajo el auspicio de élites corruptas. Todo lo que sea grandeza de espíritu, anhelo profundo, nobleza y rectitud, cae en el saco de sus burlas ((Envidió a Montesquieu; persiguió y delató a Rousseau, destrozó indignamente la Merope de Maffei, después de haberla plagiado; calumnió a adversarios y amigos; mintió sin cesar y a sabiendas…» Allí mismo, t. II, p. 326.)). Menéndez lo llama «epicúreo práctico, cortesano y parásito de reyes, de ministros y de favoritas reales». Pero Voltaire no hubiera llevado a cabo su empresa de anticristo si no fuera por concurso ciego de las fuerzas de su siglo. Reyes, ministros, magnates y nobles se dedicaron a seguirle en su revolución ((Cita Menéndez los casos de Federico en Prusia; Catalina en Rusia; José II en Austria; Pombal en Portugal y los ministros de Carlos III en Castilla. Allí mismo, t. II, p. 326.)).

Es la época del individualismo de Hobbes y del optimismo rosa y la sensibilidad fomentados por Rousseau con sus escritos afectados y ficticios. Todo esto muy lejos de la fe y del ejercicio de la virtud. Siguiendo esta “sensibilidad”, se guiaron por el criterio de pensar es sentir, reduciendo la filosofía a una quimera sentimental o a sensaciones físicas ((«Ni las bestias, si Dios les concediese por un momento la facultad de filosofar, habían de hacerlo tan rastreramente como los comensales de Federico II o del barón de Holbach». Allí mismo, t. II, p. 328.)). En cuanto a la Enciclopedia, califica el autor a Diderot de lo que hoy sería un periodista y de D´Alembert que «ordena y clasifica las ciencias conforme al método de Bacon, y hace breve historia de sus progresos con relativa templanza y aun timidez de juicio, con académica elegancia de frase y con infinitas omisiones y errores de detalle» ((Allí mismo, t. II, p. 329.)). Se difundió el germen francés a Italia, Inglaterra y España. Filósofos, fisiócratas y economistas fueron acumulando el combustible para el gran incendio, que sucedió al favorecerles el estado crítico de la sociedad sin fe ni virtud, y la decaída fuerza moral de la Iglesia. Esta crisis moral infundió fácilmente en las multitudes odios, envidias y feroces concupiscencias que no dejaban otra salida que la revolución.

Después de que las aguas revolucionarias, sanguinarias como pocas corrientes revoltosas, se dio en Europa una reacción antifrancesa, pero no siempre con espíritu católico; simplemente se trató de un vago espiritualismo contra el materialismo y bajeza de la revolución, lamentándose de una enfermedad tan triste como era el grosero ateísmo de la Enciclopedia. El sensualismo iba perdiendo terreno en favor de ideas más elevadas, pero no bien orientadas: cristianismo progresivo, social y humanitario, «monstruosa confusión de lo terreno y lo divino» ((Allí mismo, t. II, p.332.)). Finalmente estos gérmenes de reacción cristiana cayeron en tierra mala perdiéndose ante el eclecticismo «ahogando pocas y no bien aprendidas ideas en un mar de palabras elegantes y discretas aproximaciones».

El cetro intelectual pasó a Alemania con Kant y su idealismo escéptico, seguido de Fichte, Schelling y Hegel. Y no hay parte del saber humano donde Hegel no haya impreso su garra, piensa Menéndez Pelayo, y continúa denunciando la falta de originalidad y profundidad en el pensamiento posterior a Hegel: «Parece imposible que en menos de treinta años se hayan disipado aquellas grandezas intelectuales; la soberana abstracción del ser y el conocer, la lógica y la metafísica, lo racional y lo real, se reducían a suprema unidad, desarrollándose luego en áurea cadena y variedad fecundísima» ((Allí mismo, t. II, p.333.)). Dice el autor que esto es un ejemplo de cómo se suicidan los errores, y lo hacen tanto más rápido cuanto más en contradicción están con el sentido común. Se lamenta diciendo: «¡Tanta descarriada peregrinación por el mundo del espíritu, tanto fabricar ciudades ideales, tanto endiosamiento del yo humano, tantas epopeyas de la idea, tanta orgía ontológica y psicológica, para volver, por corona de todo al sistema de la naturaleza y al hombre máquina! ¡Qué amargo desengaño!» ((Allí mismo, t. II, p.334.))

Después de esto, dice el autor, la batuta intelectual pasa a los ingleses, “la raza práctica y experimental por excelencia”, invadiendo todo con su mentalidad positivista, materialista y utilitaria. Y de los ingleses «pasará a sus hijos, los yankees, que harán la ciencia aún más carnal, grosera y mecánica que sus padres» ((Allí mismo, t. II, p.334.)).

Así, vemos hoy que el progreso enceguece a muchos, que prescindiendo de los criterios metafísicos y teológicos de fondo los reemplazan por el criterio de la utilidad y el progreso. Es la nueva religión sin Dios, con sus propios cultos e idolillos para adorar. Por todas partes se rebuscan soñados conflictos entre la ciencia y la religión. Se lamenta el autor de que «en vano se escriben refutaciones serias, porque no se leen, y menos son los que estudian la ciencia por la ciencia, sino por apañar piedras para arrojar al santuario. Lo hipotético se da por averiguado; se confunde lo que es dogma con las posiciones de tal o cual Padre de la Iglesia o comentador, que no tenía obligación de saber cosmología ni física, tal como hoy las entendemos; se fingen y fantasean persecuciones contra el saber, mintiendo audazmente contra la historia, y se construyen sistemas exegéticos de pura fantasía, acabando por creerlos o por aparentar que los cree el mismo que los ha fabricado» ((Allí mismo, t. II, p. 335.)).

Recordando lo dicho antes en torno a que es la sociedad la que corrompe el arte, comenta el polígrafo español que el arte «anda sin Dios, ni ley, ni luz de ideas superiores, todas las cuales arrastra y envuelve el positivismo en la ruina de la metafísica, se ha arrojado en brazos de un realismo o naturalismo casi siempre vulgar y hediondo, alimento digno de paladares estragados por tales filosofías. No podía esperarse más vistosa flor ni más sabroso fruto de este moderno paganismo» ((Allí mismo, t. II, p. 336.)). Se alza la voz del autor para denunciar una sociedad herida de muerte, con anhelos de aniquilación, al modo budista, y hasta de suicidio colectivo con Hartmann como portavoz. ¡Qué retroceso respecto al cristianismo y a la civilización greco-latina!

Me llama la atención el paso desde las posturas escépticas de lo humano –tan propias de gnósticos, quietistas y de la síntesis protestante de ambas doctrinas– a una apuesta desmedida por la acción humana, pero esta vez sin Dios. Algunos lo llaman con acierto agnosticismo funcional. Se trata de la acción desentendida de toda metafísica, de todo valor moral, de toda creencia en otro dios que no sea el hombre ((Nietzsche y sus seguidores.)). ¿Cómo explicar esto? Sólo encuentro explicación en la reducción utilitarista tan en boga actualmente y en la incoherencia protestante que denuncia Menéndez Pelayo entre lo que se cree y lo que se vive, entre la fe y la vida, tema que ya mencioné en la sección correspondiente. Por un lado muchos dudan del hombre, de su bondad y religiosidad; de la posibilidad de respuesta a las preguntas esenciales que todo hombre se plantea. Por otro lado se endiosa al hombre, se le hacen altares y se le llenan los ojos y oídos con sus grandes logros, impidiéndole ver más allá de todo ello, su contingencia, su hambre de infinito y su necesidad de Dios. Se nos estimula e ilusiona con nuestras capacidades de manipulación de lo creado mediante la técnica que muchas veces parecemos olvidar los límites morales y el fin querido por Dios para la creación.

Acusando las políticas liberales concluye el autor que sólo la Iglesia, columna de la verdad, permanece firme y entera en medio del naufragio cultural. En vano es atacada en sus ministros y sus fieles asesinados, y en vano es reducida mediante leyes a ser una oficina del Estado. Y es que no ven que todo ataque a la Iglesia hace temblar el edificio político y que, cuando la revolución social llega y lo arrasa todo, las monarquías, y las repúblicas, y los imperios suelen hundirse para no levantarse más. Y así, en medio de este caos, la Esposa de Cristo sigue resplandeciendo tan hermosa como el primer día ((Allí mismo, t. II, p. 336.)). Este párrafo resume el pensamiento de Menéndez Pelayo respecto a la esencia del espíritu liberal y sus relaciones con la religión y la Iglesia de Cristo.

Y no le faltó razón al autor. La tendencia liberal es reducir la Iglesia a una institución más del estado y a su autoridad no mayor que la de cualquier ONG. Si así fuera, la Iglesia no tendría autoridad para enseñar la verdad universal del Evangelio. La Iglesia es quien mejor puede defender al hombre en toda su dignidad de todo atropello, dada su autoridad divina para custodiar y enseñar el depositum fidei ((Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Dei Verbum 9 y 10.)).

Se llevaron a la práctica las máximas liberales en España ((Hay que considerar que en otras naciones se valieron los enemigos liberales de la Iglesia de modos muy parecidos para consumar sus ataques.)) desde la entrada de la dinastía borbónica y el regalismo que llevaba en su seno liberal, «guerra hipócrita, solapada y mañera contra los derechos, inmunidades y propiedades de la Iglesia, ariete contra Roma, disfraz de jansenistas y enciclopedistas y volterianos para el más fácil logro de sus intentos, ensalzando el poder real para abatir el del sumo pontífice, y, finalmente, capa de verdaderas tentativas cismáticas. A la sombra del regalismo se expulsó a los jesuitas, se inició la desmortización, se secularizó la enseñanza y hasta se intentó la creación de una iglesia nacional y autónoma; todo desfigurando y torciendo y barajando antiguas y veneradas tradiciones españolas» ((Allí mismo, t. II, p. 341. Regalías son derechos que el Estado tiene o se arroga de intervenir en cosas eclesiásticas. A veces son concedidas por el Papa; otras son usurpaciones y desmanes del poder político.)).

Esto dio paso a “marchas y contramarchas” en cuanto a violaciones de los derechos eclesiásticos y respuestas por parte de los pontífices romanos y miembros del clero que denunciaban los abusos, proponían leyes más justas y evidenciaban la labor de sociedades secretas. Lamentablemente más pudieron los reyes, ministros o consejeros corruptos y sociedades secretas, que la fe de pueblos tan cristianos como Portugal, España y Francia. Sus élites políticas impusieron las consignas antieclesiales de moda ((Ya con Fernando VI se había comenzado la guerra contra los jesuitas. Wall y los suyos con ayuda del embajador inglés M. Keene y de Pombal sembraron la desconfianza. Los consejeros de su sucesor no eran más amigos de la Iglesia ni de la Compañía: los extranjeros Wall, Esquilache y Grimaldi, a los que se sumaron el duque de Alba y el famoso Roda, que llenó consejos y tribunales de abogados dados a regalías y novedades con las que entonces se hacía carrera.)). Triste ejemplo de esto es la trama que se urdió para expulsar y luego lograr la supresión de la Compañía de Jesús, siguiendo la máxima volteriana de que “para matar a la madre, hay que matar primero a la hija”. Todas las fuerzas masónicas, liberales y judías se aliaron para alzar calumnias ((En 1762 da el Parlamento de París un decreto que condena a los Padres de la Compañía como «fautores del arrianismo, del socinianismo, del sabelianismo, del nestorianismo…, de los luteranos y calvinistas…, de los erroes de Wicleff y Pelagio, de los semipelagianos, de Fausto y de los maniqueos…, y como propagadores de doctrina injuriosa a los Santos Padres, a los apósotoles y a Abrahám». Allí mismo, t. II, p. 434.)) contra la Iglesia manipulando reyes y eclesiásticos rebeldes y corruptos, y a punta de mentiras y odio dieron este duro golpe a la Iglesia.

[pullquote]Asegura Menéndez que esta expulsión trajo la ruina de España. Numerosísimos colegios y universidades quedaron sin profesores de talla. Se reemplazaron por oportunistas, clérigos jansenistas y gente de escasa cultura. Estos educaron a las siguientes generaciones en las costumbres y criterios liberales y anticlericales. No extraña que en las páginas siguientes de la obra de Menéndez veamos a obispos favorables al cisma ((Allí mismo, t. II, p. 466 ss.)). Otra consecuencia de este acto fatal, opina el autor, fue la pérdida de las colonias americanas suscitada por los abusos de rapaces colonos que ocuparon el lugar que con justicia regentaba la Compañía de Jesús ((Cita Menéndez la Colección de documentos relativos a la expulsión de los jesuitas de la república Argentina y del Paraguay donde figuran unas frases del obispo de Tucumán, enemigo de la Compañía a Aranda: «No sé qué hemos de hacer con la niñez y la juventud de estos países. ¿Quién ha de enseñar las primeras letras? ¿Quién hará misiones? ¿En dónde se han de formar tantos clérigos?» Y una carta a Aranda dice: «No se puede vivir en estas partes; no hay maldad que no se piense, y pensada, no se ejecute». Allí mismo, t. II, p. 443-444.)).[/pullquote]

Una vez descristianizado el pueblo fiel mediante la mediocre educación y el mal testimonio de las autoridades y élites, de clérigos corruptos y afectos al régimen político y por la difusión, apoyada desde Francia, de sociedades masónicas, ingresó el enciclopedismo a España con sus vicios ya comentados más arriba. Otras manifestaciones del espíritu moderno en España se dejan ver en la heterodoxia de las Cortes de Cádiz y los reinados de Fernando VII e Isabel II. Quien quiera puede leer la sección que dedica nuestro autor a tales períodos en España tan llenos de políticos antirreligiosos rebosantes de ideas progresistas y regalistas. Yo lo sintetizo en persecuciones a la Iglesia fiel a Roma, abolición del Santo Oficio –ya totalmente inútil y corrupto–, confiscaciones de bienes eclesiásticos, saqueos y matanzas en monasterios, calumnias, revoluciones. Fueron también éstos los años que vieron a apologistas católicos tan ilustres como Balmes y Donoso Cortés, incansables defensores de la Fe y la cultura cristiana.

Llega la Historia de los heterodoxos españoles hasta 1882. Basta ver el índice del último capítulo de la obra para ver la magnitud de la crisis española: Luego del reinado de Isabel sobrevienen en España toda suerte de sistemas políticos y anarquías. Gobiernos todos con hostilidad a la Iglesia. Época de impiedades y blasfemias, espiritismo ((Respecto al espiritismo dice el autor: «No lo creerán los venideros, pero bueno es dejar registrado que esta aberración de cerebros enfermos ha cundido en España mucho más que ninguna secta herética y cuenta más afiliados que todas las variedades del protestantismo juntas y que todos los sistemas de filosofía racionalista». Allí mismo, t. II, p. 1026.)) y artes mágicas, filosofía heterodoxa y propaganda protestante.

Hay respuestas por parte de la Iglesia a toda esta avalancha de ataques. Dice nuestro autor que la literatura católica española ha tomado en aquéllos años –hacia 1880– «un carácter más escolástico, lo cual, si por una parte es síntoma de mayor solidez y fortaleza en los estudios y nos libra para siempre de los escollos del tradicionalismo de Donoso y del eclecticismo de Balmes, puede, en otro concepto, llevarnos a exclusivismos e intolerancias de escuela, máxime si no se interpreta con alta discreción y en el sentido más amplio la hermosísima encíclica Aeterni Patris, en que el sabio pontífice nos ha señalado el más certero rumbo para llegar a las playas de la filosofía cristiana» ((Allí mismo, t. II, p. 1027.)). Acto seguido trae Menéndez a colación numerosos autores españoles –sacerdotes y laicos– que defienden la fe de la Iglesia en todos los campos: literatura, filosofía, teología, historia, espiritualidad y hasta ciencias positivas, probando la armonía entre la ciencia y la fe, entre la fe y la razón. Reconoce nuestro autor que en exégesis no hay más que un estudioso: D. Francisco Xavier Caminero, polemista contra el racionalismo aplicado a la Sagrada Escritura. Apologistas ante doctrinas protestantes también los hay en España. Defensores de la filosofía social católica, periodistas, arqueólogos, filólogos y hasta pintores católicos. Lamentablemente el pensamiento y el arte español son poco conocidos y si bien tienen valiosos estudios y obras, han sido poco difundidos e inclusive rechazados por la indiferencia de aquéllos y de éstos días ante lo español y católico.

Finalmente, en el epílogo, recuerda Menéndez Pelayo que la unidad española en la lengua, en el arte y en el derecho es debida al latinismo, al romanismo. Pero esto no bastaba. Faltaba una unidad más profunda: la unidad de creencia lograda con el cristianismo. Y esto es lo que hace grande una nación e hizo grande a España ((No elaboraron nuestra unidad el hierro de la conquista ni la sabiduría de los legisladores; la hicieron los dos apóstoles y los siete varones apostólicos; la regaron con su sangre el diácono Lorenzo, los atletas del circo de Tarragona, las vírgenes Eulalia y Engracia, las innumerables legiones de mártires cesaraugustanos; la escribieron en su draconiano código los Padres de Ilíberis; brilló en Nicea en Sardis sobre la frente de Osio…». t. 2, p. 1037.)). Recuerda las epopeyas históricas de España contra las invasiones turcas y las conquistas en ultramar. Trae a la memoria la gloriosa evangelización de la mitad del orbe por sus santos misioneros. Alienta así la memoria histórica del pueblo español y las riquezas sociales y culturales que le trajo la evangelización, pero su conciencia de la realidad no lo deja enceguecido por las glorias pasadas ante la dramática situación de sus días. Menéndez acepta con dolor y pena la crítica situación espiritual e intelectual de su nación a finales del siglo XIX por el rechazo de su pasado e identidad ((Dice de los librepensadores españoles de su época que son de la peor casta de impíos que se conocen en el mundo, porque el español que no es católico es incapaz de creer en otra cosa, como no sea un cierto sentido común y práctico que ha nutrido a políticos y economistas. t. 2, p. 1038)). La imposición de la revolución, artificial en España, a lo largo de los dos últimos siglos es causa de esta crisis. Han viciado el ser nacional de España: «Todo lo malo, todo lo anárquico, todo lo desbocado de nuestro carácter se conserva ileso, y sale a la superficie cada día con más pujanza. Todo elemento de fuerza intelectual se pierde en infecunda soledad o sólo aprovecha para el mal» ((Allí mismo, t. II, p. 1038.)). Aun así no pierde el autor la esperanza en España: «Los esfuerzos de nuestras guerras civiles no prueban falta de virilidad en la raza; lo futuro ¿quién lo sabe? No suelen venir dos siglos de oro sobre una misma nación; pero mientras sus elementos esenciales permanezcan los mismos por lo menos en las últimas esferas sociales; mientras sea capaz de creer, amar y esperar…aun puede esperarse regeneración» ((Allí mismo, t. II, p. 1039.)).

La publicación de la Historia de los heterodoxos españoles fue acogida con silencio. La prensa liberal y los “intelectuales” de la época callaban, «porque eran demasiado sectarios para aplaudir y demasiado ignorantes para morder con algún fundamento», dirá el arzobispo de Granada ((Ver Menéndez Pelayo y su “Historia de los heterodoxos españoles”, por Rafael García y García de Castro, arzobispo de Granada. Allí mismo, t. II, p. 1045.)). Igual opinión sostenía la escritora Pardo Bazán. Recién hacia el final de su vida, despejado un tanto el espíritu de 1880, confesaba el autor su satisfacción por el éxito muy superior a sus esperanzas que había tenido su obra. Y creo que los frutos se seguirán dando en la medida en que aprendamos de Menéndez Pelayo su intensa fe y profunda sabiduría, y nos dediquemos a pensar con todas las luces que nos da el sabio español. De esto pienso hablar un tanto en la conclusión.

Conclusión

No podría terminar sin sacar algunas conclusiones. Estas van en torno a algo que comenté brevemente en la introducción y que se esclarecen más después de repasar los puntos clave de la obra de Menéndez Pelayo. Se trata de una serie de notas que vemos en el autor en cuanto a su aproximación a la realidad, y que tienen –o deberían tener– plena vigencia hoy en día para aproximarnos a la realidad.

  1. Búsqueda sincera de la verdad:

Juan Pablo II dice en su más reciente encíclica que «se puede definir, pues al hombre como aquél que busca la verdad» ((Juan Pablo II, FER 28.)). En el hombre hay una serie de preguntas esenciales a las cuales se puede responder sólo con la verdad ((«…preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y a dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida? … Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre.» Juan Pablo II, FER 1.)), y esta es la respuesta que busca Menéndez Pelayo. No se detiene en abstracciones que lo alejan de la verdad y de la vida. Va a lo esencial que responde a su hambre de verdad, hambre de conocer el pasado y en el fondo, hambre de conocerse a sí mismo y profundizar en la situación cultural de su entorno, ejercitando aquél espíritu crítico que considera nota típica del pensamiento español ortodoxo.

Era consciente de que era difícil esta lucha por acercarse a la verdad, y en medio de las críticas y un ambienta agresivo de positivismo, ateísmo e indiferencia. Sufrió en carne propia esta realidad hostil a la Iglesia y a la fe y responde con su nostalgia por el pasado de España a los que lo critican y hasta se avergüenzan por su pasado católico, anhelando haber sido más libres, quizá como la iluminada Francia o la agnóstica Inglaterra: «Yo, a falta de grandezas que admirar en lo presente, he tomado sobre mis flacos hombros la deslucida tarea de testamentario de nuestra antigua cultura. He escrito en medio de la contradicción y de la lucha, no de otro modo que los obreros de Jerusalén en tiempo de Nehemías, levantaban las paredes del templo, con la espada en una mano y el martillo en la otra» ((Allí mismo, t. II, p. 1039.)).

  1. Humildad

Y en esa búsqueda de respuestas acepta que se puede equivocar y que habrá de ser corregido. Lo dice con toda naturalidad al inicio y al final de su obra ((Al principio de su obra, en la advertencia preliminar: «El primer deber de todo historiador honrado es ahondar en la investigación cuanto pueda, no desdeñar ningún documento y corregirse a sí mismo cuantas veces sea menester.» Era conciente de lo fragmentario y heterogéneo de muchos capítulos, pero sabía que en lo sustancial cierta unidad los entrelazaba. En la protestación, dirá Menéndez, con profundo espíritu de fe que a veces no vemos siquiera en algunos teólogos actuales: «Todo lo contenido en estos libros, desde la primera palabra hasta la última, se somete al juicio y corrección de la santa Iglesia católica, apostólica, romana y de los superiores de ella con respeto filial y obediencia rendida»)) con un espíritu de fe y confianza en la autoridad de la Iglesia, que desearíamos ver hoy en muchos autodenominados teólogos.

Lejos de envanecerse y darse a sí mismo la gloria de su obra, critica algunas partes: Decía de ella que era fragmentaria y heterogénea en muchos capítulos, pero que en lo sustancial cierta unidad los entrelazaba. Y esta unidad es lo que he buscado al escribir este texto, y ciertamente hay unidad, más allá de los datos y anécdotas que no son pocas en la obra comentada.

  1. Honestidad y realismo

Fue siempre sincero, nunca con afán de agredir o faltar el respeto. Llevar al hermano a la verdad es el mayor respeto por la persona humana y su dignidad. Muchos contrincantes suyos le reconocieron su sencillez, su bondad, inteligencia y amplitud de miras, criterio amplio y generoso, genial patriota, poeta ((Ver Menéndez Pelayo y su “Historia de los heterodoxos españoles”, por Rafael García y García de Castro, arzobispo de Granada. Allí mismo, t. II, p. 1048-1053.)).

Tiene la honestidad serena que se vale del sentido común para acercarse a lo real. Sintonizando con su hambre de verdad se lanza a conocer la verdad. Y obviamente confía en que esta verdad trascendente y objetiva se puede conocer. Qué cachetada al escepticismo tan difundido de hoy, y a su hijo natural: el relativismo, que pretenden marcar el fin de la metafísica ((FER 55.)). Consciente de sus limitaciones, como ya vimos, se sabe capaz de conocer la verdad.

Con toda franqueza sabe trascender las discusiones vanas, cuando ve que el problema está en la persona misma y es de índole espiritual. Y si el problema de algún contrincante es espiritual, entonces hay que responder ahí ante todo, porque si no cualquier otra respuesta será inútil.

[pullquote]Su realismo, aunque muchas veces duro, no es para caer en desesperanza; todo lo contrario. Ciertamente la Historia de los heterodoxos españoles es una obra que a fuerza de hablar de herejías, revoluciones y decadencia moral y espiritual, podría sumirnos en la desesperanza. Sin embargo, nos debe mover a no ser ingenuos y a esperar con mayor fe y caridad. Hay dificultades, hay muchas crisis, y ellas nos mueven a confiar más fuertemente en el Señor de la Vida y de la Historia. [/pullquote]

Así es como lo entendió Menéndez Pelayo. Esperanza consciente de las grandes luchas espirituales que agitan a la humanidad, esperanza que no teme ver la realidad, esperanza que no se construye sobre ilusiones o mentiras; la verdadera esperanza que nace de la verdad asumida con todas sus consecuencias y que espera sólo en Aquél que puede darle sentido a la historia y a nuestras existencias.

  1. Unidad de fe, razón y vida

«Todo lo que se presenta como objeto de nuestro conocimiento se convierte por ello en parte de nuestra vida», dice el Papa ((FER 1.)). Vemos en Menéndez Pelayo el constante auxilio entre la fe y la razón para acercarse a la vida. Ambas le sirven como las dos alas para alcanzar la verdad. Pero esta verdad no es algo abstracto. La verdad es para Menéndez Pelayo algo vivo. Su apasionamiento en varias partes del libro es fruto de una aproximación viva, existencial. Desde su vida, que es vida de fe, se aproxima al ser. No pretende hacer una ciencia “aséptica” al modo de los que siguen la corriente empirista o positivista, como si la objetividad absoluta fuera la de una ciencia desencarnada de la realidad concreta, independiente de toda valoración moral y cultural.

No duda de su capacidad cognoscitiva, de modo que cuando ha comprobado algo afirma, sin temor ni respetos humanos, alto y fuerte la verdad. Tampoco renuncia a su fe. Sabe que ésta no es nunca obstáculo para el estudio. El hombre es «Aquél que vive de creencias», como dice JP II en FER 31, y no por ello manipula los hechos según su conveniencia, enseñándonos con su ejemplo que la fe nunca obstruye el camino a la verdad; sino que nos ayuda a darle un sentido y una mayor profundidad.

  1. Aproximación holística

De esto ya hablé en la introducción, por lo cual no me detendré nuevamente en esto.

  1. Aproximación histórica

Es la historia una parte de la aproximación holística y pienso que no es necesario demostrar esto en la obra comentada. Bastará ver el calibre de los argumentos históricos probados y comprobados de los que hace gala el autor. No parte de ideas preconcebidas o de un sistema filosófico particular. Parte de los hechos, de la realidad concreta y luego reflexiona sobre ella, ayudado por su fe y su inteligencia. No teme reconocer las crisis de la Iglesia, pero critica a los que exageran o hacen de ellas caballitos de batalla para el disenso.

© 2015 – Alejandro Gutiérrez Osorio para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Alejandro Gutiérrez Osorio

Alejandro es Bachiller en teología por la FTPCL (Lima, Perú). Diplomado en Habilidades Gerenciales (TEC de Monterrey), diplomado en Leadership Programme (Ontario Principal´s Council), diplomado Internacional de Liderazgo (Universidad Católica San Pablo). Profesor de Filosofía, director del Colegio Sagrado Corazón Montemayor (Medellín, Colombia) por 3 años.

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