El 11 de octubre pasado se han celebrado 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II y, al mismo tiempo, se ha dado inicio al año de la Fe proclamado como tal por el Papa Benedicto XVI. El Concilio ha sido sin duda el acontecimiento eclesial más importante del S. XX, cuyo contenido y horizonte requieren ser profundizados de cara a una vivencia y a una aplicación cada vez mayor en el seno de la Iglesia y en su acción en el mundo.

Pero ¿qué es un Concilio?, es una Asamblea de Obispos y de otras personas –como los Superiores generales de las Congregaciones religiosas– convocada y presidida por el Papa. Cuando esta Asamblea convoca a miembros de toda la Iglesia universal, de toda la ecúmene, se denomina Concilio Ecuménico; tal ha sido el caso del Concilio Vaticano II que se llevó a cabo del 11 de octubre de 1962 al 8 de diciembre de 1965.

Es poca la distancia histórica para elaborar un juicio capaz de hacer justicia a un evento como el Concilio Vaticano II, lo que quizá toca realizar es un esfuerzo de profundización en su comprensión considerando ante todo la intención del Papa que lo convocó, el Beato Juan XXIII, y del Papa que lo continuó y concluyó, el Siervo de Dios, Pablo VI ((Sobre la intencionalidad de ambos Pontífices puede verse Agostino Marchetto, Il Concilio Ecumenico Vaticano II, contrappunto per la sua storia, Librería Editrice Vaticana, Cittá del Vaticano 2005, pp. 360-364.)).

En el Discurso de Inauguración del Concilio S.S. Juan XXIII se puede ver la más amplia intención del Concilio: «con oportunas “actualizaciones” y con un prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales» ((S.S. Juan XXIII, Discurso de Inauguración del Concilio Ecuménico Vaticano II, 11/10/1962, n. 3.)), se trata de una intención evangelizadora, de comunicar la verdad de siempre –la del Evangelio de Jesucristo– pero con oportunas actualizaciones en el modo de hacerlo. En efecto, en el n. 6 de dicho Discurso distinguía el Papa con total claridad entre «la substancia de la antigua doctrina, del depositum fidei» y «la manera de formular su expresión», siendo ésta la que debía ponerse al día (aggiornamento) y no aquélla, como muchos al parecer han malinterpretado posteriormente desde la que ha sido llamada “hermenéutica de la discontinuidad y de la ruptura” por Benedicto XVI ((S.S. Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22/12/2005.)). La intención del Concilio expresada por Juan XXIII era la de la renovación en continuidad, renovación de las formas y modos de comunicar la verdad de la fe, y continuidad en la custodia de esa verdad de la fe, como se desprende de lo que señalaba en ese importante Discurso: «El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz» ((Ibid, n.5.)). La orientación general y el camino de aggiornamento que debían seguirse estaban muy claros, pero no existía un programa con objetivos más específicos ((Philippe Chenaux, Il Concilio Vaticano II, Carocci Editore, Roma 2012, p. 62.)), cosa que debió esperar a la Segunda Sesión del Concilio.

En el Discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio del 29 de septiembre de 1963 S.S. Pablo VI reitera la misma intención evangelizadora de la Iglesia «llevar a los hombres a la santidad, que es lo que intenta nuestra querida Iglesia» para lo cual, en la línea de lo planteado por el Papa Juan XXIII, el Concilio debía procurar, de un lado, «que se conserve y se proponga con mayor eficacia el sagrado depósito de la doctrina cristiana» y, de otro lado, «investigarla y exponerla según las exigencias de nuestro tiempo». En el marco de esta intencionalidad y en ese mismo Discurso Pablo VI señaló un programa cuyos principales objetivos eran cuatro: «la conciencia de la Iglesia, su renovación, el restablecimiento de la unidad de todos los cristianos y el diálogo con el hombre actual» ((S.S. Pablo VI, Discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, 29 /09/1963.)).

[pullquote]Todo debía emanar, en cierto sentido, del primer objetivo, pues de la profundización en la naturaleza de la Iglesia debía brotar con claridad su misión y el horizonte de su acción en el mundo, itinerario de reflexión que impregnó decisivamente la marcha del Concilio.[/pullquote]

La formulación más clara de ese itinerario había sido propuesta en una intervención por el Cardenal Suenens el 4 de diciembre de 1962, muy cerca del final del primer periodo de sesiones, suscitando una gran acogida en los Padres Conciliares, incluyendo al Cardenal Giovanni Battista Montini –quien unos meses después fue elegido Papa, tras el tránsito de Juan XXIII–. El Cardenal Suenens había planteado: «Este programa quisiera proponerlo así: que este Concilio sea el Concilio de la Iglesia y que tenga dos vertientes: la Iglesia en su actividad interna y la Iglesia en su actividad externa» ((Citado por Gian Franco Svidercoschi, Historia del Concilio Vaticano II, Ed. Coculsa, Madrid, p. 182.)). El Cardenal Montini apoyó incondicionalmente dicha tesis programática en su intervención del día siguiente. En el Discurso de apertura de la segunda sesión antes referido este itinerario había sido asumido y profundizado como puede verse en las palabras de Pablo VI: «el tema principal que se propondrá esta segunda sesión del Concilio ecuménico se referirá a la Iglesia misma. Se investigará, pues, profundamente su naturaleza íntima para que (…) aparezca más claramente su misión múltiple y salvadora» ((S.S. Pablo VI, Ibid.)).

El tema de la “conciencia de la Iglesia” resulta pues fundamental para la comprensión del Concilio y para su vivencia y aplicación. Lo que debe entenderse por esa conciencia puede ser ahondado en la primera encíclica de Pablo VI, la Ecclesiam suam, del 6 de agosto de 1964. En ella plantea como prioridad de toda tarea eclesial la profundización de la Iglesia «en la conciencia que ella ha de tener de sí misma, del tesoro de verdad del que es heredera y depositaria, y de la misión que debe cumplir en el mundo» ((S.S. Pablo VI, Ecclesiam Suam, 5)). El itinerario señalado para el Concilio es aquí profundizado. Desde esa conciencia de sí misma, la Iglesia debe avanzar en su renovación, y a partir de ella debe desplegarse en la evangelización del mundo, contando con el diálogo como parte de ese dinamismo evangelizador pues en él la «Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio» ((Ibid, 27.)). La realización del Concilio y su recta hermenéutica no pueden entenderse sin la conciencia del itinerario mencionado.

Ya el planteamiento del punto de partida como “conciencia de la Iglesia”, como conciencia de su naturaleza esencial, es indicativo del camino que había sido propuesto por Juan XXIII, el de exponer la verdad de siempre según las exigencias de nuestro tiempo. En efecto, el Papa Pablo VI refiriéndose a la “conciencia en la mentalidad moderna” había señalado que «esta necesidad de considerar las cosas conocidas en un acto reflejo para contemplarlas en el espejo interior del propio espíritu, es característico de la mentalidad del hombre moderno». La Iglesia debía realizar un acto reflejo sobre sí misma, un acto de conciencia que era ya en sí mismo una manera de hacerse eco de la mentalidad de nuestro tiempo, pero no para quedarse en una conciencia subjetiva sino para volverse a la verdad de siempre, al Evangelio tal como nos fue mostrado por Jesucristo. La Iglesia debía tomar más plena conciencia de sí, para desde ella salir al encuentro del mundo, para proyectarse en la misión evangelizadora que le es propia.

La respuesta a la pregunta dirigida a la Iglesia “¿qué dices de ti misma?” encuentra respuesta, ante todo, en la Constitución Dogmática Lumen Gentium, una de las cuatro constituciones promulgadas por el Concilio Vaticano II ((Las otras tres Constituciones son la Dei Verbum (sobre la Divina Revelación), la Sacrosanctum Concilium (sobre la Sagrada Liturgia) y la Gaudium et Spes (sobre la Iglesia en el mundo actual).)). En palabras del entonces Obispo de Cracovia, Karol Wojtyla, «esta Constitución constituye, en cierto sentido, la clave del pensamiento conciliar en su totalidad» ((Karol Wojtyla, La renovación en sus fuentes, BAC, Madrid 1981, p. 27.)), y ya como Papa, en el año 1985, se refirió a ella como «la piedra angular de todo el magisterio conciliar» ((S.S. Juan Pablo II, La Constitución “Lumen gentium”, piedra angular del magisterio conciliar, 22/10/1995, 1.)). También el Cardenal De Lubac en su interesante Diálogo sobre el Vaticano II había señalado que la Lumen Gentium era la «columna vertebral de la obra conciliar» ((Cardenal Henri de Lubac, Diálogo sobre el Vaticano II. Recuerdos y reflexiones, BAC, Madrid 1985, p. 26.)).

A su vez, como ha puesto de relieve Luis Fernando Figari, el primer párrafo de la Lumen Gentium «viene a ser una suerte de clave de lectura de toda ella, e indica la orientación de fondo de su aproximación al misterio de la Iglesia» ((Luis Fernando Figari, Una eclesiología de comunión y reconciliación, sobre la Constitución dogmática Lumen Gentium, en Vigencia y proyección del Concilio Vaticano II, VE, Lima 1996, p. 41)). En efecto, las palabras Lumen gentium cum sit Christus, Cristo es la luz de los pueblos, con que se inicia la Constitución nos colocan ante la Persona misma de Cristo, ante su realidad, ante la Luz que de su Persona emana, Luz que «resplandece sobre la faz de la Iglesia» ((Lumen Gentium, 1)), de este modo lo primero que se nos propone como respuesta a la pregunta por la identidad de la Iglesia es que ella está centrada en Jesucristo y que refleja su Luz.

A continuación la Constitución señala que «la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano», lo cual quiere decir que ella realiza la unión del hombre con Dios y de los hombres entre sí, que ella es un misterio que hace posible la comunión con Dios y de los hombres, que en ella Cristo está presente y sigue realizando su obra de salvación y reconciliación en la historia ((Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 774.)).

En consecuencia, ella no es solamente una realidad institucional sino un misterio enraizado en Cristo al tiempo de ser también el Pueblo de Dios que peregrina en la historia y avanza hacia la meta de la eternidad, por lo cual es un error de comprensión reducirla exclusivamente a su dimensión visible e institucional, como muchas veces ocurre.

Desde esa eclesiología de comunión se puede comprender la dinámica que anima la estructura orgánica de la Iglesia, la relación familiar entre Obispos, sacerdotes, laicos y religiosos, unidos por una misma fe y un mismo bautismo, conscientes del aporte de cada quien al único Cuerpo que es la Iglesia –el Cuerpo místico de Cristo– y en el horizonte común de la vocación universal a la santidad que la Lumen Gentium recuerda en el capítulo V. Esta conciencia debe ayudar aun hoy a superar la estrechez de mirada que no termina de asimilar la riqueza y la complementariedad de las diversas vocaciones en la Iglesia. Cabe poner de relieve que dentro de una perspectiva eclesial unitaria y de comunión, el Concilio profundizó en la identidad y misión del laico, en su plena pertenencia a la Iglesia y en el carácter peculiar de su inserción en el mundo, promoviendo de ese modo una mayor toma de conciencia de su dignidad y de su tarea en la Iglesia y en la sociedad.

Una segunda gran clave de comprensión del Concilio es la antropológica. El Concilio Vaticano II se propuso anunciar la Verdad de Jesucristo al hombre de nuestro tiempo, haciéndose solidario de «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias» ((Gaudium et Spes, 1)) que lo embargan como expresa con singular belleza el proemio de la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia y el mundo actual. Por esa intención evangelizadora puso en el centro de su reflexión la antropología, el misterio del hombre. Pablo VI lo hizo notar en su Discurso en la clausura del Concilio en 1965: «la Iglesia, reunida en concilio, ha dirigido su interés –aparte de hacia sí misma y a las relaciones que la unen con Dios– también hacia el hombre, y hacia el hombre tal cual se manifiesta en nuestros días» ((S.S. Pablo VI, Discurso en la Clausura del Concilio Ecuménico Vaticano II, 7/12/1965, n.4.)). El Papa Benedicto XVI recordó la misma perspectiva central en su importante Discurso a la Curia Romana del 2005: «En el gran debate sobre el hombre, que caracteriza el tiempo moderno, el Concilio debía dedicarse de modo especial al tema de la antropología. Debía interrogarse sobre la relación entre la Iglesia y su fe, por una parte, y el hombre y el mundo actual, por otra» ((S.S. Benedicto XVI, Discurso a la Curia Romana, 22/12/2005.)).

Gaudium et Spes se aproxima al ser humano en su situación existencial e histórica, a sus esperanzas y temores, a sus cambios sociales, psicológicos, morales y religiosos, a sus aspiraciones e interrogantes más hondos. La persona no puede dejar de plantearse de algún modo las cuestiones que brotan de su propia humanidad, preguntas como las que Gaudium et Spes recuerda en su número 10: «¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?» ((Gaudium et Spes, 10)), interrogantes que expresan el drama vital de la persona humana, y que constituyen el inicio de un recorrido que puede conducir a cada uno a descubrir el sentido de su vida, al encuentro personal con Jesucristo como respuesta a esas y a otras preguntas semejantes.

Gaudium et Spes se acerca al ser humano considerándolo en su totalidad, «el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad» ((Ibid, 3)), teniendo en cuenta que es la «única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí misma» ((Ibid, 24)) y que halla su plenitud sólo en el encuentro, «en la entrega sincera de sí mismo a los demás» ((Ibid, 24)). El Concilio pues tiene una mirada antropocéntrica, pero que es a la vez una mirada teocéntrica que reconoce que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» ((Gaudium et Spes, 22.)), y que la plenitud humana resplandece en el hombre perfecto, en Jesucristo, Dios hecho hombre, quien «manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación» ((Ibid.)).

En este capital pasaje de Gaudium et Spes 22, el entonces Obispo de Cracovia, Karol Wojtyla, decía que podía «vislumbrarse un como antropocentrismo específico que surge en medio de ese cristocentrismo» ((Karol Wojtyla, La renovación en sus fuentes, BAC, Madrid 1981, p. 60.)). Ya en su Pontificado, como Juan Pablo II, señaló reflexionando sobre él que «Cuanto más se centre en el hombre la misión desarrollada por la Iglesia; cuanto más sea, por decirlo así, antropocéntrica, tanto más debe corroborarse y realizarse teocéntricamente, esto es, orientarse al Padre en Cristo Jesús. Mientras las diversas corrientes del pasado y presente del pensamiento humano han sido y siguen siendo propensas a dividir e incluso contraponer el teocentrismo y el antropocentrismo, la Iglesia en cambio, siguiendo a Cristo, trata de unirlas en la historia del hombre de manera orgánica y profunda. Este es también uno de los principios fundamentales, y quizás el más importante, del Magisterio del último Concilio» ((S.S. Juan Pablo II, Dives in Misericordia, 1.)). Los alcances de este principio son de una magnitud enorme, pues en él se nos muestra una perspectiva unitaria que supera dualismos y dicotomías que separan a Dios y al ser humano. Si se asume este principio en toda su integridad –principio que podría denominarse “antropocentrismo teologal”– se siguen numerosas consecuencias; así por ejemplo la autocomprensión y la autorrealización del ser humano no pueden darse plenamente al margen de Cristo. De otro lado, el ateísmo –en sentido amplio– viene a ser la cara opuesta del antropocentrismo teologal, como puede notarse también en su irrupción en los números 19 y 20 de la Gaudium et Spes en medio de la presentación antropológica del Documento, o más específicamente al caracterizarlo inmediatamente después de la importante afirmación del inicio del n. 19 «La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios» ((Gaudium et Spes, 19)).

La eclesiología de comunión y el antropocentrismo teologal son dos claves fundamentales de comprensión del Concilio, como se desprende de los textos mismos y de la lectura que de ellos ha hecho el Magisterio Pontificio, ellos están como en la base de las enseñanzas conciliares que se orientan hacia aquel Omnia instaurare in Christo, Instaurarlo todo en Cristo, de la Carta a los Efesios que es recogido en el Concilio y que constituye un horizonte fundamental para la Iglesia de hoy y del mañana.

Artículo publicado en la revista “Red Cultural” de la Universidad Gabriela Mistral, n. 17, nov. 2012 – feb. 2013, Santiago de Chile.

Aldo Giachetti Pastor

View all posts

Add comment

Deja un comentario