Hace unos días como parte de mi trabajo en el colegio San Juan Apóstol –ubicado en una de las zonas más pobres de Arequipa– tuve una reunión con los padres de familia. En un momento del diálogo pregunté: ¿Conocen el nombre del Papa? Sí, respondieron todos, con fuerza y alegría. ¡Es el Papa Francisco! La naturalidad y el ardor con que lo mencionaron, me ayudó a comprender que nuestro Santo Padre había tocado una fibra en estas personas sencillas, había despertado su amor por la Iglesia, y sin darse cuenta, tal vez, percibían en este hombre alguien que con su testimonio les hacía cercano el amor de Jesús.

El estilo de Francisco es la vida de Jesús que es el mismo ayer, hoy y siempre; es la fuerza del Evangelio que constituye un mensaje actual y vigente para todos los hombres, es la sencillez de la Iglesia manifestada desde hace miles de años en su cercanía con los más débiles. La novedad está en lo que el Espíritu Santo impulsa en este Papa de modo particular. Esa es la Luz que hoy en día nuestro camino y nos lleva a ver en los más necesitados el rostro de Jesús.

Pero ¿es pobre sólo aquel que no posee materialmente? ¿El Papa sólo ve a aquellos que no tienen condiciones económicas dignas? No, Francisco nos recuerda que la pobreza tiene otro matiz: «Es la pobreza espiritual de nuestros días, que afecta gravemente también a los Países considerados más ricos. Es lo que mi Predecesor, el querido y venerado Papa Benedicto XVI, llama la “dictadura del relativismo”, que deja a cada uno como medida de sí mismo y pone en peligro la convivencia entre los hombres». La descripción completa nuestra visión y comprensión del pobre. Citando a Benedicto XVI, Francisco nos abre el horizonte y nos dice que pobre también es aquel que se ha alejado de Dios, de la fe; aquel que está confundido, triste o desesperanzado; aquel que necesita el calor de la Verdad.

Entonces, cuando el Papa habla de una «Iglesia pobre para los pobres», habla sobre todo de la necesidad de testimoniar la experiencia de sabernos amados por el Señor y de encontrar en ese encuentro una riqueza extraordinaria. Pues, quien vive esa experiencia en su vida anuncia una alegría auténtica, a aquellos que material y espiritualmente necesitan de Dios. Ese es el mensaje que Francisco nos quiere transmitir, el de un cristianismo vivo, cimentado en la amistad con Jesús y expresado en la caridad.

[pullquote]Ese llamado adquiere relevancia hoy que celebramos la Pascua de Resurrección. Pues, luego de ver a Jesús lavar los pies a sus discípulos, instituir la Eucaristía, morir amándonos hasta el extremo, en la cruz. Experimentamos que el amor expresado en el servicio a quien Dios ponga delante de nosotros es parte fundamental de nuestro camino hacia la santidad.[/pullquote]

¡Alegrémonos! Amigos, hemos encontrado la mejor forma de evangelizar a nuestros hermanos más necesitados. Anunciando a Jesús Resucitado, que ha vencido al pecado y la muerte, y nos da la auténtica esperanza.

© 2013 – Víctor Ramos para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Víctor Ramos

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