En el último tiempo he estado recibiendo en mi celular muchas llamadas para ofrecerme servicios de televisión. Yo, que no suelo dar mi número de celular a casi nadie (y ciertamente nunca para fines comerciales), me pregunto cómo han hecho para obtenerlo. Es evidente que existe un activo “mercado negro” de información con una finalidad claramente mercantil, del cual muchos de nosotros hemos sido víctimas.

Lo anterior me ha hecho preguntarme cuánta de mi información estará por ahí circulando en manos de qué empresas o instituciones ¿Cómo es que ha pasado esto sin que me haya casi dado cuenta? ¿Hasta donde les es posible saber de mí? ¿Existe algún límite o la privacidad ya es algo del pasado?

Aunque ha pasado desapercibido para algunos medios de comunicación, el día 28 de marzo la Cámara de Representantes del Congreso de los Estados Unidos aprobó una normatividad por la cual se autoriza a los proveedores de servicios de Internet (ISP, por sus siglas en inglés) a vender los datos de los usuarios sin su consentimiento expreso. Esto ha generado gran preocupación no sólo en los usuarios sino en diferentes entidades que buscan proteger los derechos del consumidor.

Pareciera ser un contrasentido que en el mes en el que se celebra internacionalmente el día del consumidor (marzo 15), se haya aprobado esta legislación, con la cual se abren puertas legales para que los proveedores de servicios de Internet puedan vender la información que registren de sus usuarios, incluyendo páginas que visitan, trayectoria, e incluso ubicación, entre otros productos que sin el consentimiento del consumidor digital pueden ser vendidos. Se requiere que cada consumidor exprese que no desea que sea comercializada su información ¿No debería ser al contrario?

El derecho a la protección de los datos propios es algo que había venido ganando terreno en el ámbito legal, pero situaciones como la actual lo único que logran es retroceder en el camino ganado a lo largo de muchos años.

Ya en 1962 el presidente John F. Kennedy decía que «consumidores, por definición, somos todos. Son el grupo mayoritario de la economía, afectando y siendo afectados por la totalidad de las decisiones económicas públicas y privadas. Dos tercios del gasto total en la economía provienen de los consumidores. Pero son el único grupo importante en la economía que no están organizados eficazmente, cuya opinión es a menudo ignorada… si el consumidor no es capaz de decidir, partiendo de la información, entonces estamos tirando su dinero, su salud y seguridad pueden estar amenazadas, y el interés nacional sufre” ((http://www.aytojaen.es/portal/RecursosWeb/DOCUMENTOS/1/2_13065_1.pdf))

Dentro de los principios generales que debe regir la relación proveedor – consumidor se encuentran: La protección de los consumidores en situación vulnerable y de desventaja; la protección de los consumidores frente a los riesgos para su seguridad; el acceso de los consumidores a una información adecuada que les permita hacer elecciones bien fundadas conforme a los deseos y necesidades de cada cual; La protección de la privacidad del consumidor y la libre circulación de información a nivel mundial. La posibilidad de comercializar sin consentimiento del consumidor digital la información que puede ser obtenida en redes de sus preferencias, gustos, páginas visitadas, e incluso ubicación, es evidentemente una vulneración de la vida privada del consumidor, y puede resultar en no pocas situaciones de inseguridad que lo hacen más vulnerable y más manipulable en el libre mercado.

Aquí no se trata solamente de una disposición del órgano legislativo de un país, sino que definitivamente entra en juego la vulneración de derechos de miles de consumidores digitales que en el tráfico de Internet van dejando cada día información, y que probablemente no se concentren solamente en el mercado digital estadounidense.

Vivimos en un mundo donde la tecnología se hace cada vez más presente y más silenciosa; por eso es algo grave que no existan medidas adecuadas que nos protejan de su uso indiscriminado sea por el gobierno o por las empresas. Esta situación va tomando visos orwellianos, donde la realidad del Gran Hermano que siempre nos vigila se torna cada vez más creíble y más preocupante.

No está en riesgo sólo la privacidad de los datos individuales, sino que, desde una visión más amplia, se violan principios fundamentales como la neutralidad de la Red, mientras que se carga en el usuario la responsabilidad de proteger expresamente sus datos y eso sin contar con los riesgos que dicha recolección de datos puede traer en caso de caer en manos de hackers u otras personas inescrupulosas.

Todo esto lo podemos enmarcar en la tendencia cada vez más agresiva de los sitios web como Facebook de recolectar los datos de los usuarios, según ellos para “prestar un mejor servicio” pero con los efectos colaterales que ya hemos señalado.

© 2017 – Carlos Díaz Galvis para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Carlos Díaz Galvis

Carlos es el Director Editorial del Centro de Estudios Católicos CEC. En la actualidad reside en Medellín (Colombia).

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