Debemos defender y promover la familia. Hoy Giuliana en su vlog trata de este importante tema:

Y te invitamos a reflexionar con este texto:

¿Por qué la familia es importante?

“Hay poca vida verdaderamente humana en las familias de nuestros días”[1], dijo Juan Pablo II en la Carta a las Familias que escribió hace exactamente 23 años. Si hace dos décadas el Santo Papa ya había puesto de manifiesto esta preocupante realidad, actualmente la situación no solo es más grave sino que también exige una reivindicación urgente de la misión educativa de la familia y su rol como principal artífice del futuro de la humanidad. ¿Qué mayor evidencia de esta necesidad que la crisis de valores y moral que vivimos en la sociedad global, la cual coincide con una progresiva desvalorización del matrimonio y la familia?

Hoy más que nunca debemos insistir no solo en la reivindicación de la familia como célula básica y vital de la sociedad, sino también como primera y principal educadora de la humanidad en valores cristianos que son, finalmente, el cimiento sólido sobre el cual el hombre puede construir una felicidad verdadera, no solo para sí mismo sino también para el prójimo. “En efecto, de la familia nacen los ciudadanos, y éstos encuentran en ella la primera escuela de esas virtudes sociales, que son el alma de la vida y del desarrollo de la sociedad misma”.[2]

[pullquote]Es en la familia que se inculca la veracidad, la honradez, la responsabilidad, la generosidad y la fraternidad; es ahí donde se enseña el patriotismo, alcanzando la capacidad de “acogida cordial, encuentro y diálogo, disponibilidad desinteresada, servicio generoso y solidaridad profunda”.[3] Por lo tanto, “si queremos darle un rostro verdaderamente humano a nuestro futuro, no podemos ignorar el don precioso de la familia, fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer en un consorcio para toda la vida”,[4] esforzándonos por “estimar sus valores y posibilidades, promoviéndolos siempre”. [5] [/pullquote]

Pero, ¿por qué le cuesta tanto a la familia de hoy cumplir ese rol que vino realizando durante cientos de años, no sin problemas pero con eficiencia? Educar en virtudes no es fácil y exige todo eso que actualmente, en la cultura del hedonismo y de la felicidad descartable, se ve como retrógrado o masoquista: “requiere el aprendizaje de la abnegación, de un sano juicio, del dominio de sí, condiciones de toda libertad verdadera. Los padres han de enseñar a los hijos a subordinar las dimensiones ‘materiales e instintivas a las interiores y espirituales’ (CA 36). Es una grave responsabilidad para los padres dar buenos ejemplos a sus hijos. Sabiendo reconocer ante sus hijos sus propios defectos, se hacen más aptos para guiarlos y corregirlos”.[6]

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Por eso, para lograr esta reivindicación de la familia es primordial que los padres tomemos conciencia de cuál es nuestra verdadera misión cuando hablamos de educar a nuestros hijos. No se trata únicamente de darles la vida y cuidarla, de ofrecerles solo una educación académica de primera o de cubrirles la mayor cantidad de necesidades y lujos materiales que nos sea posible, sino que se trata también de formarlos moral y espiritualmente. Además, los padres han de ser los primeros anunciadores de la fe cristiana a sus hijos, tanto con su palabra como con su ejemplo de vida, de tal manera que ellos puedan percibir que sus vidas no tiene sentido fuera de Cristo. Es decir, debemos darle el tiempo necesario a la formación de los hijos y empezar por hacer el trabajo de ser nosotros mismos mejores personas. Sí, sacrificio y abnegación. Hay que estar dispuestos porque es en el seno de la familia donde la persona “recibe las primeras nociones sobre la verdad y el bien, aprende qué quiere decir amar y ser amado y por consiguiente qué quiere decir ser una persona”.[7]

Además, todos los puntos anteriores deben estar normados por una virtud imprescindible: el amor. El amor —en este caso el paterno y el materno— debe ser siempre el alma y la norma de la educación de los hijos, dentro y fuera del hogar. “El amor de los padres se transforma de fuente en alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda acción educativa concreta, enriqueciéndola con valores de dulzura, constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrifico, que son el fruto más precioso del amor”.[8] Este amor puede desarrollarse con mayor tranquilidad y fluidez si es que se cuenta con un hogar en el que “la ternura, el perdón, el respeto, la fidelidad y el servicio desinteresado son norma”.[9]

Sin duda, no es un trabajo fácil, pero merece absolutamente todo nuestro esfuerzo.

[1] S.S. Juan Pablo II, Carta a las familias, 10.

[2] S.S. Juan Pablo II, Familiaris consortio, 42.

[3] S.S. Juan Pablo II, Familiaris Consortio, 43.

[4] S.S. Benedicto XVI. Carta al Cardenal Alfonso López Trujillo, 17/5/2005.

[5] S.S. Juan Pablo II, Familiaris Consortio.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, 2223.

[7] S.S. Juan Pablo II, Centesimus annus, 39.

[8] S.S. Juan Pablo II, Familiaris Consortio, 36.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, 2223.

© 2016 – Giuliana Caccia Arana para el Centro de Estudios Católicos – CEC

 

Giuliana Caccia Arana

Giuliana está casada y tiene dos hijos. Comunicadora social (Universidad de Lima) y Master en Matrimonio y Familia (Universidad de Navarra, España), es creadora de La Mamá Oca y autora del libro “Educación en serio. Reflexiones para ser los padres que nuestros hijos necesitan” (Ed. Planeta/Sello Diana). También es Directora del área de Familia del CEC.

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