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Hace unos meses la cosa se está poniendo cada vez más fea en Medio Oriente. Pero a miles de kilómetros de distancia, otros miles de personas por esta parte del mundo se preguntan: “¿A mí qué me importa lo del Medio Oriente?” Y tal vez muchos acentuarán el “qué me importa” poniéndole una carga de indiferencia.

Definitivamente, en nuestro día a día hay muchas cosas que llaman más nuestra atención.

Siempre estamos oscilando entre diversos puntos de interés: ayer me importaban las compras de la semana, la salud de mi jardinero que es anciano y tiene artritis, me importaba el Mundial de fútbol en Brasil. Hoy me importa la ley pro-aborto (asesinato de niños) que se aprobó en Perú, me importa el futuro de algunos proyectos actuales en los que estoy metido, mis horas de estudio para terminar la tesis, el amigo que está sin trabajo, el cerrar en azul las cuentas del año.

Me importan muchas cosas más cercanas a mi realidad. Nos importan nuestras cosas, nuestras vidas. Y el Medio Oriente parece no estar entre “nuestras cosas”.

No entendemos bien lo que pasa en aquellos lugares donde nacieron las primeras civilizaciones. Incluso, cuando uno se esfuerza por hacer un análisis histórico y contextual más profundo de la situación en Irak, Siria o Israel, se da cuenta de que si bien hay cosas objetivamente malas y reprochables, allá no hay “negro” y “blanco”, sino una infinidad de gamas de grises. Sí, de grises… y pocos colores vivos y alegres. Quizás por allá la inocencia pertenezca solo a los niños, por su humanidad débil, sin importar su religión. Esa es quizás la impresión que tenemos a la distancia.

Debo reconocer que también a mí el indeseable mosquito de la indiferencia me picó por un momento, y casi me deja una herida. Pero al reflexionar un poco sobre lo que leo, y al hacer el esfuerzo de elevar al menos algunas plegarias por los que sufren allá, he percibido que el Medio Oriente, a mí, sí me importa.

En primer lugar, porque como católico profeso la fe en la “comunión de los santos”. ¿Qué significa eso? Bueno, básicamente significa dos cosas: comunión entre vivos, y comunión entre vivos y muertos. Es decir, significa que podemos estar en armonía, por la oración, no sólo con quienes están en este mundo, sino también con aquellos que han pasado a otra vida.

Me importa el Medio Oriente por todos los que han muerto fruto de la violencia, la persecución, la brutalidad de la guerra y el terrorismo; y me importa por los que viven allí, en medio de conflictos, inseguros, amenazados y en muchos casos perseguidos y abandonados. Sólo por ese principio de fe, el Medio Oriente ya me importa y mucho.

Me importa recibir un mensaje de algunos conocidos que tengo por aquellos lados, aunque sea en un inglés masticado. Son gente sana, inteligente y llena de sueños, tienen familia, son gente buena y deseosa de la paz. Me importa saber que ellos y los suyos están bien. No puedo hacer nada más que, a la distancia, rezar por ellos. Y por el misterio de la comunión de los santos, sé que eso es muy fuerte. Sé que es una gran ayuda para ellos.

En segundo lugar, el Medio Oriente me importa porque el mundo es mucho más pequeño de lo que imaginamos. Algo de historia he estudiado y sé que tarde o temprano la semilla del fanatismo y del odio puede crecer y esparcirse a otras latitudes portando sus frutos de destrucción y muerte.

[pullquote]Por experiencia vicaria, algo sabemos de lo que fueron las grandes guerras de la historia. Al conocer el resultado de las ideologías, de la ambición por el poder y el dinero, conozco algo de su capacidad destructora. Estuve en Auschwitz, conozco de primera mano testimonios de personas que vivieron la II Guerra Mundial, que trabajaron por la paz en África, que fueron víctimas del terrorismo en Perú. He leído varias biografías de personas que soportaron horrores de la violencia. No se lo deseo a nadie.[/pullquote]

Sí, me importa que no haya guerra, en ninguna parte del mundo. Porque la violencia genera violencia. Y por más grande que sea el mundo, es más chico de lo que pensamos.

Por último, me importa el Medio Oriente porque soy un ser humano. Y por más que la humanidad sea tan contradictoria y diversa, todo ser humano porta siempre una gota de bondad por ser imagen de Dios Amor, que nos ha creado. Soy parte de un árbol donde cada rama, cada hoja, cada fruto es importante, y que no puede destrozarse por razones de sexo, raza, ideología o religión.

Me importa el sirio, el nigeriano, el iraquí, el iraní, el turco, el egipcio, el palestino… me importan todos. La humanidad es una familia, y mi familia me importa. Si así no fuera, dudaría de mi sentido de humanidad.

Si hay algo que temo es que un día el hielo de la indiferencia congele mi corazón, apagando el fuego del Amor que habita en él.

Soy humano y soy cristiano. Soy de los que creen en aquél canto angelical de la Nochebuena: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2, 14). Soy de los que tienen una esperanza que brota de la fe en Aquél que nació en Belén, y que es el “Príncipe de la Paz”.

Por todo ello, el Medio Oriente ¡sí me importa!

© 2014 – Ricardo Braz para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Ricardo Braz

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