apostolesTodas las épocas traen sus complejidades. Pero una característica creciente de la nuestra es la distracción, promovida por un sinfín de estímulos; se hace cada vez más difícil cultivar el mundo interior, buscando sosiego para dialogar con uno mismo. Aquel coloquio se convierte en un ejercicio incómodo. Descubrimos muchas veces la carencia de silencio y objetividad para confrontar nuestra realidad. Incluso se puede suscitar una sutil desconfianza en el auxilio de Dios, o en la ayuda que podemos recibir de tantas personas que han confrontado sus dificultades, buscando la guía del Señor Jesús. Esta realidad genera una notable fragilidad frente a los problemas de cualquier naturaleza.

En un reciente diálogo con alumnos de los Colegios Pontificios de Roma, el Papa Francisco aludió precisamente a las «turbulencias» y a las situaciones conflictivas que uno confronta cotidianamente. En este caso preguntaron al Santo Padre qué hacer para permanecer fieles a la vocación. «¡Estar vigilantes!», respondió tajantemente Francisco. Pero antes de resaltar situaciones externas, el Papa aludió a la vida interior, recordando que la vigilancia «es una actitud cristiana» que cala hondo en la espiritualidad ((Ver Encuentro del Papa Francisco con rectores y alumnos de los Colegios Pontificios de Roma, 12/5/2014)).

Pero, ¿de qué vigilancia se trata? Aquella que comienza por mirarse a uno mismo, aunque no en sentido narcisista. Más bien ejerciendo aquella máxima: «Yo soy el primer campo de apostolado». La vigilancia personal parte de una pregunta fundamental: «¿Qué sucede en mi corazón? Dado que donde está mi corazón está mi tesoro. ¿Qué sucede allí? Dicen los Padres orientales que se debe conocer bien si mi corazón está en una turbulencia o mi corazón está tranquilo». El Santo Padre señalaba que si se está en turbulencia, «no se puede ver qué hay dentro. Como el mar, no se ven los peces cuando el mar está así».

El ejemplo al que alude el Papa es sumamente didáctico y realista. En el océano agitado y oscurecido por la bruma, poco o nada puede observarse. Ya había ocurrido con los Apóstoles en la barca, en el Lago Tiberíades, cuando en medio de la tempestad increparon al Señor Jesús para que los librara del peligro, olvidando que estaban con el Salvador, y que las tormentas eran pasajeras. Pero ellos, como suele suceder también en circunstancias parecidas, perdieron la perspectiva, la confianza en Jesús, exigiendo una solución inmediata a su turbación. También olvidaron que Dios tiene sus tiempos y su pedagogía (Mt 8,23ss).

Hay que tener presente que las turbulencias están ligadas al abatimiento, cuando toda nuestra perspectiva se vuelve gris. Todo parece estar dominado por el desánimo, la tristeza y la honda pesadumbre del alma. El abatimiento favorece la fragilidad intrínseca, alentando juicios sumamente duros y poco caritativos sobre uno mismo y la realidad. Luis Fernando Figari describía estos problemas como un «arco significativo» que iba «de lo espiritual a lo corporal, pasando por lo psíquico». Enumeraba «ideas como las de vacío existencial o indiferencia emocional, desabrimiento, carencia de motivación, apatía, tibieza, un sentimiento de asfixia o derrota, desubicación, etc.» ((Ver Luis Fernando Figari, Hermas y la Acedia, Revista Vida y Espiritualidad, setiembre-diciembre de 2009, año 24, N° 71)).

El desánimo nos conduce por caminos de susceptibilidad y de autocastigo injustificados. «Toda la atención del abatido queda polarizada por la vida interior; todo lo que se refiere al interior se hace molesto», sostiene M. Caprioli. «En el interior del alma sólo hay tristeza y desconsuelo contra los que no se combate, abandonándose sin voluntad ni coraje a una muda desesperación. A menudo no se lamenta de lo que ha pasado, sino de lo que está a punto de suceder» ((Ver M. Caprioli, Melancolía. En Ermanno Ancilli (ed.), Diccionario de Espiritualidad, Herder, Barcelona 1983, Vol. II, pp. 579-580)).

En aquellos momentos de turbulencia podríamos dar rienda suelta a nuestra desesperanza, desencadenando rencores contra nosotros mismos, contra los demás e incluso contra Dios. Un hábito frecuente en este sentido es la anticipación catastrofista, como destacaba Caprioli.

Sin embargo, aquella experiencia de crisis podría transformase en una oportunidad de crecimiento, de madurez en la fe. Sin relativizar el dolor que suscitan los momentos de prueba, el Papa Francisco recordaba que se ha hecho común buscar ayuda psicológica adoptando un camino válido: «Pero Padre, en este tiempo de tanta modernidad buena, de la psiquiatría, de la psicología, en estos momentos de turbulencia creo que sería mejor ir al psiquiatra que me ayude», señaló el Santo Padre, añadiendo: «No descarto eso».

Pero hay otras ayudas espirituales también importantes. La vigilancia interior está estrechamente empalmada con la humildad y la conciencia del amor de Dios por nosotros. Dios Padre, amoroso y providente, quiere ayudarnos. Los momentos de turbulencia constituyen instancias de aprendizaje que nos educan en la confianza en Dios, en la paciencia y en la vigilancia, para detener en seco los alienígenos mentales que nos abaten y desalientan.

Uno de estos “alienígenos” es, precisamente, la creencia de que uno ha sido abandonado por Dios, como los Apóstoles durante la tempestad. Regularmente reclamamos apoyos y seguridades absolutas. Creemos ilusamente que en la satisfacción de deseos de seguridad, que pueden ser perfectamente válidos —pero pasajeros— podremos hallar paz y alegría definitivas.

Necesitamos tener muy en claro que en Dios encontraremos la seguridad fundamental. Nuestro llamado último es a elegirlo y a fiarnos de su amor infinito y personal. En las turbulencias podemos seguir el consejo de San Efrén el Sirio:

«Conócete a ti mismo y tu enemigo será derrotado. Haz la paz contigo, y contigo habitará la paz. Esfuérzate para entrar en tu celda interior y verás la morada celeste. Porque ellas son la misma realidad: penetrando en una, contemplarás también la otra. La escala al Reino está en ti, escondida en tu corazón. Si te desprendes del fardo de tus pecados, descubrirás en ti el atajo que hará posible tu ascensión».

En estas circunstancias de dificultad también están los amigos, los buenos consejeros, las palabras de aliento fraterno de aquellos con los que caminamos juntos y que buscan nuestro mayor bien. Una tentación imprudente es asumir que nos corresponde a nosotros solos, con nuestros propios recursos, navegar las “tormentas interiores”, para solucionarlas. Nos incomoda mostrarnos frágiles y muchas veces, más bien, nos encerramos en nuestras penas y preocupaciones. Cuán necesaria es la humildad para admitir que precisamos de ayuda para sobrellevar nuestras turbulencias.

Quizá el “mejor amigo” es Cristo Jesús, cuya experiencia de dolor es absolutamente real. Allí están sus heridas abiertas para demostrarlo. Cada paso de su Pasión demuestra confianza absoluta en Dios y en su pedagogía salvífica. Jesucristo está tocando a nuestra puerta, insistente pero pacientemente, para entrar en nuestro corazón y ayudar a transformarlo (Ver Ap 3,20). El Señor quiere darnos un corazón de carne. Nos invita a despojarnos de los hábitos autosuficientes y consentidos que nos hacen ansiar una inmediata liberación de nuestros problemas y aflicciones y a revestirnos de su mente (ver 1Cor 2,16).

El Señor Jesús es el «Modelo» al que necesitamos acudir. Él nos enseña, pacientemente, a vivir la esperanza activa que requiere nuestra cotidiana confrontación con la existencia, que en sí misma constituye un perenne desafío. Es muy fácil deslizarse sutilmente hacia la dependencia desordenada de bienestar que creeremos hallar en los objetos, en los sistemas económicos, en la civilización técnica, en el consumismo o el éxito fácil. Pero, como alguna vez decía el Santo Papa Juan Pablo II, la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, no puede convertirse en esclava de los sucedáneos:

«La fe en Cristo y la esperanza de la que él es maestro permiten al hombre alcanzar la victoria sobre sí mismo, sobre todo lo que hay en él de débil y pecaminoso, y al mismo tiempo esta fe y esta esperanza lo llevan a la victoria sobre el mal y sobre los efectos del pecado en el mundo que lo rodea. Cristo libró a Pedro del miedo que se había apoderado de él ante el mar en tempestad. Cristo también nos ayuda a nosotros a superar los momentos difíciles de la vida, si nos dirigimos a él con, fe y esperanza para pedirle ayuda. ‘¡Animo!, soy yo; no temáis’ (Mt 14,27). Una fe fuerte, de la que brota una esperanza ilimitada, virtud tan necesaria hoy, libra al hombre del miedo y le da la fuerza espiritual para resistir a todas las tempestades de la vida. ¡No tengáis miedo de Cristo! Fiaos de él hasta el fondo. Sólo él ‘tiene palabras de vida eterna». Cristo no defrauda jamás» ((San Juan Pablo II, Homilía en la Liturgia de la Palabra celebrada con los jóvenes en Poznan, Polonia, 3/6/97)).

El Papa Francisco también recordaba un auxilio crucial: María, Madre de Jesús y Madre nuestra. El poeta Charles Péguy solía referirse a María como aquella persona que constituye una reserva segura a donde recurrir, cuando todo parece enmudecer. ¿Cómo podría María dejarnos desamparados? Es la reflexión del Santo Padre, cuando manifiesta a los seminaristas: «Antes que nada ir a la Madre: porque un sacerdote que se olvida de la Madre y sobre todo en los momentos de turbulencia, algo le falta. Es un sacerdote huérfano: ¡se ha olvidado de su madre!».

Vemos a María en los momentos de las mayores pruebas y alegrías de Jesús. Está junto a la Cruz, en el Calvario. Permanece en el Cenáculo, fortaleciendo la fe y la confianza de los Apóstoles. Como Madre nuestra, María se consagró a auxiliar a sus “hijos”, intercediendo ante su amado Hijo, Jesús.

«María eligió a Dios, abandonando sus proyectos, sin comprender plenamente el misterio que se estaba realizando en su cuerpo y en su destino. Desde ese momento su vida es un “fiat” siempre renovado», afirmaba el Cardenal vietnamita Francisco Nguyen van Thuan. El camino es arduo y doloroso. ¿Cómo no sentirnos conmocionados ante la imagen de la Madre con el Hijo muerto en sus brazos, quebrantado y maltratado? Pero María ve cumplirse todas las promesas en la Resurrección de su Hijo ((Ver Francisco Nguyen van Thuan, Testigos de la Esperanza, Ciudad Nueva, Madrid 2000, pp. 55-56)).

Las palabras finales de la intervención papal se refieren a la humildad y sencillez, tan contrarias a la autosuficiencia. «Somos niños, en la vida espiritual: ¡Esto no hay que olvidarlo nunca!», insistió Francisco. «Vigilar como está mi corazón. Y en tiempo de turbulencia, ir a buscar el refugio bajo el manto de la Santa Madre de Dios».

© 2014 – Alfredo Garland Barrón para el Centro de Estudios Católicos – CEC.

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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