El tema que queremos abordar en esta discusión es acerca de cómo entender la influencia que tiene la cultura en cada hombre.

Queremos demostrar que la cultura no es la “forma” que determina por completo la “materia” del hombre. Como si la cultura fuese la forma y el hombre fuese la materia. Este modo de entender la cultura es también sobre la libertad humana que sólo podría elegir de acuerdo a las características de la cultura que lo forma. Observamos que existe una estrecha relación entre cada persona y la cultura (tenemos que especificar los términos); sin embargo, incluso si la cultura tiene una fuerte influencia sobre el hombre, este no es determinado por ella. Entonces, existe una dimensión del hombre que permanece indeterminable por la cultura.

En nuestra opinión, este tema es sobre lo que fundamenta la posibilidad de cambiar la cultura tanto a nivel social como personal.

En la comprensión común, la cultura tiene un nivel comunitario y otro personal. En ambos existen diferentes contenidos de la noción de cultura. Se entiende en el sentido de “cultura alta” en el sentido de “cultura de la calle”, y en otro sentido, que podemos llamar “cultura común”. La cultura alta comprende las principales áreas de desarrollo humano, tales como el arte, la historia, la ciencia, la tecnología, la música, etc. La cultura de la calle comprende las tradiciones, modos de vestir, gastronomía, lenguaje, ropa, juegos, etc. En cambio, la cultura común comprende los criterios, principios, la manera de entenderse a sí mismos y a otros, la forma de relacionarse con la realidad. Esta cultura común pertenece tanto a la cultura alta como a la de la calle.

Para continuar nuestra reflexión hemos de aclarar la relación entre la cultura – sociedad y la persona. Existe una estrecha relación entre la cultura y la sociedad. Luego también hay que decir que toda sociedad se compone de personas. Por lo tanto las culturas pueden relacionarse porque las personas lo hacen. Esto indica que en el conjunto de la humanidad hay diferentes culturas que se entrelazan unas con otras por el hecho de que hay personas que viven esas culturas.

La persona es el centro de nuestra propuesta. La forma en que entendemos la persona nos ayudará a entender la relación con la cultura y también la relación con la fe. Así que en la base de toda cultura está la persona; como dice el cardenal Cottier, «el primer sujeto de la cultura es la persona […] Se distingue un aspecto subjetivo de la cultura que indica el cultivo personal, el cual se hace gracias a la creación de obras de cultura, las cuales son el aspecto objetivo» ((Ver Card. Georges Cottier, La culture du point de vue de l’anthropologie philosophique, Revue Thomiste LXXXIX, Toulouse 1989, p. 410.)). Debemos tener en cuenta que el aspecto de la comunidad es fundamental para la persona. La sociedad en la que todo hombre nace tiene una cultura particular que le influye. Por lo tanto, según el sentido objetivo, se puede decir que la cultura es el contexto en el que vive la persona.

[pullquote]Pero ¿cómo podemos probar que todos los hombres tienen la misma dignidad? Por la Revelación sabemos que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios; sin embargo, para aquellos que no creen en Dios tenemos que mostrar que la condición humana es un hecho. Reflexionando sobre sus acciones, el hombre puede darse cuenta de que cualquier acción (pensamiento, sentimiento, voluntad, etc.) presupone y está fundada sobre una naturaleza humana y también una dimensión personal que no se puede negar ni cambiar. Si, por ejemplo, alguien dice que puede decidir su propia naturaleza, podemos decirle que la posibilidad de su decisión como la fundación de una naturaleza que no puede cambiar.[/pullquote]

Así que, por el hecho de la igualdad de la dignidad humana, podemos decir que las diferentes culturas tienen aspectos en común que implican a todas las personas. Por lo tanto podemos hablar de una cultura en la raíz de todas las culturas.

Vamos a dar un paso. ¿Qué importancia tiene la cultura en cada hombre y en cada sociedad? Como hemos dicho, se afirma que la cultura define a cualquier hombre o la sociedad, los que serían como una especie de material abstracto que recibiría su forma de la cultura. Sin embargo, «ninguna cultura es suficiente por sí misma para realizar el pleno potencial de la naturaleza humana» ((Allí mismo, 415.)). Además, como se ha mostrado anteriormente, el hombre posee una naturaleza que subyace en cada acto. Así también podemos decir que la cultura no puede cambiar la naturaleza humana, e incluso el fundamento personal de cada hombre. Pero, ¿cómo se relacionan?

Para entender esta relación hay que destacar algunos elementos antropológicos.

Como dijimos la cultura común no sólo abarca ámbitos de la vida cotidiana, sino también los más profundos. Estos se refieren a las razones y las causas de la vida y la orientación de la misma, la que se puede expresar con preguntas fundamentales. Algunos ejemplos de preguntas fundamentales son: ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Cómo puedo ser feliz?, Y otros. Estas preguntas sugieren una estructura fundamental de todo hombre y también un impulso interior que exige una respuesta.

El sentido de las preguntas nos permite captar existencialmente algunos elementos de la estructura interna. Indicaremos algunos elementos que describen esta estructura.

El primer elemento es el hecho de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios, que permite afirmar que «el hombre es un ser religioso y metafísico por naturaleza» ((Allí mismo, 417.)). Otro elemento trata sobre su sociabilidad, que el cardenal Cottier expresa así: «El hombre es por naturaleza un ser social, un ser de comunión» ((Allí mismo, 410.)).

El impulso interior que dirige estas preguntas indica un centro desde el que son formuladas. Este es un centro personal, donde se funda la libertad, que busca su realización.

Pero, ¿qué características tienen las respuestas que buscan las preguntas? En primer lugar debemos tener en cuenta que las preguntas son acerca de la realidad que es y rodea al hombre. Un segundo aspecto considera que las preguntas tienen una dimensión integral que también incluye la afectividad del hombre. Por esta razón se llaman fundamentales, apuntan al fundamento de la realidad y de todo el hombre. Así que las respuestas se refieren a la vida humana, y por lo tanto tienen un carácter real. Lo que responde al hombre es el único fundamento de la realidad y cubre la totalidad de la realidad.

Nuestra propuesta es que la cultura común tanto personal como comunitaria ofrece respuestas a estas preguntas. Así que la “cultura común” que guía tanto la cultura alta como la cultura de la calle, ofrece respuestas a los impulsos más profundos del hombre.

Debemos hacer hincapié en la distinción entre las respuestas que sugiere la cultura y si son realmente lo que el hombre está buscando. Permanece en el hombre interior la oportunidad de comparar la respuesta que la cultura le ofrece con lo que él está buscando. Por ejemplo: una cultura sugiere que la felicidad está en el placer que ofrecen los bienes materiales; el hombre que vive en esa cultura puede enfrentarse a su propio interior y por el uso de su razón puede probar si es o no lo que está buscando.

Hasta este punto podemos decir que la discusión de la relación entre el hombre y la cultura debe tener en cuenta lo que el hombre es y busca como persona y como sociedad.

También podemos decir que el hecho de que la cultura no define totalmente al hombre nos permite entender por qué es posible cambiar la cultura. Si esto no fuera así, las propuestas de cambio cultural no tendrían ningún sentido. La posibilidad de proponer un cambio cultural requiere que la cultura no determine a la persona.

En su libro “en contra de los ídolos posmodernos” ((Pierangelo Sequeri, Contro gli idoli postmoderni, Lindau, Torino 2011.)), Pierangelo Sequeri presenta cuatro ídolos que dominan la cultura de hoy en contra de los cuales presenta algunas propuestas para el combate. En el contexto de los jóvenes presenta el ídolo del puer aeternus como el ídolo de la «adolescencia sin fin», caracterizada por “el deseo de placer” ((Allí mismo, 15-16.)) (sobre todo sexual). En el contexto del crecimiento económico, el ídolo es que el «verdadero bienestar es la sensación de poder que viene del poseer, en lugar de la utilidad», es decir, «la emoción libidinal de su (ventajas sociales) pura disponibilidad» ((Allí mismo, 38-39.)). En las comunicaciones habla de «una especie de demiurgo despótico relacional […] tener el control mental (y virtualmente práctico) de todo, para ser realmente libre de todo» ((Allí mismo, 60.)). Dentro de la secularización el primer santo es Narciso. «El nomos erótico de la libertad, que se traduce en la apropiación de sí misma, es emancipado, buscando al mismo tiempo la sustitución, del logos cristológico del afección por lo humano que es común» ((Allí mismo, 74.)).

Los dos elementos que permiten la formación de todos los ídolos mencionados por Sequeri son: «el principio de autorrealización […]Autismo ético del yo sentimental» ((Allí mismo, 8.)), que expresa en otro sentido como «herejía del auto afección del posmoderno» ((Allí mismo, 94.)). Esto es un yo-cerrado en sí mismo, que se caracteriza por el sentir y el disfrutar y por lo tanto está cerrado al no-yo.

[pullquote]Otro elemento que hemos identificado como consecuencia de la auto-referencialidad es la pérdida o reducción de la realidad. Por ejemplo, cuando Sequeri afirma que «la vida real no se puede reiniciar como aquella virtual» ((Allí mismo, 21.)), en la que muchos jóvenes viven. Otro ejemplo de esta reducción se presenta con una propuesta para rescatar el pudor y el silencio los que suponen una realidad más amplia, tanto externa como interna, en vez de la que presupone la auto- referencialidad guiada por una lógica de absolutos (como la dictadura del relativismo ((Card. Joseph Ratzinger, Omelia messa pro eligendo Romano Pontefice, Roma 2005.))).[/pullquote]

Pierangelo Sequeri hace algunas propuestas para hacer frente a los ídolos descritos. Contra el puer aeternus propone redescubrir el significado de ser adulto caracterizado por el pro-afecto por los demás. Contra el ídolo del crecimiento económico propone promover el redescubrimiento de los valores humanistas que conduzcan a la comprensión de la justicia no sólo como distributiva ((Pierangelo Sequeri, Ob. Cit., p. 96.)). Para hacer frente al ídolo presente en las comunicaciones propone poner de relieve lo que enseña el Magisterio en relación con la naturaleza instrumental del medio, y además promover la dimensión del arcano ((Ver Allí mismo, p. 66.)) en la comunicación interpersonal. Por último, el ídolo presente en la secularización pone de relieve los límites a los que ha traído una lógica secularizada, y además muestra cómo la auto-afección no realiza al hombre y propone reconocimiento del respeto del nombre de Dios como principio de la auto-comprensión de la sociedad.

De los ídolos mencionados y de las sugerencias realizadas, podemos decir que las respuestas que la cultura proporciona a las preguntas fundamentales pueden estar en contra de lo que el hombre busca o estar de acuerdo con eso. El Papa San Juan Pablo II llamó a la cultura que es contraria al hombre “cultura de la muerte” ((Ver S.S. Juan Pablo II, Encíclica «Evangelium Vitae», Libreria editrice Vaticana, Roma 1995, n. 6.)) y aquella de acuerdo con la dignidad del hombre como una “cultura de la vida” ((Ver Allí mismo, n. 21.)). Así se puede entender la etimología de la palabra cultura como “cultivo”, una cultura de la vida que nos ayuda a ser más humanos, la cultura de la muerte en lugar de cultivarlo, lo mata. Como se afirma en la Constitución Gaudium et Spes: «Es propio de la persona humana el no llegar a un nivel verdadera y plenamente humano si no es mediante la cultura, es decir, cultivando los bienes y los valores naturales» ((Concilio Vaticano II, Constitución «Gaudium et Spes», 53.)). También nos puede iluminar Pierangelo Sequeri con lo que dice acerca de la relación entre el lenguaje y la cultura: «El lenguaje no es sólo para la comunicación humana: crear el ser humano, también» ((Pierangelo Sequeri, Ob. Cit., p. 64.)).

La cultura de la vida nos permite profundizar en esta estrecha relación entre la fe y la cultura. Una vez más, el punto de partida son las preguntas fundamentales. El contenido de la fe no son las respuestas, sino que es lo que responde a todas las preguntas. Si es así, el contenido de la fe tiene un carácter de realidad que tenemos que entender. Veamos algunos aspectos. Dios es real en el sentido común de hablar, no es sólo sensible o visible: él es el fundamento de la realidad, es quien fundamenta y permite que la realidad sea. Como lo describe Benedicto XVI, Dios es el «sentido profundo que me sostiene a mí y al mundo, ese sentido que nosotros no tenemos capacidad de darnos, sino sólo de recibir como don, y que es el fundamento sobre el que podemos vivir sin miedo» ((S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 24/10/2012.)). Por lo tanto, esto nos ayuda a entender por qué podemos conocer saber lo que de Dios es cognoscible a través del uso de la razón (ver Rom 1,20). La Resurrección de Jesucristo tiene una dimensión real de acuerdo con la sensibilidad y visibilidad, pero también una dimensión que va más allá, la que es capaz de mostrarnos aspectos tanto de la realidad de Dios como de la realidad a la que el hombre está llamado.

La realidad de la fe nos permite entender como ella influye en la cultura. El Papa Benedicto XVI explicaba: «Tener fe en el Señor no es un hecho que interesa sólo a nuestra inteligencia, el área del saber intelectual, sino que es un cambio que involucra la vida, la totalidad de nosotros mismos: sentimiento, corazón, inteligencia, voluntad, corporeidad, emociones, relaciones humanas» ((S.S. Benedicto XVI, Audiencia General, 17/10/2012.)). El encuentro con Dios crea cultura porque revela y cambia toda la vida del hombre, en particular la comprensión de sí mismo, de los demás y de la naturaleza.

[pullquote]A partir de lo que hemos dicho hasta este punto, podemos decir que la persona tiene una unidad que se pregunta sobre el fundamento de la propia existencia, en dirección a Alguien que responde. Este “Alguien” debe ser el fundamento de la realidad como de la persona. La existencia no tiene ningún sentido racional si los deseos básicos de la vida no encuentran una respuesta. Las realidades de la fe son aquellas a las que apunta la estructura del hombre. El único que puede responder en este sentido es Dios que se ha revelado a nosotros en Cristo.[/pullquote]

Por otra parte, Dios completa y supera las aspiraciones humanas. Como dice el Cardenal Georges Cottier: «la novedad de la gracia en relación con todas las aspiraciones, investigaciones, adquisiciones y conquistas de la naturaleza, que es la originalidad irreductible del cristianismo» ((Ver Card. Georges Cottier, Ob. Cit., p. 419.)).

Finalmente, la relación personal del hombre con Dios, que también implica una dimensión comunitaria, permite crear una cultura de la vida, respetuosa de la libertad y la dignidad, en la que la persona en el plano personal y comunitario puede ser más persona.

© 2014 – Guillermo Toro Parot para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Guillermo Toro Parot

Guillermo es profesor de la Universidad Gabriela Mistral de Chile.

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