Happy-Old-PeopleEs algo propio del hombre la búsqueda de la felicidad. Todos nacemos con un anhelo interior y profundo de felicidad. Al menos, es lo que sostenían no pocos de los grandes pensadores del pasado y que de algún modo han contribuido en la forja de nuestra historia e identidad cultural. Así, por ejemplo, Séneca: “Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices” ((“Vivere, Gallio frater, omnes beate volunt” (Seneca, De Beata vita, I, 1)). “Ciertamente” –decía el gran San Agustín— “todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada” ((San Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae, 1, 3, 4.)). El Catecismo de la Iglesia Católica, a su vez, recorriendo esta gran tradición filosófica clásica, va más allá y precisa: «Este deseo [de felicidad] es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia Él» ((Catecismo de la Iglesia Católica, 1718)).

Sin embargo, hoy, en el mundo que nos ha tocado vivir, ¿podemos afirmar lo mismo; es decir, que todos de verdad anhelan la felicidad? ¿Sabemos hoy, sinceramente, qué significa eso de “ser felices”? Si hiciéramos una encuesta y preguntáramos cuántos son realmente felices, ¿qué descubriríamos? Basta una mirada a los programas de televisión, los comentarios de la gente en la calle, –y quizás dentro de nosotros mismos– para descubrir que, lamentablemente, no todos son lo felices que quisieran ser; algunos incluso dirían que no se puede ser feliz.

[pullquote]Queriendo ser infinitamente felices, nos confrontamos no pocas veces con nuestras limitaciones y frustraciones, con nuestras dudas e ignorancia. Además, otras muchas experiencias en nuestras vidas parecieran llevarnos a esa triste constatación, es decir, que la felicidad es tan solo un ideal: sufrimientos y dolores, enfermedades, problemas en la familia, en el trabajo, desencuentros afectivos y peleas con personas queridas. En fin, son muchas y variadas las razones por las que las personas terminan concluyendo que no se puede ser realmente feliz.[/pullquote]

No obstante todas esas experiencias negativas, que parecen obnubilar nuestro anhelo de felicidad, no son pocos los filósofos que hablan acerca de la posibilidad real para ser felices. Aristóteles, pensador griego que abordó ampliamente el tema de la felicidad, relata en su libro “Ética a Nicómaco” ((“Todas las artes, todas las indagaciones metódicas del espíritu, lo mismo que todos nuestros actos y todas nuestras determinaciones morales, tienen al parecer siempre por mira algún bien que deseamos conseguir, y por esta razón ha sido exactamente definido el bien, cuando se ha dicho que es el objeto de todas nuestras aspiraciones”)) como sí es posible ser feliz. Aunque sean varias y serias las dificultades por las que muchos tienen reparos para aceptar que existe la tan anhelada felicidad, Aristóteles propone la posibilidad real que tienen las personas para alcanzar ese bien en sus vidas. Entiéndase en este caso el “bien” como la felicidad ((“Si en todos nuestros actos hay un fin definitivo que quisiéramos conseguir por sí mismo, y en su vista aspirar a todo lo demás y si, por otra parte, en nuestras determinaciones no podemos remontarnos sin cesar a un nuevo motivo, lo cual equivaldría a perderse en el infinito y hacer todos nuestros deseos perfectamente estériles y vanos , es claro que el fin común de todas nuestra aspiraciones será el bien, el bien supremo, el conocimiento de este fin último tiene que ser de la mayor importancia” (Aristóteles, Ética a Nicómaco, Folio, Barcelona, 2002, libro I, cap.1))). También es de la misma postura un gran pensador y Doctor de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino, quien defiende la teoría según la cual todo ser humano se dirige siempre a un bien, que sea el objetivo último y principal de la vida. En este caso hablamos acerca de la felicidad ((“De esta manera es necesario que exista algún fin último por el cual todo lo demás sea deseado y él mismo no sea deseado en razón de otro. Así, es necesario que exista algún fin óptimo de los asuntos humanos.” (Tomás de Aquino, Comentario a la Ética a Nicómaco, EUNSA, Pamplona, 2001, pág.65, 9))).

266Si aceptamos el presupuesto de que es posible ser realmente felices, siguiendo los pensadores citados arriba y lo que dice el Catecismo en el número anteriormente mencionado, y profundizando en la reflexión que estamos elaborando, podríamos preguntarnos a continuación: ¿qué tanto queremos ser felices? Si nos remitimos a la experiencia básica a la que puede llegar todo ser humano, constatamos que existe en nuestro interior una nostalgia de infinito, que sólo puede ser saciada por una felicidad que sea infinita ((“«Siento la necesidad del infinito»; son palabras que me cautivaron desde la primera vez que las leí. Y es que ellas remiten a una realidad profunda del ser humano, de mí mismo. Más aún, se trata de la realidad más profunda del ser humano. Esas palabras manifiestan una tendencia, una tensión-hacia que persiste hoy y persistirá siempre a pesar de cuantos cambios se produzcan en el mundo. El ser humano siempre será el mismo; su estructura fundamental como persona habrá de mantenerse como tal. Por eso la experiencia de la “nostalgia de infinito” no es un aspiración pasajera, sino permanente y ligada a la existencia misma del ser humano. Es bastante más que un deseo. No es una dimensión sentimental ni abstracta; más bien, se trata de una dimensión constitutiva, real, que desde lo fondal de uno mismo apunta a la plenitud de la persona en el encuentro con la realidad trascendente desde la cual todo recibe sentido.” (Luis Fernando Figari, Nostalgia de Infinito, Lima, fondo editorial, 2002, pag.8))).

[pullquote]En el intento por satisfacer esa búsqueda de felicidad, no es poco frecuente que uno se confunda en ese camino. Es paradójico cómo nuestra cultura actual habla tanto de felicidad, presentando tantas alternativas para lograrlo, pero constatamos que muchas personas creen que es imposible alcanzarla, o, por lo menos, no saben cómo encontrarla. Para tratar de encontrar una respuesta para esa incongruencia, diría que una de las razones es la carga excesiva de antivalores, de falsos modelos, que sólo nos alejan de la verdadera felicidad. [/pullquote]

Estos “falsos valores” pueden resumirse, como se dice en teología, en la “triple concupiscencia” ((“En sentido etimológico, la “concupiscencia” puede designar toda forma vehemente de deseo humano. La teología cristiana le ha dado el sentido particular de un movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana. El apóstol san Pablo la identifica con la lucha que la “carne” sostiene contra el “espíritu”. Procede de la desobediencia del primer pecado. Desordena las facultades morales del hombre, y, sin ser una falta en sí misma, le inclina a cometer pecados.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2515))): el placer por el placer, la búsqueda insaciable por tener cada vez más, y el afán descontrolado por el poder.

La pregunta debe ser entonces: ¿Qué hacer para ser realmente felices? La respuesta no es fácil. Sin embargo, ya hemos mencionado algunas pistas que pueden iluminar esta pregunta. Hemos hablado de la “nostalgia” de infinito que clama en el corazón del ser humano. Por lo tanto, debemos vivir de acuerdo con esa naturaleza. No podemos satisfacernos con lo material, lo superficial, aceptando como verdad solamente la dimensión sensible de la realidad. No podemos cerrar los ojos a la realidad que va más allá de lo material, de la que el hombre participa. El amor, la justicia, la paz, la solidaridad, la alegría, la tristeza — y así podríamos seguir la lista— nos remiten a esa realidad metafísica, es decir, que va más allá de lo físico. De esa realidad superior participamos nosotros.

Por lo tanto, si queremos alcanzar la plenitud de la felicidad es necesario vivir respondiendo, no sólo a las cosas más inmediatas, como nuestra necesidad de comer, descansar, etc…, sino, principalmente, a nuestras necesidades más elevadas, que nos permitan satisfacer las inquietudes más profundas de nuestra naturaleza. Todo lo que hagamos, desde las cosas más triviales hasta las más importantes, deben tener siempre como destino el llamado de nuestra naturaleza a saciar esa “nostalgia de infinito”.

© 2014 – Pablo Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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