Pasado el furor de la Jornada Mundial de la Juventud y ya de vuelta a sus casas cada uno de los peregrinos. Acabadas las incómodas lluvias en medio de multitudes y con poca cubierta, queda el fuego que despertaron las palabras del Papa Francisco… si es que el ventarrón de los quehaceres cotidianos no llegó a extinguirlo.

Nuestro Santo Padre habló a los jóvenes. Nos pidió ser protagonistas, pidió no quedarnos en un sofá como viendo por televisión o en un SmartPhone la sucesión de una historia que a fin de cuentas no tiene nada que ver con nosotros.

¿Qué tipo de protagonismo es este? ¿tendremos todos que salir a las calles y tomar una bandera revolucionaria? ¿deberíamos buscar asumir puestos de servicio en el gobierno (donde a veces se ha olvidado el servicio que significa la autoridad)? ¿o generar nuevas culturas urbanas que hagan pegajoso el mensaje de Jesús?… Quiero proponer una forma de entender ese protagonismo que se nos pide.

Cada época, cada situación y en especial cada persona tendrá que dar una respuesta concreta a las preguntas propuestas. Lo que sí es claro para todos es que el primer protagonismo que tenemos que asumir es el de nuestra propia santidad. Sea donde sea que el Señor pida que lo sirvamos, desde el puesto más o el menos protagónico –desde las medidas del mundo–, hay un protagonismo que es ineludible para los cristianos que se toman en serio su unción. ¿De qué se trata ese protagonismo entonces?

Una perspectiva interesante nos la aporta Joseph Ratzinger. En varias ocasiones lo propone y se podría resumir más o menos así: la vida de los santos es la mejor interpretación del Evangelio. Uno de sus textos reza así:

La interpretación más profunda de la Escritura proviene precisamente de los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua.

(…) Cada santo es como un rayo de luz que sale de la Palabra de Dios. Así, pensemos también en san Ignacio de Loyola y su búsqueda de la verdad y en el discernimiento espiritual; en san Juan Bosco y su pasión por la educación de los jóvenes; en san Juan María Vianney y su conciencia de la grandeza del sacerdocio como don y tarea; en san Pío de Pietrelcina y su ser instrumento de la misericordia divina; en san Josemaría Escrivá y su predicación sobre la llamada universal a la santidad; en la beata Teresa de Calcuta, misionera de la caridad de Dios para con los últimos.” (Verbum Domini, 48)

Así, el protagonismo que se nos pide es el de tomar una página del Evangelio y hacerla nuestra. ¡Cuántas páginas del Evangelio necesitan ser interpretadas con nuestras vidas! ¡cuántas páginas están pendientes hoy!

Nuestros santorales tienen grandes santos como Francisco de Asís, la Madre Teresa, Antonio abad, Tomás Moro, Francisco Xavier, Narcisita de Jesús, Toribio de Mogrovejo o Martincito de Porres. ¿Será que hoy es menos necesario que ayer esos santos cuyas vidas saltan a nuestros ojos? ¿o será que Dios nos pide hoy ser protagonistas de las páginas del Evangelio?

Una última idea. Es conocida una frase citada por el Papa Francisco de su santo homónimo: “Predicad siempre el Evangelio y si fuera necesario también con las palabras”. Una vida santa, evangélica es el verdadero protagonismo al que somos invitados. De allí saldrán –también– los líderes, gobernadores, artistas, modelos y hasta íconos de la cultura actual. Sin el protagonismo del Evangelio cualquier otro tipo de liderazgo sería algo así como un diamante en bruto, que a pesar de tener algún brillo y llamar la atención, no muestra toda la dimensión de su verdadera y profunda grandeza, y corre el riesgo de quedar –a final de cuentas– como un carbón más.

Queda planteada la pregunta: ¿Cuál es la página del Evangelio que Dios te pide protagonizar en tu vida?

© 2016 – Cankin Ma Lam para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Cankin Ma Lam

Cankin nació en Santiago de Guayaquil (Ecuador) en 1991. En la actualidad reside en São Paulo (Brasil). Realizó estudios de economía, y actualmente estudia la carrera de Teología en el Instituto São Boaventura.

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