Esta frase que encabeza el artículo parece haber desplazado la antigua idea – pienso, luego existo— del pensador racionalista Descartes. Ambas esconden una distorsión en la manera de entender al ser humano. Mientras que el pensador francés ensalzaba la razón en desmedro del ser, hoy en día parece enfatizarse el quehacer como actitud primordial de la existencia.

Esto se manifiesta en el mundo empresarial donde la productividad debe ser lograda a toda costa.

Hay una tendencia a medirlo todo; existen indicadores para los distintos tipos de gestión que permiten conocer la eficacia del trabajo en función exclusivamente de factores cuantitativos. La persona “exitosa” termina siendo aquella que cumple o supera las metas. La persona en estos casos cree que vale en cuanto produce. Todo lo mide en función de objetivos por cumplir de tal forma que las relaciones interpersonales se vuelven reductivas pues ve en el otro un simple medio para cumplir sus fines. Si por alguna razón le va mal en alguna tarea o no se logran los objetivos planteados toda su valoración parecería desmoronarse.

[pullquote]El poner toda nuestra energía y valor en el simple actuar por actuar –sin metas a largo plazo— trae un desgaste que nos lleva a “vaciarnos” interiormente generando apatía o hasta rechazo en todo lo que hacemos cayendo en rutina y sin sentido. Por ello encontrar el sentido del trabajo marca una gran diferencia. Esto implica comprender que nuestra labor en una organización no es solamente una obligación más que cumplir, sino que permite a la persona dejar una huella.[/pullquote]

No es suficiente entender y perfeccionarse en cómo hacer el trabajo, sino también en saber por qué lo hacemos. Muchos, con gran ilusión, ven en el trabajo la oportunidad de una mejoría económica, de un crecimiento profesional, pero pocos realmente se detienen a pensar cuál es la misión que debemos cumplir en dicha organización. Aprovechemos esta oportunidad para evaluar de manera integral si nuestro quehacer responde a nuestros valores y principios o si estamos dejando de lado aspectos esenciales de nuestra vida por el simple logro de metas parciales. Somos seres únicos e irrepetibles, por lo cual lo que hagamos o dejemos de hacer nadie lo podrá reemplazar.

© 2014 – Carlos Muñoz Gallardo para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Carlos Muñoz Gallardo

Carlos nació en Santiago de Guayaquil (Ecuador) en el año 1971. Estudió Ingeniería Industrial en el Georgia Institute of Technology, Finanzas y Psicología en la George Washington University, y realizó estudios en Negocios Internacionales en Oxford University.
Ha trabajado durante muchos años en temas de promoción solidaria, a través de la Fundación Acción Solidaria de Ecuador.
Del 2006 al 2008 fue Director de la Promotoría del Instituto de Desarrollo Integral de la Persona; del 2012 al 2014 trabajó en la Dirección del apostolado Provida en la asociación “Opciones Heroicas”; y actualmente es presidente y consultor de Programas de Desarrollo Humano, además de brindar asesorías de responsabilidad social empresarial.

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  • […] Esta frase que encabeza el artículo parece haber desplazado la antigua idea – pienso, luego existo— del pensador racionalista Descartes. Ambas esconden una distorsión en la manera de entender al ser humano. Mientras que el pensador francés ensalzaba la razón en desmedro del ser, hoy en día parece enfatizarse el quehacer como actitud primordial de la existencia. Esto se manifiesta en el mundo empresarial donde la productividad debe ser lograda a toda costa. Hay una tendencia a medirlo todo; existen indicadores para los distintos tipos de gestión que permiten conocer la eficacia del trabajo en función exclusivamente de factores cuantitativos. La persona “exitosa” termina siendo aquella que cumple o supera las metas. La persona en estos casos cree que vale en cuanto produce. Todo lo mide en función de objetivos por cumplir de tal forma que las relaciones interpersonales se vuelven reductivas pues ve en el otro un simple medio para cumplir sus fines. Si por alguna razón le va mal en alguna tarea o no se logran los objetivos planteados toda su valoración parecería desmoronarse. El poner toda nuestra energía y valor en el simple actuar por actuar –sin metas a largo plazo— trae un desgaste que nos lleva a “vaciarnos” interiormente generando apatía o hasta rechazo en todo lo que hacemos cayendo en rutina y sin sentido. Por ello encontrar el sentido del trabajo marca una gran diferencia. Esto implica comprender que nuestra labor en una organización no es solamente una obligación más que cumplir, sino que permite a la persona dejar una huella. No es suficiente entender y perfeccionarse en cómo hacer el trabajo, sino también en saber por qué lo hacemos. Muchos, con gran ilusión, ven en el trabajo la oportunidad de una mejoría económica, de un crecimiento profesional, pero pocos realmente se detienen a pensar cuál es la misión que debemos cumplir en dicha organización. Aprovechemos esta oportunidad para evaluar de manera integral si nuestro quehacer responde a nuestros valores y principios o si estamos dejando de lado aspectos esenciales de nuestra vida por el simple logro de metas parciales. Somos seres únicos e irrepetibles, por lo cual lo que hagamos o dejemos de hacer nadie lo podrá reemplazar. Escrito por Carlos Muñoz Gallardo […]