¿Alguna vez te has hecho esa pregunta? Pienso que es una de las más importantes que uno debe hacerse. Dar razón de la propia fe. Muchas personas son cristianos a su manera: “Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.…” (Apocalipsis 3, 15).

Otras creen en Dios, en Jesús, pero no están de acuerdo con la Iglesia. Para entender lo que digo hago referencia a un diálogo del obispo Thomas Tobin, quien escribe una carta pública al congresista Patrick Kennedy a propósito de su postura pro-choice, el día 29 noviembre 2009, en Providence, Rhode Island: “Por el hecho de que no estoy de acuerdo con la jerarquía en algunas cuestiones no soy menos católico” – decía este congresista al obispo. “Bueno, de hecho, congresista, en algún modo sí. Aunque yo no escogería esas palabras, cuando alguien rechaza las enseñanzas de la Iglesia, especialmente en un asunto grave, de vida o muerte como el aborto, ciertamente disminuye su comunión eclesial, su unidad con la Iglesia. Este principio se basa en la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia y se hace más explícito en los documentos recientes.

Otros dicen tener fe, pero no creen en las evidencias históricas, por ejemplo, la Maternidad virginal de María Santísima o la Resurrección de Cristo.Sin la resurrección, su muerte en la cruz carece totalmente de valor. La resurrección de Cristo es la piedra angular del cristianismo. Negar este hecho histórico es destruir el fundamento del cristianismo. La fe cristiana tiene como base la resurrección de Cristo. Por eso el verdadero cristianismo es la fe del Resucitado. En otras palabras, no hay cristianismo sin resurrección”.

Hablar de la Resurrección de Jesucristo en estos días pascuales, resulta sumamente importante. Para muchos es una ocasión para acercarse a la Iglesia, pues descubren el fundamento de nuestra fe. La razón por la cual vale la pena ser cristiano.

Antes de brindarles algunas razones sensatas, pregúntate: ¿Por qué eres cristiano? ¿Por qué no vives como las personas que nos enseñan en las películas actuales? ¿Por qué a veces sales “perdiendo” cuando tienes que pelearte con tus amigos defendiendo tu propia fe? Tenemos que hacernos esas preguntas. Sino, infelizmente, aunque suene difícil de escuchar, podrías estar viviendo una vida cristiana a medias. Podrías estar viviendo algo que no responde a las inquietudes más importantes de tu vida.

Justamente por esa última idea quiero empezar. ¿Acaso el cristianismo me brinda respuestas para la vida? ¿Acaso mi fe católica sale al paso de los sufrimientos y dolores que vivo? Estas preguntas no son fáciles de responder. Pero son trascendentales. Para ello, quiero valerme del dolor y el sufrimiento. Las cruces que todos nosotros tenemos que cargar. Unas más pesadas, otras más livianas. Pero a todos les toca su propia cruz. ¿Dónde encontramos una “respuesta o solución” para el problema del dolor y sufrimiento? ¿El mundo nos ofrece algo? ¿Quién nos puede dar sentido a esa realidad tan misteriosa, pero que es parte del cotidiano en nuestras vidas?

Hasta ahora, personalmente, llegué a la conclusión que el mundo ofrece dos “salidas”. La primera es la fuga. Huir y no querer enfrentar esa realidad que te hace sufrir. Puede ser una enfermedad, la muerte de alguien querido, situaciones muy adversas, problemas o la pérdida de un trabajo, etc. La manera de no enfrentar ese sufrimiento es por medio del alcohol, drogas, una vida desordenada, buscando placeres fáciles, viviendo cómodamente, como si en la vida todo fuese paz. Una vida así no existe. La segunda oferta del mundo, es la resignación. Es decir, con algo de sentido común, vemos que estamos “obligados” a cargar esa cruz. Lo que decimos es: “Bueno… ¿qué vamos a hacer? Es la cruz que me toca. Hay que aceptar nomás.” Y así vivimos tristes, desconsolados, sin descubrir ningún tipo de sentido para ese dolor y sufrimiento. Realmente, si nos quedamos solamente con lo poco que nos ofrece el mundo, estamos condenados a la frustración.

Gracias a Dios, está Jesús, quien nos ofrece un camino a seguir: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga». (Mateo 11, 28-30) Eso no significa que Cristo nos quita la cruz. Más bien, Cristo mismo ha dicho que el que quiera seguirlo, que cargue su cruz y lo siga. “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”. (Mateo 16, 24) Además, si aun así no somos capaces, y nos pareciera que Dios no conoce nuestras debilidades, fragilidades e inconsistencias recordemos otra cita. “Y Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”. (2 Corintios 12, 10) Como no reconocer que Cristo nos conoce. Conoce el barro de qué estamos hechos.

La segunda razón que quiero esgrimir para que entendamos algo esencial de nuestra vida cristiana, es esto: cuándo decimos que sólo Dios tiene respuestas para la vida, o que sólo Él puede satisfacer los anhelos más profundos del alma, ¿qué entendemos por ello? ¿Qué significa decir que sólo Dios puede saciar nuestro vacío interior? Con certeza muchos textos de la literatura clásica pueden ayudar a entender algo sobre esa inquietud: «No veo orgullo, ni sano ni insano.  Yo no digo que merecemos un más allá, ni que la lógica nos lo muestre; digo que lo necesito, merézcalo o no, y nada más.  Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad, y que sin ella me es todo igual.  Yo necesito eso, ¡lo ne-ce-si-to! Y sin ello ni hay alegría de vivir ni la alegría de vivir quiere decir nada.  Es muy cómodo esto de decir: “¡Hay que vivir, hay que contentarse con la vida!” ¿Y los que no nos contentamos con ella?» Frente a esa experiencia de Unamuno, cada uno debe preguntarse: ¿dónde quién descubriré la respuesta para mi sed de eternidad? Me tomo la libertad de añadir unas cuantas palabras a la cita de Unamuno. “Yo necesito alguien. Alguien que sacie mi sed de eternidad”. Necesito una persona con quién relacionarme, y que me proporcione un amor que sea infinito. No busquemos el alimento, dónde sólo hay hambre; pecados y tantas otras mentiras que nos ofrece la cultura actual. Sólo Cristo tiene la paz, la alegría, la felicidad que tanto anhelamos. ¡Ya basta de vivir en la mentira! Basta de buscar un sentido para la vida, donde sólo hay muerte y desolación. No seamos como el hijo pródigo, que llegó al punto de comer los algarrobos de los chanchos, para, sólo entonces, recordarse de la casa de su Padre. (Lucas 15, 11-32) ¿Cuántas veces preferimos comer las algarrobas de los chanchos, en vez de comer el mismo Cuerpo de Cristo?

Finalmente, hago una pregunta: ¿Cómo nos acercamos a ese Dios que nos derrocha amor? Que nos ama, incluso cuando estamos empantanados en el pecado. Ahí está Él. Dios que sale a nuestro encuentro, y sacia nuestro hambre y sed de infinito. El secreto para entender lo que decimos es el Amor. Dejarnos amar por Dios, y, obviamente, amarlo con todo nuestro corazón. Pues, como lo hemos visto en el Triduo Pascual: “… aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.…” (Filipenses 2, 7-8). Nos amó tanto, que murió cargando nuestros pecados en la Cruz. Luego, amarlo con todas nuestras fuerzas, puesto que Él es quien llena nuestro corazón. Sin embargo, “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto.” (1 Juan 4, 20) Sin embargo, si miramos honestamente nuestro interior, y “tocamos” nuestro corazón, descubriremos que lo único que queremos es el amor.

© 2017 – Pablo Augusto Perazzo para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Pablo Augusto Perazzo

Pablo nació en Sao Paulo (Brasil), en el año 1976. Vive en el Perú desde 1995. Es licenciado en filosofía y Magister en educación. Actualmente dicta clases de filosofía en el Seminario Arquidiocesano de Piura.
Regularmente escribe artículos de opinión y es colaborador del periódico “El Tiempo” de Piura y de la revista "Vive" de Ecuador. Ha publicado en agosto de 2016 el libro llamado: “Yo también quiero ser feliz”, de la editorial Columba.

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