sufferingEl problema del mal constituye una materia compleja para un ensayista, teólogo o moralista. En el fondo para cualquier persona. Un tema que es más cómodo evitar. Pero sus ocurrencias están allí, perenemente, desgarrando a las personas. Posee pleno valor el postulado que sostiene que el sufrimiento en el mundo es probablemente el argumento de mayor peso que esgrime el ateísmo moderno para justificar su negación de Dios. El Cardenal Walter Kasper nos recordaba un añejo escrito del profundo teólogo Romano Guardini, donde manifestaba que le agradaría preguntarle a Dios la razón del sufrimiento de los inocentes ((Walter Kasper, La Misericordia. Clave del Evangelio y de la Vida Cristiana, Sal Terrae, Santander 2012, p. 12.)).

Uno esperaría mejores tiempos para la humanidad en un mundo con tantos avances. Quizá una dramática reducción del hambre o de la guerra. Que la justicia alcance a los más pobres y a los que la sociedad considera como insignificantes; a los que intenta transformar en invisibles. “Descartables”, podría afirmarse con crudeza.

Basta recorrer las páginas de los diarios para comprobar que la afirmación formulada hace ya varias décadas por el Papa Pablo VI en su valerosa encíclica “Populorum progressio” mantiene plena vigencia. En aquella oportunidad el pastor sostuvo que «El mundo está enfermo» ((Populorum Progressio, 66.)). Otro Santo Padre, el Papa Francisco, nos interpelaba cuando afirmaba que nadie presta atención cuando un indigente muere de hambre, pero ocurre una conmoción cuando la Bolsa de Valores baja unos puntos ((S.S. Francisco, Visita de los jóvenes de las escuelas Jesuitas, en VIS, 9/6/2013.)). Inmediatamente surge la interrogante: ¿Es posible hacer algo frente a las situaciones de ruptura que ocurren con tanta frecuencia? ¿Es posible quebrar el patrón de pecado y maldad?

Existe la opción de refugiarnos en las corazas de la indiferencia, con el argumento de que los esfuerzos de una persona para practicar el bien constituirían actos insignificantes. O podríamos optar por un constante compromiso con el Evangelio, que transforma nuestras vidas y transmite la luz y la esperanza redentora de Jesucristo.

[pullquote]El problema del mal se manifiesta, entre otras cosas, en infinidad de acontecimientos trágicos y malignos para las personas. También existen accidentes y desgracias naturales frente a las que muy poco podemos hacer, como los terremotos, maremotos, tempestades o enfermedades incurables. Sin embargo, Pablo VI se refería más bien, en su valiente enjuiciamiento, a los males del mundo, a las perversidades suscitadas por el pecado del hombre, contra los cuales estamos obligados a luchar con la ayuda de la gracia de Dios, en primer lugar; y renunciando también a un complaciente e indiferente silencio e inacción.[/pullquote]

primera guerra mundialLa centuria que está por concluir en este año de 2014, y que empezó con una cruenta guerra de dimensiones planetarias en 1914, ha traído a la humanidad asombrosos adelantos técnicos y descubrimientos benéficos, en conjunto con una profusión de vilezas extremas, inducidas por pecados personales e ideologías de perversidad, impulsadas por personajes trágicos y brutales. Pensar en categorías ideológicas constituye, precisamente, una de las técnicas del mal, porque anula toda consideración por los sufrimientos de la persona concreta.

Alguna vez Benedicto XVI nos ponía en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de “anestesia espiritual” que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás ((S.S. Benedicto XVI, Mensaje Cuaresmal, 2012.)). ¿No será que nuestras dificultades, grandes o pequeñas, nos han absorbido al punto de hacernos sordos ante los gritos del pobre y el desesperado? ¿Está destinado el hombre a mecerse en la impotencia, como un pequeño madero en un mar encrespado, al capricho de las tormentas desatadas por acontecimientos perversos?

El lacerante problema del mal

A la sombra de los acontecimientos ruines en nuestra historia moderna, el pensador norteamericano Lance Morrow se preguntaba si actualmente existe más pecado y malignidad, o menos, que hace cinco años o cinco siglos. ¿Estamos ante un auténtico abismo? ¿El mundo está tornándose cada vez más oscuro? ((Evil, Time, 10/6/1991.))

Este mismo autor destacaba que una de las tentaciones del hombre moderno es justamente desconocer la existencia del pecado, añadiendo la sentencia del novelista ruso Fedor Dostoievski, quien señalaba que la mayor conquista del mal ha sido convencer a la gente de su inexistencia. Con horror Morrow aludía a ciertas tesis posmodernas y aberrantes de pensadores como Jean Baudrillard, para quien la malignidad constituía una desgracia necesaria para mantener la vitalidad de la civilización. Ideas delirantes como esta, adelantadas por el pensador francés, constituyen otra cara de la dimisión de lo humano.

[pullquote]De hecho, el problema del mal ha sido empleado, una y otra vez, como argumento decisivo para negar la existencia de Dios. La lógica de la tesis manifiesta: Si Dios existe, tendría que ser todopoderoso y benevolente. Por lo tanto Dios no podría permitir la existencia del mal. Sin embargo el mal existe, concluyéndose que Dios no puede existir. La falaz solidez de esta proposición se estrella contra un fundamento ineludible: la responsabilidad de los males anteriormente enumerados corresponde a opciones equivocadas del hombre.[/pullquote]

El Apóstol San Pablo denunciaba a aquellos «que aprisionan la verdad con la injusticia» (Rom 1,18.). San Juan Crisóstomo, Padre de la Iglesia, afirmaba: «¿De dónde viene el mal? Ésta es una pregunta que cada uno debe responderse. ¿Acaso no es el resultado de la libre voluntad y de la elección? Eligiendo el mal, el hombre se hace agente de su propia destrucción y de las catástrofes que aquejan el mundo» ((Homilías sobre la Epístola a los Romanos, 14,5.)).

Para Juan Pablo II las raíces del mal se anidaban en una concepción perversa de libertad, sustento de la cultura de muerte: una «verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad» ((Evangelium Vitae, 12.)). Allí se encuentra el centro del drama vivido por la cultura contemporánea: «El eclipse del sentido de Dios y del hombre» ((Evangelium Vitae, 21.)).

El misterio de iniquidad

Desde el inicio de las civilizaciones, los seres humanos han buscado respuestas sobre el problema del mal. Para los pueblos antiguos el mal constituía una realidad aterrorizante. Las religiones arcaicas solían atribuirlo a la voluntad de un ser superior, bueno o malo. En el contexto de estas visiones, el sufrimiento tenía la función de purgar las culpas de la persona humana, de escapar de los males. De esta convicción surgen, por ejemplo, los ritos expiatorios.

Algunas religiones divinizaron la maldad y al maligno, dándole una concreción de “representante personal” del principio malo, como adversario poderoso de Dios. Este “principio malo” se enfrenta con sus ejércitos y partidarios al principio del bien, en eterna y cíclica batalla, como dos mundos opuestos y equivalentes ((Ver Geo Widengren, Fenomenología de la Religión, Cristiandad, Madrid 1976, p. 117.)).

En las enseñanzas judeo-cristianas el mal constituye un misterio que se introduce en la naturaleza humana, que por sí misma es buena. Una de las tentaciones comunes es creer que el mal tiene vida propia. Pero, como aclaraba el Cardenal Yves Congar en un ensayo: “Hay cosas malas, pero el mal, en cuanto tal, no existe. El mal tiene la realidad, no de lo que es, sino de lo que no es (negación) y, de una forma más precisa, de lo que no es, siendo así que debería ser (privación). Lo malo, el mal no es del ser, es un vacío en él, una falta» ((Yves Congar, El Problema del Mal, en Dios, el Hombre y el Cosmos, Ediciones Guadarrama, Madrid 1958, p. 606.)).

Benedicto XVI definía al mal en una dirección similar: «No es una criatura nueva, algo espontáneo y real que exista en sí mismo, sino que es, por naturaleza, negación, una corrosión de la criatura. No es un ser –porque el ser sólo puede proceder de la Fuente del Ser—, sino una negación. Que la negación pueda ser tan poderosa tiene que conmocionarnos. Pero creo que es consolador saber que el mal no es una criatura, sino algo parecido a una planta parásita. Vive de lo que arrebata a otros y al final se mata a sí mismo igual que lo hace la planta parásita cuando se apodera de su hospedante y lo mata. El mal no es algo propio, existente, sino pura negación. Y si me entrego al mal, abandono el ámbito del despliegue positivo de la existencia a favor del estado parasitario, del auto-carcomerse y de la negación de la existencia» ((Joseph Ratzinger, Dios y el Mundo. Creer y vivir en nuestra época. Una conversación con Peter Seewald, Galaxia Gutenberg 2002 p. 120.)).

El problema del pecado

Aquello que se interpone entre la persona y Dios es el pecado. El mal es consecuencia del pecado. El teólogo Santos Sabugal explicaba que el mal tuvo un principio: el pecado destruyó el señorío del hombre sobre la creación, un regalo invalorable de Dios para el género humano. La caída primera del hombre lo sometió, tanto a él como a la creación, a la esclavitud de la corrupción, volcando sobre la persona y la naturaleza una serie de males que la entristecen ((Santos Sabugal, Credo. La fe de la Iglesia, Monte Casino, Zamora 1986, p. 246.)).

[pullquote]El pecado «es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana» ((Catecismo de la Iglesia Católica, 1849.)). Constituye una ofensa a Dios, porque cuando peca, la persona toma partido contra el Padre Amoroso. Mediante esta acción, el ser humano introduce en el mundo el mayor mal que pueda existir.[/pullquote]

El pecado original

«Cuando se contemplan los males del mundo y se contrastan con la bondad de la creación, el ser humano debería contemplarse a sí mismo, y ver atrás su propia historia humana hacia esa ruptura fontal, hacia el pecado original de donde surgen todos los males», señalaba Luis Fernando Figari ((Luis Fernando Figari, El pecado original, niveles de ruptura y reconciliación, en Horizontes de Reconciliación, Vida y Espiritualidad, Lima 1996, p. 15.)).

garden-of-eden-van-oostenEn el pórtico de la historia la realidad del hombre fue distinta. El drama de estas rupturas primeras muestra algunos elementos fundamentales del problema del mal y del sufrimiento que genera. Yahvé Dios se revela en los primeros capítulos del Génesis como el creador de todo lo existente. El “Padre Amoroso” que hizo todas las cosas con sabiduría y amor” (Sal 104,24). Creó al hombre “muy bueno”, “a su imagen y semejanza” (Gen 1,27).

En su plan original Dios no consideraba el dolor. Tampoco deseaba la existencia del mal. El Demonio y la trágica cooperación del hombre fueron la causa para que el mal entrara en el mundo, mediante el acontecimiento del pecado original. Cuando el hombre y la mujer desobedecen y toman el fruto prohibido en el vano deseo de «ser como dioses» (Gen 3,5), se hacen culpables de la irrupción del pecado. El mal entró en el momento en que el hombre intentó transgredir esta verdad siguiendo al engañador, al Demonio.

La ruptura fontal, recogida en los primeros capítulos del Génesis, significa la negación de la vida y la desobediencia al divino Plan de Dios, suscitando aquello que San Pablo describe como el “mysterion tés anomías”, el «misterio de la iniquidad» (2Tes 2,7). Aquel “eclipse” de humanidad es contestado por la promesa de Dios amoroso que quiere que el ser humano reencause su vida. Anuncia a las personas caídas la reconciliación, el retorno a la amistad. Este anuncio se cumplió en la Encarnación del Verbo de Dios.

El Evangelio: el amor como clave del sufrimiento

Paradójicamente el dolor y el sufrimiento son parte de la senda por la cual el Padre Amoroso obra la redención. Los padecimientos y la misma muerte ya no son más un sinsentido. Tampoco una fatalidad. El cristiano piensa en la gloria futura respondiendo al dolor con alegría. Vive anclado en la realidad, situando siempre su mirada en la esperanza-

El dolor y el sufrimiento adquieren sentido en el amor oblativo del Señor Jesús, Siervo de los dolientes. Juan Pablo II aludió al complejo y dificultoso problema del mal y la respuesta cristiana desde la esperanza traída por Jesucristo en el misterio de la Encarnación-Salvación:

reflections on Christ - crucifixion«El límite del poder del mal, la potencia que, en definitiva, lo vence es — según explica— el sufrimiento de Dios, el sufrimiento del Hijo de Dios en la Cruz: ‘El sufrimiento de Dios crucificado no es sólo una forma de dolor entre otros (…) Cristo, padeciendo por todos nosotros, ha dado al sufrimiento un nuevo sentido, lo ha introducido en una nueva dimensión, en otro orden: en el orden del amor. La pasión de Cristo en la cruz ha dado un sentido totalmente nuevo al sufrimiento y lo ha transformado desde dentro. Es el sufrimiento que destruye y consume el mal con el fuego del amor. Todo sufrimiento humano, todo dolor, toda enfermedad, encierra en sí una promesa de liberación. El mal existe en el mundo también para despertar en nosotros el amor, que es la entrega de sí mismo (…) de los que se ven afectados por el sufrimiento. Cristo es el Redentor del mundo: “Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron” (Is 53,5)» ((S.S. Juan Pablo II, Memoria e Identidad, La Esfera de los Libros, Madrid 2005 p. 206.)).

[pullquote]El Señor Jesús no destierra el dolor, pero lo despoja del carácter punitivo. El sufrimiento en la cruz se transforma en el arquetipo de todo dolor y padecimiento. Al contemplar al Señor crucificado, la persona descubre el sentido del propio dolor: la redención. Jesús responde al dolor con el propio dolor. Se cumple la redención mediante el sufrimiento: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).[/pullquote]

¿Cómo responder al mal cotidianamente?

Nuestra existencia está siempre en el centro de una gran lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Las enseñanzas cristianas insisten que corresponde a la persona combatir al mal y al maligno, junto al Señor Jesús, para despojar el mundo del pecado y del mal. El creyente posee el gran don de la fe: «No temáis» porque «ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1,30.37).

Juan Pablo II, forjado en el crisol del dolor y la esperanza, nos enseñaba que «Dios no quiere la enfermedad; no ha creado el mal y la muerte. Pero, desde el momento en que éstos, a causa del pecado, han entrado en el mundo, su amor tiende totalmente a sanar al hombre, a liberarlo del pecado y de cualquier mal, y a colmarlo de vida, paz y alegría» ((S.S. Juan Pablo II, Ángelus, 13/2/2000.)).

Benedicto XVI, por su parte, nos convocaba a cooperar con la acción redentora de Dios, conducida a través de su Hijo amado, quien vive una auténtica vida humana sin evadir pruebas y dolores. «La cultura contemporánea —explicaba el Santo Padre— parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es “bueno y hace el bien” (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro» ((S.S. Benedicto XVI, Mensaje Cuaresmal, 2012.)).

Sabiéndonos amados personalmente por Dios, podemos asumirnos como personas llamadas a vivir la alegría y la esperanza. Nuestra vida constituye la afirmación del valor de lo existente, de la Creación y de la confianza en la vida futura. A partir de la seguridad en Dios descubrimos que no se trata de una alegría ingenua ni de una expectativa vana. Combatamos el mal haciendo el bien y fijándonos en el otro. Confiemos en Jesucristo que nos obtuvo el perdón y nos devolvió a la amistad de Dios. Se trata, como en la parábola del sembrador, que va preparando y fertilizando la tierra para conseguir buenos frutos, de ir sembrando la semilla de una sociedad más justa, fraterna y reconciliada, para avanzar en la construcción de la Civilización del Amor.

© 2014 – Alfredo Garland B. para el Centro de Estudios Católicos – CEC
 
 

Alfredo Garland Barrón

Alfredo luego de seguir estudios de Filosofía y Derecho, se ha dedicado al periodismo. Ha publicado numerosos artículos en revistas latinoamericanas, y también cuenta con varios libros publicados.Sus investigaciones están focalizadas a temas sobre la cultura en general, la filosofía, la vida eclesial, y diversos temas existenciales y de actualidad que buscan responder a las preguntas fundamentales de los hombres de hoy.

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