Hace algún tiempo conversando con un amigo sobre un hecho trágico que ha causado dolor a muchas personas, me dijo una frase que me ha quedado dando vueltas en la cabeza: “¡es muy difícil perdonar eso!”, y razón no le faltaba.

Esta frase que repetimos los seres humanos con cierta frecuencia, me ha llevado a pensar si efectivamente hay cosas que nosotros no somos capaces de perdonar; si hay heridas tan profundas, cicatrices dejadas en el alma, por las cuales, no somos capaces de susurrar esas dos palabras que pueden cambiar una vida: “yo perdono”, con un te o un me en el centro, o seguidas de cualquier acontecimiento, circunstancia, error voluntario e involuntario.

Creo que es verdad -y me gustaría mucho estar equivocado- que hay sucesos muy negativos, propios y ajenos, que, por nuestras propias fuerzas, nos son casi imposibles de perdonar. Nos generan un rechazo, una resistencia, se nos hacen incomprensibles y nos dejan un nudo en el estómago y a veces, en la garganta.

Perdonar es ciertamente difícil. Es por ello que quizá San Pedro, en un arrebato por tratar de entender algo que iba más allá de sus propias fuerzas – y de la misma “ley”, – preguntó: “¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?”. Jesús no tranquiliza a Pedro, no le hace las cosas “más fáciles” sino que le dice: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mt. 18, 21-22). La varilla fue puesta muy alta, incluso para el mismo Jesús, que suda sangre para poder pasar del “Padre, aparta de mí este cáliz” (Lc. 22, 42) al “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23, 34).

Por lo general, no somos propensos a la virtud ante la tragedia. Cuando nos hieren, respondemos. Cuando vemos una injusticia, queremos hacer justicia con nuestras propias manos, muchas veces sin saber cómo, y la justicia se confunde con la venganza. Hay monstruosidades que escandalizan nuestra sensibilidad, que hieren los ojos. Hay males que no tienen justificación y por ello, se hacen incomprensibles a la razón: “¡Cómo pudo pasar esto!” Hay cierta resistencia al perdón, porque para perdonar hay que comprender, aceptar, reconciliar; y una razón herida, un corazón roto, no entiende, no acepta, no puede tener paz.

Pero además del mal, en sí mismo, por llamarlo de una manera, la cultura en que vivimos nos dice, de diversas formas, que hay cosas que se pueden justificar y perdonar, que se pueden “pasar por alto” por consenso, porque la mayoría está de acuerdo en que no es tan grave; pero hay otras que simplemente no se pueden perdonar y mucho menos olvidar, y por eso, se nos recuerdan constantemente, con bombos y platillos y con luces de neón, ciertas atrocidades para que sirvan de escarmiento, para poder tener una parte de venganza, justamente porque son imperdonables.

En esta línea, siempre me ha llamado la atención el diálogo entre el padre Brown (fantástico personaje de Chesterton) y el joven Mallow (G.K. Chesterton, El Secreto del Padre Brown). Después de haber resuelto un asesinato, se da un interesante diálogo sobre el perdón.

—Que se vaya todo al diablo interpuso Mallow—. ¿No irá a imaginarse que podremos perdonar una cosa tan vil como esa?

—No —contestó el sacerdote—, pero nosotros hemos de estar preparados para hacerlo (con estas palabras se puso en pie y miró en derredor suyo). Nosotros estamos obligados a acercarnos a esos seres, no con un palo, sino con una bendición. Estamos obligados a pronunciar las palabras que les han de salvar del infierno. Nosotros somos los únicos que quedamos para librarles de la desesperación cuando su humana caridad, les aparta. Prosigan por su camino de rosas, perdonando sus vicios favoritos y tolerando los crímenes de moda; y déjennos en las tinieblas cual negros vampiros de la noche, para consolar a aquellos que necesitan de verdadero consuelo, aquellos que han cometido actos imperdonables, cosas que ni el mundo ni ellos mismos pueden defender y que sólo los sacerdotes pueden perdonar. Dejadnos con los hombres que cometen esos actos repugnantes y mezquinos, verdaderamente criminales, tan mezquinos como el de San Pedro cuando cantó el gallo. Fue entonces cuando llegó el alba para él.

En la vida de Pedro irrumpe la luz en medio de la oscuridad de su traición, porque experimenta el perdón del Resucitado, porque se da cuenta que Aquel al que negó, lo ha mirado con amor, con ojos de misericordia y no solo eso, sino que después de reconstruir la relación inicial, le pide que apaciente, que consuele, que sea misericordioso (Ver Jn. 21, 15-17)

¿Se puede perdonar lo imperdonable? Mi respuesta es: “Sí”. Aún después de haber expuestos algunos argumentos para hacer difícil la respuesta afirmativa, seguirá siendo “Sí” mientras Dios sea Dios y yo su creatura… y su hijo.

Se puede perdonar porque Dios ha perdonado primero. El Hijo Eterno del Padre, verdadero Dios y verdadero hombre, se ha hecho uno de nosotros, se ha solidarizado con la humanidad, ha realizado lo que los Padres llamaban el “admirabile commercium”, es decir, un admirable intercambio entre la divinidad y la humanidad: “El Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios” (San Atanasio, De Incarnatione, 54, 3). Cristo, con su encarnación “se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado Cordero inocente, con la entrega libérrima de su sangre nos mereció la vida. En Él, Dios nos reconcilió consigo y con nosotros y nos liberó de la esclavitud del diablo y del pecado, por lo que cualquiera de nosotros puede decir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal. 2,20). Padeciendo por nosotros, nos dio ejemplo para seguir sus pasos y, además abrió el camino, con cuyo seguimiento la vida y la muerte se santifican y adquieren nuevo sentido” (GS. 22).

Dios ha perdonado primero y ha señalado el único camino del perdón: unirnos a Él en la Cruz. Como dice San Pablo, en la Cruz: “Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones”. Para perdonar hay que experimentar primero el perdón, por eso después añade el apóstol de gentes: “y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación” (2Cor. 5, 19).

Dios quiere que entremos en comunión con Él y, para ello, es necesario participar de su perdón. Cuando nos falten las fuerzas, cuando creamos que nos encontramos ante una situación imperdonable, sea por su crudeza o porque para la sociedad no tiene justificación, como verdaderos cristianos, no busquemos venganza, no devolvamos el mal con el mal. Por el contrario, renovemos nuestra confianza en Dios, pongámonos en sus manos, permitamos que Él sea “el juez justo”, dejemos que su gracia actúe en nosotros y mueva nuestro corazón a la misericordia. Sólo de esa manera se hará realidad la sentencia de San Juan Crisóstomo: “Nada nos asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos a perdonar.” (Homilías Sobre san Mateo 19, 7).

© 2017 – Mijailo Bokan Garay para el Centro de Estudios Católicos – CEC

Mijailo Bokan Garay

Mijailo nació en el Perú en 1982. Es teólogo, graduado de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Actualmente es Director de Investigación del Centro de Estudios Católicos (CEC) y Encargado de Estudios del Centro de Formación Nuestra Señora de Guadalupe.

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